«Nadie está a cargo. Sí, Nadie.»
Los nacidos
Coral
Lo que nace, nace naciendo, pero no era su naciendo lo nacido al nacer, sino su nacido. De esta forma, se replica el principio y se prohíbe que lo exista experiencia como su afirmado siendo: de haber sobre la noche repartido las causas del cuerpo siéndoles luego del olvido obvlivio mas no luz de ricordare para un allí, como del nacido se contempla pasado en que no ha existido. El conjunto emana el conjunto sido: la distancia temporal es cicatrizable, y la cicatriz es la forma que toma su herida. Debe preexistir el dolor o la pena, luego errar sobre ella. Sin embargo, al caso se erra sobre la presencia de un sí donde el exhaustivo infinito no compite con clemencia. Determinabilidad dependería, entonces, de alcance sobre una extensión sin sólido final que reduzca el rapto en tormento y llueva luego el espíritu sobre el cuerpo completo: tanto los vivo como los muertos.
De no haber existido, pre-nacimiento un siendo de sí como sí prexistir, ya no he que jaula refundara en diversos y extensos ahoras que alrededor de la esfera celeste en melancolía vagaran: desde el movimiento de empezar hasta el posterior haber empezado, es el estando su empezó lo que se priva como torsión del corpo ante el dolor. Podemos decir: su conocer inicia a la imagen como decorado que cubre al momento iniciado. Lo apofático reductible en misterio vacío y perfecta descripción, corresponde con la valoración dada a la recursividad fenoménica ocupando ocupado a los elementos por Atlas –equivalencia perfecta de suma cero entre las celdas y sus ocupantes, donde coinciden destinación y conservación: el cuerpo pre-propone la solución en su conservarse para un continuo de allá alma que se revela Destino. Esta alláidad, alteridad no de simple posición o sí sino de distancia inscrita que excluya lo sí de lo no en la medida de lo sí para lo no y viceversa: el intelecto no comprende al cuerpo comodín que aumenta la certeza investida en lo abstracto y al que se le niega discernir lo que de reactividad ocupa el opuesto en exceso de Destino dado a los destinados. Podemos, ya plural, articular la hipótesis de que la metempsicosis redistribuye sobre la falta de sólido un positivo de posibilidad, la destinación a ocupar otro cuerpo, cuya plausibilidad disminuye considerada la fuente afectiva que constituye su registrada efectuación al cuerpo, emanando conocimiento y no conociendo. Mas la jaula del espacio reducido al coronarse de los poros como reconocible ahí donde lo sido es sobre sí, la jaula metempsicosa fuera condena al alma y el alma ni sí fuera: el pesar de lo existente reiría su yacer existiendo de maníaca repelencia al infitivo existir que sobre el tiempo dispone a los muertos junto a sí, de nuevo la carne en su espuria significatividad resultando silencio y forma.
Material y método y estado del Arte
Se le reconoce al matémico o musa que legisló en recta condición la presencia que su presencia perseguía: el convenido adictando hasta cinco años, en de mundo inmenso de creaturas hablando ente viento y de símbolo y también pudiendo, el convenido apalábreo conserva la sustancia del recuerdo en libertad de la neblina íntima de reflexo soñar ser sigo, de su íntimo pensar pertencerle y serle a ser. Olvidado su arco y su veneno y las costumbres del placer, el daimon y los suyos, entera y múltiple compañía, ya no de Pan conciba la intécnica forma del horror en reclutar, sino que su propio que por su silbar ignorando, la casa de alma ajena ya ni su cuerpo, descartado, mas tampoco el propio, escindido, sino el aquel olvidado de la neblina íntima como Olimpo mostrado –es que sólo Dioses pueden ello, con su palabra hacer lo a asir, pero siendo el pitagóreo como un Virgilio que ingresa ya sin esperanza, mas a quien es la propia esfera y su cuánto quien en la forma de su exacto desespero sobre sí cuentan lo que parece canto. Retornado el hombre, la vida de vida se llena, y lo muerto no muerto se tolera permitirse observar. ‘Respetado de tumba es quién, sólo quién.’ Desde el fondo de la memoria que los Dioses han decretado la fe misma en su áurea materia: infinito de sin sólido ni sí final, absoluto de absoluto sólo pudieran allí y para sí en allí vivir de eternidad viva –otra jaula, de una metafísica perversa y un cerrojo astuto. La demás legislación convenimos espuria e inconveniente.
También debemos admitir las limitaciones metódicas y nuestras de registrar, deducir, inducir, inferir, especular o chamuyar su auténtico fin tras el perenne silencio engendrado: creemos, sin incertidumbre asignable y así siendo indiferible de un delirio, que de olvidar la lengua sonar, sonoro fuere en el conjunto sólo la voz Maestra, que sólo fuere y única Maestra para todo elemento del conjunto, donde la extensión modula frecuencia, y cuya autoridad no existió en acto. Concebimos que la torsión imputable a la conflagración de fuego en fuego, agrupada alrededor del arpista, ha de haber producido un símil de flexivos y metamórficos signos: que la entero Maestra era voz y única voz de quien hablaba, y de las bocas la boca una y suya se ocupaba, ocupando otro cuerpo –que no era exclusiva técnica del paso a paso de vida en vida, sino una hábil artimaña para estirarse largo eón en el Hado sin volver pisar un lado en máxima eternidad. Nos permitimos la hipótesis de que su infalsabilidad o verificabilidad se compensan y enriquecen el argumento a tal escala por el ingenio imposible de concebirlo sin haberlo antes sabido: sí, los embocó, pero el principio del embocador que beneficia al embocado, bien se lo habrán enseñado, y era de la tierra de los budas circulando. Nos resistimos de darles la forma exacta de su resolubilidad porque a potencial de sin inmune, el entero sueño de divinidad podría jurisprudencia sentar para siendo expropiado. Arriba abajo que in-aparece en-apareciendo desde tras la cortina, y sobre ese sólido imposible, ya Pitágoras resulta nadie, nadie exacto que de Pitágoras hizo enseñarse: retírase e invoca a su Maestro: nadie, a cargo.
Axiológica, preaxiomática y todos los perros que esta lista no incluye
Además de congenerar el reconocimiento de la sensibilidad hermanando entre hombres, incluyó la virtud de la temprana animación de Natura como de lumínica fe procediendo, en instancias de corto circular y ascenso propenso. Mas de la peculiar catalogación de las conductas anticuadas, retorna el juicio a barro del mundo entre éxtasis forjado, y anda, luego, su máxima máxima: a los difuntos recibir en desde silencio y con émpata respeto. Siguiendo a ninguna fuente sino a nadie, única fuente que cumple el mínimo de condición necesaria para valer su decir, la introducción, ya no extensa sino en el propio Maestro, de la sempiternidad de sin pasado concéntrico y gradado transmigrar, la presencia torna presencia y lo que era muerto es el acto en acto ya transmigrando: el espacio concebido en armónico y frágil equilibrio de ni ladrido sobrar que no tienda de su forma y a su forma cargue a quien corresponda: el respeto indubitable a los muertos es porque era y siempre fueron ellos los vivos de un allá que ignorar sólo puede si de allá en espacio, y aún vivos conjuntados como coro, o allá del tiempo y en otra vive su cruzar la eterna inacabancia de inmediato y sin estando: los espectros, los daimones, los dioses, los acá, de mismo y mismidad en misma y única consecuencia, con misma parte en el arte de sonido continuar a los astros más supramundanos como a la simple degradación de comerse un haba: el respeto es delo presente como presente estando, y uno presente le sea siendo, cuando si de mirando cadenciarse a recordar su compañía, a eterna fuera porque eterna sólo nos es la venida. Dedujimos de esto el polemo epocal posterior donde el de ancha espalda con señorial dignidad no lo disputó mas demostróse divino también a la argumentación de llamarse a siendo los idos por su maestría. El exilio, de uno, como de tradición oriental desasido de todo sí que nadie lo devino sin asignarlo, sino mas de imposible conceptuación siendo, el otro recordó en metódico cegarse de las formas para del engaño corpóreo privarse recibirse lujuria y disponer su mismo destinarse como huir, de aquí. Recordemos, simplemente, que ante el fuego del espíritu que a su pueblo bendijo, se atestiguaba, por sus bocas y sus signos, que de los ardiendo eran aurigas los Dioses mismos.
II. El óculo en no
Tanto mi lengua, que como la suya, lector, que mengua ante la luna conmovida y saliva derrama sobre labios que se inspiran a contarlo entre silbidos y croares, a contarle que aquél, él: Nadie :, y que inexistía su lugar en el cosmos, y que esa fue su tortura y su pasión: que del retorno incluido haya en retornar Él –que su sea, dijo, y fue, coincidan el dictor, lo dicho y el hecho por el decir: Pitágoras realízase de retornar Pitágoras, siendo en Pitágoras –ya no la forma vacía de un sí, cuya realización es la de haber sido, aquella forma vacía, discontinua, entre existencias encarnadas del sí y donde la concretitud existenciada es aquello discontinuo; en Pitágoras, la forma y la concretitud coinciden, y lo que retorna es su exacta singularidad, la afección ya no del abstracto y circular reconocimiento del sí, como lo conservado en continuidad: el exacto sí, Pitágoras, se realiza de su exacto sí, Pitágoras: verifica el alma suya persistir del alma, el principio abstracto, mas bajo la forma de su exacta forma, Él: este es el ciclo cumplido, la eternidad circular manifiesta en su retornar singular como Pitágoras: ello lo torna Nadie, propiamente Nadie, donde el sí de lo que fue él coincidiendo con el sí que es allí él, ya no es asido como un recordar haber sido mas como recordar estarse siéndolo.
La consecuencia es trágica. Lo que antes fuera la pura indeterminación del pasado, positiva indeterminación como valor positivo y ya no falta o carencia ante un indecidible, y aquella pura indeterminación de formal correspondencia en intuición que la afectación experiencial confirma y verifica, realiza al esquema intuido en exacto verificarse de afectar su lo exacto en el sí exacto: la forma de pura indeterminación que garantía se ofrecía en la experiencia mas cuyo esquema abstractido sólo a la intuición érase atribuible, se demuestra en la inversión del principio cuya idea aparejada traía el discontinuo en la vida como lo discontinuado sobre una continuidad de existencia que verifica lo discontinuo en otredad de lo continuado (la afección como el recuerdo de haber existido en otra vida, concretitud divergente entre el contenido del recuerdo y el momento del recordar): ocurre que lo antes manifiesto en discontinua concretitud sobre el continuo existir encarnado, coincide en continuo tanto de la concretitud como del existir encarnado: el retorno incluye la verificación de su concreta actividad, Pitágoras se verifica retornar Pitágoras, exacta divergencia en el recordar como exógeno al existenciarlo en recuerdo y el existenciarlo como endógeno divergir del recordar existiendo como retorno de lo existido que es existiéndose de sí: recuerda en ese instante que ese instante se manifiesta como recuerdo de ese, en el instante preciso, recordarse en lo que está existienciando. En pocas palabras: Pitágoras retorna Pitágoras.
La tragedia se constituye, luego, como el Destino, el tender-hacia de su sí, donde Pitágoras retornado Pitágoras, cesa del concreto afecto y del abstracto principio, en absoluto y radical efecto del retorno sin retorno que retorne: Pitágoras deviene Nadie: su nombre, la inscripción de su singularidad, el signo que lo designa, sobre la lengua en que concurren los elementos a diferir y coincidir, a que un signo le corresponda sólo a sí –el signo que efectúa la interpelación-, cesa de designarlo: el retorno, al efectualizarse, cesa de disponer objeto sobre el que operar, y en su lugar el concreto y singular Pitágoras refiere a nada como cosa: Nadie es su individual, síngulo signo. La boca común donde la lengua fluye de elementos, donde cada qué se afecta del signo que lo refiere, incluye el simple, verdadero nadie, alocución específico a otro que es excluido de lo que se vincula entre esa nadiedad y su vinculado: nadie niega que haya sí donde nadie es al ser designado, y en el espacio común de los otros, nadie dice a otro que otredad no hubo, hay o habrá ahí, en el espacio donde nadie como signo indica exacto negar de que otro, ese alguien abstracto, ocupe el lugar: el vacío formal del signo indica un elemento específico como substancia de la que se constituye esa vaciedad. Luego, Pitágoras tornando Nadie, resulta el positivo elemento: el sí, la especificidad vaciada y negada de ocupar la posición, se despliega en la masa sonora donde la diferencia entre Nadie y nadie carece de carácter que indique diferencialidad.
Por ejemplo, que ‘nadie puede existir eternamente’ coincide con que ‘Nadie puede existir eternamente’. El primer caso es, estrictamente, descriptivo de un conocimiento existenciado por aquel que reconoce la ambigüedad no señalada, la inocente mayúscula que posibilita concebir un nombre propio para un singular, como una cláusula regulatoria, legislación del ethos y deber que obliga por un común temor; esta dimensión es concebible por Nadie, al que se designa pudiendo existir eternamente, y lo concibe bajo la cláusula de un condicional implícito: el de un ‘no poder existir eternamente’ sujeto a que, en efecto, corresponda a la figura de un no-Nadie, simple nadie conversatorio. Quien enuncie el principio, no ejecuta cita de una prohibición, ni describe posibilidad negada, ni afirma imposibilidad de efectuarse lo que predica: resuelve en ese propio acto la condición de su realizabilidad, que sólo un individuo nádieco, el positivo nadie individuado, resulta condición de existir eternamente. Sin embargo, como al uso de la lengua, ese ‘nadie’ niega alguienidad posible en la posición, y la singular concepción de un Nadie le es inconcebible como existencializable, lo afirmado aquello, nada afirma, nada informa, nada distingue de naturaleza, nada dice y que saberse pueda, que negarse niegue. Sin embargo, el Espíritu, de inextenso recibir lo dicho e inextenso enunciar en bocas, carece de posición suya que singularice posición co-ordenada: cada sí dice a otro sí, y cada sí desde sí dice a otro sí que lo recibe en su desde-sí –la posición para interlocutor es la de cada sí, que en forma de lo extenso no coinciden, uno este y el otro estotro, mas como forma de relacionalidad es el común ocupar la síeidad que confiere eso, lo conversatorio, la consistencia suficiente de relacionalidad entre pares: pares entre sí, diferidos entre sí por cada sí para en-sí, formal equivalencia de los para-sí que sustentan el reconocimiento de pares, de común y operativa subjetividad, puesta en acto de ese conversar. Mas el Espíritu, la esoidad del común, de signos que incluyen a los del cuerpo social, y de signos que exceden a los del cuerpo social, confiere el fondo donde lo dicho los singulares cohere el contenido como receptáculo de lo que, aunque enunciado, ninguno de los hablantes dice desde sí, para su en-sí, y para-sí desde mediada objetivación de otro en-sí: el Espíritu se indica en lo enunciado que nadie dice entre quienes dicen, en lo comunicado que ningún singular experiencia en su existenciación, mas que como sin objeto de referencia, en vez de incoherer o confundir, es absorbido por el Espíritu, la autorreflexión como tal, registrando al cuerpo social como cuerpo de lo vario que se especifica mediante lo que ninguno de los individuos dice por sí, y ninguno de los individuos registra en su sí, sino que el Espíritu manifiesta como hablando a través suyo, y cuya articulación en singulares devuelve articulaciones sólo al Espíritu comunicándole, sólo como actos del y desde y hacia el Espíritu comprensibles. Que ‘nadie puede existir eternamente’, el Espíritu dice. Cultiva así que ‘Nadie puede existir eternamente’. La lengua sonora, el habla de aire curvado en la materia misma del viento, la tormenta o de la brisa y el suspiro, ¿cómo difiriera la ‘Nadie’ de ‘nadie’? No lo hace. El Espíritu, sin embargo, no precisa de la distinción: ‘nadie’ es una ausencia, descriptiva, positiva, dada sobre un espacio de otredades donde la otredad está en el término, y donde la posibilidad de ocuparse ese es descrita como ausencia: en esta posición, la del sujeto del enunciado, se predica una consecuencia: no poder existir eternamente. El espíritu recibe: ‘esta posición, determinada por un espacio de otredades, exige para la consecuencia que se le predica, un sí, un sujeto, cuya substancialidad de sujeto positiva ocupación del espacio de otredades ocupe, y cuya ocupación de ese espacio sea positivada desde la propia ocupación, y donde desde la no-ocupación indiferible resulte de no habiendo ocupante alguno. La consecuencia, en última instancia, es que Pitágoras tornando Nadie es el momento de realización de su retorno como Pitágoras, que conserva la figura de la singularidad propia del singular exacto de Pitágoras, mas cuya operatividad en la lengua común, responde al nombre, interpelación, de quien lo refiera por el término Pitágoras, y que sólo él reconoce como refiriéndolo, mas por serse realizado de su singularidad como singular retornada, por el propio retorno de lo sí retornado, la simple referencia a ‘nadie’ se interpela con la desustancialización de su especificad: ‘nadie puede existir eternamente’: eso tiene un solo sujeto, en nuestro marco, destinario de interpelabilidad: Pitágoras, en la calma realización de su nadiedad, es aquel a quien cada ‘nadie’ refiere: el continuo discursivo, dialógico de la lengua, a pliegue de que las designaciones singulares le van verificando un común acontecer de acontencerse en múltiples bocas, fuentes de síes, para el que cada sí el objeto de su interlocución opera sobre otro, singularidad reconocida de pares, mas cuya persistencia se sostiene sobre el indiferir de las fuentes como síes, de las bocas específicas, en el continuo dialógico del Espíritu: Pitágoras, así, se reserva el privilegio de la boca capaz de reproducir lo asido en el vario de insustanciados singulares, que para singulares torna manifiesto con la apariencia del saber, y que configura el martirio del Pitágoras realizado: conserva la corporeidad, percibida su singular apariencia, que es recibida como Pitágoras que hablase, y su imposible instanciar la coincidencia del retorno de sí que realizó el retorno de su exacto sí, discretamente se insinúa en la autoridad del saber, en la lengua de nadie que pormenoriza la cadencia de lo que hablaba en el común sin que singular alguno diga sobre sí o para otro en sí, de costumbrismo resultando gesto, reacción del dolerse común que la forma de lo excesivo tomó para ser tolerable. Ya no le queda, entonces, la posibilidad de decir: ‘Yo es nadie’, ‘lo que diga, lo dice el nadie que Pitágoras jamás fue’, etc.: desde la alteridad de posición de síes, eso, cualquier eso dicho por la nadiedad que Pitágoras ahora es, se remite a Pitágoras. Su autoridad, remitida a su saber, es el martirio que el común, sin poder evitarlo, le impone como castigo por, a sus ojos, no ser lo que es: por el Espíritu incluir la corporeidad de decires en sonar y en signarse, donde Pitágoras es un cuerpo más, que el nadie lee, como del sonar un párrafo, como del observarse emerger una palabra, cuya fuente dice en un así –cuyo así de limitado receptáculo, la carne, puede extender con el alma y su alcance en la consecuente eteridad: su evento siendo, así, universal, y un universal de forma y concreto universal, con su hasta-ahí, con el límite declarado entre comprender lo comunicado y el rapto como condición de previa e integrada dispersión en comunir.
Del español, castellana nuestra boca, de fácil romper exacto o pulir de geómetra, en aquella voz sangrante de cenizas, imposible le era: nadie hace falta de como un no para hombre alguno, o dios, y ellos sólo de nada disponían, donde no cabe hombre –solo queda entonces la opción de que un dios haya sido quien cabía: Nadie de propio nombre, como Ulises, pero de nombre existiendo como Ulises urdió engaño Él creando, máxima falta ante los Dioses y allí estando, lo que ahora llamaríamos disfraz: la auténtica, originaria libertad de sí, sólo sí –reconocerse simple, así también fundirse en la áurea marea de lucinios que fuera fueran y de gozo sabiendo en su cada inhalar el suspiro del otro viento: toda boca, múltiple cantor, sola fuente un melodiar la lira que el poeta respira para conservar su vida, y él la fue, el cíclope confuso de recibir el saludo celestial de un hombre inexistente y allí sólo puesto por sí para su Destino, durante escrito en Ulises, sin saber él que la imagen lo refirió: Nadie, dijo el errante héroe –y la bestia escuchó el tenua eco que sobre el Maestro sonó, en su espíritu, como mente, como aire de éter suspirándole ensueño: no hubo confusión: fue Pitágoras quien, tras haber ya ocurrido aquello, decidió de su laureada y sin cadena cognoscencia, salvar la Historia del pueblo suyo, donde él era, asegurando a la eternidad, que jamás varié y de absoluto jamás, su presencia ante el ojo –y su presencia libertada así, de acto heroico sin sí. Nadie dijo Ulises, y el músico lo fue. ¿Cómo puede aún la tradición equivocar la intervención divina con la astucia de un libertino? Por Homero, de aladas palabras fundador.