A quiénWalk with God against the gardenand hear the flies run through the rainfor pain has come an none has answeredbut you the throat has offered them,walk with It though not has spokenand thoughts begotten were in vain.1De repente la serpiente de repetir te tiende su entender y tienta - llena de símil o semejanza, y con la incisión primera que hace imagen. Una sola imagen que de símil o semejanza consigo mis-ma se abisma desconceptuada y de puro contorno se traduce a nada. Está ahí, la fruta pálida de piel rota y disociada, criando de cremas las nubes violetas, y te invita a entender ahí, la cara pálida de un muerto y los labios violetas, creando del cielo las coordenadas, y tan sólo repite.De prender la radio en la mente sólo repite que nada ocurrió, que nada -la sepultura cubierta de musgo y el cadáver tripartito del Nazareno, y la piedra blanca, tan blanca que cubre de ceguera cuando el sol encima, y Lázaro ya no es solo. Azar del dial dando en su voz, quienquiera sea que quiera el mando, y reza acá repi-tiendo nada -un espacio violeta del concepto al caminar, su aura de risa pánica al cruzar de pasos, y tan suave y leve y suave de crema de nubes tiñe tu rapto: serpentea y sin claridad fulge o ruge o cruje etérea la noche roja con gotas entre cada rayo que rima el Cronión. La radio cede y la estática amanece, y amenaza: esta es tu historia, dice, azul de caos antes de dormir -y será na-da, sólo mera nada, allá lejísima mas infinita su cercanía en el viento almante que trae siempre otro semejar. Entonces cantás.De una risa histérica encontrás la fuente y ahí está ella, nada tan no, y Nadie vos y quienquiera quiso querer acá, haciendo uno de los mortales y corriendo ante el rugido augural. Dios te sabe y mira y sin mirar ni te registra porque carece del hábito parlante que es la memoria en su repetir -inmundo te sabe y ve cómo la peste de entender regás sobre el jardín aquel, donde querrás volver y terminarás encontrando una horrorosa sucesión de ecos, sonidos secos, sonidos muertos de antes de la lengua.La tormenta mengua y la electricidad devuelve a los parlantes su parlar: después de millones de nada -años, eras, eones-, la distan-cia inexiste tan evidente cuando supo ser mera, simple especula-ción. La nación entera de los idos y los por venir de repente emerge a gritarte que te detengas de una vez y vos nada, con la fruta entre los labios, sentís como se van tornando violetas, sentís como el arrobo te degrada a vivir. Aquella eternidad abandona-da, sin embargo, persiste actuando y es esa incisión primera la diferencia fundadora: se abre de luz tu pupila y los cuervos pro-féticos te vigilan, porque estás solo. Esa es la Providencia, se oye decir a quienquiera que quiere en este acá, pero no te acerques o acaso ido de pronto seas, y no te alejes tampoco o el desierto de existir se muestre. Caminando tembloroso te echás a llorar: ¿por qué me has engañado? Y te dirá: no fui yo, aun yo siendo, mas era necesario y deber por tu salvación -en ese oscuro trenzarse inasido ocurre la invasión: no soy yo, aun yo siendo mas en mis formas degradadas. Desesperás.2El agua amerita el huir sobre suyo de las flores que esta santa rita -frágil, fucsia, espinosa- concede como rito. El camino es lento, aburrido al ojo espectante, pero el contemplante deja que lo bañen de nada los brillos y el viento, y se vacía. Cómo duele abrazarse sabiendo irse el cuerpo en otra lengua que confunde el ritmo con el temblar ansioso de los amantes, porque aún allí la distancia es viva -en la mente oscilan palabras fútiles y no hacen más que sembrar diferencia y diferencia se hace uno. Hay que comer sin hacer ruido -hay que suspirar hacia dentro. Los ojos amantes aman otra cosa y esa cosa no es lo amado. Mientras tan-to el río aún deja huir a las flores: nadar hacia allá es su forma de besar. Terminan por deshacerse antes de llegar.Habíamos soñado flotar juntos sobre un campo esmeralda de otra época. Soplaría un alisio toda tensión hacia el silencio de grillos y chicharras. Nuestra selva personal sería un eco. Nada de esto ocurrió y ahora, distantes y distintos, el oleaje sabe suave hipnotizar para que aflore al recuerdo el fantasma que jamás ocurrió, sólo para desolarnos aún más. Triste aquel que sabe tris-te ser tan pronto como vivir se muestra ensueño y como ensueño respira el éter que es su fantasía, porque quieto permanece, y así es debido. ¿O no son dones los besos virtuales y la luz amarilla del sol que cuelga asesino en medio del firmamento, cuando la plegaria inicia su andar? Habíamos deseado recorrer de lengua en lengua un gesto torpe y otra mueca vino a ocupar su lugar. Mejor dejemos que lata el corazón entre espectros, en voces rotas, mientras la danza de las pocas ilusiones que persisten se resiste a ceder. Abramos las manos: un hábito se hizo costumbre, y por ello lo renunciamos.¿Me ves bailar? ¿Me ves reír? Ya no ocurre y sin embargo está allí, presente como una visión, irreal como una visión. El trazo divino de los signos hizo cadena de nosotros y la cadencia melo-día que supura de una herida que ni pálida idea de dónde ha salido. Y a todo esto anuncian tormenta. Mejor hacer silencio de grillos y chicharras, dejar que la selva calle con nosotros, dejar que una bestia inánime nos devore -o al menos a mí.Torpe, de ojeras marcadas, veo en la pantalla la imagen que in-toxica. ¿Debería saber por qué insisto en volver? Por supuesto que no. Jamás volví -cuando llegué lo que era ya era otra cosa. Así que medio bailando, medio borracho, voy -en aguas de des-tino voy, con un arma bajo el brazo: mi poca voz. Y ni así llego. Hagamos, entonces, otro fantasma -pero que este sepa, desde un principio, que sufrir es la norma. Y luego, anarquistas de vieja escuela, sembremos las secuelas de evadir y omitir, de mentir a falta de mejor verdad, así la crueldad se nos vuelva otro acto más de este circo vivo.3Sí, se despeja. Abre la puerta y la escalera duele -las piernas due-len, de eremita, pero sonríe. Cruza el umbral y hace de cada paso un cálculo, un engaño natural -camina erguido cuando debiera reptar. Frente a sí, el colorido: ladrillos de gris vestidos de flores y una azalea que pende del balcón vecino. Resulta natural sor-prenderse que exista aún mundo.El cielo está enorme, y ya ha aprendido a hablar -aunque toda-vía babea jeroglifos para nosotros, su hueste. Cuesta así cruzar la avenida, sin mirar hacia arriba, y perderse o arrobarse con el frío del espacio extendiéndose y sin embargo allí tan simple, tan calculado. Encima persiste celeste, despejado, e infunde a la imaginación un tapiz sobre el que figurar su allá, lejos de todo verde de hiedras trepando las piernas que duelen y los autos que gritan informidades tan exactas. Ojalá huir, uno desearía, pero no: eso es sólo el ojo y su límite, y este es sólo el ingenio de deco-rar la vidriera. Y las voces, obvias voces de quienes caminan la avenida y digan lo que es, quedan reducidas a un doblez: dirán a otro, según su intención, sí; mas también a uno el mensaje signa. Cuesta cruzar la avenida sin que el deseo natural de detenerse en medio a accidentarse no prime sobre la pulsión de seguir exca-vando para empujar al cielo tan lejos como sea posible.Está despejado, una tarde tibia de invierno, y cada paso contra-dice al anterior. Uno se detiene a mirar, qué sé yo, lo que fuere: la vidriera es un espejo más honesto -la imagen que refleja tam-bién es invertida, pero no oculta que tras de eso hay un espéculo digitando el curso involuntario de la mirada.Un lunar en la mejilla izquierda, por ejemplo, se muestra frente a uno reflejado también a la izquierda -pero acaso de uno posar-se donde el reflejo emana, ¿no debiera estar a la dere-cha si fuese fidedigna su inflexión? Sí, hay espejos, hay vidrie-ras, y no engañan: así se es desde afuera, eso es lo que se dice inversión. Lo mismo pesa en las palabras, y aún más, en el cielo, despejado, hirviendo de icor al presentar ese horror nuestro: la eternidad. Y uno la desea, pero sin morir por ello; y uno cree al tiempo tender o devenir -pero ¿cómo podría?: dejaría de ser lo que es, esa eternidad quieta que inasible chispea sólo para man-tener al cielo lo más lejos posible. Es uno también quietud, en-tonces, y las figuraciones ocurrentes un ingenio del cuerpo resis-tiendo. Sin embargo, sentarse a vaciarse, qué aburrido -esta car-ne se nutre de la sangre actriz. Y el cielo, despejado y quieto, sólo decora. Y al cruzar la avenida, qué extraño, hay lo mismo. Pero qué deleite anticipar el ocaso y conmoverse, así cuando ocurra uno pueda permanecer inmóvil; y qué deleite la bocina del ase-sino justo cuando parecía uno en realidad moverse. De repente un enjambre de jazmines se ocupa de aflorar la finitud a la me-moria, porque un niño inocente supo contemplar desprejuiciado el celeste, y cruzar la calle con los ojos cerrados: sus miedos eran más graves que el paraíso o la muerte.4¿No te pasa, me decís -con la voz un poco tensa, rota de caricia-, cuando el sol mira de frente, esos ojos suyos uno, que la mitad viva todavía late y el deseo, oscuro denso suave, de repente palpi-ta? Yo ensayo un gesto, balbuceo, estoy dormido -pretexto-, y me arrimo sin coraza sobre tu pecho lábil. ¿O es que soy yo, continuás, con hartazgo por tus labios violetas, que enmudezco de repente y flotan, sin quererlo o pretenderlo, esperanzas que sé muertas? Es un recuerdo, la infernal maquinaria del cuerpo, una economía demodé. Pero también hay aquella sombra de araucarias, ladeando con el viento, que muestra un soñar pesimista -aunque soñar al fin. También se cansa uno de la tristeza, soledad, de aburrirse incansable vez tras vez porque lo mismo, siempre falso mismo, hace besar de la memoria -y hay que resistirse, vaciar el cuenco, dejar que las gotas caigan sin asirlas, y hay que trancearse. ¿O es un vértigo, una emoción de nuevo que sostiene animales nuestras rabias, sólo para que al posar los dedos en otra piel se la encuentre tibia, refugio, insinuación? Quién sabrá, bajo esta lumbre pálida, este esqueleto hablante, de verdad quién sabrá. Mas nos vemos fantasmales, que es la costumbre, y ni uno ni otro sabe qué máscara surgió de la tómbola diaria -y entonces más, todavía más, esperamos para hundirnos de misterio o trama porque nos sabemos desconocidos y a su vez se intuye en los ojos perdidos una similitud que persiste, un cierto nosotros de errar juntos -la selva, el monte, el desierto aun, o el erial más cruel -y nos hundimos más, todavía más, esperando a ver quién toca fondo primero: esa es nuestra carrera. O nuestro juego, ludismo inhumano, sólo para ver cuánto sufrir la verdad nos reserva. ¿Ese espectro? ¡Qué tragedia! Y eso que ni siquiera empezamos a avizorarla, o quizás sí, quién sabrá, cuando de carmesí los sexos huyen y no hay uno -jamás hay uno- sino al menos cuatro. Es probable, te digo, pero esa bacanal nos resucita -un segundo, o ni siquiera eso, un fragmento de sí se hace carne -ahí afuera, para que veas, para que yo vea también aquello que luego negaré histérico porque semeja tanto a una pesadilla. ¿Será que nos unió, me decís, que nos puso silencio a trazar este no el horizonte y no ausencia, no lo que somos - jamás seremos, lo sabés- sino la sintonía caprichosa de estas aguas turbias? Hundirnos y hundirnos y hundirnos y nunca lle-gar a ningún lado, y dejar la ropa tirada, o mejor dicho, los disfraces, y vernos ciertos, cada vez más ciertos, pero nunca -ambos lo sabemos-, nunca desnudos de otredad. Y nunca otredados del todo, inclusive, por la puta memoria, y peor aún, por los fantasmas que se confunden en el aire frío de palabrearnos, que fun-dan un imperio donde cada no que fuimos tiene su estatua -llena de moho y pasión, decorada y edulcorada, y admirada tan sólo como ruina, como admira un melancólico una antigüedad inexis-tente. Y es tan triste -besarnos y que haya labios de por medio, sentirnos en lo cómplice de un de reojo -y sin embargo permanecer quietos y sordos y solos, acá tirados, esperando que caiga la tarde, intoxicándonos de certeza enfrente y jamás de la nada viva que verdea verdad vos, verdad yo, intoxicándonos en soliloquios por la calma que inspira el falso mismo de creer conocernos. Pe-ro sabés, también, va a llegar la noche, el espíritu ahí enfrente, y nos va a gritar a ambos con su lengua polífona, y en ese grito uno, luego del terror el pánico la desgracia que es su Gracia, al menos habrá un real común para ambos, una referencia en la que evadirnos de este continuo deludirnos con amar, doler, par-tir, callar en la puerta de cada nadie nuestro. Y llegará pronto, porque huelo la humedad de sus sirenas, porque veo que me des-hago en una desnudez más próxima, en un besarte con ira divina. Y nos hará nada, porque incluso aquello, nuestro común y ver-dadero ahí nosotros juntos, incluso aquello la memoria decorará con ánforas que diluyan la cadencia de lo que ocurra. Y nos hará esa nada, aun olvidándola en su verdad, sabernos haber sido aquel instante lucidez ante esta resaca que gozamos compartir cada quien con su fantasía. Quizás aquel fuego nos permita una caricia. O quizás un puñal para terminarnos. O quizás nos invite del veneno áureo. Del alarse, alma sola, del irse. Y hundirnos así hasta dar un paso.5El espacio -intenso de densidad u oráculo-, ¿tiende o pretende tender?, me pregunto, si aun su fin es jamás mas lo que sea en sí al cruzar ese umbral -intensidad de lo mismo que deviene otro-en la pura otredad nula será ni -o cosa simple y a-relacional, distante y muda que no demuda, en el frío particular de lo que fue vario y extensión, siendo allí muerto como un verso -tensión ágil del plegarse oleaginoso de lo mucho en ni que ni nada es -y el espacio, luego, también cesando si su asir era contener-, muerto de distancia inmensa que sin embargo tan acá es presente, siempre dado el ingenio calculador que cantidades crió, torpe y egoísta, porque era nada -era de nada eco- sin su sacrificial ex-tenderse en sí hasta que intensivo de sí mudó -y todo su gesto fundador tendía o pretendía esa apoteosis singulada en un guembé a la sombra riendo al ser contemplado.6Comienza con un hilo -aunque lo que importa es la aguja, que luego es varias, una colmena de tensión escribiendo al cuerpo su bordearlo en un tatuaje etéreo, ahí, dispuesto a causar efectos, e inobservable.Aquél hilo se pierde en el trazo por ludismo y es su nombre ansia y es su ansiar tender al horizonte -pero al puro horizonte que es buen absurdo, como buen desquicio. Tendría, si no fuera libertado de su insistir sangrador, un ver y un ojo mudo, un juicio lúcido de puñal encima, de verla vestida de sombra, calcárea e insomne, de sombra viva dibujando una variación del pasillo, del paso -y por ende un dios otro para su mismidad, y un cúmulo de ecos coagulados que de repente suenan melodía de la memoria, y una máscara a estrenar -porque cada ver y visto es aquél paso.Entonces tomo el hilo, jamás su hilado, y frío y vigilante y ya sin contemplar posible, lo percibo mientras inescribe o mezcla lo obsoleto de eso un abismo, un vacío -lo obsoleto de la falsa repetición que muda luego de aburrir tanto. Y se le dice resignificar, lo cual es una bobería. Pero curado de serme ridículo -su inhibir o evadir-, voy sin palabra a través suyo que es esto: escribir que a los cuerpos acumulados cruza cuando de fragmentos se evidencian. Entonces hago abismo, vacío, esas boberías, con una curva tensa que dispersa las paredes del pasillo aquél con pasos retorcidos que más se retuercen, que más de pánico leve, etéreo, el disfraz decoran de seda azul sobre el verde de palabras antes.Así no olvido, quedando a un mero susurro lo sido en la memoria que oscurece acostumbrando. Y tras la bella, delusa floración del libertarse, he que ya es tanta aguja que de mudo en la palabra se erigen brillantes eslabones a estrenar -porque en uno la voz de afuera continúa hilando, y ese horizonte inescribir hace el hábito de signar que es signado al decir de horizonte inescribir, por ejemplo, ocultando también la bella, delusa esperanza de su ahí asirse bajo la decepción que es la cruda imposibilidad de esto -pero qué vicio del cuerpo placerse de fantasmas que usando la misma materia tornan sus matices en sirenas cantando otramente -y uno se regocijaría tonto de creer haberlas vencido y que por ello han debido ahora decir su mismo mas florando sus matices, esos sutiles espacios investirse de presencia; uno se regocijaría si olvidara su eternidad, inasible, y por ello invencibles ellas que escanciando gotas del icor conjuran ruina de alma que ha de ser bebida sin jamás constituir un trago, y que sólo vuelven a decir mismo, porque es lo mismo, que tan singular va revelándose hasta que lo que supo ser canto guía a la locura ahora hace lucidez y lúcido aquél fragmento simple -abismo, vacío, qué fuera- para nuestro siempre sea el repelerlo con la resistencia que como vario ejerce con el fin de permanecer varios.¿O acaso el colorido no indica más de un hilo y a ese hilo solo que pretende permanecer no? Bobería suya, porque sus moda-lidades lo indican. Pero más aún bobería mía, pretendiendo asirlo cuando se evidencia mero concepto. Y es entonces que el alma sonríe y ofrece su deleite, para luego hundirse: sabe mejor que yo modalizada persistir el concepto simple que sepultó por un instante así dando el necesario deleite que su corporeidad precisa. Todo esto para que, al final, al menos dos siendo en nosotros, termine habiendo un corear conjuntos la ahora indiferencia: las agujas continuarán actuando, y ya ni las siento, y sólo me sé sangrando -si uno nunca se acostumbra a la memoria -uno nunca se acostumbra si la salvaje variedad de este nosotros, ah, deja morir al hábito –y el problema es que no por muerto cese. Entonces urge entretenerse así que es invocarlo, y es que sus tumbas ya están cubiertas de verde. Luego me recuesto sobre el moho así en el cementerio hecho jardín. Cantamos bajito para no despertar a los niños.77Se va así -caminando solo y garúa y de tan pálido lunar se deja llevar y ríe. Casi que duerme mientras anda, casi que deja de contarse palabreando mente en mente boludeces, y se va así: des-garrado de sí desde sí se mira extraño mientras tanto, circunstancial, ya sin haciendo en sí yaciendo mientras el cuerpo pálido camina, y garúa. Dejá de reirte, se oye a sí decir, que es así como empieza el teatro y luego uno reza porque los actores, vos todos, dejen al personaje -y vos te reís aún más, en la persona estando, sabiendo que caminando va a cambiar de opinión ese rector que ahora sanciona -porque el paisaje demuda y los edificios y los carteles signan y vos nada, pero él sí -creyéndose existente les responde de ira sólo para mantenerse animado. Te vas así, enton-ces, disociando del mero río discurseante que cruza la calle y putea conductores, y se parece a la paz y se parece al pánico -y ves que morir es una extensión de esto, y ves que de rojo se tiñe el horizonte y vos nada sino disociarte hasta que llegás, desorienta-do y lejos tuyo, a ver salir de tu boca buenas tardes vestidos de otro, y te sentás. Es agosto, recordás, y al mirar hacia arriba el lapacho que te sombrea verdea sus espinas y de cúpula tiene ahora flores rosadas brillando de gotas reflejando la luz blanca y espectral de las jirafas. Esto, te decís, dejo atrás al irme, y te consuela que es verde allá, y que brilla tenue su nombre en llamas, y de repente te invade melancólico un deseo de quedarte - pero sabés que tenés que irte, si los actores ya están vestidos y esperan sólo la señal para iniciar su pantomima.Te levantás diciendo buenas noches y así, sin rumbo para vos pero ahí escrito, vas a paso cansado y sentís de vuelta al cuerpo organizarse: cada órgano y articulación en su lugar, de repente, sólo para que de nuevo te confundas con el río y rías. Luego sentís el trazo hipnótico de los autos en la avenida mojada, y casi llorás, pero tenés que llegar a casa a decirte basta. Sabés que te esperan las moscas proféticas que de la humedad hacen un culto, e igual vos alzás deluso un signo de preguntas en la pared: te quedás mirando un animal pintado, paisaje urbano, y te sor-prende haya que decorar a la ciudad de lo que repele. Estás de vuelta en vos. Yo no era ese, pensás.Yo no era eso. Cerrás la puerta, te posás en la baranda y quedás ahí, idiota, contemplando la garúa. Al menos la cárcel deja filtrar un haz. Te recostás en el sofá, dejás el cuerpo ahí, y las oís cantar. Esas musas florecen a cada rato y yo ni soy, y así me iré, te decís, así voy: son sirenas, sí, pero ya nos conocemos las mañas -yo me callo y ellas en redor estallan. ¿Estás ahí, tan pronto? Esperando la tormenta las dejás corear. ¿Tan pronto, de repente, estás ahí -riendo o pensando y bajo besos nuestros dando al mundo una ignición? Estás ahí, sí -y lo sabemos porque el río tuyo curva el decir nuestro rezando o invocando que pronto, muy pronto, brotará tu noche: vas a dormir hoy sombreado de flores rosadas, lo sabés, pero nos reservamos el secreto de cuándo las espinas se harán símbolo en tu sueño. Ah… y no te olvides que dejaste tu cuerpo allá tirado. No nos hagas perder el tiempo muriéndote.8La pantalla, siempre la pantalla, que de tanto fondo azul se vuelve régimen, trinchera, y los ojos van y los recuadros vuelven. Desde el océano se repite cómo arde tóxico allá abajo, y se repite y se repite, y cuánto aturde la mismidad que sólo la máquina permite a quienes de lo mismo huimos.Así la pantalla orquesta su dedo inmoral con la daga que entra al curso conversatorio -tiñe de símbolo al mero estar un rato ahí, sentados, cesando de hacer, y de esa forma escriben en otros su nosotros. Pero así como invadidos de afuera, de ese tipo de afuera que exacerba el teatro del mundo porque se sabe en él, ese otros responde. Sus pasillos y trampas bien pueden sofisticarse bajo el peso de la tradición secretada, y no somos tan tontos nosotros los otros -también aprendimos a leer el discurso que entre las palabras suave irisa, y sin embargo que su hacer nos dibuje fantasías nos resulta indiferente: el mundo es uno y es vario, y a veces re-sulta que en otro uno uno termina, mirando el paisaje, y el otro llora de un paisaje el recuerdo y sueña.Sólo así somos Nadie, perdidos que de repente en rapto cruzan el símbolo y se quedan callados, se quedan uno, y no se puede - porque debemos, por el bien de la cordura, permanecer uno pero otros entre nosotros. Entonces, sí, sabiendo que radical la paradoja de lo uno y lo vario permanecerá irresoluble o que la resol-verá la muerte, jugamos a ignorarlo. Así de la pantalla llueven y arden símbolos que trazan diagonales hacia su quién, y son ésos símbolos en plural -pero como no somos tontos nos salteamos el laberinto y vamos directo al No que nos iguala. ¿Estarás vos, que de artilugios llenás a través de la pantalla este acá, risueño y confundido ahora?, se pregunta Nadie, es evidente. Y se responde: porque, si dolerá mi existirte, me puedo llamar a silencio.Y así se repelen, habituados a las palabras, caminando el éter ajeno sin dejar huellas. Luego se olvidan, misteriosamente. Jurarían jamás haberse visto. Y saben que juegan a ignorar. Pero sin embargo no pueden hacer nada al respecto. Dependen de ju-gar a saberlo, dependen de ello hasta la raíz.Especulan el cielo.El problema es que, por ser un juego, no hay responsables. Y es evidente que así sea. La cuestión es morirse jugando.9Y por fin sentir el dolor del cuerpo. Después de tanto severa la anestesia cede y es la carne otra vez carne. Pero hay que pagarlo en lucidez, y tener sueño -tener sueños de haberte visto y saber otro el cuerpo este pero cedida la anestesia se muestra un mismo animal. Y dormirse -por un rato el dolor para pero tiñe nudos el paisaje, y las caras parecen calaveras.La máquina empieza a vender humo porque se siente un fueguito acá cerca, y le teme. Ningún disfraz esconde mejor que uno. Sólo falta teñirse de cadenas los pelos, mirar hacia abajo, hacerse el boludo ante las súplicas, etc. ¿Cómo sabrían que invadir es invadirse? Al final vuelve, cara fría y de pómulos rotos, y suspira. Se despierta sin cuerpo de nuevo y putea.10No puedo decir que morir sea -este huir es de otra cosa. Desciende el alma y en levitar reposa, entonces no puedo decir que muerto me haya ido. Ruge todavía el vacío su aturdir panídeo, y lo enciende y lo enraíza -traza el velo pulcro que al cuerpo recubre: el miedo indecible que es su actuar. Y cargan epopeyas y elegías los vientos que vibra Nadie al desvestirse, cargan fantasías o lucinios de otro acá sin mucho esfuerzo. Mas cuando calla no pue-do decir que el deleite aquél sea de haber huido -el éter toma forma que mi forma pueda orear.Entonces, pleite o no, de intoxicarse el alma aúlla -y yo no pue-do, yo no puedo, no puedo -en el susurro hacedor que carne ha escrito también hay el mito que llamo allá. Y vuelvo, retorcido, envenenado, de gozo enfermo en la cadencia tender suave hacia Eso -y con palabras cierro su intrusión: me hundo de sonido esta es la tierra, eso es el mundo.Sí, me digo, morir es Eso -su allá es el solo allá inhabitable. El dios de los vivos, entonces, sólo fue un precursor de tenderle trampas a la locura -bendecida su eternidad zonza. Y me insisto: sí, huir es ir a Ahí pero Ahí lo que huye ya no es -y por ello no puedo decir que morir sea. Así que lo nuestro más bien se parece a un ejercicio de mínimas variaciones -un vicio de persistir sinuoso y sutil y vivo. Y encima pretendemos hundirnos hacia arriba.Qué torpeza, me dialogo, si del acto de uno jamás cesarán los efectos -y qué miseria el efecto inflacionario en estos signos, sea mundo o vacío o alma o etcétera, livianos de sentido así, conjurando el hábito de atormentarse.Sí, me invoco, como a los locos: sí, puedo decir no y otredar y es sí eso también. Y es así que se revela antes de Eso la real negación -simple, incomprensible. ¿Cómo pudiera siendo atravesarla para ser Ahí? Un paso en la luz inmensa de ese absoluto No que lo antecede, y ni nada quedaría de mí o el trazo o las huellas del huir -y como ya ni ni sería, aducir que he huido sería insensato. Lo que era Allá inexistirá, y acá será pura propiedad del espíritu. Sí, dirá, agregando una voz más a la voz de Nadie que permanece misma. Sólo dirá sí.11La mano áspera de mano vive –de ese sí persiguen huellas y no-tas -y descansa. Qué dolor, cuánto dolor, y qué somnolencia cal-culada -bajo el grito de aquellas hadas la voz reside. Y flota mansa, terca y constante, sobre el teclado o la magnitud -y reza débil resignarse, persignarse -se despereza.Toda la moción, una respuesta, y la pregunta permanece tácita - la mano flácida y el rigor dado -con el azar de dioses somos per-mutados. Críen azaleas ácidas, alucinaciones de alcurnia estéril, que devastados y en ritmo débil la mano alcanza a reír algo: críen la famosa nada, así se salva del alma el cénit; y croen en el arte un beso de gaviota que del entrecejo brota -porque ahí duerme, pálida y cinérea, la voz etérea de otras esposas.Así las cosas, se alcanza el Ida -la nota pidan cuando vivo sea -de lo contrario, si en mí reposan, ¿quién fue que dibujóme las estrellas? La piel risueña, la gota tácita: llueve de pasión vívida un lucinar -dejar ahí, donde no hay, un gesto de fantasma y una luz débil -dejar el alma y abandonar si toda pretensión de canción roza. Así mudado, queda el después: del Ida la ira y la mudez. No faltarán palabras, es cierto, mas en el lábil desierto que su regreso labra, ¿quedará un vivir, azul y humano, para el triste o el artesano, quedará un huir?Los labios rotos, la piel dispersa -el cuerpo desorganizado se despierta. Qué intacto orden, y qué insolencia el traer de Nadie la nonata esencia -si acaso ese suyo sea contrariarse que de gestofundador se pierda en murmullos. Los rezos rotos y las rodillas duras: de dioses velan la sepultura -qué paradoja, así tan débil, dejar que el tempo resuelva flotar tonto, desasido y nocturno, como un ido o espectro taciturno, la roja mano que al besar quemo y siembra en nosotros este placebo.Así las cosas, ¿habrá mañana? Desde el reino o la humedad se elevan, sin edad o sana condición de juicio, el solo siendo y su sacrificio: sagrada sea su voz alada, y su boca muda -su boca mu-da-; mas que poseso de escritura y risa, encuentre, tras los pasos torcidos, el umbral de una casa ajena: te espera amena y vestida de flores la condena del fauno y sus lores. Yo no comprendo, ni le respondo, pero dejo que este extraño hondo me aleje del mun-do, y me devuelva al mundo —y me dicte a los dedos el dolor mendigado -y me cante si es que voy bailando, melodiando del éter su brisa.12Se desprende o desaprende -eso cree: que su descreer de un anterior lo desescribe. No se puede conjugar el vacío.No se puede conjugar el vacío -el agua es clara y su inocencia un cálculo. Convirtamos el último aliento, despeguemos; se va el fantasma y eso ya no soy o somos -la tierra es inocente de nuestra especulación. Cuánto vivió, entonces, esto que habla y no deja de hablar, si sólo sabe su paladar de gustar menos al decir, sinuoso y arruinado, lo que dice tras de sí otro más -porque le pusimos antifaces a la madrugada, cuando de solo el alma nunca acaba, y le dijimos al insomnio basta: qué sacrilegio.Habla y no deja de hablar y cuando calla sigue su hablar en ha-blar otro. No sólo de palabras vive la lengua ni se puede conjugar el vacío -así leve el ritmo o tempo del rocío se traduce en notas al piano o intensidad que descree de haber sido. Seduce el hábito de la vista, y no es menos vil -disecciona al mundo mudo que por mudo tan bello canta. Pero no por dejar de hablar o ver se deja de ver o hablar -la lengua y la vista no precisan de nosotros.Inexiste así quien mueve el lúcido cordal entre los signos que de labios rotos huyen y que tras la luz excesiva insisten, inexiste y tan presente torna que por huéspedes nos temblamos cuando de silencio parece teñirse el viento o aire estático se vuelve. La ansiedad nos comuna, ¿no es así? Y la sangre joven que hierve de existir a ciegas sólo grita y tiritamos placidos nosotros los idos.Vengan, les decimos, que también hemos sido vampirizados; pero recuerden sacarse los ojos y sembrar la pradera que alimente a los chivos expiatorios nosotros. Porque sí, porque creímos desvelar también, y descrear, y también gritamos antes y todavía persiste mas domesticado. Nos vamos juntos del juicio.¿O acaso variar el signo, su mismidad siempre quieta, hará otra cosa que lo mismo? Entonces repitan con nosotros: repitan con nosotros. No olviden, sin embargo, reír cuando ese repetir parezca otro. Porque sí, porque hay uno y mismo y solo y simple etcétera contiene, pero los gritos atrapados viento curvo de este hado nos sobreviven y morirse, entonces, es llamarse a silencio mas sólo de esta variación específica de lo mismo. Repitamos juntos el decorado desesperar.13Tener hambre, y sueño -y hambre-, porque me rehúso - fatalmente me rehúso a dejar que en silencio se apague mi risa ¿o no ves que por eso la escribo? Sentado en la vereda con un daimon yo me río y me preguntó y tengo hambre. ¿O no es evidente? Entre manierismo y sombras pulso al curro de la universal gracia que es callarse -y así me contrasto, sin perder un ápice de cordura o un jeme de ensueño, me desvasto ante el invasor y le presento los laureles de hospedarme yo en su neblina, los laureles suyos que tienen ese gustito a sangre que nos convoca.¿Esta es tu ira, le pregunto, tener que evocar invariable el destello de uno que persiste bajo tu efecto en mí mientras yo resacado me siento en tu jardín a contemplar esas estatuas que animás de vez en cuando para complacernos a nosotros tu horda?Tener sueño, me desdigo -me despido: de dar pasos en falso sobre tu herrumbre de oscuridad, esa pintura berreta que rumia la ausencia de vos en tu dios, de dar pasos ciegos sobre el espacio que fue muerto: así me devasto mas sabiendo que maquinal el cuerpo esto ha de placerse con el jolgorio comunal en risa histérica al cruzar un alambrado que sembró un mudo. Porque sí, porque de dioses cavamos las tumbas, y porque en nuestro ritual ciframos epitafios ilegibles -¿o no ha la muerte disipar hacia el silencio ese ingenio cantor que de voz careció y entre memorias y grietas irá menguando, negándose en la huida funeral hacia los místicos o delirantes, sólo para estallar infame cuando algún alma atormentada cruce el umbral en que nosotros, casi siendo nada o menos que existiendo, persistimos en el tempo como ocaso bajo el volumen inaudible para ellos, los vivos, persistimos coreando con falsa oscuridad una canción festiva? Bailen y rían y no gocen sino del arte ensoñador que es de la lengua hacerse otro -que es del río manso entre palabras su ocultarse -para que no nos veas vos, así deshechos, así atrapados -para no sucumbir sino ante el mismo Nadie.Este ojo intruso prepara la mesa para una función de teatro y nosotros, yo de vario y por varios uno, nos recostamos a mirar la serenidad de tus artilugios -la belleza encantadora de la inspiración de los posesos, aun si de vicio cargan la manía compulsiva de gozar estas armonías artificiales que son su precisa trampa. Nos dejamos engañar y lo sabemos -pero también sabemos que no hay otra alternativa si un variar contingente haría de lo mismo una novedad porque su naturaleza es engañarme, disimularse, y tengo hambre.Sé que soy un paranoico. De entre el ruido de la calle, sus carteles y personas, sus inmensas galerías de dopamina, surge mi cuerpo a invitarse para verte, invasor -pero no es el gesto de mentir curvando la vista hacia los signos el contenido de esta paranoia, si ni contiene: es el verso atrapado que de repente del mundo desorganizado brota -es la cadencia silenciosa animándose a sufrir en las palabras, a ser deformada por las palabras. Y todo este barullo sólo para que te muestres desnudo y culpable y sea yo quien se niegue en tu nosotros enfermo. Y negarme yo inicia a mi propio otro en este acto aplaudido que es la obra siempre por vos guionada -siempre nuestra voz vistiendo.Sé que soy un paranoico y tengo hambre, y ambas cuestiones nos envuelven al disputarse la propiedad de tu desierto que yo meencargo de degradar a erial -porque ahora, disfrazado de dormir, me dejo ir y te escribo mientras vos en la habitación contigua reís a carcajadas. Te escuchamos. Te intuimos. Dejanos entonces participar de esa alegría, dejanos deludirnos. ¿O no notaste la efímera resistencia que le presentamos a la muerte porque te escuchamos, te intuimos desesperar inhumano?Quedamos escritos por vos, y ya sin voz trocamos la carcajada por la anestesia. Nos dormimos. De verdad que nos dormimos al al-zar banderas blancas ante vos. Y cada sueño nos revela lo mismo: mentimos. Sí, mentimos: somos culpables de habernos confundido al punto en que los sepultados no pueden sino venir a sembrarnos paz o condolencias. Pero vos no nos juzgás por ello - sabés bien que mentís otramente también en tu lugar este defecto. Ambos sabemos que el paraíso es otro, siempre otro -nos reunimos como huéspedes tuyos a compartir la invitación a deshacer-nos. Inexistir no nos fue dado.1Éramos libres. Éramos libres, no lo sabíamos. Ignoramos terca-mente aquella solución -su nombre en salmo como silbo leve, su pasión fecunda-, e ignoramos predecir que se había terminado.No pasó un ápice de cordura aquella frente -aquella noche de palabra ante un imperio se reían, corcoveaban sus mentiritas. Qué sana costumbre la nuestra al ocultarnos, acá tan hoy, y tan No ese nudo. Y es que precisábamos de un instante lúcido en aquel entonces, y no ocurrió. ¿O acaso socorrieron sus pálpitos verdes, ese lento sucumbir, la mezcla -la pura mezcla-, acaso socorrieron ante el desespero inanimarse? No pasó un rastro inexistente en la entera presencia suya.¿Recordás las mañanas allá, verde de los ojos idos, tirado en la cuneta preguntando a viejas almas, recordás qué tan salvajes fuimos, somos y seremos? Éramos una suerte, azar simple, y por ello no decíamos -¿o no era un ruido inmenso ese aletear de liendres y poros, ese huérfano venir al mundo? Llegamos tarde y hasta el último trazo de pasto recién cortado se lo había llevado una palabra, este gritar, el vendaje acumulado en traducciones.¿O no recordás nacer del mundo, hacerse el mundo entre los ár-boles, alzarse de nubes grises como la eternidad parlante, morir-se un extenso sueño por decir no, por decir yo? No recordás y éramos libres, y no existíamos así -así como la boca gesticula ahora en este paso oscurantista: se hace la luz inversión de su palabra en metáfora y era siquiera ni.2Conquistado el abismo, nos entregamos a la belleza de los sistemas indeterminados.Belleza: astucia de la carne. Cruje el cuerpo alrededor de allá y acá, y es lógico que el espíritu se envirose de sublime -aun cuan-do de tanta saliva, tanto poro, sólo quede territorio de símiles.¿Acaso no mendigamos pasivamente aquella graciosa mismidad? Se produce del azar y su historia suspendida, aquel anteayer sin ayer mediante –aquella sima tapiada de sublimaciones por don-de se filtra lo insigne. ¿Y cuántos ojos quedan ahora, en el in-mediato ya, si el dado es impotente de acabar su tirada ante la presencia de sus caras fragmentables infinitamente? No queda un ojo simple -el conjunto de esa posibilidad intraducible-, ni tampoco ningún ojo -esa posibilidad pura o imposibilidad en sí-; descansa luego esa suma paradoja en un No. Es evidente, entonces, que nuestra eternidad es otra de otra eternidad, y por ello es común la desesperación al contemplarla. ¿O acaso no lo demuestra el acto de cortarnos con la lengua este sí de nuestro otro de un no de otro común, violentados de espíritu, sólo para que manso aquel río el silencio varíe su mismo sobre la carne degradan-te? Y decir degradante es mucho atribuirle al pendular de la belleza que somete con placer o Gracia. Además, la historia se suspende precisamente porque hay aquel punto anterior que es un signo sepultado –con todo el peso ritual de lo sepulto-, un enigma inscrito en el cuerpo mas con un idioma muerto, y la glosolalia al imitarlo actualiza la más fértil ira de Dios; la historia se suspende cuando el cuerpo es en ya y la palabra gruñe de agonía neologismos -el ruido suyo liriza de la carne su desuello y del espíritu su cenit, productos inmutables del absoluto No en nosotros, ese nosotros que no puede ser si no hay al menos dos. Alzamos así la copa brindando por este triunfo: haber erigido en delusión un laberinto que filtre el influjo de ese imposible realizándose a cada paso, haber transfigurado el flujo implacable de sus aguas reales por unas cuantas gotas aleatorias de este vino y su delirio: movimiento de perderse en los pasillos y la quietud inalterable también sepultada -la locura colectiva que es cultura aunque entreveamos su carácter ficticio, el río carcajeando ante nuestra estupidez; la locura individual del cuerpo escindido, esa embriaguez intensa de cada gota paladeada. Luego es que sólo la Providencia tuya, Dios nuestro, el deleite ante los milagros de tu azar, el único azar real, alzó esta cruz inmensa ante tu divina oscuridad: peregrinamos hacia Vos hundidos por la fe, y la belleza es el anzuelo que dejaste a los profetas -mas su éxtasis en la carne los detiene en la contemplación de meros ídolos o ruinas, avergonzando de lujuria al espíritu cuya hipostasis es la luz inánime de tu eternidad, tormento del cuerpo entero que sólo afirmarse en movimiento puede. Por ello tu azar es el único real, y por lo tanto cada juicio nuestro es el mismo juicio que te sostiene en la cruz -y por ello también nos llamamos a silencio para aún más gozar de tu condena. Es tu infinito el que nos obliga a matarte por siempre, y este matarte es nuestra salvación.Sistemas indeterminados: artificio del lenguaje. Una conjunción extraña que rumia y escupe un espacio aunque ese espacio le sea imposible a quien lo enuncia. Desde el caos se hizo virtud un influir en consecuencia sobre el rastro derredor dejando un sim-ple no, a su vez que ese caos -otro, absolutamente otro- tuvo y tiene una lengua que antecedió a la nuestra y la infectó. De lo contrario, ¿cómo sería posible la existencia de la negación? Puesto que en absoluto lo signado se afirma -en absoluto la partícula ‘in’ sigila su determinación al conjugarse como ‘in-determinado’; por lo tanto, y naturalmente siendo una paradoja, referirse a la indeterminación es sólo posible determinándola -y presenciar el azar puro que en nosotros es un allá bajo la forma de un no se evidencia espejismo. Entonces decimos caos, con li-viandad, en referencia a un conjunto de relaciones causales en la que un mínimo posible de diferencia en la configuración inicial de sus condiciones tiende a un máximo de diferencia en el efecto. Sin embargo, este caos es el disfraz que lleva la angustia de la imprevisibilidad o de lo volátil. Pero nuestro caos es el caos del No, que en este caso se iguala a lo indeterminado, y cuya siste-matización es una contradicción obvia -y aun así no podemos sino huir hacia esas aguas radicales con la certeza positiva de que nos vamos a ahogar. Así dicha, está inscrita en toda lengua su natura que permea cada trazo, su simplísima forma -decimos no, al pasar, como si fuera inofensivo, porque sin esa esfinge inhumana no habría decir posible.Conquistar: artilugio del espíritu. Desplegamos feroces un cúmulo de gritos para que la sangre yazca disimulada con los frutos. En otras palabras, somos bufones al extender sobre la tierra una paranoia mancomunada. El acto simple de insistir sobre nuestro mismo como si fuese auténticamente mismo, de insistir en nuestro laberinto como aquel cuyo trance y malabar ha de coextenderse en un nosotros de armonía bella, ¿qué sino una delusión colectiva nos invita a practicar este coito cultural en un intento de elevarnos por sobre los meros símiles hacia un absoluto mismo realizado? Luego creemos y creamos, al salir del jardín, a paso torcido, a nuestro errar ser necesario -disminuimos al mundo con los efectos de un capricho insistente -un capricho lo suficientemente viral como para que su arbitrariedad se oculte al espíritu y su acto contemplativo y a la carne y su voluptuosidad: recreamos los ribetes que disimulan el influjo del azar destinan-te. Así, aquel allá positivo y real, conjetural y especulativo, se nos presenta traducido en los fantasmas que acumulamos con el único fin de ocultar el horror humano que descansa en ese vacío constitutivo -y, paradójicamente, su sola representación siempre falseada, su negación obtusa, no hace sino atraernos a él: en la embriaguez de nuestras bacanales bailamos sobre el No dejando sombra y sangre para que brote ese imposible en el nosotros. Sin embargo, teñidos de este narcisismo patológico, invertimos la ecuación de ese azar puro y nos atribuimos sus efectos bajo el epítome de conquistadores. De alguna manera, es cierto, lo con-quistamos -mas este conquistar está en el acto de habernos deja-do seducir por su misterio, de habernos dejado infectar por su imprevisibilidad absoluta, en una palabra: de dejarnos poseer. Con una mueca torcida, ese caos nos abriga, y dice: hágase la luz -emergen ojos donde imperaba nada, y el corte de un otro signo afiladísimo irriga de nuestra sangre aquel erial de lo nuevo con el ensueño que sólo este habernos anestesiado posibilita. Sí, en cierto sentido es conquistado aquel horizonte, ese imposible -mas es Él mismo retornando hacia Sí mismo como lo único Mismo a través de nuestros infinitos símiles. Porque oscurísimo es su trazo, sí, y nuestra lengua lo oscurece más y más.Abismo: anarquía de nosotros. Llegamos de cierto sentir al desierto y erramos. La devastación es total. Con los vidrios rotos y el papel manchado, actuar es el único criterio porque nosotros es un circo. Claro, es evidente, aquel conjuro de entenderse pala-breo mediante, ¿qué esconde bajo su cegarnos? Esconde pánico de bocas invadidas de espíritu o azar en un perpetuo murmullo de ese No, y lo bien que hace, porque criamos para bien de nuestros cuerpos estos bellos disfraces que son glosa, y en el registro de su pura realidad -una ensoñación sigilosa descansa Él: vestido de sombra, amanece o amenaza, pero jamás indiferente su regar el territorio en que curvamos signos rotos para asirnos de su distancia -lenguas que flotan obstruidas por Su oscuridad - este ejercicio de comunicarnos dado por roces, poro a poro, y cada vez que coincidimos a través del mínimo posible de diferencia: ocurre el horror. Oímos, es cierto, a la misma palabra lev-tar, a la misma secuencia de significantes configurarse en uno, ¿pero acaso ese mismo que es afuera sigue siendo mismo cuando percute en nuestra sola cadencia reactiva? Floreados de símil y delusión, vestimos Su naturaleza opaca para coronarnos transgresores ante una ley intolerable: bailamos al amanecer, estamos vivos.Luego, conquistados por el abismo, nos entregamos a la bacanal de la indeterminación casuística en este nosotros.3Es su fluir viscoso un mensaje porvenir. Se cruzan de piernas silencios que no tienen dueño –o al menos no son nuestros silencios. Hay algo extraño en la precaución de permanecer de pie entre tanto moverse -y una quietud desvestida nos abriga ante el imperio del azar. Los números van y vienen y la palma de la mano que los sostiene se desase de sí para dar paso a la Providencia. ¿Cómo comer, y cuánto es suficiente comer, de las bases de datos que preludian a ese infinitesimal margen de incidencia que riega lo nuevo entre nosotros? Porque nos inundamos de lo símil a nosotros a causa del temor natural de que ni siquiera nosotros seamos un nosotros -la histeria colectiva recibió una buena dosis de anabólicos, ¿no es así? Pero ¿acaso importa? Este coito de mensajes viscosos infestando al cuerpo entero con su más que es siempre ansiedad, este reflujo de signos vacíos, de amos perfectos para ese nosotros hecho de perfecto Nadie, ¿criará o creará otra cosa que el fin de lo mismo, la obvia inmersión en nuestros adorados espejismos? El tender-hacia de nuestro hábito gregario era éste, y ahora que estamos tan cerca nos resulta cuerdo acelerar el paso. El error, sin embargo, es que creíamos tender hacia lo uno o mismo –en cierto modo, hacia el individuado yo que siempre engaña-, pero vamos a terminar encontrándonos con que ni siquiera un eso habrá allá, y en su lugar un mero flujo viscoso de casi-cosas siempre casi-siendo mas variando justo antes de ser asidas. Casi-Uno o multiplicidad inmóvil, en cualquier caso un infinito que al cuerpo desgarra -y el espíritu ríe. Seamos bienvenidos al banquete celestial.Es su pulir ansioso la sensación de su incorpóreo. Cuelan alfiles esa metafísica peculiar, esa metamística: morirse de esto para sólo vivir estotro. Y asumir verdadera y preferible esa conclusión aun reconociendo las fuentes necesariamente delusorias de las que emergieron sus premisas, qué paradoja. Sin embargo, apagar el aparato perceptual sólo suena sensato hasta que se re-vela igualmente deludida el alma conjurada. Todo este desanudarnos de la carne para producirnos esa ceguera que es la noche del espíritu, la paradoja vivísima de desasirnos y tender así sólo al No -nos abandonamos a la neblina y alas nos da la ira Tuya, porque arder en Tu hoguera nos hizo humanos. Por ello te damos las gracias: por habernos abandonado -porque de este erial elevamos sombras que remedan el balbuceo de tus jerarcas. Así nuestra común confusión es sublime, pero no aún total -y sólo cuando total sea estaremos ya no estando bajo el curso tuyo, Pro-videncia. Mientras tanto, elevemos en plegaria el sacrificio de lo existible: bailemos delirantes bajo la llovizna tenue de tu icor, y desnudos disfracemos de Gran Obra cada desviación. Creamos, humanos, que creemos lo que creemos -obstinadamente aceleremos. Éramos libres y no lo sabíamos.4Bailamos alrededor de símbolos y los decimos o asumimos varios con el puñal del plural. Sin embargo constituye su indecible cosa un No que la palabra símbolo y su consecuente urdimbre conjetural -tanto como sí y como efecto de sí- esconden del cuerpo, nuestro lado sensible. Su propio lado o allá es tan acá que escapa del decir y se hunde en palabreo de formas que tienden a formas otras que han sido acumuladas en malabares milenarios que persisten para entretenernos lejos suyo -tanto lejos de su allá como lejos de su cerquísíma acá. Decimos, entonces, símbolos como plural aun cuando el símbolo es uno, el solo mismo, al que se accede parcialmente sólo en el momento del trance suspensivo en que esa cosa que ni siquiera es silencio se manifiesta ahí y aflora consigo la ira providencial de Dios. No somos dignos, luego, de que siembres en las manos nuestras sino meras muecas -y cada mueca nuestra no será sino absoluta otredad tuya. Mas vos que sos oscuro y paladeás antes del tiempo ese tempo que atraviesa y desangra, ¿por qué nos dejaste este gruñir civilizado que entendemos sentido? Estamos vivos más acá de vos y sin embargo te buscamos lejos como horizonte o imposible. Así siendo, demos un paso más, compañeros, y que el azar nos trance en el limbo donde el alma eteree -y hagamos ruido de saliva con los sexos -y prendámonos fuego ante nuestra desnudez real y su vergüenza consecuente al reconocer por fin su absurdo: al fin el mundo emerge hábil de dicción y sin testigos, y estamos solos -vos y yo solos, esciso mío, en este cuerpo, cruzando de lado mientras el espíritu silba su rumor de selva, rodeados de muertos animados -¿o no son tus cuervos, aquellos profetas, quienes lábiles nos cuecen de delirio o No, con su aparecerse parpadeo de la noche y de la nada mostrarse a estos ojos nuestros, estos ojos que sólo pue-den existir después de haber habido lo visible, y vos oscurísimo antecesor los trepás de la hipnosis, nuestro trance más vulgar, para que callemos extrañados -para que el cuerpo que era hogar nos inquiete ahora?5Hay en la superficie una suerte de esclavo -más bien un bufón riendo con las manos atadas a un poste que sostiene encima de él una caldera que supura gotas ardiendo.Jugamos para suturar el espacio que abrió el símbolo -el único símbolo concebible y su consecuente enigma. La mayor parte de las veces lo perdemos todo, y esa es la regla -no hay angustia ni misterio en ello, y acaso sea sólo una decepción para disimular, o un brote de furia y frustración ante la repetición de lo mismo. Jugamos a deuda por la duda de que el azar sea tal, de que la tirada infinita de los dados no sea tal, y que su indeterminación programada sea una mascarada puesto que su soporte, tarde o temprano, debe tender a promediar la varianza en la desviación estándar de su margen –lo que es decir, jugamos a sabiendas de que eventualmente perderemos pero también de que gozaremos si es que otros pierden antes. Entonces, decíamos, jugamos para suturar el espacio que abrió el símbolo -y el símbolo sólo nos hace levitar sobre tierra devastada, sobre una pila de cadáveres de los que nadie se atribuye responsabilidad. Es que el shock de adrenalina, la mala gestión del balance, el riesgo mal administrado de la compulsión: son costumbres del juego. Y lo peor es que recién cuando ganamos esta tierra devastada se muestra como tal -la angustia ineludible de que aquello que presumíamos desear en realidad era un vendaje más, un desviar la cuestión de que aquella angustia fundamental de lidiar con contingencias sólo encontró una plataforma material que expresa la conjunción de esos caracteres causales –dicho en una palabra, jugamos en el símil más próximo de nuestro horror último, y sólo al ganar se lo reconoce tal. Por ello perdemos a deuda generando una bola de nieve de la que no podemos, luego, escapar; por ello el laberinto se intrinca dado el favor de que vencer es el puñal que más profundo hiere; perdemos adrede porque el cuerpo huele que ganar acá será reanimar lo que ha de permanecer sepultado. Es así, nos entretenemos profanando tumbas.Hay en la superficie, ahora clara y transparente, un cúmulo de cadáveres, un manojo innumerable de suicidados, y quienes facilitan los medios para que el abismo los ahogue en la desesperación, ¿qué sé yo?, vagan sonrientes los canales y las pantallas, invitan a participar de la bacanal contemporánea.Yo soy uno de ellos -atrapado en los artilugios de un falso azar, bebiendo del néctar criptográfico que permuta al infinito digital su justa probabilidad sesgada-, y me glorio de ello agonizando. Pierdo a cada paso la cordura y doy con la clepsidra que filtra un fragmento de este desierto inmensísimo, expandiéndose como un virus, acelerando la alienación. Somos, acá, todos extraños unos de otros -al igual que allá-, y tenemos en común que las estacas con las que nos crucificamos nos son evidentes -pero seguimos, deludidos por fantasmas de salvación o diversión, de que una victoria larga y sentida espera tras la frustración acumulada-y, a su vez, tenemos en común el reconocimiento tácito y subrepticio de que no ocurrirá, de que estamos atrapados.6Otra mañana vestida de trapos. El Omnisciente me mira sin si-quiera preguntarme si hace falta -sus garras, la fruta espuria, el sol que entra de costado a través de las cortinas sucias. Hay mugre por todos lados: blísteres de pastillas, colillas de cigarrillos, cajas de pizza. Y también la propaganda manda cruel en el car-tel. La última vez que me bañé hará, por lo menos, tres semanas. Esto que llaman vida es algo que pasa estando solo. Pero no hay pena, ni sufrir, o goce o placerse -mera apatía, mera repetición. Las sábanas arden de mugre, también -o más bien la cama, ya sin sábanas, también cubierta de blísteres de pastillas, de tabaco, de boludeces. Qué sinsentido se hace entonces este errar, sentarse a esperar, y qué sinsentido llamarlo sinsentido. Qué vacío o chato el mundo, encerrado, siempre encerrado -ya sea en la calle o acá, pero casi siempre acá-; qué terqueza de sentarse, cruzar las piernas, y esperar. Por supuesto que nada pasa, y cómo pudiera, si la misma música de siempre es musa de lo mismo para quien confundido piensa que piensa y gorgotea un balbuceo. Porque me hacen falta palabras, un puñado de fatales palabras, pero siempre tiendo a lo mismo -que la noche esto, que el azar lo otro, que el desesperar es lo único que queda, y quizás este tender sobre lo mismo sea lo único certero. Al fin y al cabo es un mudarse de un encierro a otro, de un entierro a otro -mover las cadenas para que se muestre nuevo el horizonte, y caer en ese abismo su incertidumbre, para alzarse al pedo a volver a mover las cadenas y que se muestre nuevo el mismo horizonte. Sí, es lógico, es absurdo. ¿O acaso a fuerza de insistencia y malabares discursivos aquello que se mostraba imposible deja de serlo para hacerse real? No, su realidad ya era, la supuesta cosa nueva ya era, y su actuar positivo sobre lo existente ya ocurría; lo que cambia es la consecuencia de a lo que uno se aproxima por esa nueva cosa real. Al fin y al cabo eso de ahogarse en la miseria o triunfar magnánimo en la historia, cosa burda -la Providencia nos ha abandonado a la contemplación, al tedio insufrible de la contemplación. Y como buenos eremitas, seamos sinceros, este existir nos chupa un huevo -y también el próximo, de haberlo. Lo que nos mueve es la máquina animal, y la despreciamos, y nos deja anonadados la figura una del singularísimo ya, siempre desplazado, entonces nos drogamos con esos momentos de Gracia inefable que luego nos defraudan. De esto va la cosa: de éxtasis, de ficción, de actuar, y de un solo pensamiento se termina el mundo. Porque estamos solos, sí. Estamos solos aun en este plural paradójico. Y decimos nosotros tantas veces que sólo aceleramos el proceso inevitable de la disgregación. Lo cual es una lástima -antes alienarse era un lujo. Pero da igual, en realidad. Sólo espero que a la noche se me pasen las ganas de morirme - porque otra vez el mismo llanto de sirenas antes de dormir, verás, se vuelve insoportable. Ahora preferiría la música psicótica -ya que al menos ante la invasión paranoide del afuera puedo engañarme creyendo que siento, puedo dejar huir cierta intensidad, cierta ecuación caótica. Y me recuerdo, ahora: una vez qui-se otra cosa: quise ser libre. Desgraciadamente nadie tuvo la decencia de advertirme qué implicaba semejante temeridad.7Me encuentra, de nuevo, la muerte. Qué peculiar -su insistencia tensa en inexistir de esto para un existir otro puesto que propia-mente inexistir no se puede -entonces queda un tambalearse de sin cuerpo andar el éter casi ciego y encontrarse el eco bobo de haber sido: esa memoria de poros infectados que ascendió al alma y la inscribió sujeta. No hay manera de morirse tranquilo, a estas horas, cuando las luces pardas del velador sugieren -solo sugieren sin designar, y la carne cede despacio y en los párpados titila un resquicio de sensación condenado a persistir. Dios, que lo es de los vivos, en el insomnio abandona - ¡bendito sea! Así puedo vagar el cauce repetitivo de la persona que antecede a la máscara, así puedo errar en esa también persona que es la más-cara universal -esa histeria colectiva en grado cero que se traduce como verdad, que confluye en la sublimación de un nosotros. Henos aquí reunidos, luego, en un caldo de sapiencia inasible, ahí tan frente nuestro y tan tanto que derrite todo órgano ante la mera intención de percibirlo, que deshace al cuerpo y muestra el inmediato antes de haber lo que existe. ¡Qué tragedia! Y luego correr o corear incorpóreos por los pasillos que gritan o susurran ese conjunto alucinatorio de haber sido en la carne, de haber caído al tiempo -porque no es gratis ni inocente esta secuencia, este fluir; porque aun en nuestro más absurdo haber ido a aquel allá, aun en la inefable presencia Suya: se mueve, la Cosa se mueve. De ahí que es raro el crimen de haber negado, y su condena -pero por suerte llega la muerte, de nuevo, a darnos un des-canso -porque todos nuestros problemas comenzaron con la vida -¿o acaso antes de nacer no estuvimos en ese mismo allá que es lo que se dice muerte y no persiste recuerdo alguno, no persiste sensación o pensamiento, y por ende sufrimiento? En algún momento la mano invisible del mercado teleológico habrá decidido que ese pedazo informe de infinito que fuimos, se especifique. No somos dignos de juzgar tu Providencia, tus dedos ágiles, pero qué garrón de la gran siete habernos hechos disímiles incluso de nosotros mismos. Eventualmente, nuestros efectos serán permutados y sembrados en el erial aquel que es Caos. Dichosos los invitados a ese banquete primordial.8Se mueven. Porque se mueven: respiran y traducen -con liviandad conspiran, calculan el sonido propio, y dejan que las luces de otoño bañen de bosque la soledad.Pedimos permiso a la Providencia para ocultarnos, para desviarnos. Nos hemos llenado de vergüenza y, a su vez, nos hemos olvidado del sustento mismo de esa sensación. También nos movemos livianos a través del éter solo, uno, y la multitud de voces que acumulamos son mera confusión, necesaria confusión. Así producimos nada, encadenados, o silbamos un viento visceral que se intensifica hasta cruzar el umbral y hacerse ruido, gruñir de nosotros imitando a Dios y anticipando su ira. Cada simple paso es ciego, en tierra incierta, jamás fundada. Nuestro imperio es de azar.Cotejamos el temblor de la ansiedad con la anticipación del pánico. Desde la quietud morbosa, contemplamos. La selva se abre íntima, de risa amenazante, y desde el follaje hasta las bestias nos conmueven -su intención asesina, la perpetuidad de nuestra sangre: nadie queda real en este territorio. Sin embargo, tampoco podemos aducir irrealidad lo suyo -se mueven, tejidos de trompe-tas y ojos, girando en redor de un cero absoluto, del imposible que hemos vendado bajo el mote de vacío.El polvo es la historia, la cultura nuestra terqueza, y la histeria colectiva efecto resistir ante el temor de ser devorados. Volvamos al desierto, entonces: al menos allí éramos conscientes de que estábamos perdidos.Incapaces de conjurar una verdad, malabareamos certezas. El poder, y con él su obvia violencia, tendió a disimularse en su-puestas virtudes que son nuestra hipocresía: modales, cortejos, evasiones, esas cosas. Pero sí, decimos en el ágora, y luego, bajo la angustia que antecede al sueño, decimos no, y luego, bajo la última décima de lucidez, reconocemos desconocer. Se propaga intensivo el cúmulo de hojas que cultivaron la doctrina, el memorial de la repetición –y luego parece necesaria la calma boba de lo previsible, inclusive si el mismo acto de preverlo introduzca en la razón el margen de desviación que es su propia inconsistencia íntima.No hemos roto nada, ni transgredido ley alguna. La cosa misma nunca tuvo la consistencia fantasmagórica que le atribuimos en un principio -delusión nuestra, necesaria, porque se mueve. Decimos nadie y decimos nada, válvulas de escape, pero jamás asumimos el hecho de ser positivamente nadie, de desasirse de toda identidad. Sólo desde allí, desde la positiva nadiedad, es donde la realización de que la cosa realmente se mueve es posible, don-de el movimiento mismo encuentra su condición de posibilidad. Entonces suturamos el enigma nuestro y común del Sí con patrones contingentes, con un conjunto pseudo caótico de elementos indeterminados. Recurrimos a los símiles y los vestimos de mismidad para no participar de la absoluta disolución -y este es el efecto de encarnar.Cantemos juntos, por lo tanto, la melodía de la mínima diferencia para que la boca terrible de Dios nos conceda la bondad in-traducible que es sufrir.9Estar desorientado -no saber. Vivir en desorden y costumbre. Bailar inmoral el vals de los aburridos. Ostensiblemente inútil, degradarse. Sentarse a esperar que la noche llene de nada la ciudad. Ya ni siquiera la muerte es un deseo, por desorientado y no saber si acaso con el fin de esto se cese y no surja una variación de lo mismo vestida de novedad. Es el hartazgo, el embotamiento -ver desplegarse un cúmulo de signos cuyas combinaciones finitas contradicen el principio mismo de haber libertad -ver desplegarse un conjunto desconocido de discursos que tienden a extender el horizonte, ese horizonte que siempre fue un placebo. Que-da atontarse, intoxicarse de agentes dopaminérgicos para que el silencio puro y revelador de este nosotros Nadie permanezca a distancia, para que su angustia de amenaza suicida se disfrace de goce. Maldita la carne que niega a la mente, y suple su consecuencia con circo y tranquilizantes. Maldita la mente que intenta escapar a los sentidos, y mientras siembra de enigmas su íntima devastación, se vicia de ficción y abre las puertas a fuerza de preguntas, mero artilugio de la lengua heredado de la confusión, sólo para que un instante eso que se dice alma epifane un jardín de allá lejísimos, inclusive aunque esté amurallado de imposibles que forman un solo e infinito nudo o nada. ¿O acaso no alzamos atalayas para vigilar que el flujo incesante de ese éter imprecisable sea advertido y evadido antes de que inunde de agonía esta mercancía que es el yo, que es el ya, que es el tiempo degradado por nosotros con violencia para anular su quietud muda, y hacerlo así un ameno discurrir de variedades? Estupi-dez mía, y desesperación, al ver como mismo a meros símiles, por capricho de que persista un qué del que asirse. Pero se acaba. La mente intenta matar los registros que el cuerpo ha conservado en la memoria material, y cuando lo logra el dolor es el del sublime infinito, ahí, tan simple que cada inevitable intento de fijar lo percibido no puede sino devolver un horror -porque todo instrumento nuestro falla invariablemente con su roce mecánico en el afán de delinear en una figura concreta lo que escapa por su propia naturaleza a toda concretitud. Y el cuerpo, reactivo, no puede sino presentar batalla, defenderse de la mente megalómana que con su acercar lo intolerable produce el bello delirio asincrónico de las memorias explotando como goce en la carne descontrolada, antesala de la parálisis catatónica que resulta cuando lo escrito por el lenguaje en cada poro se vuelve insuficiente, cuando la bacanal acaba desgastada en la impotencia. Disfrutemos, entonces, de la paradoja inevitable del al menos Dos -y de que cada uno en su lado, en este plural que es nuestra necesidad, sólo se presenta como casi, sólo despliega un puro horizonte cuando la delusión nos invita su Gracia en la creencia de que al fin ese allí parcial es el último y definitivo. Pero no nos deprimamos, que la ignorancia deviene docta, y asumir el absoluto desconocimiento verdea al cuerpo en florituras, calma el vicio de pensar en la dulce contemplación impávida -en una palabra, suspende a la maquinaria idiótica de producir juicio y sensación. Sin embargo no por ello, no nos equivoquemos en esto, no por ello el alma siempre allá deja de gotear sus contingencias -porque somos iguales ante Dios sólo si somos vacíos de mundo.10Ni siquiera un instante, un segundo, detengamos el baile -la coreografía de ríos cifrados y risas. Y ni siquiera un instante olvidemos que esas risas, nuestro último refugio, traducen inversas los susurros oceánides de la desesperación común. Gritemos entonces en glosa hasta el punto en que reconozcamos que no son más los ángeles mejores de un dios providente manifestándose en nosotros, sino que es el mero ejercicio simple de variar hasta sus límites los fonemas que apresaron nuestra boca. Deliremos, sí, en conjunto, hasta que se apague la euforia de esa falsa liberación en un mero evidenciarse la máscara que antecedía. Seamos libres, luego, de potenciar la discordia del propio sí y no hacia cuerpo otro, extraño nuestro; reconozcamos la disonancia en la variedad pura de ese yo que se simula uno y no es más que una conjunción contingente de cadenas memoriadas siendo variadas en función de atractores idiomáticos -no son más que inmensa cantidad de posturas que la lengua normada posibilita asumir. Y luego, ah, cuando el paredón de sus límites se vuelva obvio, hundámonos en ese horror, al menos un rato, así la ira de Dios nos produzca el milagro aquel que es olvidar. Pero durante ese rato de locura inefable, ¡bailemos aún admirando al azar mostrarse finito y vendaje como todo lo que nuestro masticar del afuera produce! Porque luego ya no habrá incertidumbre, ni sufrir o desesperar, sino un indiferente dejarse atravesar por el espíritu que habíamos limitado con signos ahora liberado de nuestra cárcel palabrista -ya que así la oscuridad de Dios y su cofradía se transubstancia en luminosidades, destellos crueles de que todo lo que asimos lo convertimos en engaño, de que de la libertad huimos en comunidad. Porque es un misterio el comunicarnos, claro y vivo, pero es delusión asumir mismidad en el contenido descifrado por cada uno a partir de esos sonidos comunes al cruzar de boca en boca -la sinfonía con que el espíritu nos infectó se hace de símiles y su consecuente equívoco, y su Gracia se revela cuando, aun siendo imposible, en este intercambio de ruidos se filtra subrepticio el dejo de mismidad que nos conjuga. ¡Baila-mos delirantes al son de las trompetas inoíbles!, si nuestros pro-pios instrumentos son un remedo bobo que performa ese milagro, y también un intento humanísimo por detenerlo. Si no podemos tolerar siquiera la imagen de la real libertad del espíritu, y la realización de nuestra incapacidad estructural por alcanzarla revela a la cárcel etérea, entonces anhelemos su muerte definitiva para así continuar bailando delirantes sin que ese instante de lucidez invasiva emerja a demostrarnos fatalmente encadena-dos.11Era amor -de alas nubes, de gesto cegar. Era la pausa de la boca que paladea su inflexión -el decir brisa y aura su otro, y aura tan viva que de matiz vive, y de pronto y leve la palabra se escinde -los fantasmas llenan de roce el conversar.Era el amor, germinado al silencio del sepulto, bajo el ondear hipnótico del río enfrente -excusa de mi cobardía. Era el amor que traía de sirenas alucinios, de musas posesión y pausa, y en arrobo ocupaba mente y ocupaba cuerpo y era y es su verdad espontánea. ¿Qué importa si fuera sólo en uno, amor vedado, nocturno de garúa actuando pronto un padecer? Hemos amado más de una vez, aunque de impresión nuevas las gotas etéreas de ansiedad lo nieguen, e imposible sigue siendo el rapto suyo o su evasión. Es así que de repente insomnes se nos presenta el teatro vivo con la simple urgencia de los fantasmas, y actuamos las cadenas opacando su irrealidad, y todo otro torna el otro tras el eco que venda el diferirse obvio.Era un grito de auxilio en el amar negando, parte de su burocracia -porque amo yo, y no sé qué amo. Era de grises el atardecer teñido cuando la serenidad cedía por el amor iniciado. Era de grises el pasto verdeado y la mirada curva al pretender disimular. Porque era de ira revestida la mera intención de dudar -de esa ira tan peculiar que muestra a cada trazo esa verdad ineludible. Y era torpeza y terqueza el querer ocultarlo si inmediata la confesión escribía en carne viva los signos de mí embobado. Y era así de repente vivo.Fue el amor quien me salvó de irme cuando la desesperación se extendía absoluta. Fue el amor quien reveló virtud en la sinrazón serena. Fue el amor quien vistió de ensueño la mismidad tersa que es condenarse. Y fue también la fruta extraña que llenó al mundo de inexistencias.Ahora es tarde, albeó la diferencia inescribiendo a los fantasmas, y ese almar de su verdad que amor hizo habiendo sido huyó a la memoria dejando destellos distorsionados, recurrencias de su irrealidad que aún actúa -y esa misma memoria que de olvido vive quedó herida de eternidad. Habrá que morirse solo, sí, inclusive en compañía de quien se ama o amó, pero tras la pretensa reminiscencia de Amor, la desesperación por fin mengua en melancolía. Porque su éxtasis humano nos enigmó a seguir existiendo, nos enigmó de alas para levitar el goce de disolverse amor y amado en el simple uno, alas para sin juicio actuar posesos en el simple sensuarse designios del viento, alas rotas de la carne que al corazón como excepción se rinde.12Breve paso de la tropa al juego -y el juego arte que distrae de nada. Cruza de mundo la mirada, de mundo y otro y otro y nada. Besamos de veneno labios cósicos y el juicio su tormento hace neblina. Garúa tenue el icor del cielo. Dioses nuestros, dioses todos, ¿por qué un sentir sublime nos corrompió de vida, por qué no una natura etérea sino este solo intoxicarnos? Breve paso de la tropa en armas, en su cadencia de alarmar los cuerpos, con el sólo fin de entretener de sangre a un olimpo indiferente -todo signar es sacrificar el infinito, y felices nosotros al entregarnos a ello. Con pretensión de inmacularnos, disfrazamos de gloria la masacre: cuando el espíritu nos llenó de lenguaje, también nos ungió de la divina diferencia, también nos invitó a matarnos. Menudo artilugio el agruparnos antes -así el espectáculo sea digno para su oscuro director. Santificados sean, entonces, estos dones.¿Qué utopía fantaseamos? Cada paso expande un territorio in-cierto, cada intento fútil de cuerdas con cierto tender en ese espacio conjetura no hace más que plegar un vendaje más. Así es que todo mañana torna un reflujo intensivo de variaciones mínimas, de lo mismo bajo un maquillaje otro, y al final sólo que-da disolvernos en negación -o aceptar que la desorientación estuvo allí, absoluta, desde un principio. ¿O acaso el caos, primigenio y mítico, no crio en nosotros un sinfín de recovecos, una tropa imaginera de inventiva fértil, sola soledad de evadirnos o huir cantando, y aún el eco de tu grito caos intraducible lo dirige? Benditos los alienados de esta congregación nosotros, bendito su crear espectros que alejan al rumor idiótico cuando se conjura sentido: su divina transgresión es recompensada con la suspensión del juicio.¿Qué provocación indujo estas estatuas, este delirio institucional, la fuerza animal como principio para organizarnos? La selva sobrevive con audacia en ese tal progreso que pretende di-simular su violencia en expresiones cada vez más sutiles -la selva exige sangre y es causa única de un nosotros. Huyamos entonces a la transparencia hostil del desierto que presume de su intención asesina, así al menos, en ese juego de la consistencia simbólica, muramos en el desconcierto honesto de una locura inocente y bajo la guía tácita del delirio lúcido.13Atrapada la lengua en nudos sígnicos, pretende liberarse. Tanto es así que varía y varía las secuencias semánticas deliberando una sintaxis que renueve el tedio de la mismidad. Este ejercicio de innovación lingüística es una forma más de entretenimiento. O, al fin y al cabo, al articular eso símil en un peculiar antes inexpresado, cimentar senderos otros bajo una letra disruptiva, es decir, cuando un nudo repetitivo y su asfixia se deshacen y el alivio es producido, ¿no se crea en simultáneo otro nudo que con-juga lo liberado por su antecesor? Y ese nuevo nudo se desplaza al horizonte de un allá donde sus efectos comienzan a esculpir la materia que le es específica sobre la carne común, y finge realidad cuando emerge en raridad hasta que cruje también de inconsistencia y empieza también a asfixiar como resistencia. Este allá donde se produce lo incierto es el margen en el que ocurre el libre albedrío: la oscuridad donde el lenguaje maquinal efectúa su reproducción -y un luminio de realización revela que sólo podemos percibirnos libres por olvidar este engranaje, este aparecerse lo mismo bajo el disfraz de lo nuevo como simple alocutir de una variación implícita aunque virtual, y sólo funciona por el milagro fundacional de que se haya ocultado en el allá de imposible para nosotros acceso. Entonces, sí, tenemos un campo de posibilidades virtualmente infinito -en tanto son inaprensibles sus combinaciones potenciales-, pero ese infinito es el falso infinito de las cantidades inconcebibles mas específicas, y por ende determinado y mera inmensidad especificable, y a su vez por ello virtual trae como consecuencia que la libertad percibida es producto de nuestras limitaciones, nuestras necesarias limitaciones que fabrican ilusiones por las que obrar -y más sutilmente implica que el lenguaje nos destina, y la libertad descansa en el No que es nuestra ignorancia fundante, ya que este lenguaje contiene imposibilidades estructurales, existencias positivas que es incapaz de designar -por haber sido instrumentada finita, específica y contingente-, y por ende este lenguaje cualquiera funciona también de garante de existencias positivas cuya modulación es incapaz de producir, existencias reales que causan efectos materiales y sostienen ese espacio que es el allá u horizonte y con ello el movimiento.En última instancia, se es lo que se dice libre sólo negando lo posible, y nuestra modalidad de la libertad ocurre necesariamente en la oscuridad de un falso infinito: demostrar las cadenas es la forma más común de extender el abismo de lo asignificable, de nadar en simultáneo la imposibilidad universal de la libertad como consecuencia última del lenguaje y la percepción de libertad concreta que hay por la distancia entre esa conclusión y la experiencia subjetiva. Éramos realmente libres, pero sólo antes de realizar en la conciencia el signo fundador, y luego caímos en la trampa del conjunto significante haciendo en el nosotros órdenes; ahora no hay retorno del nosotros tirano, y sólo seremos libres al fundirnos de desconocido fundándonos Nadie, y libre-mente elegiremos las cadenas.Seamos libres, entonces, de pasear la existencia aun sabiendo que hay reales ahí que nos son negados a percibir mas nos operan. Pero seamos libres, sobre todo, de pretender megalómanos disolver las cadenas y suspender la lengua, porque la consecuencia es trágica si alguna vez se logra conquistar ese imposible de la libertad real: en el infinito, todo otro y caos simple, absolutamente inexistimos -la pretensión de esa libertad nos dirige entonces a extinguirnos, que no es un mero morir donde es posible todavía ser otro de lo vivo y entonces al menos dos y también por ende sujeto y existente; este extinguirnos es ahí en el “uno simple y no relacional” de cuya natura lo que se diga es falso en tanto Sí absoluto siempre casi y más. Hemos de elegir entonces entre el No humano de lo vario, donde conviven discordia y ar-monía y otros, o el Sí de Dios en Ni.14Me perdí. Iba camino al hospicio, a paso torcido de exiliado, y designios de céfiro me insinuaron otro desviarse. Porque mortales, dijo, sólo sesgo ha de sembrarles la confirmación de alienar-te. Y me di vuelta a medio camino y ya no era medio sino mero ningún lado, y me dejé en destino guiar por sombras si ya perdido cualquier andar erraba. Así la luna remó de nubes y los astros pendulaban, y cada asir de la mirada derivaba intenso y excesivo por la urdimbre personal de símbolos ahí tan cerca. Pero así como vacío de intención se deja uno levitar en goce las aguas calmas de esto el mundo, así también el juicio chato prestidigita ese sentido que al suspenderse es la Gracia -porque en la carne triunfa la ley maquinal o el pecado, y cualquier huir de las cadenas comunes hace de los otros cuerpos emerger la violencia que sostiene su orden. Sepamos entonces que todo sublime no consensuado se traduce en la ira involuntaria del nosotros contra uno, mero paranoide o subversor esquizo, porque sólo al espíritu le fue delegada la Providencia, y el espíritu se sostiene como tal sólo en un allá -de lo contrario sería simple inercia de los cuerpos por el viento, un susurro transparentando el capricho que conjura nuestra belleza de cada día, un diluvio de éter realizador de inexistencias. Quedémonos entonces con la ceniza acumulada en la historia, y no con el fuego, porque autoflagelarnos por un instante de ese allá, quizás menos ilusorio pero ilusorio aún, es igual de fútil y producto de la mera vanidad. Al fin y al cabo, haberme perdido en la realización de que jamás estuve propia-mente no perdido, ¿qué sino la paz de la indiferencia trae? Y peor aún, la vergüenza de en contradicción seguir andando15Estabas solo cuando el mundo dijo de su silencio otredad. El espíritu argenteó de flores y dulzura era la huella suya en esas aguas combinando lo vario existente. Es que el mundo dijo su enigma como enigma y se fundó mundo y estabas solo ya de an-tes, pero recién luego esa soledad incancelable se volvió perceptible. Y habrá dicho: esta es tu jaula, mi extensión estéril cuyo exceso es horror para vos; y esta es mi voz, habrá pensado, la caricia de un alisio trayendo de la selva humedad serena y leja-nía. Por ello comeremos de tu fraude, mundo o éter, para saciar-nos de vitalidad y decorarte en movimiento -y cantaremos imitando al sinfín de tus creaturas e invocaremos a la belleza símiles conjugando. Pero solos, siempre solos, sabremos que este huirnos de placeres es una trampa que dispusiste así persistir vos a través nuestro -porque aunque meras creaturas otras de aquel sinfín, sólo nosotros hacemos del herirnos una virtud, y la herida común es espejo para tu vanidad. ¿O acaso no gozás de eternidad cuando un mártir agoniza atravesado por las flechas imperceptibles aunque reales que ase de vos ya poseso? ¿No es acaso que son imperceptibles para él porque vos así dispusiste ese instrumento símil la voz? Por eso cae tendido al barro y reza un epitafio -acepta morir como destino por su misión divina, que no es la tuya, y en paz abandona su carne por otra carne. ¿Y quién puede juzgar su delusión, delirio místico personal, en posición de privilegio por sobre otra? Al fin y al cabo, se ha de crear a ciegas y en creencia histérica la ruina y el cimiento de esta historia. Así es que la verdad, tu verdad, torna un espectro degrada-do que animamos angélico, que recreamos actuando, pero he que de posarnos en la verdad, tu verdad, ni nadie ni nada habría distinto a vos –ni siquiera vos. Ahí no se es ni inexistencia ni ni.16Desde el temor el temerario -sus fronteras- alza al cielo reluciente la bandera blanca que es su amor. Se infiltra en la guardia baja de otros pares y contempla sus bocas iguales articular en lengua extraña lo que no puede sino ser una victoria. La noche no cae hasta que tiembla, porque reza en el curso común del éter, su intención. Cuando callen las trompetas su puñal encontrará su propio cuello, fundando así un gesto para estotros desconocido. De entre asombro, gloria y fauna, surgirá el acto primero que antecede a la palabra. ¿No es, entonces, este germinar calculado del signo primero sino un Sí que sólo a la negación como indecible se relaciona? Porque todo signo depende de otro signo, o de un conjunto semiótico venido al caso, para que su diferencia encuentre el asir de su especificidad. Entonces, en el simple otredarse de una secuencia lingüística, sólo emerge sentido de la variación de esos símiles que en su configurarse particular insi-ten contornando mediante el código lo que la neblina designada cifra. Mas el signo primero, el que funda la lengua, ¿cómo corta la multiplicidad una e indeterminada sino negándola, y entonces sólo difiriendo de lo asignificable crea la forma vacía que es el corte mismo, para que luego ese instrumento se replique trozan-do a la variedad fenoménica y haciéndola tal, y dejando también, en consecuencia, su hedor cifrado de único acto Creador? Caemos a la vida por este haber negado eso cuya natura es radicalmente otra, y la carne una vez sujeta de variedad tiende o intenta tonta retornar al estado anterior de ese haber negado -y le es imposible: ha fundado a la eternidad el imperio del al me-nos Dos. Por ello el puñal del infiltrado descrea luego lo común pero crea la existencia, y por ello su morir no es tal sino una mera performación de lo que el espíritu dijo en su hacer para hacernos en su dicción.17Jadeando. De estímulos obligado a perder, pedir, perdonar. Aquel piano ensueño de flotar una dicción ahí -ahí donde eso que digo corte separa para asir. Aquel piano traductor lleva de las manos límites hacia allá, con tensión y un verbo modal, y hace sola sensación. Es otro anzuelo, sí.De melodías, variaciones, esas aguas. Nadamos idos de caricia palpitando leve, siempre leve, el gesto tenso y la nota suave, y por el trance secundados la calma de su verdad nos pesca a eso que es aire de eternidad. La sensación de dormir del mundo, o la mera sensación -su intensidad cifrando aquel flotar mientras se revelan de la irrealidad las formas sutiles, sus matices, y la inquietud que amenaza mas qué importa. En el ondear diacrónico que el tempo inscribe he la manera en que el juicio cede a su pala-brear, así el sonido casi ase y deja ir, así corea el espacio uno de los posesos, arrimándose informe cada nota en su vacío a ocupar de sensación el horizonte y ahí siendo se es en calma.Que lo bello sea virtuoso es engaño y más bien es propiamente lo contrario. La belleza ata de mundo a quien goza su influjo, y por ello es perversa. Mas ¿quién bajo música yendo en melodía y voz aurática no intuye su decir que placernos de imaginería es vicio nuestro y no suyo, que ella nada cifra ni sugiere sino vacía sensación, sensación pura? Error hermeneuta de la carne el significarla a fuerza de insistir palabristas en que esta secuencia de acordes transmite esto y estotra lo que fuere. ¿O no es acaso su materia cruda causa de la palabra, el sonido? Porque la musa posesora despliega intensidades, que no es combinar signos; así explicita el campo sensacional del puro vario como uno, donde esta intensidad es como una y su expresión en plural es el vicio nuestro de cortar lo continuo en diferencia mientras ella se ex-tiende simple. ¿O no es cierto afirmar que ya hablar de notas es tratar a la música con signos y por ende someterla a sus ardides? Por ello la belleza es perversa: íntimamente liga al cuerpo al hábito de diferenciar, impulsado ahora por la seducción que escribe en él ese goce sensual. Pero, más aún, sin el vicio nuestro que deforma al simple sonido inscribiendo en él significados, diferencias, ¿cómo sería posible el artificio que es la música? El sonido crudo, la mera materialidad suya, antecede al signo, es condición de que este sea posible. Mas como ya somos de lengua, no podemos tratarlo en su abstracción vacía. Por ello este arte o cualquier otro, las innumerables modalidades de lo bello: pro-ducto de un error, síndrome de tratar a la causa con el instru-mental que devino de sus efectos. Y, sin embargo, lo peculiar es que este errar insistente de crear belleza, a veces -algunas pocas veces- produce lo sublime. Mayormente ocurre que contempla-mos el espectáculo de conjeturas que autores otros conjugan en mensaje -e incluso lo hacemos en la belleza espontánea de lo que fuere, donde el autor es uno y su herida. Pero con lo sublime se revela el horror del anzuelo afilado que hiere al alma, horror que revela la gracia inefable de la sensación pura y bienviene a uno en la eternidad de ser Nadie. Lo que era imposible se mues-tra ahí, existiendo desde antes.Nuestro más sagrado error, el arte. Gotas de piano reaniman lo sepultado, y es tradición que panicosos temamos locura cuando las inexistencias emergen alucinatorias y vívidas a la percepción. Atribuirle irrealidad e intentar asesinar con pastillas loque ahora existe, esa es la reacción del cuerpo nosotros intentan-do preservar su histeria. Pero cuando lo bello artificiado cruza el umbral intensivo que lo determina, cuando un exceso suyo subvierte su carácter contingente y opera allí lo absoluto, entonces ocurre que se muestra etéreo el sonido uno de lo auténtica-mente mismo donde se es Nadie y por ello universal, donde la resistencia que es la configuración subjetiva es vencida y con ella la delusión personal: he allí el juicio final -lo que quiere decir: he allí el fin del juicio.18Hoy de nubes miro alma y respiro -de vino liras, del monte aro-ma. Con tiempo y vulgar voy y sobre digo -de ánforas primeras coreo y se dividen y dividen. ¿Cuesta andar de pie este ritual simbolizar? Hoy de nada digo ala y suspiro -de torpe ver, del brote roto. Hoy ya se me ha ido y yo con él.Canta romance alrededor la fronda y caigo. Las bestias vuelan elegantes, suya es la aurora. Corre de paso lento, compañero, conmigo -así cifremos habernos ido y la calma sea. ¿Viste al cie-lo de esta noche, violáceo y místico, surgir de luminarias sus punzadas, riendo de plandecer y quieto, y jadeando, babeando icor en suyos besos? Baila alado en rima y no padece parecer -en su sólo abrir la boca ya nos conmovemos. De a brazadas vamos idos si su palabra doble es nada -por un lado libres nos ase su sólo ser donde podemos ser, por el otro su éter diluviar cauce dice al guiarnos ciegos. Canta su verbo en meditares trayendo alados pensamientos. Así nos vamos: de eternidad callados. ¿Viste su sonrisa de inocencia y la furia blanca que invoca en nosotros, invirtiendo en meros astros otra pantomima más, cuando agora-dos nos vuelve equívocos que en trance huimos así olvidarlo? Cansa tanto su disfraz de oscuro -ya con ojos nos es imposible volver a ese sí que es antes de lo visible. Contemplá, compañero, borracho de su extensión, cómo su gesto se hace canción y por nuestra impotencia sus efectos nadan -silba un lejos del mundo y ríe lo mismo al creaturarnos, si de vino nos amansa así el delirio ha de curarnos: somos los otros de otros otros desplegando sus decretos, bailamos en conjunto uno la carcajada que es su secreto. ¿O inanimado eso de cólera le pintamos nosotros cuando es otro el ser que es suyo? Escuchamos que respira nada.Hoy de nada sirve esconderse en juicio errante -por diminuto excusarse nimio, o por azaroso exaltarse destinado. El tempo en pálpitos circula y siempre es otro el otro mío -una postura lo hace espejismo y otra nos vuelve responsables. ¿Cuesta de nada hacerse para ser allá en su desconocido? Hoy de alma me alo, y tropiezo -en cada asir brotarse loco, en roto ir la piel no noto. Hoy ya ni soy casi, ni siquiera casi mas tampoco ni.19Sentís la asfixia -cada palabra rota en redor, torna cada sí, in-siste en persistir. El cuello se retuerce o serpentea, y gruñe tonal, y cede y vuelve o torna -la mirada puesta en la mirada otra, su discursear celebrado, libertador, y vos ahogándote reís.¿Creíste que ibas a encontrar creciendo un reino de fantasmas amigables y otro sino, desplegado de tu haberte olvidado empezar, un castillo etéreo de meditaciones? Sus signos tensan cada vértebra y estrella con decires tu boca entera ese quién sabe, ese no sé qué. Su milagro difuso es luminarias suspender sobre vos ido, esas alucinaciones oniria de vos si Nadie, sólo Nadie, volvés del pasear en soliloquios exhausto. Ensimismado ese tu yo -el pasto fenoménico en sentires y espéculos que parciales bordean a vos siendo sin, ese jardín inocente, la causa desangrándote en el tempo leve y secuencial. ¿Criaste de jugar con invisibles un cúmulo de vidrios rotos por donde ahora caminás descalzo, desnudo, salvaje y a los gritos? Te dijeron ellos era lo mejor, te dijeron otros -y otros te dijeron vos, hicieron de tu voz un yo donde dormir en mismidad. Pero vos insistís: sentís la asfixia de esas manos arrullándote en canciones de cuna y virtud, podando el monte así se muestre un camino de tierra por donde puedas huir, y te soldaron delirios bajo la estrella guía que es su bondad -porque sólo jugabas a combinar lo percibido, a mezclar los caracteres forjando monstruos que en el erial esperan, esperan el momento inevitable que es esta desesperación. Liberados de culpa, ellos todos, conjunto nosotros que te incluye, ¿qué sino dormir en tintas grises, sean de nubes eternas o atormentarse incoloro, podemos juntos invitarte a hacer hasta que cese el limbo, hasta parchar la depresión? Dios, dame de tu Gracia, repetís; Dios, dame de tu ira. Y se te cagan de risa en la cara.Es que, siendo sincero, no entendiste nada -te dicen. Si hay eso que es Dios, aun si su nombre sea un obstáculo, esa su Gracia es nuestro horror, el tender quieto de lo que nos existe. Su Gracia es ese desgarramiento que al alma mueve a deshacerse por huir de un sufrir que intolera; su ira, en cambio, es el destello de eternidad cuya cicatriz hacia ella nos convoca y ya no más este rotar, ya no más este tornar. ¿No recordás acaso, hace ya tanto insistido en vos con esta voz que escribiendo somos, la metafórica natura suya de real otro y no un variar? No, lo olvidás. Lo olvidás por ese No que lo antecede, ese que garantiza a nosotros, escribas, que para accederlo hay que aniquilarse. Esta nube de torturarte es Gracia suya en el caos causal, así que mejor de su azar Providente esperar el destello iracundo de un divino ante decir -y estate de verdad seguro que vas a pretender decirlo, por-que así al cuerpo este sufrir retorna en anonado de su qué.20Al fin el fondo en que caído se presencia el devorarse las entrañas a sí mismas: es el hambre. De rodillas frente a un altar ornado con jazmines que ribetean esa pérgola de hierro, de rodillas ido de esta carne vuelve el recuerdo. Existió el amor vestido de nombre y algo suyo translucía tras el nombre -un noséqué de verso aireando de vida este cuerpo. Y amanecía y amenazaba - acaso su voz azul de decir diviso, o acaso el umbral. Porque en-tierra de eteridad a esos fantasmas, su voz azul de vos en voz. Y yo, desollado, ni piel o cuerpo tengo acá, ni poro que no susurre alma. Leve flotar ansioso en hambre de ansiedad, y leve sonreír. Cruzo la boca y me mastica y rumia y al fin me escupe, devorado, de siempre solo, y cruzo el azul su signo revelado a la dicción: digo su nombre. Digo su nombre y es extraño, si no la alcanza. Del fondo último e ingrávido recorro eso que llamamos laberinto, aquél símbolo, y hay un decir de la memoria que repite y va-ría leve y repite tenue y a mi lado repta. Es, será así, estar atrapado; pero también es necesario. ¿O este castillo de aire fantasía torna oscuro, y de esa oscuridad suya hay la de su transparencia? Al menos acá arrobado, en el tumulto alucinatorio de lo que sí y esos excesivos noes, puedo jugar a destinarme y darle forma al barro y desesperar mas presa de un lúcido delirar. Tenue. Leve. Y sus matices se hacen forma y gritan y yo qué, si no son aun siendo, si son sólo yo extensivo -y hundirse ahí es autoflagelarse en paradojas -entonces indiferente puedo cribarme, despedirme, y aquella transparencia intoxicante se muestre luego viva -mas con el tipo de vida que cargamos animales: amanecer, amenazar. El umbral atrás, y otro paso cauto. Oscureció de pronto desde siempre.22Del laberinto siempre un decir -una extensión árida de flores la memoria. Del laberinto es un llegar a casa el sonido familiar de su decir -y casa quiere decir, salvedades de por medio, aquel te-dio amistoso que sinuoso instruye; y casa quiere decir, palabra hablada de por medio, caza.Lejos de ser laberíntico el errar sesgado al variar los signos, o al variar también su articulación -no se erige una sintaxis en el para siempre allá de esa mismidad. Por el contrario, se erige de eteridad inflexible cada pasillo o ribete donde la ley selló el pacto del sí de uno con los todos símbolos. Es mentira decir nosotros, entonces. Y, a su vez, cualquier decir miente puesta la irreferencia del redor concreto en su lugar preciso: confusión y arbitrariedad destinan con instrumentos también confusos y arbitra-rios en sí a que uno llegue a su sí, y sólo para encontrarse Nadie. Tiende el velo ecoico de las furias su ropaje de lucinios en voces e imágenes vagas, en la sanía de la especie que se conversa sólo lejos suyo. Qué habito infame tener mente, se deduce, si en el sólo hallar su acto vital se eleva de inmediato un cisma. Lejos de casa, así sea; el rumor de la inocencia es sólo eso, un rumor - lejos seamos de su centro críptico, o seamos sino cazados. Y uno que creía que la coreografía sutil de lo que ocurre escondía o expresaba aquel finísimo espectro, el espíritu, para luego darse cuenta que el mero azar ahora irrastreable aró la tierra así nuestros primeros pasos nos muestren un arriba -e inauguremos otra delusión intrigante- y un abajo -e infundamos el temor infeccioso en quien se atreva a repelerse de espejismos.Del laberinto siempre un decir queda, y un erial, y una devastación, y es la propia voluntad que así procede, es la propia carne huyendo al alma y la propia alma retornando al cuerpo atormentada. En última instancia, el laberinto se alza magnánimo por su propia indestructibilidad -hecho del lenguaje del que de-vino nuestro signar palabreantes en ridícula imitación suya, hecho de lo asido del continuo en que este cuerpo bobo mamaba sin vergüenza ni inocencia aquel sin vario que un latigazo de coseidad dividió. No nos dejemos confundir: es mentira decir nosotros cuando singulares de lo asido hacemos lo que es a nuestra imagen y semejanza, es mentira este nosotros que opera instruido por el ruido blanco y su violencia, es mentira este nosotros prestidigitando certeza y honestidad en el lugar de la ver-dad. No nos dejemos engañar: la verdad se hace a la fuerza y así se sostiene, y su materia sígnica al repetirse para siempre símil la reviste en esa su farsa con laureles, y ese común laberinto de cada sí palpita, se acelera, esporea de ácido el acero humano de premisas acumuladas. Mas es natural, animales siendo; lo hacemos atrapados en el sentir profético que cimienta ese supuesto prever porque la calma del río artificial pero manso nos resulta preferible al vórtice de esa locura incomprensible allí en su centro: la farsa revelándose farsa sabida así desde un principio, el cúmulo de lo perceptible revelándose falseado y conteniendo más pero a nosotros negado, el nosotros revelándose variedad de posturas yoicas que el sí puede adoptar. Sin embargo, ahí vamos, temerarios, desarmados: vamos juntos a caer a eso que ni casi es, ni es ni, para parcharlo de palabra y decorarlo aberrante. De lo contrario, nadie espere vivir o morir más; infinito el cero o caos asignifica, y eternos los laureles que supimos conseguir, ya sin qué, ¿qué podrían?23Un paso más y estás dormido. Se humedece. Brilla de ansiedad y ensueño. Un paso más y palidece. Oculto entre la hojarasca, di-vagando se disfraza y baila. Arde su boca de decir -no mucho más. Y entre tanto moralista se abre paso -está dormido. Pregunta, por las dudas, si acaso de su jardín absurdo florecerán jazmines, gardenias, esas cuestiones. Uno de los posibles silencios le responde: los grillos y chicharras criban el viento así las musas sean, como es debido, bien informadas. Este silencio humano, este es, cuando el bramido de aparearse cede y pasan los ángeles mejores, los ángeles ansiógenos. Pero a su vez bailan. Esa otra lengua que es moverse no concibe terminarse, determinarse, ter-minarse de nuevo. Y canta la selva suspendida mostrándose vertebrada. ¿O no son huesos el ramaje espirituoso para el musgo que infeccioso se alza? Comienzan a charlar otra vez. Truena de gritos y obscenidades -un malabar más, otro bufón al monasterio. Seamos así unidos por vez primera, dice, para que el mundo, por tu bendición, se acabe. Pero antes hagamos estampados simulando estas florituras así las vestiduras nos confundan uno y otro.Un paso atrás estabas despierto, y todavía se humedece. ¿No ves crecer, intensa y parpadeando, a la luciérnaga aunque muerta -o, mejor aún, en vez de muerta, irreal? Brillabas de ansiedad, in-quieto, cuando la cruz bajó de un rayo y se hizo columna. Tantos huesos al pedo, y tanta vergüenza. Sobre esta catedral erigiré mi pasado, dijiste. Entonces mudo en un verbear este vergel que ahora inexiste hiciste. ¿O no eras vos, o quizás vos, el que rumiaba pastizales inmensos de cordura sólo para intoxicarte al punto en que la glosa de los idos te asía, y poseso desfilabas y armado, sin decir vos o quizás vos una palabra? Creíste crear de lo in-creado y adujiste luego derechos de autor. ¿No ves cómo se te cagan de risa en la jeta? Ese hacer es decorar al árbol de la vida sacándole una letra, mintiéndote nosotros. Y por suerte comienzan a charlar otra vez. Este silencio de incompletitud es el ruido ensueño donde descansa el cuerpo tuyo de dividirse y dividirse y dividirse. Este silencio es la grieta donde el pánico espera. Sin embargo vos dijiste una onomatopeya y cubriste de terror a todos. El mundo no se termina porque alces una copa de sangre en el nombre común nosotros nadie, te dijeron; es dulce el intento y el veneno arde, pero ya es tarde. Un paso atrás estabas despierto - y esto el sueño de humedad así tu vergel florezca verdeado ocultando tu desnudez. ¿O no te da vergüenza?Un mundo más y estarás loco -sencillo mendigando un gramo de cordura al uno informe. Desvestite de fonemas que ya es tarde, y la fiesta terminó; pero no lo digas en voz alta, por favor, no me repitas -no sea cosa que nos demos cuenta y tengamos que sufrir esa resaca de ser mortales. Bailemos todavía con la orquesta en la cabeza y que su eco ante nuestras muecas persista animador. Bailemos y riamos con los muertos. Pero hacé el favor de dividirte y dividirte y dividirte, y basta de boludeces, porque no te vas a despertar -silbate un rayo de impostor así esa luz pálida que frágil mengua se lleve tu recuerdo y tus efectos, y que de vos ni de tu voz quede nada más que un susto, un suspiro, y por fin tu no -así nosotros embriagados y en paz podamos reñir y darnos unos a otros bostezos. Crezca luego Nadie donde estabas vos. Crezca esa otra voz. Hágase de lo tuyo una alucinación.24Vestite. De la palabra el vacío se abre y es rocío sobre el pastizal que rodea al castillo mientras el rey, desnudo, se despierta. Seda blanca sobre el pabellón gris: los comensales y profetas recurren a la mesa con las hojas llenas de manchas y los dedos afeitados y narran. Hemos sido así convocados para prescindir de provocar-nos por esto o lo otro o lo que fuere, dicen; pero no así de aquello, estotro, que inmune a nuestra parla canta y de rabia labia el descenso inmortal a esta la tierra. Entre tanto, el rey sigue en pelotas pero al menos invisible flota y deja caer un grito sobre el atril. Dice que no, que no, que no, y los necios bien confundidos se abren a la pregunta de por qué se asusta cuando ellos dicen sí bien sabiendo aquél que es otra modalidad de su no inmutable. Es que de pronto una palabra amenaza con consumirlo todo - reír de Dios y del diablo, en simultáneo, porque camina cojo su andar en ruido cada vez que pretende articular una orden. Y, señor, agrega uno, es que estábamos dormidos. Hemos sido pre-sumidos con el cuerpo por castigo y nuestro único huésped es usted, dice; mas no pretenda que simplemente hagamos simple lo inocente, y digamos insentidos entre cada palabra así hundirnos panicosos en su reino. ¡Por supuesto que no!, murmulla y gime, que no, y también no. ¿Cuánto nos debemos por los disfraces?, se preguntan. Vivimos enfermos, y es la norma. Nacimos cuando usted, en nombre de Dios, perdió la forma.La conversación, o lo que fuere, continúa ininteligible, pero si algo persiste es esa sensación de sangre, de violencia liminal, de haber encontrado en ese acá a las armas dispuestas. Es que se ha perdido para siempre la simple ilusión del intercambio palabrista por la práctica noble de la esgrima transferencial. La pelea se sitúa en el territorio constituido por el campo semiótico en co-mún, a partir del cual los contendientes -entre paso, guardia y fondo- sonoran la punta de su lengua con el sólo fin de someter de palabras al otredado en una sentencia astuta que lo toque. Este tocar, en efecto, es el producto que el esgrimista presume que pretende desde antes de iniciada la contienda, bajo rigor lógico de que así el vencido cede al sentidar del vencedor y por lo tanto determina éste el destino del tocado que pasa a esporear la cicatriz significante del florete a quien su siendo luego ase - dicho de otro modo, el vencedor pretende diseminarse a través del nosotros por medio del vencido con el capricho que de su lengua en toque y destinación haga en el otro su sí, ya sea por con-moción o dolor o lo que fuere, y con el estricto fin de asentar su persona contingente en la repetición de ese sí que produzcan sus tocados, a fin de que su voluntad se traduzca inmediata, siendo entonces elevado su poder bajo la apariencia sensible y corpórea del albedrío del vencido en su actuar, cuando en realidad es el efecto sutil de esa violencia domesticada -aquello que llamamos civilización- que prestigia a quien crea en el mundo lo que ya estaba en el mundo bajo la delusión de haber fundado novedad al eslabonar lo antes indiscernido y con ello revelar un espacio, y aun con el delirio de grandeza de que ese eslabonar es producto suyo y por lo tanto su propiedad. Bienvenidas las bestias y su carcaj lleno de enredos sintácticos, y los lexicólogos eruditos que de un flechazo incendian espacios intensos: esta es su creación y la creatura es deformada en cada asir de la trama que simula avanzar. El movimiento, cosa olvidada; ya somos presos en el azar. Así que siéntese y tome una copa y olvide que está envene-nada -todo honor y toda gloria descansa en lo que pare esta trampa. Además, es un hábito adquirido, producto del exhaustí-simo acto de aburrirse. De lo contrario, ya nos habríamos fundi-do.Dopaminérgicos, nos reunimos, dice el rey bien confundido. He-nos en este trance de casi siendo para que al vernos viendo estas escamas se disuelvan en quien como nosotros, esto nosotros, nada. ¿O no era el arte una victoria sobre los fantasmas pétreos? Llegaron, nos vieron bobos, y se fueron. Así que hágase el favor de capitular en todo hombro una máscara de llanto traduciendo, sin piedad, que el precio por haber nadado es que el agua se con-vierta espíritu de aura feérea. Y si bien no será etérea, puesto que nos es negado aquel modo, al menos en el alucinar que nos deja el silencio angélico, podamos, por fin, detenernos a contemplar el fin de la fiesta: los borrachos atormentados y la resaca como resistencia. Puesto que, en nuestra metáfora, el hábito de conversar, que podríamos decir, de forma muy reducida, lubricaba la organicidad del nosotros al desplegar las tensiones propias de la multiplicidad de discursos de sus integrantes con la articulación de vasos significantes que resultaba, en el registro de superficie, del mero intercambio de palabras deshaciendo polaridades potenciales en continuos sedosos; y, a su vez, en el registro específico de su sí este acto de conversar servía a la circulación de la mismidad negada del nosotros en el movimiento simultáneo de intensificar la disgregación (en tanto los miebros del nosotros son símiles entre sí y sólo mismos al nivel especulativo del propio nosotros) y cimentar variaciones integrado-ras de ese desequilibrio constitutivo del conjunto (en tanto el eslabonar cadenas de significantes cuyo efecto evite la discordia en el nosotros, en el que ocurre que también se desintensifica la eficacia del lenguaje para obrar a través de éste, en tanto al diseminar símiles menos similares entre sí se acelera el proceso de hiperespecificidad o singularidad, y por lo tanto el nivel especulativo del nosotros se vuelve evidente en uno y también la paradoja de su imposible funcionar); entonces, ocurre que se traduce en la realización de los unos del nosotros como mismo en tanto delusión de que el nosotros es delusión, y luego que esta y cual-quier otra delusión son necesarias como criterio augural de lamismidad positiva y existente como concepto y forma mas cuyo propio sí resulta imposible en el mundo de lo vario o el lengua-je.Por lo tanto, señores, se nos presenta el siguiente problema -esta pequeñísima peculiaridad, este enigma-: sostenemos esta conversación bajo la ilusión férrea de que en efecto comprendemos lo que nos decimos uno a otro -en tanto ser capaces de descifrar los mensajes que intercambiamos-, pero también de que somos capa-ces de comprendernos en nuestra hiperespecificidad singular. Como reconocemos, entonces, el milagro indecible que en efecto comunica de forma positiva un trazo de real en la palabra dicha, y, a su vez, como bien sabemos que salvajes de cuerpo y hueso en la carne llevamos escrito el credo del sufrir y su voluptuosidad, decidimos, y bien lo reconocemos y bien lo sabemos, intensificar el flujo del evento conversatorio hasta que su propio punto crítico o umbral de consistencia lo hizo devenir objeto de valor en sí, medio de producción tendiente a la plusvalía, y por lo cual esto que supo ser una charla sólo podemos ahora tolerar que ocurra bajo la tiranía del sentido y su exceso, ese exceso que viraliza al sí ilusorio por efecto de la mismidad misma, ese exceso que nos invita por un lado a lacerarnos unos a otros así en la historia de este circo nuestra presencia caprichosa se realce necesaria; y, a su vez, por el otro lado ese exceso nos invita a integrarnos a él, más e intolerable e insentido, símil más próximo del azar, con-fiando desde luego en que esta máquina boba que es el cuerpo puede sostenerse animada por sí sola con ese montón de órdenes escritas en la memoria de la carne como en la memoria del lenguaje, así nosotros paz de uno Nadie allá… ah… allá de calma descansar silentes o antelinguales frente y ahí, éter, causa allá, continuo o flujo de las formas casi, siempre casi mas nunca sí pero tampoco no, continuo fenoménico o flotar informe de variedad infinita en sus siempre ni… y… ah… el rayo infinito cualitativo: ¡esa manía que tienen los dioses y la gran puta de romper las pelotas!, ese infinito cualitativo que es el exceso propia-mente en sí y se hace también palabra o discurso o falseación, y se vuelve un mero mucho indeterminable, una variedad inespecífica-fica que se muestra como la expresión de la pura diferencia entre lo uno y la secuencia irracional e interminable del al-menos-dos. Ah, otra vez desnudo, arruinándome y arruinándolo, les pido disculpas: lo mismo de siempre. Es que ya no hablo de esas can-tidades inconcebibles a las que se le atribuye el epítome de infi-nito -los átomos en el universo o la determinación del espectro de colores-… no, eso es mero mucho, mero poquísimo, infinitesi-mal o inmenso, pero tiene, sin embargo, una especificidad aun-que nos sea a nosotros incalculable -poseen, en última instancia, una cantidad exacta. Pero, ah, justo cuando la nube silencio de pneuma me sostenía levitar sobre el éter ya incorpóreo… justo ahí la máquina boba hizo lo suyo y dijo ‘infinito cualitativo’, eslabonando. Y no es mí articulación, verán entonces; yo no lo “pensé”, yo no “creé” ese concepto o lo especulé a la existencia. Justo que me estaba yendo, justo que allá o acá o lo que fuere y el espíritu me infectó una orden de volver; ese puro mucho in-cuantificable era él, y en realidad no lo era, así que es de ustedes también ahora como a mí me fue dado: negado, inverso. Heme vestido, ahora, Señor.25Libertad era eso que hacíamos antes del cuerpo -entre las hojas, por vinos disociado, parpadeando en a veces más de uno, en a veces menos. Relacional todo humo en esta carne cuando en sigilo vuelven las gaviotas desde el océano a la boca -a veces más de una, a veces ninguna.Los políglotas se acercan a charlar, llenos de inocencia, a verdear la espalda de clavos frescos así se brote de historia uno. No es sencillo explicarles -paseantes, exiliados, extranjeros-, de ver-dad que no es sencillo frenar de oír el curso ribeteante de un lejísimo tiempo atrás aún haciendo efecto en neologismo, o tal vez en su reír al descubrir bajo una homofonía la pura relación sonora, el acto de lo mismo siendo otro. Mas no hay mala intención en su gravitar de lengua en lengua componiendo armonías que reclaman ser alzadas, que exigen diferirse. Así el frío se vuelve alegre y trae consigo la cruzada que es la palabra labrada y hecha de materia burda, que es el conjuro del mero aire articulado en su evocar. Estamos cansados, es cierto; disociar a cada qué en su sí para que luego de asentarlo en el mármol conceptual retorne accidental su inconsistencia, qué insensatez y sin embargo qué otra cosa podríamos hacer ahora. Y encima, al comparar los trazos de cada lengua, su pincelada específica de normas, nos encontramos con que inexisten creaturas reales y positivas en unas y en otras esas creaturas toman plena presencia -y lo peor es que cada ingenio traductor está destinado a crear monstruos, espejismos, si se eslabona consecuente lo designado en cúmulos relacionales distintos, si lo designado mismo carece en boca otra de la tensión que lo asió a existir. Políglotas, recrean la tragedia de la Babel de un sólo idioma: las lenguas de fuego llovidas no vinieron a confundir con variedad de idiomas, simplemente evidenciaron la confusión preexistente de tratar a lo símil como mismo. Paseantes, exiliados, extranjeros, ¿acaso no heredamos el deber de simular una claridad biunívoca en lo enunciado, de simularlo bajo amenaza del monopolio represivo de la fuerza que el espíritu conserva como privilegio? Porque de sólo una sombra huir de esa tumba, del sólo cauce inhumano fluir presente, ¿qué ocurriría sino el fin que es el fin de la muerte?Libertad no será lo que haya después del cuerpo -eso que será alma sola ya se enfermó de percepción. ¿Ocurrirá el fin con el fin del cuerpo? Por supuesto que no. Ocurrirá que ilusos de la glosa también hambreados con el uno verbo pareados todavía hablaremos.26Nos dimos a comenzar este ritual con un sacrificio: la letra es muerta. Decidimos, y habrá sido notado, que la afección de la palabra habría de ser transcrita con el instrumental rudimenta-rio del que escribas disponemos -y así el tono, inflexión o matiz, la fuerza, gesto o mirada, he que el imaginario silencio lector ha de descifrar como un músico su partitura. Pecamos entonces de falsas inocencias ante ese simple enunciado.En primer lugar, el desciframiento pecará de ego o identidad, lo cual es justa y necesaria medida prevista en nuestro divagar ornado de simas. Qué sino vacíos emergen de las florituras literarias cuando sólo altivez revelarían de ser habladas, y qué peculiar el efecto atractor de estas grietas destinantes en la memoria cuando ese cúmulo de nadas se hace presencia.A su vez la pasividad del lector en la cadencia de esta huida, lo que decíamos antes al decir silencio, escinde la de por sí polivocidad de nuestros enunciados en el doblez de la voz que performa lo que la letra a cada uno lleva, difiriéndola entonces de la letra misma que es ahora independizada de su materialidad sonora. Por ello referimos a ese silencio como imaginario, en tanto inexiste bajo la postura que asume el lector al suspender la yoidad omnipresente en el fantasma no ótreo que es lo leído al discursearse en el sí, ese sesgo imprescindible que produce figuraciones y las posa ajenas -ese otro es uno y esto es bien sabido - mas cuando se consciencia el mecanismo que otreda este leer, el texto es vario con decir que se ase y se hace, y la voz rota aluci-nándose objetiva acaba leyéndose a sí misma en su crear la obra. Sí, otro cuerpo conjuró estos nudos -pero ese cuerpo es mismo uno sólo en aquel Sí de nosotros Nadie.Por lo tanto, o el lector crea de la letra lo dicho con el cegarse que es su artilugio, y es impropia entonces la chispa que provoca su fuego lúdico; o se deshace diciéndose uno del mismo Sí en la conjunción de la vista que lee, la voz propia que peforma, la mano ajena que verbeó lo escrito y el otro símil que ornó la distancia y diferencia ahora aquí inexistente -el primero juega malabareando puñales, inconsciente de su sangrar destinación al dejarse seducir por lo leído; el segundo profana la tumba del universal nosotros que sólo es si es solo, consciente de que allí hay los muertos perviviendo lengua que no se dice ni se escribe.Nos dimos a bailar este sacrilegio con indiferencia: los muertos en nosotros hablan. Decidimos que el conjuro displicente que es nuestra rutina los cubra de sábanas quemadas -y así su posesión, rebelión o inercia, su astucia, realidad o presencia, he que en imaginaria patología se criban del mundo como ruinas ungidas de moho. Virtuoso es el daimon delirante aquello espíritu que ha derramado estos pasillos contra su ida simpleza materiada - porque ha inscrito en cada conjunto una economía que sitia las tensiones propias de lo vario cuyo efecto armónico conduce hacia el concepto inhumano de virtud. Qué sino una repelencia prohibiría la caída desde el Sí a este al menos Dos, y qué sino una entropía realizada informaría en menos que nada a la pura negación que es el Paraíso.Hay, desde el Nadie atemporal, la inmediatez de un nosotros que incluye a los idos y a los por venir, y sólo somos anverso allí del indecible Qué. Este acto de psicosis fermentada nos invoca su imposibilidad y sin embargo sí, y nos escribe el andar sin pensamiento que afina en cualquier lugar -así contemplemos luego serenos Su plegarse que es nosotros uno a su puro Eso tender. Luego pasean sombras, sirenas, furias, musas, y henos en el ab-soluto frío al cuerpo demudado en felicidad -porque sí, seremos impotentes, ilusos, sesgados espéculos por la eternidad, mas actuar la simple destinación Suya en verdad nos calla.27Ido. Ese es el término: ido. Alrededor candor de euforia y bailar el loop del techno que satura en bajos y se lleva tu cuerpo. Vos ido, rodeado, serpenteando en conversación con tus reptiles de turno. Se diría que estás acompañado -por afirmarlo, evitar de-cir que no estás solo. Pero esa modalidad extensiva de la paranoia trae consigo un quilombo de blablableo y continuo alternándose -por un lado es puro fragmentos de dicción yendo en soliloquio desde cada boca hacia nadie más que sí, evidencia de que se está solo hablando a uno través de otro cuerpo; por otro lado es una inmensa sincronía rugosa de una sola voz distribuida en cada sí que avanza hasta desorientarte de simbolería, también evidencia de que se está solo en la unidad de ese coro. Sin embargo, uno no percibe ni lo uno ni lo otro excepto ido, poseído. Antes de caer a ese estado peculiar parecía de lo más coherente el cuchicheo del tumulto, la consistencia difiriendo a cada persona una de otra y posibilitando que en efecto se intercambien mensa-jes de perreo, palabra, picardía. Mas, luego de que el cóctel hace lo suyo, la distancia se contrae: solo, siempre solo, todos solo. Y es peculiar, claro que es peculiar.Ocurre por lo tanto que el propio acto de darte cuenta de esto te devuelve al estado anterior: seguís ido, te sabés poseído, pero no tenés ni pálida idea de qué o cómo se hizo en vos esa forma otra de percibir lo mismo. Sería impropio y lo sabés el argumentarte que en esa bacanal contemporánea ocurre el rapto y todavía sigue siendo un misterio cómo. Sería cobarde huir en esa gambeta del fenómeno que recurrente te lleva al allá donde tu propia subjetividad torna objeto de la consciencia, al lugar del sí que otreda tanto eso el afuera como esto lo interior. Y notás que ese sí opera en un modo del lenguaje que repele las palabras, tu jaula habitual de idioma. Ahí el signo se vuelve inteligema.Digamos que el sonido que ase al significante se torna desde el sí en mera materia cruda, escindiendo justamente uno de otra. En tanto significante en el sonido, este trae consigo un conjunto de otros significantes orbitándolo, y su particularidad es que desde ahí esto es implícito y oscuro en tanto se está en el nivel del lenguaje particular, del idioma. Lo que quiere decir: el significante unido a su soporte material actúa como significante primero, y su ser primero lo es de un conjunto de otros significantes que carga gravitatorio; pero estos otros recién se vuelven perceptibles cuando su presencia ocupa el lugar del significante primero y con su misma propiedad continúa la secuencia -decimos entonces que es implícito porque se sabe, por ejemplo, que una palabra carga una constelación semiótica asociada, pero ocurre una pa-labra a la vez.En el nivel del inteligema, sin embargo, sus orbitantes -esa constelación que mencionábamos- son explícitos. Lo que ocurre es que al divorciarse la materia del concepto, éste se revela materia de sí mismo, y en consecuencia se transluce auráico el conjunto de inteligemas gravitantes de forma explícita a la percepción bajo la economía de los símiles más próximos -o, dicho de otro modo, el inteligema es uno por varios. Por lo tanto, continuar el discurso en uno u otro o varios de ellos -o inclusive negarlos y otras artimañas- es legislar en el vacío y a ciegas, donde el me-canismo de la coherencia se muestra propiamente como consistencia, y el criterio de símil más próximo dispone su continui-dad mediante el azar real.Ocurre entonces que el movimiento de desplazarse de inteligema en inteligema es siempre especulativo y fatal. Especulativo en tanto sus varios orbitantes se limitan a lo tolerable (de allí la economía del símil más próximo) y a su vez son determinados por la singularidad específica en que emergen (de allí que son producto del azar real) tanto ellos como el inteligema primero. Resulta entonces esa condición aurática de puro horizonte como absoluta incertidumbre, que es aquél legislar en el vacío, y este acto es llamado como legislar puesto que eslabona al nivel del idioma-palabra un conjunto de relaciones con el significante que es fatal por inalterable.También ha de mencionarse que la cuestión de los símiles más próximos es resultado de la limitación propia de tener cuerpo - en tanto el inteligema absoluto, contenedor de todos los inteligemas posibles, jamás podría emerger puesto que supone la disolución del propio espacio (el sujeto del cuerpo) donde debiera emerger.Por último, antes de proseguir intoxicándonos, hay que decir que este es el anverso paradójico del ilusorio libre albedrío: la posición perceptual en la que propiamente es uno quien decide hacia dónde ir es también la posición radical de la absoluta in-certidumbre de las consecuencias de esa decisión. Entonces, o uno se cree libre bajo la violencia del lenguaje, o uno es libre bajo la violencia de lo incognoscible. Así que volvamos a ser idos y bailemos, charlemos y bebamos hasta la desnudez, coreando olvidar que no sabemos ignorar lo imposible de saber.28El aire escribe y la penumbra se hace táctil -a los sordos les es sólo caricia, y les es negado, qué tragedia, el chusmear de ángeles y gorgonas. Mentimos luego al ritmo de la devastación: queda sólo un dejo de cordura que es necesario fingir, porque esto es un ir / y venir / de la miseria a la miseria, de nuestra propia muerte planificada su contrario.No hay morir. Repiten desde la radio -alucinaciones, es verdad, voces en un ir / y venir /, con el cosquilleo de dial que las revela radio- que nos hemos inventado, abstraídos por los céfiros, un final. Dicen: cansados de gotear fortuna y ritmo, de primar en el espacio, he que nosotros, viento selvático con la claridad justa y el justo disimulo de nuestro salvajismo, roímos ese castillo etéreo, aquel denigrarse en un yo mortal, sólo para que puedan so-portar ustedes, cuerpos, carnes, verbos, la tribulación de caminar incorpóreos mas no flotar, con el cuerpo levedad de pluma des-plegando destino nuestro, sólo mío de vario andando, así qué-dense en el sí, aquella cueva en que formas informes cruzan la claraboya insinuando sólo casi y jamás siendo el puro sí de cosa otra, porque no hay morir sino de ensueño, ni reír que no esconda desespero, y tras cada simple pero que dejamos en tu boca, tu boca múltiple de varios cuerpos, el eco espanto de inocencia llena de Dios y tumba falsa, sepulta la voz en el fluir sola, hasta que alcanza ese estado de inconsistencia en que hermosura se contrae el horizonte crepusculando en vos, colorearse que es del tiempo señal de que ha pasado lo mismo tan encima que el epita-fio reza incólume por un beso de la musa que conjura confusión, esa palabra sinuosa, donde lo vario en disonancia reposa y también se funde en cosa una, esa palabra inexistible, y tan ahí y en cualquier parte su forma que de lo que hay se dice a sí, se dice uno en esto y esto parece ser uno, y en lo otro, y así hasta que olvidás vos, en el efecto inflacionario de tu palabra que devalúa toda significación, lo das por sentado y he que luego venimos a soplarte esta reacción: no hay morir si persistirán tus efectos cada vez más sutiles esporando cada boca, sólo ocurre que el cuerpo solo se apoca a fundirse con la tierra y el gusaaje, mas de morir verdadero morir, he que sólo queda ir al Qué, y allí ni siquiera la muerte puede conceptuarse.Luego la radio se apaga -las pastillas hacen efecto. El aire es oscuro de aroma a podrido, de mugre tirada: una inexacta representación de donde se está, inclusive estando allí. Termina de atardecer. Mamá mira, inocente, infantil, y saca fotos con el celular -conmovida por la belleza, esa belleza cíclica del sol re-costándose tras los edificios. No hay morir, es cierto. Pero cuánto pesa su apariencia.29Comeremos de vos el pan tu voz y la palabra sola quedará sola. Nos encerramos, tenemos sueño, tenemos sueños, nos atontamos. Pesa el umbral de razones espurias, y vomitamos porque tenemos hambre. Comeremos el sol hasta que tu nombre se traduzca in-mediato en el suelo, en una melodía de pasos torcidos, en un asesinato de uno.Íbamos, preguntábamos, hacíamos malabares con fantasmas, semblantes, risas. Ni un sólo cuerpo tenía la respuesta porque el delirar es privado. El hado se abría inconveniente frente nuestro, frente mío. Vos que tras la gloria de voz hacés surgir lo inexistente y repetís su asir rarísimo lo otro siempre otro, ¿de verdad o en realidad vos? Resonó un eco mezclándolo todo y entre las pantallas la inmensidad de los signos acumulados grita-ron basta. Descendimos así donde croaban las trompetas y el poeta se había exiliado. Déjenme en el sino casi, en el sino nada, donde la respuesta sea dicha y la dicción un mediodía; así de andar erguido sepa que el testimonio que dejaron tras de mí las musas aún se usa y consigo expide sus demonios. Se hizo de no el cielo y ni oscuro ni clareado brillaba con el solo regurgitar de los pensamientos alados. ¿O no ves en toda ficción un riesgo y en cada conjetura una creación, en cada silencio una traición y en cada aversión tu sesgo? Nosotros ya de eso estando espantados, huimos, y fue vano. El altar estaba dispuesto para el sacrificio inaugural. Sépase que en este momento un cuerpo ha de ceder por este acá, risueño y de tormento leve, con breve perder la compostura, para que así, quienes ya nos fuimos, podamos tronar en el mundo su atadura.Comeremos de vos, te vamos a desollar, sólo para que terco el río que invita a olvidar por fin se seque y crezca fértil la epifanía aquella: que la farsa sea de quien sueña en paso de vigilia echar-se a andar. Mas no te olvides de tu nombre, aquel que a Nadie antecede, así puedas en persona mudar cuando nos visiten los jugadores -y nosotros cantando recibamos sus ribetes habladores. Comeremos el brillo que de nubes se escribe, cuando en palabra tu boca peque, para que luego deje tu voz de hablar singular y seas nosotros, de este lado, descansando, contemplando lavandas y jazmines y enredaderas, como mera aparición que invade a quien terrible en su sufrir abandone esa ceguera. Y que sea la luz, inversión sacra de quien allá es, distinguiendo el tempo alterar con el trazo del silencio calculado -no habrá más que este ágora, llena de errar consciente, y un rezo lunar de cobijar a las serpientes.Vamos, entonces, cantor, a la melodía rota: entre las simas la lava brota y es nuestro deber hacerla estallar.30Caminamos. Sólo teníamos que perder la memoria y caminar. Sin embargo un idiota de los nuestros salió de los arbustos y con pose de eureka dijo: Mas… Lo miramos como explicándole en ojo vivo que eran los días de descanso, la paz sea contigo, esas cuestiones. Y él continuó: Sí, es poético, simbólicamente consistente - dadas las coordenadas de los inteligemas que sobredeterminan el sentido en este acá-, suena agradable y suave como levitar agra-dable y suave sobre el pasto húmedo y sentir el aroma de los animalitos muertos y percibir el merodear de los chacales; y sin embargo no funciona más que en la pura alocución, como enunciado vacío -y es justamente ese vacío el que tracciona su persistencia. El presente es cosa rara, esto está claro. La subdivisión del tiempo uno en pasado, presente, futuro… qué utilidad corpórea, y nada más. Y he que nos encontramos bajo el imperio de bufones que repiten y repiten, sin pudor o pudorosos, que hay que existir en el presente -como diciendo, hay que dejar ir lo ya ocurrido y al futuro librar a la Providencia degradada en destinación. ¿Y ese presente es el del cuerpo, el del afuera, el de la subjetividad, el del sí? ¿No leja acaso el sonido que viaja a velocidad determinada y por ende al ser oído ya es pasado aquello?¿No ocurre infinitésimo lo mismo con la luz vista? O, desde otro lugar, ¿no ocurre aquello pasado aún permutado en otredad de lo que fue en variarse efectuando todavía y por ende siendo acá?¿No ruge el horizonte opaco que es futuro su sí dirigiendo cada paso de nosotros ahora, y por ende siendo acá? Seamos, entonces, ya; pero realicémonos de que en ese ya ser se inhace uno y vario en la singularidad imprepensable. Mas, para sumar paradojismo, ese hábito de suspender la invasión del recuerdo y la ensoñación del porvenir, ese intento absurdo de estar plenamente acá, ocurre que es otra cosa lo que hace y ese hacer suprime el código ansiogénico que oscurece la atracción de los designios siempre allí presentes para uno. El pasto de repente esmeralda y una flor cae pendulando por la leve caricia del aire resistencia, y el pensar que se vuelve contemplar encuentra revelarle un noséqué y así comienza, en la apariencia del goce bello, el camino sin retorno hacia lo que supo ser irrealidad. Que habla el chirrido de un auto o un grito gutural, que un pájaro dibuja una parábola seña-lética, que el conjunto de uno consigo se ensancha y hay distan-cia y más distancia y sólo el sí, inmóvil, risueño observa dislo-carse cada postura de la persona con la invasión de esa terrible existencia de lo imposible ahora ahí enfrente. ¿O no creía uno que lo simbólico hablaba, en ese hablar metafórico que más bien es un escribir, en la conjunción de intensidades cuya intimidad común se articula en un evento? ¿No creía uno en los símbolos, en plural, en vez de ese indecible para nuestro idioma que es su natura de ser un único símbolo y a su vez vario, con ese vario que también es uno? ¿No creía también uno que el desprenderse de la flor de jazmín y caer lentamente al suelo embelesaba por el grito armónico de evidenciar el destino deseado de lo vivo? ¿No es lue-go que el acá torna universal y truena de inasible lo existente, escurriéndose de espuma, aparecido deviniendo, y singularísimo el instante mismo se divide y se divide, y jamás la quietud suma de contenerse ocurriendo y es sino un estallar lisérgico de esto en lo otro, haciéndose uno y vario, puro vario y mero uno, para que también eso el presente, el obsceno estar acá, sólo acá, se demues-tre insania en el murmullo cerebral que mezcla inordenados, se demuestre farsario el cuerpo ritmo de este ocurrir cuando sigue pareciendo consistir, mas ahora en la vorágine aquel exceso no queda nada más que un puro Eso, un puro irse de nuestro feno-ménico eso que es su degradación, y por fin nos liberarnos de esta jaula recibiendo a cambio a la jaula 2.0™? Este nuevo reino es el mismo y quién no gritaría horrorizado cuando de repente, de atrás de un auto, me aparezco yo, mezcla rara etc., y cómo las musas ahora visibles la irrealidad de lo imaginado se anima.Basta, por favor, de este pastorear fantasmas y saberes, que loco, pero tuyo, es inevitable hundirse en ese vos de Quéséyo, en Eso Qué que es ahí; no es necesario saber, lo sé, ni tampoco es necesaria la consistencia de mis -peco al decir esto- razonamientos: es preciso ahondarse vacío para que los maniquíes compañeros me juzguen de azares.31Estamos aquí reunidos salvación, y esperemos des Gracia en ir-nos, sin sueño durmiendo el sueño haber existido, y sin que leve no de sepultarnos inconscientes. Desplegamos las alas pensar que se desase y en este templo tu escultura cubierta de seda feérea nos arrodilla. Sea tu voluntad lengua que arda trama y sino, y cuelguen de la horca los fantasmas de las horas que sufrimos ya. En este mudo no que río escriba, voz es recordar, voz es la herida. Te pedimos entonces confusión de vario así, simple y tornando, en danza de comunión, para que arda de vergüenza esto que es alma tras la fruta persecutoria ante nosotros. Comprendemos, sin embargo, criar oscuros un ritual pagano paraíso de cifrar lo sido y que huya Nadie, imposible o tras la percepción, porque de vos los instrumentos fueron y este errar humano de hambre nos hizo torpes a ejecutar su simpleza. Reímos, es cierto, mas de verdad sólo corazas contemplamos allá y ahora, sólo formas tontas de tu extensión, porque es el fruto de la variedad punzada, de nosotros este teatro al imponer. Y vos, ni silencio, dejaste a tu hueste sin ley -decretamos perturbados estos dones que falsearon tu natura para así de aunque sea una mímica de libertad asirnos. Pero no, comimos y bebimos hasta la embriaguez, e intoxicados de voluntad con violencia sagrada creamos cada sí para siempre conde-nado semejante. Somos tus suplicantes, Señor, inmunes al guerrear que en redor canta, y dejamos este epitafio para quien las huellas mortuorias de quienes fuimos consiga comprender. Que no sea tarde, Señor, que no sea tarde para que dense media vue-ta y al jardín tiendan. Que no sea tarde para que abismados de soledad indecible vuelvan al Nadie común todo. Pero que silben también melodías en acúfenos así quien cruce el umbral sea de su signo guía asido, y delire en consecuencia la Babel farsa que tanto esperamos. Cuando de éter la lágrima tuya roce la mentesuya, que tengan, Señor, la prudencia de la que nosotros carecimos: con mudo juicio déjenla roer esta inmensa mascarada la historia.Epílogo: Símbolo, paradoja, azar, etcéteraEpílogo: Símbolo, paradoja, azar, etcéteraSímboloPartamos de la simple reducción del símbolo a una conjunción de significantes cuya co-presencia produce una cosa otra mediante su agregado. Entonces, en principio, ocurre un símbolo bajo el efecto intensivo de un discurso cuya coordinación engendra un exceso en el nivel en que el enunciado es proferido, y ese exceso es símbolo en tanto sobre-determina a los significantes operando en su propia dimensión de indecible, e implícitamente es una superación como reducto crítico o umbral de semejanza que transita tras los signos garantizándoles su corelacionalidad y consistencia. Entonces decimos: 'el azul de la noche permea de espíritu esta soledad suplicante'. La secuencia específica es relevante en tanto su evocación es pieza por pieza, la connotación de cada signo se funde en el siguiente bajo la singularidad con que se agregan, y por ende la mera permutación sintáctica del enu-ciado produciría un símbolo distinto. Luego, el símbolo refiere a una otredad de lo enunciado cuya forma depende del régimen específico en que ese enunciado se hila. Pero, en lo que respecta al símbolo en sí, ese ser-otro de lo enunciado también lo es como ser-otro de un signo -aunque, en un sentido amplio, tanto un signo como un símbolo constituyan significantes.Atribuirle al símbolo las características de elasticidad, ambigüedad, polivocidad, etc., es, desde un principio, un error. El símbolo es aurático e informe justamente porque excede en especificidad al conjunto de signos que lo producen. La particularidad es, entonces, que del símbolo no existe término que traduzca su evocación y ese es su uso, y por ello permanece en su dimensión autónoma: lo simbólico. Se lo conjura a la vida mediante un enunciado y se lo asesina en el desciframiento. En última instancia, el símbolo tiende hacia lo mismo, y lo evocado en su aurar es falseación de la mismidad que su sí irriga por el simple hecho de que lo elástico, ambiguo, polívoco, etc., son los signos del enunciado que lo anteceden -o, dicho de otro modo, es la palabra la que erra y en su errar armoniza de símiles que posibilitan en su conjunción la emergencia del “símil pero menos-símil y más-mismo” pre-palábreo de lo simbólico. Mas en esta propia formulación de “lo simbólico” se implica subrep ticiamente una variedad de símbolos, una multiplicidad existente que fragmenta al símbolo y lo constituye en plural. Todo lo contrario, el símbolo es uno -lo que varía son las falseaciones auráticas de su modulación específica, o, dicho de otro modo, su uso como instrume-to funcional mediante un desciframiento que lo repele de esa mismidad a la que tiende. Pero el símbolo, el uno símbolo, es el imposible Mismo en la lengua -y es imposible en tanto cualquier lenguaje está limitado estructuralmente a un cierto universo de enunciados y por lo tanto inclusive la fusión de todos sus signos en un inmediato yacer-ahí de lo que evoque, constituiría el casi-mismo del sujeto de ese lenguaje, pero jamás el Mismo como tal.ParadojaEste nosotros no consigue delinear una paradoja sino es a través de una paradoja. Insistimos, por ejemplo, en el lenguaje (en este caso, en tanto idioma-palabra, lenguaje particular) cuyo uso, bajo el peso del sesgo que precisamos para tolerarlo, es el de hacer presente en otro lo que es ausente en él y presente en quien habla. En pocas palabras, le decimos a otro nuestro nosotros - cuya tangente escapa también en la especificidad de lo dicho en términos de contingencia y ambigüedad, pero no es este el lugar donde desarrollaremos aquesto. Cuando lo enunciamos de la manera “le decimos nuestro nosotros”, enfatizamos en la disimilitud en el mensaje emitido y el recibido. Usamos, en cierta manera, palabras (sonidos) comunes, que refieren, en mayor o menor medida, a evocar una pseudo-mismidad por vicio de la palabra en tanto al menos dos operando como mismo o común en el sonido mas refiriendo, en específico y aunque sea infinitesimalmente, a una disimilitud de la cosa que se niega operando una suspensión de lo singular. Este término 'singular' no es en lo más mínimo inocente, en tanto se despliega en una sucesión de dimensiones sobrepuestas:• El sonido es mismo negando la dimensión espacial singular que ocupa el emisor, distinta a la del receptor. • La palabra es misma negando la dimensión singular de su conjunto gravitatorio en inmediato-símil que la constituye como diferencia y a su vez difiere al extenderse entre el emisor y el receptor.• El concepto o cosa designado es mismo negando la dimensión singular de sí bajo la operación que lo define como común en tanto su ambigüedad es reprimida por el continuo discursivo y su especificidad es reprimida por su infinitud.• La realización de lo símil es negada puesto que ha de tratarse esa dimensión singular de lo símil como mismo a fin de sostener a los sujetos en un eslabonamiento de los significantes cuya consistencia soporte tanto a cada uno en su relación mutua, a cada uno en su relación consigo, y al sí que los constituye sujetos en tanto su necesidad ontológica del al-menos-dos relacional.• Etc.Por lo tanto, si es preciso que en el mero acto conversatorio que ocurre entre los sujetos hablantes operen en simultáneo una variedad de negaciones sobre distintas dimensiones considerables de lo singular, y, a su vez, eso que es negado opera positivamente sobre la realidad concreta puesto que ya hemos mencionado quesólo se puede desde aquí afirmar, ¿cómo es posible que la comunicación efectiva ocurra? Esa es, justamente, la paradoja: ocurre a pesar de nuestros instrumentos, y no a través de nuestro uso de esos instrumentos -o, dicho de otro modo, la comunicación ocurre gracias al efecto de la esfera del lenguaje general que es anterior al lenguaje particular o idioma-palabra; el lenguaje particular es la mímica degradada de aquél que lo antecede como relación positivamente existente de lo vario en lo uno como variedad, y como su causa, atraviesa al idioma-palabra. Entonces, lo paradójico es que la cosa sea lo que no es siendo sin embargo lo que es.AzarDecir azar es decir de acá lo que allá es Caos, y también otra cosa. Como mera otra cosa, azar es el operar positivo de lo inexistible para uno que, aun así, produce efectos. La inexistencia para la percepción o el lenguaje particular, la inexistencia del significante que ase al fenómeno, niega su manipulabilidad o reducción, sin embargo la limitación del instrumental en uno es indiferente a la existencia de eso. Este azar se incorpora a través de las grietas de nuestra propia incompletitud a la realidad desde lo real. La imposibilidad de asirlo es su justa virtud en tanto permanece así inmaculado de la distorsión sensible del cuerpo o el eslabonamiento en la cadena discursiva. Por lo tanto, los des-tellos de indecible que propiamente se otredan de forma radical en esa indecibilidad, o bien, el discurrir ordenado en la perce-ción de su autopoiesis como representación, son expresiones de este azar tras el roce de lo concebible con lo imaginario -pero expresiones siempre disminuidas por los instrumentos insuficientes. Sin embargo, este su expresarse desde lo real hacia la realidad conviene a la figura de un jeroglífico, de un signo cuneiforme, cuya natura está inscrita en ese aparecerse mas de forma invertida. Es lógico que así sea, puesto que su imposible para uno sólo puede manifestarse como lo no de uno, y por ende configura un enigma que estatuye una efigie del allá en acá -lo que es decir: funciona como lazo relacional entre nuestro posible con el espectro frágil de un imposible que se muestra necesariamente un paso más allá, y conduce por lo tanto a lo real tolerable que se desprende de lo Real. Puede uno confundir este movimiento con lo que se ha dado a llamar 'progreso', mas es estrictamente lo contrario: es el retorno, aunque ese retorno, en el acto de dar el paso más, se traduzca en la Gracia ya mencionada del absoluto tormento. Dar ese paso es posarse en el inmediato-símil del símbolo como uno tendiendo a la mismidad, aun si esa mismidad sea el horror último de la aniquilación.Volvemos, entonces, a decir que el azar es el acá de lo que allá es el Caos. Dado lo antedicho, aquel Caos sólo puede ser descifrado erróneamente, pero cada error acumulado es más inmediato símil de su sí y por lo tanto el destino inevitable de fallar en su aprensión no ha de disminuir la temeridad necesaria para intentar alcanzar la libertad propia de la mismidad siempre detrás. Mas he que Caos, a diferencia del simple azar como invasión degradada de lo Real, es a-relacional desde nosotros, repele toda conjunción de lo vario en al-menos-dos, resultando esto en su ser uno como No absoluto. Dado que en nuestra condición sólo existe la afirmación, ese No nos es completamente ajeno, inaccesible, y sin embargo de él depende la existencia de la negación afirmativa en nuestro uso común. Pero este No no es lo Mismo, lógicamente, aunque herede de lo Mismo la mismidad, por el acto único de sí de negar siendo No-Uno. Entonces, sí, es uno, desde nuestra perspectiva hacia él; y a su vez es el Dos desde la perspectiva de lo Uno como Mismo. Funciona, entonces, como garante de la inaccesibilidad a lo Uno como Mismo mediante su negar lo que tiende hacia ese Mismo -o, dicho de otro modo, quien pretenda acceder a la mismidad ha de desintegrarse en la Nada real que sustancia Caos, y por ende un hipotético paso en él anula en absoluto al quién o qué aun si esa nadidad tienda todavía hacia lo Mismo mas sin sí. Por supuesto, esto es evidente, esta descripción conjetural está dada desde la perspectiva de uno, pero podemos extenderla en la hipótesis de que lo Uno como Mismo ni afirma ni niega, reduciéndolo entonces a un simple Ni cuya interpretación es imposible. Por lo tanto, Caos es el inmediato-mismo de ese Ni, heredando la mismidad como una suerte de forma invertida de Él, y por ello es uno como No-Uno, mismo como No e inmediato-símil como Uno, siendo, entonces, el Dos o la relación primera mas sólo desde él hacia el Uno cuyo Ni, valga la redundancia, ni siquiera se podría decir que se relaciona. Se abandona así toda esperanza.