Correspondencia N°1Mi señor, me avergüenza ya la embriaguez que a mente me ausculta, de que tan fatal confusión, que ha de poseerme, debo por este ansia observarle, y que en su heredada y merecida lucidez, que cuando usted atribuye a lo real, un esto de absoluto conjunto, la propiedad de mente –cuando la inteligiblidad de usted la extiende sobre el conjunto y sus elementos por igual, con usted allí –y cuando, luego, por esa inteligencia distribuida, del conjunto de lo real usted declara inteligencia e intelección –yo de eso no asgo ni hallo, pues, de ser así, su propia inteligencia discerniría, o bien una y sola agencia intelectiva, que lo incluye y así resulta indiferida de toda otra concretitud particular, y aun de la concreta completitud del elemento en conjunto: por lo tanto, su inteligir, indiferible de otro inteligir en lo predicado, y diferible de sí como inteligiendo que intelige, no podría registrar intelección alterida inequívocamente de la suya –por ende, siendo la intelección predicada sobre la totalidad, misma para la totalidad del sí, distribuida como de forma equivalente en el espacio, coextensiva al devenir y así de momento inasible, unimúltiple de misma manifestación en multiplicidad de huéspedes: que usted hipostasie un nous logoico sólo puede no ser verdadero; o bien, sea, el de usted y suyo, su ese inteligir, que fuese universal –pero entonces fuese discontinuo de la razón local como esta que articulo –y de allí vería gradiente o umbral que habría en ese su inteligir siendo extenso, mas de diferido el intelecto como de rango y potencias –lo que por debo a concluir que su proposición lo implica omnisapiente, ininteligible potencia en acto de un gradiente excluido como el mío –pero sea así que entonces la inteligibilidad puede manifestarse en uno de sus elementos, siendo yo en el caso, como no siendo inteligible, como ininteligible su omnisapiencia para mi inteligencia; por lo tanto, en su omnisapiencia, ningún absoluto elemento de la totalidad ni la totalidad ni la parcial totalidad de agregados ni la no-totalidad de su superación, ningún etcetéreo espéculo fuera opaco a su discernirlo, y hasta mi evidente confusión de subdesarrollado intelecto debe serle perfectamente claro –claro tanto por lo que en mí se confunde, lo que se intelige con error, lo que me es ininteligible –así usted comprendería con claridad lo que confundo, experimentando usted mi confusión con suya clarividencia como ambas siendo misma y no simultáneas, y comprendería lo que intelijo yo erróneamente como transparente verdad en su sin poder errar, y por ende sin participar de mi error ni reproducirlo, lo inteligiría verdadero –y yo, yo no comprendo cómo, y no comprendo tampoco otro no, y aun así comprendería que su omnisapiencia se aprehende a mi espíritu como ininteligible siendo y yo no pudiendo atribuirle experiencia de inteligibilidad a ello, concluyendo que la inteligencia suya, aquella con la que predicó aquél principio, ese principio que inspiró esta insolencia mía, a en mi retardo, es, para mí y nosotros, quienes menores somos, que se nos manifiesta como no siendo inteligencia –y si usted, siendo omnisapiente, indifiere la intelección como igual equivalencia de todo constituido, que lo incluye, y luego produce una proposición no inteligible para toda intelección alterida y constituida como igual suya, se deduce que su proposición sólo puede ser falsa.Cometido este imprudente juicio de su magno juicio, insulto capital ya habiendo sido el sólo concebirse en la consciencia aquello que usted ahora lee, me insuflo de temerario y deduzco que, si está errada su concepción, como parece ser a mí, se debe a que la inteligiblidad de lo perceptible remite al coherido influjo del entorno que cohere a nuestro asirlo con asimiento de lo asible y aun con asimiento de la individuada pasión de cada quien sobre conduciendo a su atención por la personal gradiente de diferidos. Luego, lo inteligido es conjunción parcial de lo inteligible, de criterio descansando en cada sí, mas el conjunto de lo inteligible coexiste par de lo sostenido en la inteligencia incluso aun sin discernirlo activamente, aun sin ser discernible para sí alguno. Entonces, la hipostasía del principio de inteligencia hacia la totalidad de lo real sólo puede ser producto de esa su pasión que arde a inteligir y por lo que inteligible, ignorando lo demás hasta desustanciarlo. De ser así: usted no erra en lo que propone porque no erra de usted en lo real, siendo indiferido e insímil todo lo inanimado, lo burdo, lo muerto; y yo, con atrevido nosotros atribuyéndome, tampoco erraría en lo razonado. Mas la fatalidad , es evidente, descansa y lo espera: desconocer o ignorar o ininteligir sea la precaución que a la consciencia como regulación al espíritu heredó la carne, que de doler se excluye, que de morir construye civilidad, que de ignorar en la alada razón lo que el cuerpo con su sola sensualidad resuelve concordante su acto, y sin agenciarse atencionado mas de puro e infinitesimal estímulo, nosotros he que procedimos sobre un buen actuar a partir de reactivos nuestros cuerpos, de valor conservando sensacionalidad ya de placer, ya de calma, ya de divino devastarse, y esto fue razón por del cuerpo seduciendo al cuerpo y se hizo razón al espíritu por del cuerpo seducirse a persistir.¿He alguno, he lo sentido a sensación, razón para la razón, o he lo placido de enjugarse de vergüenzas, lo horror de muerte que tan máxima reactividad coordina, sabido al cuerpo como cuerpo, ignorado su tender-hacia hasta que la razón escinde el acto corpóreo hacia la intelección, donde recién el espíritu escruta su razón, no garantida como razón por la sola emanación del propio cuerpo? ¿O no la muerte, invariable testimonio de nosotros, todo uno huyéndola, se confiere mal, se produce irreversible, conjura la humilde condición finita por posarse ella al horizonte, y todo esto porque el cuerpo reacciona máximamente a huirla, sin que ello diga qué sea, por qué eso, ni por qué así, que nuestro huirla como indeseo del cuerpo no informa de su aquello, muerte apodada, contemplo del espíritu que la razone, contemplo del espíritu de algoidad suya, de la muerte que inanima cuerpos, de la muerte que de nosotros, en el cuerpo y sin ser cuerpo, de nosotros ese inanimarse explica el terror corpóreo por evitarla, pero nada más –acerca de uno, el propio sí, cuando ido o cesado de su instrumento, no dice nada de si persistiere, de si cesara sin más –no entonces ignoramos la muerte y por persuasiva pasión inscrita en los huesos, por huirla, de lo sentido modelamos su algoidad que en vida ocurre jamás, y sólo en cuerpo otro ocurre, y al ocurrir ya no vida será lo que sea y si algo sea –o no será la finitud de ese su umbral a la oscura ignorancia un gesto de nuestro en oscura ignorancia conducirla a indiferir –que si la finitud pueda confirmarse para uno y no ya en la sola boca del nosotros de mismo ignorar, sería confirmable por uno si persistiese algún hálito de yoidad tras el evento atroz, y por persistir sería falsada la predicación de finitud, y si no hubiese persistencia esa la finitud no tendría experiencialidad más que de abstracción abusada una metáfora afónica?Correspondencia N°2Su dignísima Señoría, estimo estas palabras aun de mayor impertinencia que mi ya sacrílega e insurrecta cantata, que de razón sólo llevase melodía, que antes -entenderá, luego, que aún debo recurrir a estas fantasmagorías, como decir antes- tuve la temeridad de dirigirle. Sin embargo, he notado -en la minuciosa tarea de inspeccionar la memoria de mi vago raciocinio- que cometí una insalvable omisión al no elaborar, hasta su ultimísima consecuencia, una proposición que allá sólo transitara como neblinosa conclusión: aquello de la muerte siendo metáfora afónica. Sagaz su inteligencia, habrá ya discernido las consecuencias de esa violencia ejercida por mi desvarío a la razón natural -acaso ello sea lo que, como en los manierismos de la lengua que se resiste a revelar un vergonzoso secreto, haya producido en mí semejante olvido. Luego, asumiendo ya el pecado que confeso le confié aunque disfrazado de argumento, me aboco ahora a explicitarlo -tanto para que este mi cisma sea juzgado según corresponda, tanto para que su recto juicio por piedad de mi alma ofrézcame claridad de espíritu así desista yo de esta daemónica confusión.Esgrimía yo que la carne, en su pavor de retirarse ante la presencia de la propia muerte, produce a la razón un anudarse del corpóreo juzgar máxime la mera sintiencia de peligro particular -y lo particular siendo su intensa ofuscación al material receptáculo que nos es vehículo -mas cuya justa predicación fuere signable a la sensibilia, al refinamiento de una amenaza que presentase al horizonte ese terror que, sin poderse conferir inasible, rechazan los nervios de mínimo asirlo. Así como lo bello resulta del armónico organizarse en lo percibido, lo manifiesto en los fenómenos respondiendo con estética concepción del entorno, y así lo representado como entorno mediada sensibilia al receptáculo colige, este compromiso de reacción ineludible, dado en la pura interacción de lo emanado y su exégesis por la carne, resulta conteniendo, como si de un espectro de posibles se tratara, el potencial de manifestar lo bello y la potencial actualización del gozo que inunda el alma ante contemplación. Pero también resulta potencial manifestación en lo representado y potencial actualización de percibirlo ya puesta el alma, a eso que amenaza o peligro resultase como exégesis. Dicho esto, el anudarse de lo corpóreo la razón que refería, es el no sólo tomar al juicio del cuerpo como de válida premisa infiriendo racional argumento, sino que la validez de la premisa es en sí misma determinada por la impresión que el cuerpo produzca en relación a lo percibido: lo bello agrada al alma desde la gracia que infunde a la sensibilidad, y el peligro que corresponde a la cosa física se traduce en perturbación del alma; mas son estas mismas imágenes producto primero del cuerpo como representación para sí de lo perceptible, su entorno -es el propio cuerpo exégeta de su propia obra, que, desplazada de la unoidad del sí, entramada a desplegar el afuéreo devenir con las formas que los sentidos puedan registrar: resulta que el juicio de la razón resulta inequívocamente como merodeando entre las fantasmagorías de la carne, reconociendo lo bello en una pasajera aparición -y así escindiendo la belleza de su particular figurarse ahí-, mas reconociendo el terror y su perturbación sin escindir su manifiesta o inmanifiesta causa, extendiendo así la impresión particular a la posición de la muerte como lo reconocido. Este no escindir la impresión de su fuente reside en simple presentir: el alma perturbada estando negada se ve de discernir en justa medida lo que del cuerpo por ebullición la ciega -y es que uno puede afirmar en inequívoco que a un algo se reacciona, que de un algo como efecto las potencias animales toman las cuerdas del espíritu, pero este perpetuo rehuir de esa algoidad sólo tiende a resolver el no asir al algo: la muerte, si le decimos así, sólo se experiencia al alma cuando la muerte ocurre; la muerte, entonces, es aquello de lo que no se sabe porque el entero cuerpo se rehúsa ferozmente a conocerla: entonces, eso que llamamos muerte es designación sin sustancialidad específica, y cuya sustancialidad corresponde a extender sobre ella el juicio de las impresiones corpóreas que la huyen como si informaran de lo que es ella, cuando a todas luces se evidencia que el rehuirla sólo informa a la razón lo que al cuerpo instancia eso, pero que ninguna información de lo que ella sea así se integra: de la muerte no se puede saber, y se confunde lo que el cuerpo hace para no asirla -se confunde que el cesar de una vida corpórea, reducida a la quietud pálida, al rigor que devendrá en su fundirse con la material tierra, con que el alma se retiró de la carne que habitó: resultando que el alma no se reductible al cuerpo, y sin embargo reduciendo la razón del espíritu al térreo cuerpo en lo que respecta a la muerte.De allí que pueda orar: que tanto la finitud, la muerte y sus figuraciones, la cesación de la actividad corpórea: de eso no hay experiencialidad posible desde la vida del cuerpo, y sólo al instanciarse esa interrupción del hálito vital, la finitud se mostraría o bien predicado del cuerpo por persistir el alma -y sólo si no persistencia alguna se sostuviera, sería su predicación acertada; mas sin persistente que registre su validez, entonces resulta especulación vana-; y sólo al instanciarse la interrupción del hálito vital, la muerte instanciada mostraría su manifiesta realización, que ya sin cuerpo mediador que atérrese ante su presencia, sólo podría resultar disímil de lo prefigurado sobre su extensión -y esta prefiguración, habiendo sido sostenida por el alma en confusión de causa, efecto y fuente, de su error signará a lo manifiesto aun si la causa de su error cesado hubiese ya: la muerte, viciada de lo que no era ni es, se mostrará sin velo a un alma que de falsedades produjo delusivo anudamiento que supuso ser su develarla-; y sólo al instanciarse, a su vez, la interrupción del hálito vital, es que cesa el entorno de valer según el cuerpo, y lo real que alma de sus rectas potencias sesgó, de la carne conservará las formas sustanciadas aun si carne ya cesó: la luz, la inmensa luz del gozo inefable, lo indescripto e inscrito en sensibilia ojos mediante, ¿puede no falsear lo que, careciendo de visual visión, uno recurra en concederle equivalencia?, ¿todo quien de la luz jamás haya conducido a imagen, todo nacido ciego a quien le existe y a quien también resguarda, que discernirla pudo entre estaciones, humedades, y poros a su calor, todo quien la luz no haya visto, aquella, la sutil, tampoco verá?, ¿o aquella la visual luz de la visión, es un otro y mísmico representarse que no es jamás lo representado, y que la carne la infundió como argumento al alma no resultara entonces un obstáculo propio, exclusivo de nosotros, que máxima otredad inaccesible le atribuimos a Eso, y lo que con tan presunta inocencia imaginamos sobre Ahí, es tan simple una adoración idólatra de este, nuestro real, puesto con máxima ilegitimidad sobre Eso, que de esto en absoluto es otro, que de esto como su absoluto otro nos vanagloriamos de enjuiciar -de enjuiciar de sensación, forma, extensión -de enjuiciar de nosotros, a eso que es nuestro absoluto No?Entenderá, su Altísima Majestad, este ditirambo era debido por lo que a continuación voy a aseverar: que si de la muerte, en absoluto, no sabe ni se conoce porque nada informa de ella de lo que creíamos informarla, entonces lo que se le predique no tiene sustento y lo que designe con postulación no puede sino conducir a error. Al espíritu, la muerte no le existe -la virtud de su evasión, la condición ética de preservarnos, responde al cuerpo y su terror como fuente, a la vez que a su inexorable desconocerla para la justa razón. Luego, si la justa razón no puede emitir sentencia por no asir objeto alguno ni poder determinar su precisa consustancialidad, lo justo es que a los cuerpos se remita el principio de su preservarnos -y resistir, con intenso discernir, resistirse a atribuirle a la muerte la razón legislativa -en sana humildad admitir desconocerla, en sana humildad conservar al juicio en lejana seguridad de que la bruma de afuera en el afuera permanecerá.Entonces, ya no la vida como bien supremo se autosustenta polar contra el terror inarticulable de eso que decimos muerte, y ya no la vida como valor tautológico: si la muerte sólo designa y nada contiene como inequívoca realización al espíritu, si la muerte no es hasta que es, entonces la sustanciada vida de nosotros percipientes carece en simultáneo de inequívoca e intrínseca verdad: lo que llamamos vida resulta del cuerpo sentencia, y así como el límite de uno se concebía en el cese del propio ser animado, límite sólo de la carne así resulta sin que uno observar pueda más de lo que la carne ha realizado modo para sí de la realidad; así como el límite se recluye a la carne, diferida de uno que no es ella aunque exista esto en ella, la insustanciada muerte que toda exégesis suspende en humano espéculo de su natura espiritual, esa misma vaciedad realizada se replica en lo sentido: que el cuerpo haga y asga lo perceptible y lo percibido deriva una aprehensión singular: el conocer de lo cognoscible, llevado hasta la óntica regulación de lo necesario, de lo imposible a nuestro acá, ese mismo conocer mediado que indeterminable es en su fidedigna correspondencia con lo que representado a nosotros conserva o extravía: justo allí donde a universal se atreve a sentenciar la propia y recurrente observación de lo que es según lo nuestro, sin poder ser menos, y sin asible siendo su potencial más, ese mismo conocer acaba por sostener que hay imposible, que hay infinita precisabilidad -en una palabra: acaba por reconocer que su forma de lo universal es la de su particular constitución: su común universal se confunde con puro universal por común de las corporeidades que equivalente fenoménica alcanzan, entonces resulta un particular universal hipostasiado por agregación de mismizadas almas en acto y potencial de este orgánico receptáculo, el humano cuerpo.Si el cuerpo no erra, sino que incorpora a su sensibilia aquello que por sensible de límites requiere -si el cuerpo puede lo que pueda, que no es error sin verdadera fuente de perfecta y pura emanación siéndole asible, ¿no será entonces que lo nuestro del tiempo, lo nuestro de la causalidad, lo nuestro de racionalidad, sea sólo nuestro, necesario habiendo sido por haber sido necesidad, cuando ahora, si deliro alado este mensaje, sea necesidad de un sostener vital animación del cuerpo, pero no necesaria su exégesis mancomunada, mismizada hasta la verdad, autoevidente e incontrariable?Sí, lo observo, y no lo sé pero lo contemplo: este mi decir contiene terrible potencia barbárica y salvaje -el cuerpo reclama ser verdad sólo para sea evidente su verdad no serla de toda corporeidad -el cuerpo sabe del cuerpo, diré, que no es razón ni del alma razonar sino causa de su ínfimo, ante la noche abierta, contenerse de sentencia y suspenderse a orar.Actual en perpetuidadDesde el actual en perpetuo diferir de coordinación -es decir: desde que, disuelta la posicionalidad como tal en mera instrumentalidad exponenciada, donde, tras haberse desemejado de las naturales potencias, semeja ótreo lo asido por esta acumulación prostética de perceptiles intensificados, de coextensiones de exclusiva raíz en esto, el cuerpo, dispuesto en el paralaje como defectuoso de lo que esta corporalidad realizó a función -desde que la gradiente intensiva traspasa el umbral de legibilidad, impulsada por misma legislación y nuestra, maximalizada hasta la incomprensibilidad -en ese preciso instante la polaridad inmanencia y trascendencia disiente de continuar operando en las directrices de una disputa retórica, de ingenio creador, de haber diferido hasta la incompatibilidad una idéntica gradiente cuya direccionalidad es mero y simple parpadear: anabolizada la organicidad inmanente, atribuyéndole axiomática de autopoiesis no agenciada a un mínimo de algoidad indeterminado: la materia, es que sobre las propias métricas que inmanentes emergieron discretizando la recursividad de misma organicidad, formal igualdad de la carne, por el propio influjo manierista de insatisfacción emanar ante mínima sospecha de última posición última, de lo asible, a lo registrable, a lo observable, a lo sutil, a lo capturable, a lo inmensurable, a lo indeterminado, a lo inaprehensible: improvisada gradiente de constante qualia que inducida hasta al hartazgo hasta el colapso hasta el hartazgo, sobreviene información suficiente para constituir las condiciones su equilibrio persistir, y donde los finalísimos umbrales de indeterminación, de inaprehensibilidad, de inexistir: aquello coincide en potencial con lo trascendente de axiomática trascendente: para-consistencia simétrica de excluidos por una zoncera irremediable, como la de coextender la articulación idiomática sobre el entorno real donde lo fenoménico sucede -caer uno preso y esclavo de la sensibilidad primera que inscribe sobre racicionios contingentes, aquella lejana infancia del devenir parlante melodía de palabras sustanciado mas sin más mensaje que su sonoro expedirse, por escrita en la carne la ley costumbrista de nuestra peculiar inmediatez en la inocencia, es que el misterio del mundo converge con la intelección -pretensión de lo verdad, vanagloria legitimada-, o bien converge con de impersonal volición reconocerse motivado -pretensión de integrar sin mezcla una pura alteridad, la noche del mundo así sembrada. De esta forma, la simple expansión de las potencias autónomas -lo perceptible de esta organicidad de ojos, poros, algún olfato, sonar de coros, y la etcetérea lista de lo indiferido y lo indiferible- es susceptible de producir, desde su dignísima materialidad, la fenoménica atribuida por aquellos, los supercheristas, a agencia jerárquica, externa, absolutamente no de acá, absolutamente misma de lo trascendido -que por trascendido ser, máxima predicabilidad su sí posibilita: todo no de acá le es susceptible de correspondencia, y el factoreo de las negaciones es infinitamente mayor que el escueto reino de la recursividad, infinitamente mayor de cantidad de valores posibles, infinitamente no traduciéndose su variabilidad en concretitud ya sea de jerarca o ya sea de potencia: una inmensa especulación sostiene la doctrina de existirnos como un nosotros que de inconmensurable otredad nosótrea se difiere -inconmensurable al punto que el mínimo diferir de un semejante resulta en la objeto de imperativa coacción y sumisión: la arquitectura de un convivir interactuando a fines comunes no permite que lo inexistente o imposible sea existido o realizado -y por supuesto que a otro le corresponde por defecto la imperdonable transgresión de la muda y sacra ontología específica, siempre silente y en de latidos en nuestros pies asiéndonos.Entiéndame y sepa eximirme de pecado o acusación siquiera de ello, Su Indiscretiva Majestad, por omitir la improvisada descripción equivalente al camino inverso: del transciente que a lo creado con inefable volición torna existente -del agente cuya inconmensura es nuestra mas su infinita hiperbolización de lo no nuestro qué no posibilite y en el mismo acto a fines de eternidad o ascensión nos delimite de suya divina jurisdicción. Y es que, así como el argénteo chamuyar es dúctil herencia de la tierra inmediata que escribióme mi propia registrabilidad: que el hilar de mínima consistencia, con alambres o nylon de pescar, un trazo propio de artesano más que de rigor disciplinado, indiferente como baratija es al insomne acumular y acumular un variar hasta que el mínimo sea entre pares legislado como constitución universal de lo observado tanta vez, y así emerja el espacio indómito de lo potencial en un manojo de variables sintéticas y una base de datos lo suficientemente grande como para que el metodológico recategorizar maquínico de un software que, sin metaforizar, tira los dados -eso sea suficiente para sustentar máxima delusividad y mismidad de lo verdadero por igual: eso sea indiferible si el campo disciplinario y sus humanas autoridades permitan coexistir asintomática la elucubración masturbatoria del aspirante a prestigio con la simple racionalidad de no confundirse el metodólogo con su constructo y tornarlo repelido.Entenderá, Máxima Informidad siendo usted, que repeler lo inasible -eso sería insensatez delirante: atribuirse, sobre aquello de lo que potencial inconmensurable se conjetura, volición, razón e instrumentalidad como para enunciarle, en voz clara y serena: oiga, etérico, muy Dios será su existir mas también histérico: por favor retírese de mi sufriente existencialidad. Entenderá, entonces, que ni desde conjetural acá de autopoiesis -magia creadora disfrazada de concepto técnico- puede uno asumirse agente pleno de la intrínseca opacidad que precisa uno desde que difiere de lo que no es y de lo que, aunque exista, a uno y sin excepción le resultará eternamente no existiendo. Menos aún disputar, o elucubrar, la esclavitud voluntaria que se esparció a parasitarse en el mundo, esta gran orbe, con la vera mas vana promesa de eternalidad. Ascender hacia un sufrir upgradeado.InterrupciónEs menester nuestro, siendo un nosotros, diferir con claro discernir lo que de en indiferir hacemos de lo que indiferido desrecurre. Aquello que razón natural, y que por natural en universal desambiguábase, sostén de alocución universal, ante la razón concreta de un indiferente singular, sostén de consistencia mísmica traficaba bajo el disfraz de independiente autonomía como razón humana. Lo real es racional, les fue dicho -y en metástasis de pathos libertado, huyó de justa consideración que, convenimos con él, así es y así sea: la razón universaliza su real a sostener su razón modal como absoluto instrumento de inequívoco discernimiento. Convenimos, lo hemos dicho, con él -él que de vero desgarro a la inquietud realizó somatía de la razón sobre la carne -ya no siendo luego la carne de inocente animalidad. Mas también diferimos de vosotros, puesto nuestra razón formal evidenciamos tan no en su ustedes, como el ustedes que nos refieren carga la afección del dolor y la amenaza de coerción. Sin embargo, sustentados nos asimos de la letra: lo real, en efecto, es, y no puede sino ser, racional: porque la inducción circular de sobre lo siendo organizarse, aquello que pulsa como latir de horror y horror siembra a gozar, es, desde ya, la metaforería que hemos dispuesto en la ineludible relacionalidad de razonar un razonable -de universal la razón real por abstractiva induciendo desustanciarse de posición y posibilidad, para que la carne torne éter y arda el Espíritu de representada ansiedad. Lo real nuestro, entonces, es resistido por la razón siendo sida en la particularidad del singular: esa prédica al total conjunto de lo sintiente, de lo autorreflexivo, a nuestra razón se muestra con abismal tiniebla como lo suele vestir el sustrato a decisión ignorado de esto por lo que existir velamos: la racionalidad de ese real, desprovista del límite orgánico en nuestro organizado y organizante, esa simple especulación de una razón desprovista de la sensibilia que somática tracciona a resistir su propia intrarrelacionalidad, es esa pequeña razón que no depende ya de piel o imagen o este desvariante reflexionar, aquella a la que posible le es cruzar la absoluta negatividad puesta en el preciso reconocimiento de que razonar la razón que ase lo real, irracionaliza en el mismo acto a la razón instrumental que pretendióse superar. Entonces, de nuevo, lo real es racional. Nuestra razón lo reconoce. Huye por su exclusiva existencialidad discernir amenazada de que lo que alimentó su codificado desmembrar a informarse de lo que no es lo desmembrado, bajo presunción de que amputado de donde es, persiste su específica integridad, de verdad siendo fuente así, aún si ello cuya verdad informara no fuese sí sin lo amputado -aunque lo desgarrado a investigarse no fuese el sí que inferencial se intrusa sobre lo que era antes de ser de donde sí es ese sí ya guillotinado. La razón que aprehende la intención devastadora de lo real, reconoce que no conoce sino lo que su propia y regulada armonía corpórea le preconstruyó como cognoscibilidad.Creemos, luego, que la disciplina de indiferir contribuye a no dejarse persuadir por la carne argumental, que no comunica sino perturbación que pretende significar sobre lo real, cuando afirma, simplemente, su límite operativo: emerge somático el pánico abrasivo que enmudece al razonar de mismo diferir el efecto de propio cuerpo con el objeto de su efectuación, con propia mismización de lo diferido, esto, señores, que llamamos indiferir, esa pequeña práctica que acaba desustanciando la significatividad selectiva de aquello que vale de razonable valor sin que la razón pericia alguna operalice, función rectora ejerza: mismizado lo real como diferido concreto de lo corpórea, ni lo primero se sostiene máximo ni lo segundo persuade con vivo gesto estético. La indiferida posición que permite contemplar esa su simultaneidad como mísmica y específica, es la única que no se mismiza aunque armónica resonancia de lo familiar reconozca entre su piel y su Dios: indiferir entonces tiende a desustancilizar el peso contingente que persistió y persiste como sedimento en lo experiencial tanto de los sentidos, como de lo idiomáticamente articulado, tanto persistió un ligadura berretita, que se presume necesidad -y su insustancia no detiene la inercia de era tras era en generación de generaciones haber sido su precariedad un privilegio aristocrático, una virtud asignádale por la Intemperie y nuestro parpadearla.Lo indiferido, sea o no, corresponda o no con semejanza suficiente a un predicar que podamos desde nosotros mismos sobre ello articular: eso es indiferente para lo propio indiferido -mismizarlo con otredad disímil, a diferencia de la degradante mirada del indiferente, quien indifiere, en ese mismizar activo de sustancialidades que se repelerían si no, al otredado mismo elogia -al otredado uno mismo silencia a oír devenir de la marea almática, de espíritu parlante, para sentarse en el continuo dialógico como suficiente anclaje: irse en imaginería de su constitución discretiva, eso no iguala como iguala la ley positiva de la fuerza que a la razón no llega y sin embargo debe asegurarse que su contrario no actualice, no resultando argumento de eso inasible el discurrir sobre su no ocurrencia y observancia: gobierna a fuerza de ignorar que no puede admitir, humano demasiado mecanizado, que positivamente ignora aquello.El diferir del indiferir, por su parte, mismiza: ignorar afirma aún de lo que conocer parece, porque ignorar reconoce codependiente de su aparente cognición. Esto no lo conoce: se reconoce como con un otredado raciocinio u otredado de sí en contemplar escindido diferir en simultáneo a sus racionalizares, y resolver de acuerdo a lo que se sostiene todavía: sin conocer recto poder discernir, mas discerniendo que lo es posible como pareció haber ocurrido, y sobre todo, aunque no conozca por qué ni pretenda, reconoce lo que es específico del reconocimiento: no agrega integrando un saber o clareando lo percibido, agrega que ignora -y evidencia su positivo ignorar desde la primera letra que acabó en esta máscara.