AdvertenciaNo ha de leerse esta obra como teoría con digresiones poéticas ni tampoco como teoría-ficción. Es, en su fuero íntimo, en lo ajeno de nosotros de cuyas manos parpadearon estas ilaciones, una expresión literaria. Es evidente que este nosotros lo constituye una sola persona, mas el influjo de la psicosis, algún dæmon juguetón, y el reflujo de reflexiones por sobre tópicos que atravesaron nuestro pensamiento desde hace ya una década de dedicación al acto escribiente, vuelve imposible asumir que pueda, quien les habla, referirse en su discurso como un yo, en singular, primerísima persona de una experiencia en el devenir, de un intento en la animación de un gólem, y por ende este nosotros que muda de posición también asumirá esa paradoja como materia para su relato. La polemicidad o no de ciertos pasajes sólo ha de ser tolerada para que dejar que aquellos que hablaron su decir allí muestren sus ojos oscuros al lector; el estilo manierista y laberíntico, es un efecto propio del proceso de hundirse en ese abismo que allí se menciona, o más bien lo contrario, de intentar no ahogarse en la noche del alma; lo repetitivo e insistente, aunque produzca tedio, es simple instrumento de fijar las fórmulas, de alzar las paredes que siempre estuvieron allí, así el influjo de la palabra con su aire hediondo lento pero preciso reconozca aquello que ha de erosionar. Por último, como el título insinúa, la respuesta es darle sí a todo, decir sí como a los locos, y restarle importancia al valor de lo aquí expresado.Sí y sólo síDoble pinzaUna cosa que es: 1) es lo que es mediante su diferencia de un ser otro, y, también, 2) aquello que esa cosa es ha de ser igual a sí mismo. Por ejemplo, la cosa A no sólo es A por la, y a través de la, diferencia con B (movimiento de la determinación), sino a su vez porque A (movimiento de la identidad) es igual a sí mismo; o, dicho de otro modo:A es A si y sólo si A A no es B y , si y sólo si, A = A Ambos movimientos se implican, son simultáneos. Esto porque no se puede decir que A sea sino mediante la diferencia que lo constituye como tal a través de B, en tanto si no hubiere diferencia entre A y B, si A fuera directamente A, no se podría afirmar y entonces no sería. A su vez, si, en la diferencia que determina a A y B como otros entre sí, no se igualara también a las cosas otredadas a sí mismas, tampoco podríamos afirmar la diferencia entre ambas cosas, ya que la consistencia misma de su coseidad precisa de su igualdad consigo. En consecuencia, su ser otro entre sí produce tanto su determinación como su identidad.Empecemos, entonces, por el movimiento de la identidad y el despliegue de sus modalidades. Identidad tradicionalLlamamos identidad tradicional a aquella que acepta la verdad de que no basta únicamente con el haber de una cosa otra para que algo exista sino que además ese algo debe ser igual a sí mismo. Sin embargo, en el abstracto de su quietud conceptual, no se observa a viva vista la problematicidad implícita en esta fórmula. Asumamos, entonces, el punto de vista nuestro: el de sujetos.Entonces decimos: el sujeto se determina mediante cosa otra y por ende para que exista requiere necesariamente de la relación con al menos una cosa otra –dicho de otra forma: el sujeto requiere de la existencia positiva del al-menos-dos. Su identidad, simultáneamente, radica en que su ser cosa-otra de algo ha de igualarlo consigo mismo –o, lo que es lo mismo, que esa cosa-otra se iguala a sí misma en su relación con este su otro, el sujeto. En concreto, sin embargo, esta conceptualización no basta para abarcarlo, puesto que no es sólo sujeto en relación a un objeto (cosa-otra), sino que se autoconciencia y toma a su propia subjetividad como objeto. Esta relación consigo mismo produce al pliegue por el cual el sujeto percibe a su sí como constante (que quiere decir: lo que es igual a sí mismo, lo idéntico, es su propio sí –aquello que objetiva su subjetividad). Esto es porque, como existente, es existente en el continuo fenoménico y éste se le muestra en devenir-otro -incluyendo tanto a lo que se presenta a su experiencia subjetiva como a lo que experiencia del afuera. Pero ¿qué queremos decir con devenir-otro? Que tanto los fenómenos que se aparecen a su percepción en el afuera como aquellos de su experiencia subjetiva son mediados por su instrumental (cuerpo, memoria, lenguaje, conciencia , percepción, etc.) como variedad de fenómenos en sucesión. Pero una vez que nos realizamos de haber otras cosas, la simple observación de lo vario en variación, esto no se traduce a la experiencia subjetiva como un continuo indiferenciado o multiplicidad indeterminada; muy por el contrario, la variedad de fenómenos consiste en objetos delimitados ya por el lenguaje adquirido: constantes y repetidos.El sujeto reconoce entonces que la realidad positiva del devenir-otro es un ensamblaje conceptual verdadero aun si no se presenta en la percepción del mundo como tal –en el mundo hay esto y lo otro y lo también otro y una variedad y riqueza infinita de manifestaciones concretas, determinadas, y sujetas a su una identidad que las hace tal. Sin embargo, la cuestión que se presenta es la siguiente: sólo mediante el corte que produce al asir algo del continuo es que reconoce ese algo y lo trata como cosa-otra de toda la variedad de lo existente; luego, también reconoce que ese algo al ser asido se iguala formalmente con cualquier otro algo; y entonces reconoce que, porque es sujeto de lenguaje, su movimiento de asir del continuo es producido por un significante, y que ese significante por definición iguala a lo diverso a ser susceptible de caber en lo definido, sin que en realidad responda lo igualado como concretitud de la misma cosa: la misma cosa es tal mediante el artilugio del significante –pero esto que llamamos artilugio resuelve un implícito: cualquier algo asido del continuo tampoco es igual a sí mismo si, desde que se empieza a asir ese algo y cuando se termina de asirlo, corte que es su algoidad siendo producido en el acto de asirlo, y en relación al tiempo, implica que su propia algoidad es ya algoidad de un algo otro inclusive para sí. Se vuelve, así, evidente que la constancia que se le atribuya al significante para igualar en un sí a aquello que designa necesariamente debe fallar, para funcionar, sobre otra dimensión posible de aquello de lo que es significante: falla sobre algo que no tiene no-fallar.Un ejemplo muy rudimentario:1) Si tenemos dos manzanas (significante ‘A’) ,es evidente que los que las iguala es su relación con A, constante de su asir como definición (digamos: ‘fruto comestible, de sabor dulce o ácido, y de forma esférica’, etc.). En concreto, 'dos manzanas' refiere a las expresiones A1 y A2 de A como agregadas por la constante. 2) Sin embargo, si dejamos la manzana A1 sobre una mesa durante una semana (significante ‘x’, índice temporal del momento) y la volvemos a observar una semana después (significante ‘z’, índice temporal de su otro momento), sólo podemos decir que sigue siendo la manzana A1 al negarle una dimensión positiva y real: la de su existencia en el tiempo. Esta dimensión temporal, en efecto, debe no considerarse en la definición de A para que funcione como significante de 'manzana'.3) A su vez, entonces, al considerar esta dimensión negada en A, notamos que la manzana ya no tiene el mismo color rojo (significante ‘b’) de hace una semana atrás, sino que está amarilleando (significante ‘c’). De nuevo, nos realizamos de que la manzana sigue siendo A1 si suspendemos operativamente otras dimensiones igual de presentes en su manifestación concreta pero que son omitidas en la constante.4.i) Luego, lo que hacemos es negar su singularidad, su ser cosa otra en A1b (‘fruto comestible’, etc. + rojo) y A1c (‘fruto comestible’, etc. + amarillo) y sólo son igualadas por el significante A1 como expresión singular de A. Y bien podemos notar el devenir-otro de esa manzana si la precisamos en la dimensión que la constante A1 niega, restituyéndole su singularidad. 4.ii) También podemos agregarle a la constante su dimensión temporal, produciendo A1bx (‘fruto comestible’, etc. + rojo + al momento en que fue dejada en la mesa) y A1cz (‘fruto comestible’, etc. + amarillo + al momento en que la volvemos a asir de la mesa). 5) En conclusión, la constancia de A como significante depende, para funcionar, de negar dimensiones posibles, reales y positivas, de aquello que A designa aunque las posea; y, a su vez, que la especificidad de lo designado al agregarle propiedades concretas a la constante inicial, conduce a su singularidad.Por lo tanto, lo que en un principio parecía idéntico a sí mismo, sólo lo era por su articulación en el lenguaje particular, y este movimiento de articulación por significantes del lenguaje particular se revela como una ilusión –una ilusión que no tiene no-ilusión posible. Sólo mediante la realización de esta distorsión que llamamos ilusión, producida por el lenguaje particular sobre el continuo, sólo así es que podemos asir a las cosas como concretas pero jamás en su singularidad. Y a su vez, que sólo mediante el despliegue acumulativo de relaciones entre significantes del lenguaje particular es que se avizora al continuo mismo y se lo formula como lo verdadero que envuelve esta ilusión, aunque en principio se nos presente como inaccesible a la experiencia.Hecha esta digresión, volvamos a la cuestión inicial. Si los fenómenos del continuo no son jamás iguales a sí mismos más que bajo la forma del significante que los corta de su hiperespecificidad irrepetible, ¿qué es lo igual a sí mismo de lo que se desprende el concepto de identidad aunque luego se manifieste a la percepción de manera distorsionada? Puesto que si sólo existiera el continuo indiferenciado y la identidad como concepto fuera una ilusión, no se cumpliría el al-menos-dos ni para el sujeto ni para el lenguaje, pero la experiencia concreta observa fenómenos varios que niegan tanto al continuo indiferenciado como lo único existente y a la identidad como mera ilusión. Entonces este sujeto se pregunta: si en su singularidad, su hiperespecificidad, no hay lo que sea igual a sí mismo sino mediante la distorsión del significante, ¿qué es lo igual a sí mismo que garantiza la positividad del concepto de identidad, aquello de lo que se desprende? Se llega, luego, desde esta posición que designamos como propia de la identidad tradicional, a la conclusión de que lo único igual a sí mismo es el propio sí -e inclusive ante esta posibilidad latente de la identidad como ilusión -y ante las distorsiones de su instrumental como ilusiones positivas. Y éste dice algo así como: todo es en realidad radicalmente distinto de como se aparece a la percepción en relación con su singularidad, pero el sí en el que se produce esta realización permanece constante. Este sí de sí mismo es el que garantiza y operativiza a la identidad como un concepto positivo y del que se deriva su principio de verdad –que es su forma de descartar que el concepto de identidad sea una mera ilusión. Por lo tanto podríamos decir que la fórmula inicial de este sujeto es: el movimiento de identidad en el sujeto, lo que lo hace igual a sí mismo, se produce en relación a su sí; y su movimiento de determinación está dado por la relación de al-menos-dos que constituye como otro del continuo fenoménico –entonces, es otro del continuo fenoménico porque a la vez es igual a sí en tanto sí, y viceversa. En pocas palabras diríamos, es o existe: se da la simultaneidad de la identidad y de la determinación. En consecuencia, el hecho de que el sujeto de identidad tradicional se base en la garantía que su sí como constante asume en tanto principio de verdad, del que luego se deriva a la identidad como concepto existente y positivo, trae aparejado que: por el instrumental con el que ase a la realidad, le está vedado el acceso a la verdad de este continuo o, propiamente, a la dimensión de la verdad y lo objetivo en la existencia –dicho de otro modo, es necesario para él distorsionar la realidad en su verdad y producir una ilusión para asirla como tal, puesto que de lo contrario no podría existir él en tanto sujeto como su otro. Y también dice: hay una constante, un algo igual a sí mismo que persiste igual a sí mismo a través del devenir-otro de lo experimentado, y este algo es el propio sí -este sí es radicalmente otro de lo experimentado. Esto también supone que, aunque pueda articular mediante el lenguaje particular la objetividad concreta y verdadera tanto del afuera como de su subjetividad (lo que es: el conjunto de la objetividad como tal), esta articulación es única y contingente –por lo que la dimensión de la objetividad le es dada de forma opuesta y negada e inaccesible en la simultaneidad del concepto y la percepción: le es irrealizable. Y esto implica, a su vez, que la consideración de su propio sí como constante y garante de la identidad tanto de su condición como sujeto como del concepto de identidad que tiene existencia positiva, es condición de la conciencia y es así experiencialmente verdadera, pero como instrumentalmente articulada e hiper-subjetivamente expresada.Producimos, a partir de esto, la fórmula de la identidad tradicional: la verdad universal de la que se deriva el principio de verdad de la identidad, en tanto concepto positivo y realmente existente y en tanto experiencia objetiva y realmente existente, es la verdad de la igualdad del sí del sujeto consigo mismo. Y esta fórmula implica que la noción de objetividad, verdad e identidad son positivadas tanto en la conciencia como en la experiencia concreta.Este sujeto, diríamos, se realiza de que el acercamiento, la aprehensión, el “conocimiento” objetivo le está vedado en tanto lo que aprehende está en constante devenir-otro y que lo único idéntico a sí sólo es su sí; entonces llega a que la verdad es una dimensión que existe positivamente pero a la que no puede acceder en tanto, podríamos decir, cuando la ase, en el proceso mismo de asirla, la vuelve otra cosa, y también que es ya otra cosa de sí misma si es potencial objeto de su asir por un significante. Lo que lleva a la conclusión de que esa cosa que ase sólo es su propio sí en el continuo fenoménico pero, es necesario observar, en el continuo fenoménico indiferenciado –y es por ello que la existencia de un significante que potencialmente puede asirse de algo ya distorsiona a ese algo desde antes de asirlo: el significante implica que esa cosa fue cortada del continuo indiferenciado en el que es su propio sí. En síntesis, esta es la raíz de las paradoja: si la cosa es su propio sí en lo indiferenciado, y si su condición de identidad se desprende por defecto de la diferenciación, y a su vez la cosa es susceptible de ser percibida en la experiencia objetiva y subjetiva si y sólo sí es diferenciada, se resuelve que cuando la cosa es asida deja de ser lo que es, y de hecho antes de ser asida ya había dejado de ser lo que es, puesto que para asirla en potencial es preciso un significante que la delimite: 1) Tanto como objeto de la conciencia , donde este sujeto intenta –podríamos decir- “traducir” la verdad de la cosa -y se encuentra con que, según su lógica, sólo su propio sí es siempre igual a sí mismo y, por ende, la cosa asida tiene consistencia identitaria en relación al sí del sujeto sólo si es indiferenciada del continuo fenoménico. Dicho de otro modo: el sujeto reconoce en su conciencia que al asir a la cosa esta toma la apariencia de una constancia fija, rígida, sólo porque este movimiento es posible en relación al principio de verdad de la identidad (para él: universal, verdadero) que depende de su sí -pero reconoce, también, que su premisa es que la cosa está siempre deviniendo otra, y que al asirla o significarla se iguala ilusoriamente con su propio sí, y es por esto que adquiere la apariencia de identidad aunque la cosa en su realidad del continuo esté deviniendo-otra. Entonces este sujeto, en la dimensión de la conciencia, vuelve a afirmar que la verdad y lo objetivo tienen una existencia positiva pero que le es inaccesible en la experiencia y por ello irrealizable.2) A su vez, como objeto de la percepción, donde la verdad de la cosa –lo que es: la cosa misma- sólo puede ser percibida (asida, decíamos en la conciencia) mediante una distorsión de sí misma que es su delimitación. Esto significa: la percepción de la cosa nos muestra a la cosa misma de forma distorsionada Entonces la cuestión no es que los sentidos, el lenguaje particular, la subjetividad misma, engañen porque distorsionan a la cosa, por el contrario: la cuestión es que esta distorsión es condición y necesidad de la percepción –y, digamos más, este falseamiento es condición de la experiencia de que lo verdadero y objetivo es realmente existente y no sólo un arreglo conceptual, puesto que sólo tras la realización de esta distorsión es avizorable el horizonte de la verdad en la experiencia. Volvemos a insistir, entonces, en la gravedad de la cuestión. La noción de que el afuera y la subjetividad están siempre deviniendo-otro sólo se da en relación a este falseamiento fundamental del cual se realiza al sí como única constante, y del cual a su vez se abstrae en la conciencia la verdad de que la única constante, lo único igual a sí mismo, lo único que garantiza la existencia positiva del concepto de identidad, es el sí del sujeto. Y es por ello que precisamos detenernos, por fin, en qué decimos cuando hablamos del devenir-otro. Devenir-otro Decimos que, para este sujeto, es verdad tanto que el afuera como lo subjetivo están siempre deviniendo-otro, porque en la conciencia como en la experiencia la cosa nunca es igual a sí misma. Sólo a modo de economizar el discurso y en un intento de igualar con un concepto a la dimensión del afuera y del sujeto en tanto fenómenos, hagamos el ejercicio de sintetizar momentáneamente conciencia y experiencia bajo la denominación de lo objetivo. Entonces diríamos que la relación de este sujeto con lo objetivo es la relación con una cosa que siempre se aparece como otra cosa de lo que es debido al instrumental con el que la cosa es para el sí. Y también diríamos: es verdadero que existe un continuo fenoménico que es para el sí del sujeto condición de su existencia, ya que (es evidente) es necesario para su existencia la determinación relativa a ese continuo y la igualdad consigo, y este movimiento funciona para ambos. Entonces podríamos decir que lo que es igual a sí mismo de este continuo fenoménico es el devenir-otro de sus elementos –y esto está implícito desde que empezamos a hablar del sujeto de identidad tradicional, ya que además de la identidad del sí es necesaria la identidad del continuo fenoménico. Pero la gran diferencia es que, siendo la identidad del continuo fenoménico el devenir-otro, siendo que lo que hace que el continuo fenoménico tenga consistencia e igualdad consigo mismo parece ser este estar siempre deviniendo- otro, se vuelve entonces inaccesible a la experiencia del sujeto en tanto la identidad de este depende del sí como constante de sí mismo. Es por ello que decíamos antes que este continuo es radicalmente otro del sujeto porque:- Lo fijo y constante del sujeto es su sí y esto es lo igual a sí mismo. Toma la apariencia de una “quietud”.- Lo fijo y constante del continuo es el devenir-otro de sus elementos y esto es lo igual a sí mismo de sí. Toma la apariencia de un “movimiento”.Representemos e intentemos aclarar esta cuestión.En el primer ejemplo de esta obra referimos en abstracto a que la cosa A es A en tanto es diferencia de B y también porque es igual a sí misma. Entonces, ahora podríamos decir que el sí del sujeto es diferente del continuo fenoménico pero es igual a sí mismo y esto es condición de su existencia. Pero también podemos afirmarlo desde el otro lugar y decir: el continuo fenoménico es diferente del sí del sujeto pero igual a sí mismo y esto es condición de su existencia. Tanto A como B deben tener una identidad, una igualdad positiva consigo mismos, para también determinarse el uno al otro. Dicho esto, agregamos:1) Si alguna de las partes de la relación entre A y B se le atribuye sólo una identidad formal (“racional”) pero no experiencial (subjetiva), esta se da sólo en la dimensión de la conciencia y la hace inaccesible a la experiencia e irrealizable, por lo tanto constituiría una identidad conceptual y no positiva, que es lo que hace a un significante sin significado (y pensemos, ahora, en un ejemplo radical de esto, Dios: donde su identidad formal es articulable como concepto pero su experiencia perceptual es, por definición, imposible -y, digamos más, ya que lo grafica en su revés positivo: una constante de las experiencias místicas –sea de Dios o de su equivalente- es la inefabilidad).2) A su vez, si intentamos atribuir una identidad experiencial pero no formal entre A y B, el resultado es que ya ni siquiera se traduce en una articulación en el lenguaje particular, lo que la vuelve una identidad experiencial y no positiva, y por lo tanto inaccesible a la conciencia y también irrealizable; y entonces es un significado sin significante (que es nuestro equivalente ahora al rapto místico o la experiencia de Dios –experiencia cuya realidad no negamos).Lo que queremos decir es: si pudiésemos acceder al absoluto de la identidad formal, se subsumiría la diferencia entre el sí y los fenómenos, y entonces no habría sí del sujeto; no hay relación alguna y por ende no es susceptible de ser experimentado –de lo que se desprende también que toda identidad puramente formal es falsación. Y, de la misma forma, si pudiésemos acceder a la singularidad de la identidad experiencial, por su mismo carácter subsumiría también al sí y los fenómenos, y entonces no es susceptible de ser articulado en el lenguaje particular –de lo que se desprende que su existencia positiva es revelada como tal en la experiencia como producto de la confusión entre el sí y una cosa- otra-virginal (que veremos luego), carente de significante, y por ende es también una falsación.Esto es, en última instancia, lo que intentamos expresar cuando decimos que la dimensión de la verdad y de lo objetivo le está vedada a este sujeto aunque tenga un reconocimiento de su existencia positiva. Entonces, concluimos: este movimiento de realización es lo que denominamos “identidad tradicional” –la identidad que descansa en la igualdad del sí del sujeto consigo mismo-, y aunque reconoce la distorsión de lo objetivo como consecuencia de este principio, debe actuar en su relación con lo objetivo como si fuese verdad su formulación distorsionada, en tanto concluye que no tiene acceso por una limitación que es inherente a sus condiciones de existencia.Una aclaración antes de continuarEntendemos por verdad -aquí, en su sentido específico- a la consonancia entre lo articulado en la conciencia y lo experimentado en la percepción. Si decimos, en nuestro ejemplo, que “A es A si y sólo si es diferente de B e igual a sí mismo”, referimos en la definición a que el flujo que constituye a esa afirmación como verdad es su traducción de lo articulado en la conciencia como experiencia en la percepción y también de lo experimentado en la percepción como articulación en la conciencia. En otras palabras: lo verdadero ha de ser articulable y perceptible. Si sólo es articulable constituye un concepto (podríamos decir, “teoría”), y si sólo es perceptible constituye una representación. Dijimos también que en nuestro desarrollo se evidencia la positividad de la verdad como tal –que es decir: esta dimensión de la verdad existe realmente aunque se reconozca su carácter inaccesible, y esta su inaccesibilidad es efecto de la condición de sujeto en tanto sujeto, y es producto de la (al-menos)bidimensionalidad implícita en la diferencia entre la conciencia y la percepción.De forma similar, entendemos a lo objetivo -aquí, en su sentido específico- a la consonancia entre lo (al-menos-dos) que ha de haber. Si decimos, en nuestro ejemplo, que “A es A si y sólo si es diferente de B e igual a sí mismo”, referimos en la definición a que el flujo que constituye a esa afirmación como objetiva es su traducción de las relaciones de A y B entre sí y consigo. Si sólo hay (especulativamente) A, esto constituye un continuo indiferenciado y por ende no hay objetividad ni subjetividad puesto que no hay relación existente alguna; y si (especulativamente) A y B no se relacionan entre sí y consigo, no se constituyen sujeto u objeto siquiera como ilusión. Dijimos también que en nuestro desarrollo se evidencia la positividad de la objetividad como tal –que es decir: esta dimensión de lo objetivo existe realmente aunque se reconozca su carácter inaccesible, y esta su inaccesibilidad es efecto de la condición de sujeto en tanto sujeto, y es producto de la (al-menos)bidimensionalidad implícitas en la diferencia entre lo uno y lo vario.A su vez, queremos decir por consonancia -aquí, en su sentido específico-: la (co)extensión de la (al-menos-bi)dimensionalidad. Si decimos, en nuestro ejemplo, que “A es A si y sólo si es diferente de B e igual a sí mismo”, referimos en la definición a que el flujo que constituye a esa afirmación como consonante es su participación modal de las dimensiones consideradas (coextensividad de las dimensiones ser/existencia y determinación/identidad). Si A no participa de modo negativo de B y de modo positivo de sí mismo (y viceversa), esto constituye una disociación de las dimensiones consideradas y por ende no hay coextensividad entre ellas y lo relacionado por ellas; y si A y B no se coextienden en sus dimensiones estructurales, no se podría producir el doble movimiento de determinación e identidad y por ende serían irrelacionales en las dimensiones consideradas y por ende disonantes. Decimos ahora que en nuestro desarrollo se evidencia la positividad de la coextensividad de las dimensiones como tal –que es decir: que existen realmente aunque se reconozca su carácter inaccesible, y esta su inaccesibilidad es efecto de la codependencia para su articulación y experiencia en el al-menos-dos, y es producto de lo real como constante dimensional.Por último, queremos decir por dimensión -aquí, en su sentido específico- a la extensión positiva de lo relacional. Si decimos, en nuestro ejemplo, que “A es A si y sólo si es diferente de B e igual a sí mismo”, referimos en la definición a que el flujo que constituye a esa afirmación como dimensión (en este caso: ser/existencia) es la extensión de lo relacionado como un sí. Si A y B no se extienden como un sí en su relación no podría ser articulada ni experimentada su relación; y si A y B se extienden como un sí sin relacionarse, sólo pueden ser la misma cosa y no A y B. Decimos ahora que en nuestro desarrollo se evidencia la positividad de la dimensión como tal –que es decir: que existe realmente aunque se reconozca su carácter inaccesible, y esta su inaccesibilidad es efecto de su modalidad en al-menos-dos, y es producto de su extensión como constante constituyente de la realidad.Enfatizamos en la fórmula ‘aquí, en su sentido específico’ aunque estas definiciones están sujetas a la plasticidad del con-texto y sus posibles acepciones o modalidades. Sin embargo creímos necesario proponer, aunque sea especulativamente, una lectura de la cual deducir sus especificidades.Enfatizamos que nos confundimos con específica insistencia.Primera digresión $no^1$, $no^2$Podríamos decir: lo inefable es un signo lingüístico paradójico en sí ya que designa la imposibilidad de referirse con el lenguaje a aquello que designa desde el lenguaje. Si nosotros afirmamos que la experiencia mística es inefable, también afirmamos lo contrario. Esto es una forma muy humana de suturar ese rapto, de impedir que suceda mediante la fijación de un significante alrededor suyo -inclusive en la insensatez de producir discurso a su respecto porque sabemos que nada de lo que digamos se va a corresponder ni con el concepto ni con la experiencia de ese rapto, y sin embargo lo intentamos por la sublimidad (en el sentido kantiano) del evento, por una responsabilidad ética de comunicar la experiencia de lo verdadero –y no sólo la razón de lo verdadero. Podemos decir que nuestra identificación más o menos arbitraria de lo verdadero en la experiencia de lo inefable, ya no con lo que no es sino con lo que sí es, es nuestra forma de distanciarlo, de mantenerlo a la distancia para intentar asirlo y así no nos subsuma. Sin embargo sabemos que, al asumir que no podemos significarlo con fidelidad aun asumiendo la postura del “como si fuese verdad” en nuestra articulación, al configurarle una cadenas de significantes que lo comunique, que refieran directamente y en términos positivos, lo que estamos haciendo es algo que parece simple pero presenta problemas manifiestos, y es negarlo. Este movimiento de la negación se presenta en varios sentidos para el sujeto de los cuales intentaremos clarificar algunos en relación con la inefabilidad.1) Lo negamos, en su acepción experiencial, puesto que se manifiesta de forma negativa o “mala” a la percepción del sujeto para sí como una suerte de tortura para la psiquis, como la “Locura” o descomprensión de lo real en el sujeto (puesto que designifica y se desplaza así el significado, y con ello se desplaza lo posible), o también como una irrealidad absoluta en tanto se manifiesta en el sí como inaccesible al órgano que articula la realidad –el lenguaje-, etc. Lo que quiere decir: lo negamos porque nos produce conflictos y perturbaciones en relación con la realidad y con nuestro propio sí y experiencia subjetiva, o, dicho de otra manera: lo negamos porque nos displace, nos descentra, nos molesta. Lo paradójico en este sentido es que también lo negamos experiencialmente si se manifiesta de forma positiva o bondadosa. Asumamos, para desarrollar esta idea, la perspectiva de un sujeto de identidad tradicional inscrito en la cultura cristiana en el siglo XXI. Las manifestaciones buenas de lo inefable para este sujeto podrían ser: una suerte de unión de Amor que trasciende al sí y lo une con Dios, o la realización de la inmortalidad del alma, o la disolución del tiempo y el espacio en la Eternidad. Utilizamos estos ejemplos en relación a significantes que este supuesto sujeto cristiano pueda tener presentes, y pasarían a ocupar el lugar de lo que anteriormente decíamos que era una identidad conceptual, una especulación teórica, o, dicho en nuestra lógica: una articulación cuya realidad y verdad se verifica en la dimensión del concepto por la razón (supongamos) y no en la existencia positiva que supone también la experiencia como realización de ese razonamiento. Sin embargo, proseguimos, al atravesar la experiencia de lo inefable, lo que ocurre es que los significantes que eran articulación conceptual, y que antes de la experiencia eran producto y productores de Fe, de lo verdadero en tanto había sido revelado y permanecía inscrito en la memoria por la cultura y la tradición, en una palabra, en abstracciones sin significado experiencial, de repente tienen un significado. Este sujeto podría decir, luego del rapto y debido a la inercia cultural que le atribuimos: esto que llamaban Dios en realidad existe positivamente, significa algo desde la experiencia, y no es sólo Fe o concepto, en tanto lo experimenté como verdadero en mí. Y mencionemos una cuestión al pasar antes de seguir a la siguiente dimensión de la negación: la Soberbia es el primer pecado capital, en jerarquía, de la Suma Theologiae de Tomás de Aquino, y refiere a la vanagloria como una modalidad particular de la soberbia en tanto el sujeto humano pretende acceder a la mente de Dios –y nosotros queremos enfatizar el carácter dogmático y ético de la teología, pero sobre todo su rol como suturador de la herida que es la experiencia de lo inefable en el sí del sujeto; dicho de otro modo: mostrar tanto el valor de la teología institucionalizada como su catástrofe para el sujeto tradicional.2) Decimos ‘suturador’ y nos referimos a la segunda acepción de la negación: psicoanalítica-psicológica. Negamos psicológica- mente en tanto la experiencia directa de ese rapto es traumática. Ya sea por su carácter negativo o positivo en relación a su dimensión experiencial, la experiencia es traumática en sí. Esto es simple: lo inefable, por su propia naturaleza, nos supera en cuanto a nuestras capacidades siempre actuales de articulación lingüística (lo que quiere decir: nuestra capacidad de articular la realidad) y sólo es suturada por la repetición de lo ya dicho al respecto por otros (la tradición, la cultura, y en nuestro ejemplo particular, la teología en tanto produce racionalizaciones de la fuente de la experiencia y su extensión –y este es, de nuevo, tanto su valor como su catástrofe), o también es suturado desde la postura subjetiva que no refiere a autoridad o legitimación exterior de lo que ocurre: el absurdo y necesario desplegar significantes por sobre la representación hasta producir la distancia en que el sujeto no se desestabilice -y este despliegue subjetivo sea necesariamente evocación, sugerencia, poetización, racionalización desde el sí, y, en última instancia, el intento de hacer posible lo imposible que es producir un símbolo para lo no- simbolizable, una dicción para lo indecible. Entonces queremos decir, de nuevo: reconocemos que nuestra significación (tanto en la articulación como en la experiencia) será necesariamente arbitraria y distorsiva de lo verdadero allí representado –pero la cuestión es justamente esa: lo representado, lo verdadero y universal, sólo puede manifestarse de forma contingente (a través de una constelación de significantes-amo del sujeto) y esto es necesario como condición para que ocurra esta experiencia de lo verdadero (en tanto, volvemos a decir: la verdad nos es inaccesible –y agregamos: lo verdadero y su representación en la experiencia está indicado y es producto sobre todo de lo que está estructuralmente negado por ser imposible de articular en el lenguaje particular del sujeto –y sin embargo, luego de la experiencia que intentamos describir, se vuelve evidente retroactivamente que siempre estuvo ahí como negado).Podríamos decir que estamos, en cierto sentido, ante la experiencia de lo sublime kantiano puesto que la articulación ocurre luego de la experiencia y es la que sutura al sujeto produciendo la consonancia de lo verdadero. Reconocemos, también, que es condición necesaria crear el espacio aunque sea especulativo en la subjetividad (por ejemplo, realizarse de la inconsistencia interna del sí como síes y posturas) para que la experiencia misma pueda ocurrir. De esto se desprende que se encuentra una explicación en la razón tanto a la expresión positiva del concepto manifestada en la potencia particular del evento místico (que es nuestro ejemplo pero no es excluyente que sea un evento místico en Kant), que esa razón es propiamente un reorganizarse de los significantes pre-existentes del sujeto que son luego investidos de lo representado en la experiencia, y que es preciso exista un espacio, una fisura en la consistencia del discurso del sujeto por donde se escurra esta experiencia inefable. Una característica del sublime kantiano es la de ser capaz de aparecerse a la experiencia tanto como el Horror absoluto o como la Belleza absoluta, y para mayor efecto paradójico. como ambos simultáneamente –pero, y es necesario asumir esto, en tanto sea Sublime, la sutura articulada es racionalización como mecanismo de estabilización y no propiamente razón reflexiva de lo verdadero manifestado. Nos encontramos, de nuevo, en el mismo punto: nada que digamos de la experiencia va a condecirse con la intensidad subjetiva que produjo en el sí. Y continuamos: este sublime particular tiene el atractivo y el vértigo simultáneos de un abismo existencial en tanto es la propia naturaleza de la experiencia subjetiva la que entra en juego –que quiere decir: lo que se desestabiliza y se descentra es la propia relación del sujeto con su sí; su anterior articulación de lo verdadero se reconfigura, el sujeto se transubstancia. Esto es el desatar el nudo de la represión, del hacer consciente lo inconsciente, y nosotros lo traducimos como la realización de la verdad del lenguaje. Pero esta realización es de nuevo reprimida, anudada, suturada. Por lo que luego de esta manifestación es casi maquinal, por la cuestión de tener cuerpo, que el sujeto produzca la negación de lo que posibilitó al evento, y niegue al evento en sí mismo distorsionando su recuerdo. Es por esto que decimos que su hacer con lo verdadero implica que el sujeto adquiera una significación en relación a su propia experiencia subjetiva que es a la vez revelación y oscurecimiento en relación al conjunto subjetividad/sí, al sí reducido a la experiencia “interior” de un otro del afuera. Entonces, en nuestro hipotético sujeto cristiano, el rapto místico le revelaba la experiencia positiva de la inmortalidad del alma, de la vida eterna, de Dios, etc. Podríamos decir que luego de esta producción de significado por el rapto, considerándola expresión experiencial “buena” dentro del marco que le atribuimos, y que suponemos legitimada tanto por la cultura como por la autoridad teológica, pasa entonces a ocupar la posición como expresión de lo verdadero en el sujeto. Se produce en éste la sutura debido a que se remite al discurso cristiano, tanto desde afuera si se dirime la cuestión por autoridad teológica y repetición de la tradición y lo dicho al respecto, o tanto si la aborda subjetivamente. La conclusión a la que llega es la misma: eso que experimentó es realmente una manifestación de lo verdadero y no una delusión a descartar –y esta es la catástrofe: al desplazarse lo verdadero a la posición de la Verdad, el contenido de su representación o la respuesta ya está dado, y el movimiento consecuente es producir la consonancia. Sigamos, luego, y seamos claros en este insistir que al sujeto le es revelado el significado de significantes previos. Lo que estamos diciendo es: aquello que ya sabía por ser sujeto de lenguaje, pero no sabía que sabía, se hace presente en la conciencia y asume los significantes que ya estaban allí –simplemente llena el vacío que ya había sido escrito formalmente en él (la palabra vacía “Dios”, la palabra vacía “inmortalidad”, etc.; dicho de otro modo: el diseño conceptual de la experiencia por la cultura). Y, también, que para la significación de estos conceptos el sujeto disponía de la memoria del lenguaje (aquello que ocupa su lugar narrativo, su respuesta maquínica a esos significantes inmanifestados en la experiencia), y que también esta memoria del lenguaje asume el marco de referencia a la organización posterior, y por ende lo que le faltaba era la realización positiva de los conceptos que sólo da la experiencia. La catástrofe es, entonces, la siguiente: revelar se traduce como ‘volver a velar’, ‘volver a poner el velo’ -esta inefabilidad que representa lo verdadero expresado de forma contingente, se convierte en verdad universal, y hasta podríamos decir que tiene un “origen supra-humano y una naturaleza auténticamente inaccesible” luego de ser mediada por la religión institucionalizada en la cultura –lo que nos indica una confusión radical sobre la naturaleza de lo que ocurre. Pero ¿qué es lo catastrófico de esto si dijimos que este sujeto se comporta “como si fuese verdad” su propio sí como constante y garantía de su identidad para relacionarse con lo objetivo? Lo catastrófico es que, porque reconoce lo verdadero como contingente tanto en la conciencia como en la experiencia, y puesto que sabe que no sabe cómo sabe algo ni qué es ese algo que sabe aunque sabe que algo sabe sin saber que lo sabe, y a su vez toma a su sí como principio de verdad de la y de su identidad, entonces ocurre que: esta experiencia en que se manifiesta positivamente la premisa de que lo verdadero se representa como contingente y es una necesidad que así sea, y en la que también logra acceso a una parte de aquello no sabía que sabía, y en la que también su principio de verdad del sí como constante de identidad es justamente lo que se desestabiliza y posibilita este acceso, produce como resultado que se despliega en él el opuesto complementario de la revelación. Lo llamamos oscurecimiento. Entonces la revelación es el ‘volver a velar’ de aquello que emerge a su conciencia, aquello que sabía pero no sabía que sabía, que en nuestro ejemplo garantiza su (pseudo)coherencia mediante la ‘legitimidad’ de la tradición; y el oscurecimiento se produce cuando aquello que ahora sabe que no sabe, y también aquello que no sabe que no sabe, se despliega desde las coordenadas de la verdad (ahora puesta como universal, única, e inaccesible a la conciencia, incomprensible, común a todos los sujetos, etc., y de la cual la representación concreta que experimentó es su manifestación) sólo negando su carácter verdadero para el sujeto y siendo interpretado, descifrado, y puesto en movimiento por instrumentos estandarizados ya que se asume como manifestación de lo común del sujeto en tanto ‘alma’ (podríamos decir: una de las tantas manifestaciones del Espíritu Santo). Lo que es negado al desplazar a lo verdadero y universal en su contingencia hacia la posición de verdad absoluta es, justamente, su contenido en cuanto verdad universal común a los sujetos sólo para ese sujeto. ¿Qué queremos decir? Que si el ahora positivo concepto de Dios es abordado desde los predicados de la teología, se pierde por completo la articulación no-necesaria en el significante-amo que se operativiza, y se obtura la realización de su condición de significante-amo como positividad en tanto sustrato sobre el que se extiende lo operativizado y en tanto la arbitrariedad de su configuración –en otras palabra, que el significante ‘Dios’ se confunde con aquello que se predica de él y no se muestra en su carácter vacío como organizador de esos predicados, y por ello insistimos en que lo revelado no es lo que se manifiesta sino el movimiento de su volver a ser velado. Entonces, lo verdadero y universal manifestado en la experiencia es suturado, sobre-escrito por el con-texto y, traccionado por la repetición de lo cultural como mecanismo de legitimación, como constante que armoniza el desplazamiento de lo verdadero hacia la posición de la verdad -y eventualmente esto verdadero se vuelve inaccesible por la simple razón de que se sobre-distorsiona, forzando su (pseudo)explicación, a algo que de por sí ya estaba distorsionado. Digámoslo sencillamente: nuestra interpretación reitera el contenido de verdad, su universalidad, y a su vez remarca la contingencia de esa experiencia designándola como lo verdadero porque: lo que la representación traiga de verdadero es producto del desciframiento, de la manifestación y efecto de su enigma, cuya única expresión posible en el sujeto es a través de su configuración arbitraria en tanto su singularidad como sujeto, y es necesario que así sea puesto que, quiéralo o no, este tiene memorias que recurren sobre su sí haciendo que el con-texto de su texto, lo que dice cuando dice y lo que hace cuando hace, siempre difiera tanto para sí como para otro sujeto, y acumula - tras volverse operativo- sedimentos de con-texto que están siempre virtualmente presentes –de allí que sea imposible decir directamente lo que se pretende decir; que el sujeto que habla lo hace en contra del capricho de la circunstancia y en contra de aquello que no sabe que debe decir para decir lo que quiere decir, de aquello que interfiere y hace que diga en efecto otra cosa de lo que quería decir. Por lo tanto, la manifestación de lo verdadero en la experiencia inefable se despliega desde estas coordenadas de confusión, ambigüedad, exceso, etc., que moldean a esa experiencia, la traducen en su representación. Dicho así, pareciera ser un enigma irresoluble donde todo elemento en lo representado dice de otro elemento y así infinitamente. Sin embargo, no se trata de excavar en la arbitrariedad que configura a una persona –no estamos tratando de resolver la dimensión traumática, no es esto psicoterapia. Diremos entonces que, luego de hecho el intento de clarificar su carácter contingente y necesario, ahora decimos que lo que tiene de universal es que siempre, para todo sujeto de lenguaje particular, para todo “ser-hablante”, lo que se expresa es la verdad del lenguaje, o decimos también la verdad que está escrita en el lenguaje. Y esto es, de forma amplia: aquello que, por el sólo hecho de tener lengua, lenguaje general, lenguaje particular, Lenguaje, el sujeto sabe aunque no sepa que sabe (en el sentido de: es en su sí, es su sí, actúa, se relaciona con y produce y percibe la realidad, etc., según la verdad del lenguaje); y en nuestro caso concreto y ejemplo: la verdad del lenguaje particular. Es por ello que, en esta supuesta experiencia mística, al quedarse el sujeto momentáneamente sin la modalidad específica del lenguaje que es el lenguaje particular, puede decir que eso fue inefable –y lo que hace entonces es derivar de la verdad del lenguaje particular (aunque no sepa que lo hace en la práctica, e inclusive aunque no sepa que lo sabe aún como verdad) el principio por el cual la diferencia es condición de este lenguaje y está escrita en el lenguaje, y que a su vez la diferencia es una modalidad del no, de la negación; entonces puede referirse a esa esta inscripción no es inocente ni virginal: se produce en un texto pre-existente del cual depende para significar –lo que diríamos, sus asociaciones; inclusive si estas asociaciones conscientes varíen en el tiempo por la sedimentación de la memoria, conducen a la suspensión del lenguaje particular con la negación inefable –en la cual no designa lo que la experiencia es, puesto que no tiene palabras para describirla, y traza su relación, articula en el lenguaje a esa experiencia sólo diciendo lo que no es -que es una forma de afirmarla. Luego, si el sujeto sabe, aunque no sepa qué ni cómo, y se desplaza su experiencia de lo verdadero hacia la verdad, retornamos a la cuestión de que el oscurecimiento es su producto inmediato. Recordemos por un instante que en los aspectos “malos” de la dimensión experiencial hablamos de la Locura, y no era aleatorio. Este sujeto de identidad tradicional, dado lo que veníamos diciendo, y puesto que precisó de la experiencia positiva para reconocer la verdad de los conceptos, y a su vez reconoce que precisa del lenguaje para articular esa verdad en la conciencia y la percepción, es positivamente consciente de la disonancia entre el arreglo parcial que es la respuesta dada de la autoridad teológica y su contenido de lo verdadero como experiencia –por lo que reconoce, ahora, aquello que mencionamos al respecto de que su relación entre lo experiencial con la respuesta dada es en concreto la de forzar una fórmula que las armonice, y este movimiento de forzar pone en evidencia la falsedad de sus realizaciones anteriores –y como la verdad universal, única, etc., no está sujeta a discusión, su alternativa es, naturalmente, distorsionar la experiencia para que se pueda articular como realización de la verdad inclusive reconociendo la falsedad de sus realizaciones y produciendo entonces la sobre-distorsión de lo ya distorsionado –lo que implica que debe proceder con un malabareo de significantes tanto para la interpretación de esa verdad en las Escrituras, los Tratados, etc., como en su relación con los significantes que organizan su subjetividad –y si, como decíamos hoy, en el peor escenario el sujeto cree que logró armonizar estos elementos, nos encontramos con que, ante la afirmación “Dios es Amor”, todos los sujetos cristianos de esta verdad deben estar necesariamente de acuerdo -pero en realidad el acuerdo se da en la dimensión de lo burdo y material, de la letra muerta y la dicción, puesto que la articulación específica de lo verdadero y su manifestación en cada sujeto se vio desplazada de lo mismo a lo símil. En última instancia, este sujeto se realiza mediante el despliegue de sus propias contradicciones de que Dios, inmortalidad, vida eterna, etc., son significantes que ya estaban en él y funcionaron estabilizando su subjetividad en relación al sí para que él como sujeto pueda mantener la coherencia de su identidad suponiéndola positivamente asentada en el sí como constante –lo que es decir: sostener su cadena de significantes, su sentido, su deseo. Y encima, a su vez, es un sujeto que reconoce que la dimensión de la verdad y lo objetivo le está vedada, lo cual le es reafirmado por el dogma, y también sabe que su configuración contingente en relación a la realidad es otra modalidad de la distorsión. Entonces no puede reconocer su experiencia de lo verdadero como de lo verdadero, y afirma que es un momentáneo acceso a la verdad dado por Dios, supongamos, y también cree reconocer que todo su instrumental distorsivo no tiene valor ni necesidad alguna –y, ahora cree saberlo desde la experiencia: la verdad le es accesible (siempre y cuando reconozca en la dimensión de la conciencia la condición de acceso a la verdad como un don otorgado por el Espíritu Santo, Dios, quien fuere que intervenga, y no como producto de su condición de sujeto –y es más, ¡todo lo contrario!; esa condición de sujeto es un impedimento, y el cuerpo una molestia: sólo en su condición de alma puede, si se le concede, acceder a la verdad). Entonces radicalmente se oscurece, puesto que la cuestión, el dilema que se le presenta es: o bien reconocer la arbitrariedad, la ficción, de su articulación contingente de lo universal y verdadero, y con ello reproducir los significantes que fueron ocupados con el contenido experiencial de lo verdadero, inclusive sabiendo que se presenta a sí como la Verdad y tiene consecuencias específicas dentro del campo de lo posible (llámese ética, llámese teleología, llámese como se llame); o bien se hace cargo de la obturación que produce la fijación del contenido de lo verdadero en esos significantes, evidenciada en el movimiento de forzar su armonización, y se despliega al consecuente delirio que está ahí, con la desestabilización y sufrimiento que conlleva, movido esta vez, por sobre todo, por la realización de la contingencia que es en realidad su identidad, su sí que consideraba igual a sí mismo, en tanto ahora reconoce y le es evidente que inclusive ese sí que consideraba constante no es constante, que ese sí no es idéntico a sí mismo, y experimentó su devenir-otro en acto al reconfigurarse este por la experiencia de lo inefable, y evidenciar los múltiples síes que contiene pero esta vez de una forma tan intensa que no puede ser ignorado. Y se continúa oscureciendo y por ello concluye ahora que ni ese sí ni los síes garantizan el principio de verdad del concepto de identidad. El oscurecimiento es, se dice, este abismo: la radicalidad de la experiencia mística como lo evidentísimo y primero, lo inmediato y casi- imperceptible: el hecho de que cualquier postura subjetiva es arbitraria y contiene en su hiperespecificidad singularísima a lo verdadero y universal. Y de este abismo se desprende otro: adoptar la postura de la fe es tan absurdo como adoptar la postura del conocimiento, en tanto en la fe escapa de la voluntad el acceso a la verdad ya que es una Gracia divina, y en el conocimiento escapa el acceso a la verdad de la voluntad ya que sería aniquilación del sujeto de esa voluntad y por ende de la posibilidad de acceso. Y luego se desprende otro: la verdad y lo verdadero sólo difieren en que la verdad se presenta como siempre igual a sí –en todos los tiempos, épocas, eones, la misma cosa- y lo verdadero se presenta como igual al sí en las coordenadas infinitas del sujeto en el que se manifiesta y cuando se manifiesta –sólo tras la solución del sujeto y en ese ya de la experiencia que siempre estará más allá de la potencia actual de la experiencia. Y se desprende otro: la verdad parece ser en su quietud sí misma y atemporal -por lo que al habitar este continuo-tender-a-ser-otro en el tiempo, sólo ilusoriamente creía acceder a ella aun en la revelación-, y lo verdadero ahora se muestra a sí mismo en una temporalidad infinitamente especificable –por lo que en su infinita especificidad ese mismo igual a sí es inalcanzable y permanece en el allá del horizonte. Y uno más entre otros tantos: si no se puede garantizar la identidad, un haber de algo que sea lo mismo, no se puede afirmar la positividad evidente de este concepto como articulación, y por lo tanto tampoco su efecto que produce lo símil y lo mismo en tanto tales –y, por ende, ese mismo que se atribuye a la verdad y lo verdadero ha de ser un símil y no el real e idéntico mismo, ya que en ambos casos es necesario que sean conceptos que se perciben, realizaciones producto del lenguaje y sus modalidades, y entonces sólo se puede decir que es verdadero o verdad lo que aparece tanto en la conciencia como en la percepción y en consonancia -por lo que tanto la verdad como lo verdadero han de ser expresiones de lo símil inmediato a esa cosa igual a sí misma y han de ser, también, relacionales -ya que dependen de ese algo que garantice la identidad entre ambas expresiones, el mismo en el concepto y lo percibido, inclusive aunque su manifestación parece ser lo más próximo a eso que es realmente sí mismo. Y también, debemos admitir, se cuelan algunas intuiciones: la verdad parece ser una identidad conceptual y lo verdadero una identidad experiencial, y en este desbalance ha de estar la cosa igual a sí; la verdad y lo verdadero no son inaccesibles por su naturaleza, sino porque operan abriendo el espacio para la contemplación de esa cosa; la verdad como concepto ha de tener aunque sea un mínimo de diferencia existente en relación consigo por su dependencia de la cosa, y esto parece verificarse en lo especificidad infinita de lo verdadero como manifestación de ese mínimo de diferencia; la aparente quietud de la verdad aun en su mínima diferencia consigo y el movimiento infinito de lo verdadero que lo posa siempre en el horizonte sólo pueden conciliarse como producto de un No que posibilite ambas manifestaciones en tanto inmediato símil de ese real mismo –lo que quiere decir: la verdad y lo verdadero son directo-símil o casi-mismo desde la Cosa, pero desde el sujeto son simultáneamente símiles (en tanto dos manifestaciones de lo mismo) y a la vez la misma cosa en su mínima diferencia-; y, a su vez, ese No no puede estar en la misma posición estructural de la Cosa que es sí misma ya que no sería entonces la cosa absolutamente sí misma en tanto no relacional; y ese No también ha de ser una negación absoluta a la que se puede acceder tanto conceptual como experiencialmente pero no realizarse, y este acceso sólo puede darse en una de sus dimensiones a la vez, y esto porque su realización inmediata y obvia es la diferencia pura, el puro corte, el inmediato-otro, por lo que si se realiza como sujeto se dejaría de estar en él ya que no habría el al-menos-dos que es condición del sujeto; y se desprende que este No parece ser uno y simple como la Cosa pero en realidad es como un Dos en relación al Cero: si es no es lo que es, y sólo no siendo es lo que es –lo que quiere decir: si afirmo al No como presencia deja de negarse, y sólo se afirma como No en su total ausencia-; este absoluto No pareciera garantizar la simplicidad de la Cosa en tanto es su efecto primero como Cosa puesto que esta contiene en acto la totalidad de lo existible, y garantiza su simplicidad ya que el No como absoluta negación, pura diferencia, etc., no puede ser atravesado en su realización para “llegar” a la Cosa –lo que quiere decir que los efectos de la Cosa no son la Cosa aunque esta se manifieste en todos sus efectos, y que este no ser la Cosa de sus efectos es positivado en lo existente por el No-; y este No, a su vez, hereda la identidad de la Cosa, pero ya no positiva de ser directamente sí, sino mediada, lo que hace que sea inmediatamente No; entonces, por su relación consigo mediada por la Cosa que produce su identidad negativa al nivel de sí mismo como No, esta identidad es inmediata, y por lo tanto la más próxima a la identidad directa de la cosa; esto porque ese No sólo en su posición estructural es absoluto No, y en aquello que depende jerárquicamente de él se manifiesta tanto positiva como negativamente –ya que la Cosa es garante de la identidad positivada y lo que esto implica, y el No es garante de la diferencia que precisa lo que existe para existir-; por ende, la verdad y lo verdadero son el producto más próximo del No con respecto a su modalidad afirmativa y heredan de este la diferencia pura e intrínseca que los vuelve símiles-directos o casi-mismos en sí (en la verdad como lo casi-quieto que se relaciona consigo en la mínima diferencia posible, y en lo verdadero como el movimiento infinito de esa mínima diferencia que se vuelve siempre un allá de lo percibido, y en su relación entre sí como lo mismo expresado en dos modalidades y por ello también símiles), y en su modalidad negativa son el producto más próximo del No la ilusión y lo necesario, y heredan de este la inmediatez de su mismo que se manifiesta como lo símil (en tanto, para la conciencia como para la experiencia, antes de cualquier realización, la necesidad es la manifestación más próxima del símil, y luego de cualquier realización es la ilusión la manifestación más próxima del símil); entonces es evidente que la verdad y lo verdadero son codependientes, coexistentes, codeterminados, etc., por la ilusión y lo necesario, en tanto la verdad depende de la ilusión para manifestarse como lo que es positivamente dado que su determinación con ella es negativa y de lo necesario puesto que su naturaleza como verdad se manifiesta a través de la ilusión de forma negada y así afirmándola, y lo verdadero depende de la ilusión en tanto la niega manifestándose en su movimiento infinito y de lo necesario depende para positivar su movimiento infinito en el momento de su manifestación. Entonces sobre el sí del sujeto aparece, por fin, el efecto del oscurecimiento radical que es producto del No como diferencia pura, absoluta negación, etc., y es la Locura, la psicosis delirante, en tanto cada abismo, cada pliegue del sí, traen consigo la irrealidad del propio sí y con ello de lo existente –y que, desde la narración, es fácil reconocer como otra modalidad de la realidad, como real, pero en el sujeto es este descentramiento y escisión la experiencia más intensa del oscurecimiento-: y si se hace un pliegue sobre esto, el afuera queda un paso más lejos, más irreal aún, más evidente su inconsistencia en la lengua, y las palabras, de repente, los significantes ya no se asen de las cosas que significaban y las cosas entonces están pero ya no son lo que eran, y se escucha el ruido del propio decir como ajeno -la lengua se hace ruido – materia burda que produce un sonido indecodificable-, y algo, sin embargo, una gota de cordura, afirma al sujeto y entonces no se disuelve, porque aunque no se pueda disolver parece como si fuera a disolverse, y ese algo permanece idéntico a sí, y por ello, en relación a ese algo, el sujeto es, pero es una partícula frente a la inmensa irrealidad que en la experiencia se muestra informe, nunca la misma, nunca símil para asirla, para dejarla quieta un segundo -entonces se realiza el sujeto, sin saber cómo, que lo único que desde este pliegue, esta negación de la autoconciencia, lo único que sigue siendo idéntico a sí mismo, ese último remanente de concepto positivo, se positivó en la percepción: el devenir. No se puede decir de este devenir, todavía, ni que sea, ni que tenga identidad, ni lo contrario, y que ni siquiera se puede decir que sea inefable, designarlo por lo que no es, afirmarlo por negación; sólo podemos tender como una asíntota hacia su imposibilidad en el absurdo de intentar articularlo desde el lenguaje particular: entonces se realiza el sujeto que no se puede significarlo, que no se puede relacionarse con él y por lo tanto tampoco acceder a su experiencia puesto que es sólo si es solo, como la Cosa, y nosotros, como sujetos, precisamos del al-menos- dos. Y también se realiza en esta psicosis que es necesario tanto en la razón y como en la experiencia: se evidencia así que su no- movimiento es condición del espacio y del tiempo y que por ende ha de ser anterior a lo que se hace otro, ya que esto ocurre en el espacio y el tiempo, y también que ese aparecerse como devenir puro se manifiesta para nosotros como sujetos de forma universal, en la conciencia articulado y verificado en la experiencia, no como la Cosa o el devenir –lo que es imposible-, sino como esto que llamaremos el continuo y lo vario: una conjunción sintética mediada por la ‘y’ pero que sólo se vuelve expresión de lo verdadero y universal en esta conjunción, como producto de esta conjunción.En la conciencia) Es articulada esta síntesis, por un lado, como lo vario: la necesidad de la variedad del al-menos-dos para que exista un sujeto, pero que a su vez esta es una sola cosa en su variedad al ser conceptuada directamente como cosa una en lo vario en tanto conjunto que incluye al sujeto como a todo(s) lo(s) otro(s) existente(s) –lo vario, en vez de igualar los elementos que manifiesta, se indetermina en el infinito de las singularidades que contiene con su significante vacío como organizador. Y el continuo es la unidad real de esta variedad fenoménica en la que el devenir-otro de lo existente es formulado como verdad positiva y realmente ocurrente –el continuo, ante la imposibilidad de igualarse como significante con aquello que significa, se indetermina como significante vacío positivo que garantiza el espacio a la experiencia. Entonces ambos se igualan como significantes vacíos y por ello se determinan, y así ambos son lo más-mismo posible de sí en su relación consigo –puesto que se reducen a la mínima expresión posible de lo existente: dos-cosas –podríamos decir: lo vario como infinito positivo y el continuo como lo uno positivo; y en su relación: el infinito como cosa una positiva. Dicho de otra manera: su positividad sólo puede ser experimentada, verificada, si se la produce como conjunción -lo que quiere decir, se iguala a uno y otro de forma invertida: lo vario, la multiplicidad de fenómenos, se conceptúa como sola cosa; y el continuo, movimiento igual de las singularidades, es conceptuado como el devenir-otro en simultáneo de momentos a la vez discretos e ininterrumpidos–siendo esta la razón por la que la conjunción ‘y’ es fundamental en la fórmula en tanto se puede verificar la verdad de su contenido sólo en su simultáneo – en tanto, si tomamos estas conceptuaciones, el continuo por sí, y lo vario por sí, no se traducen en lo verdadero –lo que ocurre es que si se articula en la conciencia al continuo por sí solo como devenir-otro verdadero del afuera, del sujeto y del sí, dándose en la simultaneidad estos momentos si y sólo si se suspende el lenguaje, esto tendría como resultado al continuo indiferenciado puesto que la simultaneidad de los devenir-otro, haciendo un solo continuo, no cumpliría la condición para que la relación sea de al-menos-dos, y entonces no habría sujeto en la experiencia; y, por su parte, si lo vario se presenta a la conciencia por sí solo como la verdad en la diferencia de lo existente en tanto otros que deben ser tratados como mismos para ser diferenciados entre sí, pero se reconoce también que la unidad en lo vario sólo es posible si la diferencia de los miembros del conjunto conceptual ‘lo vario’ no es de símiles sino de mismos, lo que a su vez implica un principio de identidad ya articulado y demostrado como verdadero.En la percepción) La verdad del continuo y lo vario es representada en la experiencia mediante la multiplicidad una de lo vario en su relación simple con el continuo que resulta de la conjunción. Esto se produce por la igualdad formal de su determinación y el máximo posible de casi-mismo de su relación consigo en tanto conjunción, donde resultan en relación directa el sujeto y el objeto con la condición de la suspensión del lenguaje. Entonces, tanto el continuo como lo vario aparecen bajo su forma de conjunción cuando se representan en la experiencia como producción de la identidad formal transitoria de la fórmula en su condición de significantes vacíos, y en donde ambos se traducen en el al-menos-dos que posibilita al sujeto su acceso, operando lo vario como garantía del mínimo que es el Dos entre ambos, y en tanto el continuo opera en la fórmula como la máxima mismidad o mínima diferencia para positivarlos en la experiencia como sujeto vacío y objeto vacío. Se llega entonces a la realización de la relación fundamental en la que se manifiesta a la experiencia la relación directa de sujeto y objeto en inmediato sí (o experiencia positiva del No), y esto se da en consonancia con la formulación en la conciencia de su Dos-elemental como infinito simple que tiende sobre sí por la imposibilidad estructural de ser directamente Sí-Mismo (inaccesibilidad positiva de la Cosa) –y esto, nuevamente, sólo es logrado con la suspensión del lenguaje. Si tomamos a los elementos aislados, el continuo solo se representa en la experiencia como indiferenciado y no verdadero puesto que el sujeto es diferencia necesaria de esta indiferenciación; y lo vario se representa por sí solo en la percepción como una multiplicidad indeterminada y falsa en tanto no deviene-otra ni la multiplicidad ni el conjunto simultáneo del afuera, el sujeto y el sí.Tenemos, entonces, que la fórmula del continuo y lo vario realiza, en su doble movimiento de determinación e identidad, la condición de relación de sus elementos como significantes vacíos y la manifestación específica de su articulación como tales: sujeto y objeto se confunden como vacíos en lo conceptual y se positivan como verdaderos en la experiencia de forma negativa en relación a aquello que garantiza la consonancia de su verdad –o, dicho de otro modo, se constituye la imposible relación de lo Dos y lo Cero, donde: sólo puede haber lo Dos de forma positiva aunque se presente como uno en su relación con lo Cero, siendo lo Cero la positividad invertida del absoluto Uno inaccesible. Entonces:a) sólo puede haber lo Dos de forma positiva –que es, sin redundar, la relación entre lo Dos y lo Cero;b) aunque se presente como uno (el Dos) en su relación con lo Cero –ya que, puesto que lo Cero sólo es no siendo, la forma positiva de lo Dos se presenta como lo uno (que iguala objeto y sujeto)-, aunque este presentarse así es una representación de la relación de lo Dos y lo Cero, sólo puede manifestarse de forma negativa;c) y lo Cero es la positividad invertida del absoluto Uno inaccesible –por lo que la existencia positiva de la Cosa se manifiesta como negación (en la imposibilidad de representarse lo Cero, o el No, de otra forma que no sea negativa) de la negación.Entonces, si la relación entre lo Dos (sujeto-objeto) y lo Cero (el No) se manifiesta de forma negativa porque es imposible de representar positivamente, y la manifestación de lo Uno (la Cosa) con sus efectos es la negación de esta representación, ha de ser porque esto Uno, simplísimo, es irrepresentable además de inarticulable en el lenguaje –su inaccesibilidad es absoluta –nos es negada, primero por el Cero cuya positividad es tal sólo al negarse, y luego por el “Sí” de la Cosa misma, que (metafóricamente) puede negar y afirmar de forma absoluta, directa y en simultáneo (como evidencia el No que parece ser su primerísimo efecto) y ser su “Sí” absoluta, directa y simultáneamente inconcebible incluso al ser concebido y concipiente, imposible incluso al ser necesidad e ilusión puras, inaccesible tanto por Sí y por No –y no es que la Cosa sea lo que se afirme de ella, ni que no sea lo que se afirme de ella, ni que sea lo que se niegue de ella, ni que no sea lo que se niegue de ella; no es que se escurra, que se escape a la designación, que se esconda en lo Real siempre allá, o que sea la Verdad, Primer motor inmóvil, Causa y Efecto-, la Cosa ha de ser, es necesario que sea, se deduce que es, etc., todo lo existido, existente, por existir, todo lo existible y lo inexistible, la absoluta aprehensión de la totalidad de lo posible y sus variaciones y lo imposible y sus variaciones, el Absoluto Absoluto de lo Absoluto, el agregado de todas las posturas subjetivas de todas las modalidades de sujetos posibles e imposibles en su infinitud en tanto directa infinitud concreta y universal y sus experiencias y conceptuaciones y realizaciones, y también y tampoco nada de eso es: porque es inarticuable nos es inaccesible a la conciencia y sin embargo se insinúa su indecibilidad en cada palabra; y porque es irrepresentable nos es inaccesible a la percepción y sin embargo se insinúa su manifestación en cada fenómeno; y este enigma, este irresoluble enigma, a veces parece ser la Gracia y a veces la Locura, la Belleza o el Horror, el Abismo que nos escribió antes de que tengamos lenguaje para que luego de darnos cuenta del incurable error que es haber adquirido lenguaje nos dediquemos incansablemente a conjurar fórmulas como “el continuo y lo vario” para, aunque sea una milésima de segundo, suspenderlo: pararse en el horizonte que trajo escrito el lenguaje y contemplar con ojos vivos la imposibilidad aprendida –y la necesidad de haberla aprendido-, pararse en el horizonte y producir esa imposibilidad escrita en el lenguaje que es el real y positivo Silencio: no una ausencia de sonido (tanto que se escuche la circulación de la sangre, o ni siquiera eso), no un simple silencio de los significantes (tanto que el juicio ya no juzgue y la palabra no pueda consistir, o ni siquiera eso), no una travesía por el lenguaje particular para llegar al lenguaje general para retornar a la posición de la lengua antes del lenguaje particular y producir al Lenguaje (tanto que todo lo que signifique nos sea transparente), más bien el mayor silencio posible, el Silencio del sujeto: vacío el sí de lo que lo ase, vacía la subjetividad de lo que la ase, vacío el afuera de lo que lo ase, un mismo silencio calmo que descanse en el cuerpo escrito, en el desasimiento voluntario y no en el rapto espontáneo o el trance catatónico, un mismo silencio tan singularísimo que sea el No al que no se le ase texto en la memoria de autómata, un mismo silencio de Nadie a quien sólo lo dicho le sea dicho y que sólo diga lo que dice -por ser Nadie, por haber comprendido, por haberse vaciado; por haberse viciado, por haberse perdido, por haber sido alguien-, así pararse en el horizonte a abrir el espacio: tan simple como eso, decir el espacio en sonoro Silencio -y que surja entonces la verdad del Lenguaje a vaciar la ilusión –o al menos dejar un ruido, sin romper nada, sobre la repetición de lo símil: decir sí, sí, no, no, como hacen los locos –hay que estar dispuestos a volverse completamente locos. Digresión anterior a la digresión anterior Segunda digresión $locos^1$, $lenguajes^2$, $locos^2$, $lenguajes^1$, etc.La condición de identidad de la que se desprende lo objetivo, lo universal, lo real, la verdad, etc., es simultáneamente positiva como concepto en el lenguaje y también es positiva (además de necesaria) como la distorsión que produce el sujeto tanto del devenir, la única Cosa real, como de lo vario que hay en la percepción (en el lenguaje y producto del lenguaje) del afuera en que hay lo vario, de la subjetividad en que hay lo vario, del sí que debe cegarse por una eternidad y tender hacia lo verdadero y objetivo que es el devenir. Esto es así puesto que está escrito en el instrumental del sujeto para siempre y por siempre y es condición de que el instrumental mismo esté escrito de su verdad, en tanto es lo no-relacional que garantiza la relación, y se expresa en nosotros, sujetos, en el lenguaje general como relación positiva de las cosas entre sí, en cocondición, codependencia, coexistencia, etc., de lo vario e infinito entre sí, y a su vez esto se ve en el lenguaje particular de forma evidentísima, en tanto cualquier significante ase y hace significado sólo en relación con otro significante, que a su vez lo hace y ase. Y, por sobre todo, lo que está escrito en el lenguaje, en estas relaciones, es la identidad directa de esa Cosa consigo -ya no de forma relacional, como decir A es igual a A, o A=A, puesto que la expresión consiste sólo a través de su ser igual a sí, en el movimiento de ser igual a sí; esta Cosa es igual a sí en su relación directa consigo, anterior a cualquier movimiento –y es evidente que no podemos representar su no-movimiento. Entonces, este devenir, esta Cosa, es sí, y ni siquiera eso podemos afirmar, en tanto es directamente sí y nosotros como sujetos sólo podemos acercarnos y conocer y percibir y experimentar mediatamente -necesitamos, es exclusivo de la existencia nuestra, del al-menos-dos, un igual-que puesto como otro aunque sea sólo símil, jamás igual –y esto dice que es solo otro sujeto de sí deviniendo-otro hasta de su sí con el que producir esta igualdad formal de lo símil en mismo, esta representación del devenir-otro que es inclusive el sí, esta experiencia positiva del continuo y lo vario que es la expresión humana, subjetiva, la experiencia en el sí del propio sí deviniendo-otro a través de lo verdadero, que es esta síntesis: el continuo y lo vario, esta conjunción inescindible que precisamos y de la que dependemos para experienciar al devenir: el continuo como unimultiplicidad infinita y sola, existencia en acto de lo que existió, existe y exisitirá, y garantía de ellos y su infinito tender-hacia-ser-otro que se representa en los momentos concretos en que la conciencia, esta nuestra conciencia tan falseante de lo que hay y es, lo ase y expresa lo verdadero de la cosa asida para nosotros y de la universalidad de esa cosa en relación al devenir, a la Cosa real; y a su vez, insistimos, de lo vario, de esa multiplicidad indeterminada del continuo indife- renciado en el que estaba el sujeto antes de ser sujeto por no tener lenguaje particular, pero por tener cuerpo y memoria material, cuando era mera lengua, ya era atravesado por el lenguaje general que existe positivamente y por el cual, cuando deviene sujeto por la adquisición del lenguaje particular, se hace luego consciente de la arbitrariedad de su expresión perceptual concreta, y de que esa expresión arbitraria, contingente, es condición para avizorar lo verdadero y universal, en tanto esto depende del devenir, de la Cosa, y se expresa siempre en todo lo que existe, en lo que se determina en el afuera, en la subjetividad, en el sí, donde sea que surja un algo para la percepción que experiencia los fenómenos, y a su vez en la conciencia que es esta simple línea, este corte, esta diferencia absoluta con todo lo que nos existe y consigo misma, que es el devenir en tanto nos produjo como efectos del lenguaje general relacionando lo vario entre sí como sujetos diferenciados y que a su vez plegamos sobre el sí de nuestra subjetividad y haciendo a este sí objeto de sí y contemplando la infinitud posible de sus pliegues como el abismo positivo y existente, y es entonces que lo vario se hace una sola cosa, es entonces que la codependencia, coexistencia, cocondición absoluta y necesaria que es el lenguaje, se suspende a sí misma porque se realiza de su carácter contingente y de instrumento de representación de la Cosa real, del devenir, lo que realmente es por sí, simplísimo, siendo en su quietud absoluta la infinidad de lo posible, de lo existente, de lo que ocurrirá en el tiempo y aún más, siendo Uno y determinado directamente en su sí y, podemos decir, de nuevo, por fin, podemos detener esta vorágine y reflexionar al decirle a eso, a la Cosa, al devenir, en vez de Uno: Cero absoluto de lo Real. Así llegamos, y parece que está ahí, que se puede negar con este símbolo para dejar de vagar el lenguaje: decirle de nuevo Cero, atribuirle un Cero, en tanto es sólo si no es y si es no es –como el cero que designa lo contrario de su sí –puesto que es un signo que presente designa una ausencia- y cuando no es designado el cero en expreso signo podemos decir que realmente es lo que designa su sí –sólo ausente se designa a sí-, podemos decir y suturarnos de esta psicosis, y delirar que el devenir es el grado Cero absoluto de lo que hay –y quiere decir, además de que es condición de que exista algo (una cosa y su ausencia y el concepto y el objeto y el sujeto), que también es necesario negarlo en la palabra, en el lenguaje concreto, para hacerlo presente en la experiencia del continuo y lo vario, y reconocer su absoluta imposibilidad en la experiencia y en el lenguaje, y a su vez su necesidad representada como tal, de forma negativa y como ausencia, en el continuo y lo vario, insistamos, en el continuo y lo vario, ¡y por un segundo hacemos un silencio absoluto para luego seguir!... Sobre todo, continuamos, como si nada hubiera pasado puesto que en efecto nada realmente pasó a nuestro nivel, ya que este continuo nos incluye inclusive a nosotros mismos como sujetos de nuestro sí, y por su carácter inefable y a su vez de ser negado/reprimido, pasa a ocupar el lugar del inconsciente en que sabemos algo pero no lo sabemos conscientemente, y a su vez sabemos que sabemos que no sabemos, y sabemos que no tenemos acceso consciente y positivo a ese saber, y, lo que es peor, si llegamos a tener acceso a ese saber del inconsciente, que es la consecuencia catastrófica de la teología que mencionábamos hoy, en tanto sujetos, al nivel de la experiencia concreta, lo que ocurre es esto que estamos representando, intentando explicar a la vez: psicosis delirante. ¡Retorno, al fin! Autoconscientes del delirar y nos sabemos en pleno oscurecer, y nos realizamos del malabarear significantes y repetirlos y sinsentidar este devenir -hasta que se olvide, hasta que no ocurra más, nos deje en paz! ¡Hasta que el continuo y lo vario, esa farsa que decimos ser la representación de lo verdadero, revele por fin la verdad absoluta de nuestra idiotez, y nos avergüence de nuestra megalomanía y hagamos silencio, por fin un absoluto y real silencio!Quizás en este lugar sea gráfico recordar que el anacoretismo fue una práctica común en el cristianismo primitivo, del cual partíamos en su versión contemporánea como ejemplo del sujeto tradicional para con la inefabilidad, y del que representamos su oscurecimiento recién; por su parte, si vemos al anacoretismo desde el paradigma de la ciencia y la verdad del s. XXI, en lo que respecta a lo verdadero del sujeto, insistiríamos en la cuestión de la replicabilidad de los resultados, y esta la razón por la cual escindimos y explicitamos el despliegue de los conceptos y los momentos de la realización y su traducción en fórmula por parte de la conciencia, ya que nuestra demostración –el equivalente al experimento replicable con los mismos resultados bajo las mismas circunstancias- es la experiencia de lo verdadero y universal de los sujetos, en un sujeto y para un sujeto: la realización de lo verdadero en la percepción –lo que quiere decir: hay la conciencia que despliega la secuencia, y puede ser, por sí, y en relación a sus premisas, considerada consistente y lógica – pero, y es una de nuestras tesis centrales, el significante que articula la realidad no es tanto la cadena concreta de palabras que sostiene el argumento, sino el espacio que abre en el sujeto – y la experiencia de la verdad es la comprobación subjetiva y sobre todo en el sí, la comprobación interior como experiencia, de que lo articulado es verdad –y la realización de lo verdadero en la percepción es la demostración radical e inignorable, y es propiamente la realización del descentramiento de este sujeto tradicional, primero, y luego lo demás: puesto que la realización de lo verdadero en la percepción es la producción activa del sí en tanto el espacio que abre el argumento (la articulación) es sostenido por la experiencia subjetiva y es incorporado como una dimensión positiva y existente de la realidad; y por tanto, esta producción activa del sí necesariamente relativiza una ilusión que es propia de nosotros como sujetos humanos que tenemos un cuerpo y un cerebro en el que queda escrita la experiencia de forma material y una lengua en que la queda escrita lo posible – y que a su vez esa doble inscripción es la que produce la repetición maquínica de ese sí, que es el doblez que registra la experiencia interior y la puede reproducir como objeto, ese sí a través del cual se organiza la percepción y lo posible en la realidad en tanto ambas memorias (del cerebro material y de la lengua) funcionan repitiendo lo mismo cuando ya reconocimos lo real del símil, ese sí que es plegado sobre sí cuando ocurre la realización de lo verdadero en la percepción, y esto, debemos volver a insistir por más que quizás ya lo hemos dejado en claro, es clínicamente una experiencia psicótica (aunque no por ello patológica, negativa, “mala”) –la diferencia es que, en vez de asumir la postura de la verdad, reconocemos que cada sujeto de lenguaje al atravesar esto se realiza de su arbitrariedad, de la no- necesidad de su identidad concreta y por sobre todo de la ilusión del sí como constante, y con ello se irrealizan sus deseos y obsesiones y, en última instancia, la consistencia de su subjetividad –pero es, y esto es lo que decimos de nuevo y en lo que insistimos, el reconocimiento de la configuración hipersubjetiva del sí y su carácter contingente inclusive en relación consigo mismo, el reconocimiento de que no es necesario, no es más que un despliegue de la necesidad escrita en el lenguaje y no en el sí: por ello decimos, no podemos acceder a la verdad, y reconocemos que lo verdadero sólo es universal mediante la configuración en la contingencia del sujeto pero que, en esa experiencia, en esa realización, se representa lo verdadero no sólo para el sujeto consigo, sino lo verdadero y universal de cualquier sujeto por la cuestión de ser sujeto. Esto es, entonces, lo importante: creemos que, de estar en lo correcto, por el sólo hecho de esta realización de la no constancia del propio sí, estaríamos en condiciones de trazar una verdad humana positiva, articulable y demostrable, de qué es el sujeto ya no sólo en abstracto sino en su comprobación, y por sobre todo: una ética, ya no producto de la razón solamente (especulativa y no demostrativa), ya no formal y garantizada en el monopolio de la violencia (autoritaria), ya no pragmática e interesada (oportunista e individualista), ya no constructivista o relativista moral (no-verdadera en tanto no-objetiva por definición, y por ende, pulsional y caprichosa), por lo que creemos y nos aventuramos y sólo es una especulación, que de hecho no sería siquiera una ética sino una suerte de matemática de lo correcto al actuar deducida de la verdad del sujeto, y sustentada en la experiencia de su verdad que es la realización efectiva de eso que nos iguala no sólo formalmente sino experiencialmente, y que, por lo tanto, si la experiencia de lo verdadero es efectivamente universal, en última instancia todo sujeto de lenguaje tendría que llegar a lo mismo verdadero expresado en su sí, y por ende desplegar las mismas conclusiones.Pero estábamos hablando completamente de otra cosa. Hablábamos de anacoretas y eremitas. Conjeturamos ahora que la práctica concreta del anacoretismo, sea o no consciente, en el s. XXI, sería casi automáticamente asignada como producto y efecto de la cultura global del individualismo que se traduce en alienación, y en concreto sería equivalente a la práctica positiva de un sujeto alienado -de un psicótico en tanto patológico; en una palabra: de un loco-; y decimos loco y anacoreta y los igualamos y somos conscientes porque pretendemos avalar y criticar ambos lados de la ecuación. Explayémonos: decimos del anacoreta que iluso pasea el desierto pretendiendo estar solo y lejos de todo otro sujeto para, podríamos decir, realizarse de la omnipresencia de Dios y su Amor y del Espíritu Santo, etc., o en nuestros términos: lejos de todo otro deviniendo-otro de sí para realizarse de la verdad que está escrita en la lengua (que suena hasta cristiano), y cuya universalidad es positiva; y decimos del psicótico que iluso pasea su configuración subjetiva de esta verdad y se le muestra y la experimenta pero no puede distanciarse porque no la puede negar al no poder articularla y entonces tampoco puede decir que la Cosa sea lo que es; y también decimos del psicótico que está más cerca de la Cosa, que su existencia tiene más carga de lo verdadero en su práctica concreta en tanto reconoce la configuración contingente del lenguaje particular en significantes y significados que, y nadie lo sabe mejor que él en su sí, lo único que hacen es obturar la verdad del lenguaje general que es aquello que se vuelve inefable para él, ya que se acerca a la experiencia del devenir positivo o la Cosa real sólo con el lenguaje particular –y el problema, el finísimo problema del psicótico es que no lo puede articular con consistencia ni siquiera para él, que no puede simbolizar allí donde falla, y por ese espacio se filtra la Cosa que es imposible de articular y representar -y por eso decimos propiamente que tanto lo que conceptúa como lo que experimenta en su delirio son variaciones de lo Mismo-; y decimos del anacoreta que, y nadie lo sabe mejor que él, que aunque preso de la ilusión del símil confunda real a su lengua con la naturaleza universal y verdadera de la Cosa real, con el devenir positivo, también sabe en su soledad calculada, mejor que nadie sabe en esa soledad de silencio discursivo, primero para con el lenguaje particular y su limitación, y segundo para el lenguaje general y su relación, que lo único que puede hacer en consecuencia para contemplar a la Cosa, al devenir, al continuo y lo vario, a Dios, es un silencio del juicio, y que inclusive haciendo un absoluto silencio del juicio se reconoce un solipsista que percibe al concepto positivo y la experiencia de la Cosa, al devenir, al continuo y lo vario, a Dios, desde su configuración subjetiva, y entonces se vuelve obvio que no todos los apocalipsis son como el de Juan ni todos los ángeles se manifiestan como ruedas con ojos, pero se mira un segundo y se da cuenta de que antes de llegar a esos lugares tuvo un cuerpo humano, un cerebro con memoria en la que se escribió ese lenguaje suspendido, y que eso, en última instancia, es condición de su contingencia, de cómo se representará lo verdadero y positivo de esa verdad que son para él las Sagradas Escrituras, y cómo hacer para reconocer aquello que la tradición estandarizó de manera diferente a como a él se le representa, y sin embargo esto garantiza la universalidad de su representación –pero, es lógico, estos son nuestros términos, porque este anacoreta es cristiano y la Cosa y el devenir son expresiones de Dios y del Espíritu Santo, y lo continuo y lo vario es el Horror absoluto en tanto se sabe ser pecador porque con cada juicio juzga a la perfectísima expresión del Dios omnipresente, perfecto, etc., y vuelve a crucificar a Cristo, se sabe ser pecador porque tiene cuerpo y las memorias funcionales, y debe recordar activamente las doctrinas, la palabra revelada, y por ello no puede desasirse del lenguaje por completo, y encima, tras haber perdido su inocencia por haber bautizado a la realización de lo que había en su lengua, a la verdad como Dios, cada vez que le ocurre el fundirse con Dios se le presenta como su deseo más profundo y a la vez su Horror-; y el psicótico, por su parte, sí puede suspender su lenguaje particular, sí puede deshacer la consistencia de sus palabras y producir un lenguaje hiperparticular y arbitrar los significantes y reproducirlos y entrar en ellos y experimentarlos y jugar al símbolo y cruzar de lado en lado de sus síes puesto que los pliega y los despliega para sostenerse identitario, pero en última instancia no puede deshacerse o superar al lenguaje general, y del hecho de éste de que es irrenunciable porque está escrito en el cuerpo, y que precisa del al-menos-dos, y que es condición para el continuo y lo vario y su contemplación, para su prestidigitación de síes, en tanto él es lo vario del continuo siendo otro del objeto que contempla y a su vez es el continuo y lo Uno y eventualmente Cero, si le alcanza el tiempo, en relación a lo vario que es su sí y su subjetividad que están ahí, escrita en sus memorias, aunque deshaga su lengua y se calle; y ambos, tanto el anacoreta como el psicótico, uno en su delirio y el otro en su trance meditativo, reconocen que el cuerpo es una molestia así que de hecho lo suspendieron, desasidos de su propio sí para ir, gracias al espacio que deja esto, a la Cosa, al devenir, al continuo y lo vario –pero, en última instancia, saben que la representación universal de lo verdadero que es contemplar Eso y todo lo que se desprenda de eso, sus consecuencias, sus razones, sus revelaciones y oscurecimientos, sus implicancias inmediatas y contingentes y necesarias y también sus implicancias universales y mediatas y necesarias, sólo lo son para ese sí, para el sujeto de ese cuerpo – porque saben que para que el continuo y lo vario sea visto primero han de haber tenido ojos, y saben que para que sea oído han de haber tenido oído, y así hasta su conciencia y autopercepción y sí, absoluto en relación a sí pero deviniendo- otro en relación a él, el devenir, por lo que lo único que pueden hacer, ambos, desde esta realización de la molestia que es el cuerpo, de la distorsión que imprime el cuerpo, es reconocer que lo que sea que les sea verdadero lo es para ese cuerpo en concreto y a su vez es absolutamente necesario para aquello con lo que ese cuerpo codepende, con lo que coexiste, con lo que se codetermina –en última instancia, el cuerpo no sabe nada de la muerte, aunque lo intuye y está escrito en la memoria; pero sabe que su vida, ese existir concreto que es, es un momento necesario para la realización de lo verdadero, y que esa realización de lo verdadero trae su ética, verdadera ética y no convención, o ni siquiera ética inclusive, pero seguro que no mero concepto articulado ni mucho menos la coerción de la fuerza: sabe que hay la verdad de su ser objeto de sí que se traduce, luego, en la igualdad formal con otro cuerpo humano positivo, y en última instancia en la realización de la verdad del sujeto que realiza la igualdad en la experiencia - y asume que esa igualdad es positiva y real en tanto lo que existe para sí tiende a la realización del devenir, y porque es verdadero y se expresa de forma contingente, y eso es lo que lo hace universal, reconoce que quien sea sujeto de lenguaje (y el cuerpo lo es) eventualmente llega a ese auténtico Mismo directamente sí, a lo que él llama devenir o la Cosa Real o el continuo y lo vario, y también será susceptible de conocer y saber y realizarse que es necesaria la coexistencia y son codependientes uno del otro tanto como cuerpos y de sí en relación a sí y también como de sí en relación al sí de otro sí y como sí en relación a otro cuerpo y como de objetos todos entre sí, puesto que es necesario que coexistan para determinarse, para desplegar la verdad de la lengua y expresar y experienciar y representar y manifestar de todas las formas que les sea posible a lo verdadero y universal para así acercarse a la Cosa, al devenir, aunque sea imposible en su definición actual, en su comprensión, puesto que, puede que la Cosa sea ininteligible e inexperimentable directamente, pero también lo parecía el continuo y lo vario desde el sí como principio de verdad de la identidad y sin embargo de repente se rompe el lenguaje y se llega; ¿qué, entonces, si se rompe el cuerpo y su relación corpórea con la percepción y hay un alma, esa consistencia que imprimió la repetición de la memoria escrita en la materia sobre la conciencia a través de la razón, y de repente eso llega al devenir, se mezcla en lo real?; honestamente, desde aquí, desde este lugar: seamos sinceros, no sabemos, no podemos decir qué sea o qué pase o inclusive si es necesario o es pura repetición del dogma teológico que más o menos dice y deduce que si se parte de eso eventualmente se vuelve a eso –pero lo que sí podemos decir es que mientras haya el cuerpo y la vida y la experiencia y la percepción, no hay equivalencia, no hay razón, y propiamente no se es cuerpo en el lenguaje, la modalidad del sujeto en la materia, si antes este no inconsiste por completo a través de la experiencia del devenir, de la Cosa real, del continuo y lo vario, de un Dios, de un Nirvana, de lo que sea que esté allá siempre siendo sí y sea lo Real-Sí-Mismo –y que demuestre, como decíamos hoy, desde la perspectiva de la ciencia y la verdad en el s. XXI, en la experimentación replicable y universal del mismo método con el mismo resultado en todos los escenarios, que esa Cosa, que el devenir, tiene una existencia positiva –y que es racional y necesario el comprender esto y no una mera masturbación mental con abstracciones; y que depende de la impronta que con la que nos acerquemos a su experiencia, desde el absoluto escepticismo hasta el dogmatismo más férreo, depende de esa razón que sólo existe por la diferencia real y positiva entre las cosas de las que nace la duda y la pregunta que escinden lo que hay y producen el infinito real y también sintetizan lo que hay y producen el infinito conceptual -depende de esa razón la realización de lo dicho: que es necesaria su existencia teórica y con ello decimos en la razón, y con ello también aducimos que esta necesidad está en que es la verdad de lo verdadero aunque en su dimensión de verdad nos parezca inaccesible y quizás lo sea, pero de su existencia depende la expresión contingente y a la vez universal de lo verdadero de lo cual dependemos de forma absoluta –porque esa Cosa está escrita en el lenguaje y es la condición del lenguaje y es el producto de la autoconciencia del lenguaje en tanto éste es, como lenguaje general, la relación positiva de lo vario entre sí y, como lenguaje particular, la articulación específica de relaciones de diferencias que se vuelve manifiesta (por ejemplo en un idioma como el español), pero que también produce a la realidad misma en tanto el significante de algo (aunque no sea una palabra, un significante no es una palabra necesariamente, dejémoslo claro) es condición para la percepción de la cosa en la realidad, y este flujo de relaciones del lenguaje particular es lo que ase el sujeto al autoconcienciarse de que depende del lenguaje general para siquiera existir en tanto precisa de que exista la relación positiva de lo vario entre sí de la que se desprende el lenguaje particular, y a su vez, al realizarse de la realidad existente y positiva que es el lenguaje general como relación de lo vario entre sí, se realiza en última instancia de que lo vario es una sola cosa (lo que quiere decir: que es una verdad del lenguaje general la relación de lo que hay en la variedad como variedad, pero también que lo incluido en esa variedad constituye un conjunto único, un solo concepto: lo vario). Como concepto articula esto diciendo que lo maquínico del lenguaje general es que desde antes de tener lenguaje particular ya atraviesa y escribe la memoria material y de la lengua, puesto que tiene un cuerpo que se relaciona positivamente con lo vario y es parte de lo vario que existe, y tanto en su afuera como en su interior (aunque sean indiferenciados desde esa posición previa a la adquisición del lenguaje particular) es que se escribe lo Real del Lenguaje en su sí antes del lenguaje. Esto que se escribe resulta siendo la sustancia de lo Real mismo, y la verdad que está escrita en ese Lenguaje es la que indica e implica aquello que este Lenguaje no puede articular por las limitaciones estructurales de donde se escribe (que es el cuerpo y su memoria e instrumental perceptivo, etc.), y por ende, dicho esto, se vuelve cada vez más y más lejano el desciframiento de lo verdadero –porque, se evidencia ahora, que el acceso a lo a lo que queda de ese saber que el Lenguaje escribió directamente en el cuerpo, se sepulta, se acumula bajo sedimentos de sobre-escribir que es la memoria, y si se logra acceder es un saber limitado por aquello que el cuerpo en su propio lenguaje maquínico, animal, pudo recibir -¿o no?, ¿o acaso esta cuestión del sujeto y su infinitud posible hacia sí y en relación y en sus síes, esta cuestión de lo abstracto como positivo de alguna manera supone que está escrito en otro Lenguaje, que vendría a ser el de la dimensión del Concepto, a la que acceden la conciencia y la razón, y este Lenguaje puede ir a más de lo que el cuerpo puede en su especificidad?, ¿acaso no es esto justamente con lo que tratamos?Argumentemos, por otro lado, ante la expresión particular que se asume como verdad universal y cómo esto puede potencialmente tener consecuencias imprevisibles. Ya que, puede ocurrir y ha ocurrido, que el sujeto confunda a lo que referimos como la verdad de la Cosa y la expresión específica en que una experiencia representa lo verdadero y su realización, y por ende produzca esta catástrofe que es una religión en tanto institucionaliza y estandariza el efecto de esa experiencia, su realización –cuando reconocimos ya que lo universal de ella depende del efecto absolutamente subjetivo y contingente en el cual la persona traduzca a la o las realizaciones del sí. Y a su vez ocurre el reconocimiento de la molestia que es el cuerpo y la percepción, indistintamente de qué sentidos consideremos, y la molestia que es la identidad transitoria del sujeto en relación a sí y el lenguaje y la necesidad de su suspensión para llegar a la experiencia de la cosa, que luego se hace letra y palabra y se vuelve concepto positivo y real a través de este cuerpo y esta percepción y esta identidad y este lenguaje pero sabiendo que no es ninguna Gracia venida del Cielo en forma de Verdad Revelada sino que es el efecto de la conciencia en cuanto tal tomándose de objeto a sí misma, o la autoconciencia que nos hace sujetos, o lo que podríamos decir: la consecuencia propia de ser sujetos de nuestro sí y objetos de nuestro sí en cuanto sujetos. Por último y más importante, retornemos al argumento de lo verdadero de la ética. Al manifestarse en un concepto que se realiza positivo, incluso aunque nos refiramos a ella como ‘una suerte de matemática de lo correcto al actuar’, lo hacemos en el sentido de que no deja entonces espacio para la arbitrariedad del discernimiento hiperespecífico como guía para la conducta, al capricho, la pulsión o el deseo, y por ende la fuerza como recurso del que depende la operatividad de las normas se muestra obsoleta y nada más que una extensión de la animalidad en tanto lo contingente del discernimiento ocupa en esta dimensión el lugar de lo símil con relación a lo mismo de la verdad de la que se deduciría lo correcto al actuar –entiéndase: lo universal del ser sujetos. Por lo que se vuelve evidente que no constituye una verdad ética lo actuado en relación a la amenaza virtual de la fuerza sino lo contrario, una performance. Esto debido a que nos retrae a la dimensión del sujeto en tanto vivo y susceptible de dolor, pero no asume la dimensión de tener una relación tanto subjetiva como objetiva con el propio sí y del sí consigo, y de la que se despliega como consecuencia la codependencia del sí con todo otro sujeto de sí también deviniendo-otro, en tanto principio de verdad y mismo de los sujetos, por el sólo hecho de tener cuerpo humano y una relación con su sí de la modalidad que sea, que ya es más que la mera evitación de un castigo o amenaza, y que luego despliega la contemplación del continuo y lo vario como expresión de lo verdadero y universal y como verdad del sujeto en todas sus modalidades concebibles dada su condición para existir del al-menos-dos. Esta expresión, la de una verdad de la ética positiva y realizada, es necesaria tanto para la realización del sí de uno mismo como sujeto de sí (puesto que el sujeto también opera su conducta mediante el lenguaje), como para la realización de la legitimidad positiva y verdadera o no de cómo se regula la intersubjetividad de forma objetiva. Pero retornemos y sigamos: eso que ocurre, tanto en la conciencia como en la experiencia, la realización del continuo y lo vario, eso es indecible, inefable (recordemos: es pecado capital acceder a la mente de Dios; a su vez, es imposible hacerlo; pero, sin embargo, de una u otra manera, lo hacemos). Lo que descubrimos es que Dios, en este sentido cristiano, además de ser la Cosa, es una reificación de la Cosa a partir de que el acceso a esa experiencia potencialmente ha de producir una identidad conceptual como de realización positiva y que es propiamente la de igualar en términos absolutos, en relación a lo verdadero que puede ser experimentado, a los sujetos entre sí, y organizarlos objetivamente con su afuera –lo que quiere decir: su desplazamiento de lo verdadero a la posición de la verdad trae consigo una ética falseada. Por lo que, desde la perspectiva de este sujeto viciado que se asume en su cultura concreta y en su experiencia de lo verdadero como receptáculo agraciado de una revelación universal y objetiva, que es el sujeto que produce y es reproducido por nuestro supuesto cristianismo de ejemplo: es simplemente el sujeto de identidad tradicional, que asume su identidad desde su sí y a su vez reconoce la contingencia de su configuración pero no alcanza a la realización del sí como un objeto también deviniendo-otro alrededor de esta desfiguración de lo verdadero que se manifiesta en sí de forma particular y necesaria. Sin embargo, negamos el valor de la configuración particular, y por ende de la universalidad de su experiencia y del desplazamiento de lo verdadero hacia la verdad, y el asumir la igualdad real y positiva entre todo sujeto de sí pero esta vez desde la postura de la negación y no del despliegue de realizaciones; por lo que entonces no precisamos de la fe especulativa o del concepto trascendente (del espíritu o de Dios, diríamos) para la experiencia se realice; por el contrario, precisamos del método, de la técnica concreta –y por ende cuando llegamos a lo verdadero del alma tenemos la precaución de detenernos: primero reconocemos el valor positivo y la igualdad real, existente, inmediata, y la cocondición que constituye como mismo-experiencial y mismo-formal a cualquier otro sujeto por su mera relación con su sí, y esto produce al conjunto de los sujetos igualados por su relación consigo y su dependencia entre sí, tanto sea esto: para realizarse de su sí deviniendo-otro, tanto si se realizan de este modo de relación consigo mismos como si no lo hacen, tanto si tienden a lo que llamamos verdadero y objetivo –que, por defecto, lo que existe tiende hacia eso- activa y conscientemente o maquínicamente y por efecto de existir, tanto si llaman Dios a su experiencia como si la llaman devenir, tanto si comprenden y distinguen la continuidad de lo existente y a su vez la inmediatez y distancia en su relación positiva como diferencias, como si sintetizan a lo existente en lo Uno y van a Dios o al continuo indiferenciado, como si sintetizan lo existente en la multiplicidad y van hasta el vacío del sujeto, y también a los que descomprenden e igualan lo real y verdadero al devenir- otro, todos estos y demás son sujetos del sí tendiendo a lo verdadero y objetivo y realizándose secuencialmente de su propio sí como deviniendo-otro, por lo tanto todos estos son demostrablemente iguales entre sí: pero lo que digamos al respecto son conjeturas, repeticiones más o menos configuradas por la cultura (y legitimadas, sobre todo, por la cultura) y, a su vez, aquello que se considere antes de la experiencia misma como inefable y sea llenado de significado por esa experiencia (en nuestro ejemplo cristiano, Dios), sabe cualquiera que haya atravesado ese rapto de lo sublime, o mejor que decir sabe, diremos: quien haya atravesado esta experiencia reconocerá el eco de ello en lo antedicho, en ambas partes de esta digresión, y a su vez la evidente injusticia de esta descripción para con ese Abismo, y también reconocerá que, ante esta experiencia, es precisa la negación –y es consecuencia de esto por lo que negamos la articulación contingente de lo verdadero como Verdad en mayúsculas, lo que sí hace el sujeto cristiano que es este sujeto tradicional, producto de fe y no reflexivo, y por ende producto de un sí verdadero como supuesta constante. Digresión que niega y después retrocede Tercera digresión $loco^loco$, no-como-signo, etc.Otro sujeto de la psicosis delirante distinto al que pareamos con el anacoreta. Magia de la alienación, innovación propia de la esquizofrenia: producir pliegues en el sí y llegar a la experiencia del continuo y lo vario o su equivalente, que es la relación directa entre sujeto y objeto, pero donde el objeto es uno de sus síes o el continuo de varios síes y el sujeto otro de sus síes o el continuo de varios síes también. Ahí, desde ese lugar, este psicótico es otro de lo que fuere el sujeto en esta relación (y no podemos ni decir que asuma la postura del sujeto por esta cuestión) pero también es otro de lo que fuere el objeto -el sí o síes es extraño para su sí o síes –y esto aunque sea condición de la experiencia del continuo y lo vario la vaciedad de lo relacionado; entonces: es vacío, sí, pero es la expresión experiencialmente negativa de la vaciedad –que quiere decir, de forma tangencial: no es que hay nada más que dos significantes vacíos y su experiencia en tanto tal, sino que hay directamente nada, dos negaciones que se repelen por ser el no afirmativo del No, dos negaciones puras y positivas que se igualan en su condición de indeterminar lo que las ocupe, dos negaciones puras que por determinarse directamente se niegan en una afirmación de su negatividad y producen el infinito negativo o el Horror, la expresión más próxima a un absoluto experimentable que es el absoluto No del No, y esa experiencia produce deproducción, se desproduce de forma inmediata fragmentando en indeterminación cualquier intento del sujeto (o lo que fuere) por asirse –el Dos en relación al Cero se da acá en la forma de dos-negaciones- casi-absolutas determinándose mediante el negarse por participar una de otra y produciendo la afirmación de su movimiento de desproducción –y ni siquiera podemos decir que una de esas negaciones casi-absolutas sea el sujeto y la otra el objeto, y estén en relación directa, sino que son dos casi-cosas, nunca llegando a ser porque su movimiento es exactamente el contrario y este movimiento contrario es a su vez contrariado –se determinan por negarse al participarse una en otra y ser mismas en relación a sí como negación casi-absoluta y por ende al participarse se niegan y afirman su negación positivándola –y este, párrafo aparte, es el modelo del cual se obtiene a la Cosa como casi-siendo por metonimia –pero decíamos: al participarse se niegan y afirman su negación positivándola, y esta expresión como dos negativos casi-absolutos es la máxima expresión de la Locura: catatonia -y sólo retorna este ‘sujeto’ de ese estado de máxima disociación posible por la imposibilidad de igualarse con el No absoluto que representa el Cero -entonces, aquello que es el sí o los síes que actúan en la relación de esos noes como sujeto o cosa-una del Dos, alcanza el límite intensivo del casi-absoluto tendiendo al absoluto, al punto de que entra al No como su mismo-inmediato en relación a sí y el No produce su obvio efecto: lo niega absolutamente y el resultado es devolverlo a su posición de sujeto y contingencia –se deshace esa modalidad única del continuo y lo vario y ocurre la visión, la alucinación, como se exprese – la representación de lo verdadero del absoluto, etc., cuya característica es que puede manifestarse en cualquier articulación de la percepción que esté potencialmente en el lenguaje, y que trae escrita la verdad del no lingüístico o conceptual como diferencia pura, como productor de desproducción, etc. –pero debemos decir que es una visión en la que la relación del continuo y lo vario era (y ni siquiera podemos decir hipersubjetiva) no-significante, y en donde él, ese ‘sujeto’, era el continuo de sus síes y lo vario de sus síes, él era ambas partes de la ecuación en relación directa –y ni siquiera podemos decir desde allí que era sujeto y objeto, era meras dos cosas negando casi-absolutamente en relación directa -y, por ser su posición allí la del Lenguaje o no-significante, tanto el lenguaje particular, el general, la lengua, ya no consisten: puede hablar y no se deshace el rapto, porque propiamente sus significantes son la manifestación positiva del Caos en el sujeto, y los significantes se invierten desasiendo en vez de asiendo, en vez de producir la realidad la desproducen extendiendo la intensidad de la disociación –y, en vez de depender unos significantes de otros en cadenas articuladas de diferencia, cada mínimo de fenómeno potencialmente significante asume la nadidad del infinito negativo o el Horror y se iguala así inmediatamente con cualquier otro mínimo de fenómeno potencialmente significante que emerja –lo que ocurre es que articular, asir, percibir, o en una palabra, que algo se asome al mínimo de ser, lo único que hace es intensificar al infinito negativo, lo cimienta, lo acelera – y la desintegración del ‘sujeto’ que allí es cosa negando casi- absolutamente se produce al alcanzar en la experiencia la absoluta negación del No inmediato en relación a sí, y por ende la desintegración se invierte en restitución subjetiva (deja en acto de ser cosa indeterminadísima por el infinito negativo y vuelve a su postura de sujeto determinadísimo por el infinito positivo), y por ello con razón no puede descifrar esos enigmas, ese verdadero que es representado cuando aquello que decimos como ‘lo continuo y lo vario’ se relaciona en esta modalidad a síes del sujeto con otros síes del sí en vez de sujeto y objeto, y operativiza y evidencia la fragmentación como positividad que cada vez lo aliena más de la referencia del Socius: lo llamamos la tortura del Concepto, en tanto es la realización de la verdad positiva del ‘no’ (que no puede existir en las dimensiones del afuera o de la subjetividad puesto que hasta la negación es modalidad de la afirmación allí, pero sí puede existir en la dimensión de los sí consigo o con síes o entre síes), y que esta verdad del ‘no’ es otra forma de decirle a la realización de la verdad positiva del concepto como concepto (que es, podríamos decir, la relación de verdad del concepto como consonancia de este consigo –o la dimensión propia de la conciencia por la y en la que el concepto es articulable y se vuelve consistente) ya que, si bien la verdad se realiza a través de su positivación en la experiencia, el concepto se positiva como tal en la dimensión de la conciencia como el movimiento mismo de relacionar, que trae por su condición de cuerpo en tanto está sujeto al lenguaje general, pero cuya autonomía como dimensión se positiva y realiza sólo luego de la adquisición y realización del lenguaje particular desplegado en lenguaje general desplegado en la lengua desplegada en el Lenguaje19 –entonces: a cada pliegue, a cada sí, le corresponde una configuración de su subjetividad, una postura subjetiva, pero agregando que esa fragmentación es también la superposición de síes que se hacen continuo, y también su principio de verdad de la identidad, su devenir, aquello que se representó antes como verdadero, fue producto de otra superposición de síes –entonces se encuentra en una posición de sujeto extraño, en una memoria de la lengua cuya consistencia es maquínica y ya no podríamos decir que significa; y también está en relación directa con un supuesto-objeto que es su sí o síes y que produce una representación de lo verdadero en un enigma autopoiético sólo de esa configuración específica e irrepetible –es una experiencia de la realidad radicalmente distinta, en tanto el afuera, esa dimensión que llamamos como materialidad burda, aquél lugar común de lo objetivo y verdadero en relación a la intersubjetividad, desde esta realidad, sinceramente, no podemos decir que sea ni siquiera casi-símil a un estándar, a un común – este sujeto no tiene más referencia del Socius, pero este no tenerla no implica que carece –él tiene como otro u otros a sí mismo o a síes mismos, y esto porque de lo que sí carece es de la postura subjetiva positiva – lo que ocurrió fue que partió del continuo indiferenciado, se hizo sujeto por el lenguaje particular del que luego desplegó el lenguaje general, y se realizó de que la lengua es la manifestación positiva de ese continuo indiferenciado inicial luego de haberse subjetivado, y también se realizó del Lenguaje en el horizonte del lenguaje general –pero al momento de posturarse en el Lenguaje para autonomizar su conciencia, ocurrió que su sintaxis de este concepto, su orden al articularlo, pecó de ser un despliegue temporal y no verdadero del concepto (lengua, leng. particular, leng. general, Lenguaje) – o, dicho de otro modo: hipostasió lo verdadero como verdad – entonces, aquello que referimos como el continuo y lo vario se manifestó experiencialmente de forma negativa, y en vez del infinito positivo del continuo y lo vario como significantes vacíos desde el Lenguaje, lo verdadero para él fue lo imposible de lo indiferenciado desde la lengua y su verdad modal tanto para la conciencia como para la experiencia fue la diferenciación pura –el inmediato-mismo desde el No en su tender de la casi- absoluta negación de sus síes, intensivamente, acelerado con cada casi-algo que se disolvía antes de llegar a ser, desde esa casi- absoluta negación que se manifestaba en máximo de disociación posible, desde ese inmediato-mismo del No tendió hasta participar experiencialmente de su negación absoluta –y, es evidente, la disociación se negó y volvió en sí o síes como ‘sujeto’ –pero al volver a casa, el sí, los síes, lo que fuera, ya no consistían –no abrían espacio puesto que su carencia de postura subjetiva positiva lo devolvió al vientre materno, y su retorno fue al continuo indiferenciado como lengua –entonces podemos decir que no era objeto como coseidad fenoménica pero tampoco era sujeto como relacionado a sí –y como tenía cuerpo todavía, la memoria escrita en el cerebro sostenía una coherencia indescifrable en su variación de lo Mismo –lo que es: encarnó al Lenguaje en la materia en vez de autonomizar su dimensión de la conciencia y posturarse desde el Lenguaje –y este ‘sujeto’ peculiarísimo, ya en el horizonte del allá que ha de implicar el Lenguaje, este sujeto que ya ni era sujeto, representaba de forma absoluta la verdad universal de la necesidad de lo verdadero de manifestarse de forma contingente –y no hay nada en él, ni sí ni no, ni diferencia ni igualdad, ni símil ni mismidad, sino la positividad de la Nada –y era su él esa Nada que era directamente Nada al afirmarse –y que estaba ahí señalando, en su imposibilidad posibilitada por la negación del Lenguaje y su superación en la lengua inhabitable, a la Cosa –y el cuerpo ese que era directamente sí como Nada, el cuerpo ese que era absoluta transparencia simple y directa consigo y para el que irreflexivamente otro cuerpo le era directa y absoluta transparencia, por supuesto, es evidente: reía, transportaba la psicosis -reía en calma y con gracia –y su acto, su estar-ahí, su traducir lo Mismo, esa imposibilidad que él era abrió el espacio al horizonte en nubes grises: y su risa sonaba de allá, y veíamos que estaba acá, pero sonaba de allá –y emanaba en el aire una extraña armonía. Glosolalia: la manifestación de la Verdad, el Devenir, la Cosa, esas cuestiones. Pero dado que no regresó de ahí-allá para contarlo: son especulaciones.Retorno tercero de la negación1) Por último, el sentido que vamos a considerar en esta digresión (puesto que estábamos hablando de las acepciones de la negación) es el de que articular a la experiencia en forma de negación estrictamente en la dimensión lingüístico-conceptual – que es lo que hace la teología negativa, donde lo que se afirma de Dios, que nosotros sintetizamos antes sólo refiriendo a la fórmula “Dios es Todo-Otro”, son propiamente negaciones de la experiencia positiva a través de la articulación conceptual, un inmenso No frente al sí del sujeto, diciendo: Dios es intangible, invisible, incognoscible, infinito, omnisapiente, etc. –que funciona en tanto abre el espacio, en nuestro ejemplo, a este evento sublime como consecuencia de señalarlo y delimitarlo, y, a su vez, luego de ocurrido, suturándolo –la doble función del no o la negación lingüística-conceptual, en tanto afirma lo que niega, lo hace presente de forma negativa, pero, es evidente, en una relación negativa –y esto es paradójico, puesto que produce una experiencia en base a lo que, por la propia naturaleza que le designa o predica, no puede ser experimentable; entonces produce una representación negativa (inmediata) de eso porque no se puede experimentar de forma positiva (directa) –y enseña algo que hemos ido reconociendo: el lenguaje es condición de la experiencia –y la ausencia de significantes para referirse positivamente a algo o afirmarlo no implica ausencia de lenguaje; por lo tanto: produce el lenguaje una experiencia que sólo es posible a partir de la realización de los límites del lenguaje general y el particular, la experiencia del No –y esto incluye desde Dios hasta aquello que consideramos con existencia positiva desde un primer momento: la identidad, la verdad, lo objetivo, y también lo universal, el concepto, etc. Y este es un No productivo, así visto, y lo particular de esta dimensión es que aquello representado mediante su delimitación negativa se presenta como positivo y no como el vacío de la falta de significantes, que es como decir: lo representado de esta forma contiene un sí –y de allí se desprende la positividad del No o la realización de la verdad y de la dimensión autónoma del concepto a través de la negación. Y, retornando, no contiene esta representación a lo otro en lo negado, sino que es la representación casi-misma o inmediato-símil: aquello que se presenta a la conciencia o a la experiencia mediante esta negación constituye una representación tomada como representación positiva, y lo verdadero que representa es lo que cifra –dicho de otro modo: lo que la representación dice está indicado en su articulación, y como sólo se puede representar aquello de lo que se dispone significantes, esta representación se presenta con un contenido concreto, se expresa positivamente, pero lo verdadero de ella no es lo que se ase sino lo que codifica, no lo que trae escrito sino cómo lo escribe, no el contenido sino su sintaxis, etc. –en una palabra: lo que simboliza.Reconocemos, entonces, el valor que tiene para nuestras consideraciones resaltar este aspecto de la realidad positiva que entraña la negación en general y la inefabilidad como una de sus expresiones: nos señala lo que está escrito en el despliegue del lenguaje en sus momentos concretos hasta el Lenguaje. Y, también, reconocemos la realidad positiva del concepto en tanto concepto a través de la materialización lingüística del No. Por lo tanto, nos encontramos con que atravesamos el leng. particular y la verdad que traía escrita para llegar el leng. general, atravesamos a este también y la verdad que traía escrita se realizó como la lengua que es el cuerpo pre-subjetivo inscrito en lo Real por el leng. general en su modalidad inaccesible de continuo indiferenciado –que quisimos solucionar con la noción del continuo y lo vario-, y también llegamos a la realización del Lenguaje y la verdad que trae escrita como el máximo de suspensión posible para los sujetos siendo el al-menos-dos pero actualizado a la postura de la autonomía de la dimensión de la conciencia, que realiza al No experiencialmente positivo como el continuo y lo vario de ese mínimo que son dos significantes vacíos positivados y afirmados como tales en el sujeto, y que funden la diferencia sujeto-objeto igualándolos en devenir o Dos-simple como posición del sujeto, y sosteniendo como otro de esto o posición del objeto a la diferenciación pura o absoluta negación del No en su nivel estructural en tanto Cero. De esto desprendimos lo verdadero del continuo y lo vario como la representación inmediata del devenir en tanto infinito, experiencia por la cual podemos alcanzar el máximo posible de mismidad como sujetos o la manifestación inmediata y negada de la verdad de la identidad, y también desprendimos la irrealizabilidad del No en su posición y su manifestación modal en nuestro nivel como afirmación positiva o negativa, y concluimos en la especulación cierta de la indecibilidad e irrepresentabilidad de la Cosa que es directamente sí y lo único real e idéntico a sí mismo. Y por supuesto que no nos olvidamos de nuestro supuesto-sujeto que, a través de la experiencia inmediata del No, encarnó la imposibilidad de la Cosa como Nada.Identidad líquidaHablamos de identidad líquida como modalidad de lo mismo, y en donde su singularidad diferencia a la tradicional es hacer descansar al principio de verdad ya no en la igualdad del sí consigo sino, por el contrario, en la igualdad del continuo fenoménico consigo. Lo que dice en principio es: inclusive el sí, lenguaje y producto del lenguaje, no es igual a sí mismo en tanto el movimiento mismo de la realización altera a las tres dimensiones de afuera-subjetividad-sí y las demuestra a todas en devenir-otras.Empecemos, entonces, en este movimiento. Cuando decimos realización a lo que estamos refiriendo es tanto al ‘darse cuenta’, ‘emerger como concepto’, ‘hacerse real’ de un fenómeno en la conciencia, y también al ‘volverse evidente’, ‘emerger como experiencial’, ‘hacerse real’ de un fenómeno en la percepción. El realizarse se da simultáneamente en ambas dimensiones y reconfigura la posición del sujeto en su relación con el continuo ya que: si en la conciencia emerge un significante para designar a un concepto que se realiza, su correlato en la percepción es la materialización de ese concepto en un fenómeno. Esto trae consigo aparejado que el sí, cuya constancia se precisaba anteriormente, también es susceptible de ser sí de sí mismo y por ende su constancia misma se problematiza como pliegue. Esta escisión del sí del sujeto en relación a sí hace visible que ese sí no era igual a sí mismo puesto que devino-otro, que es lo evidente, pero a su vez que esa nueva posición asumida por la reconfiguración no tiene por defecto privilegio sobre la posición anterior –lo que quiere decir: el sujeto se realiza de su fragmentación y las consecuencias de asumir una u otra perspectiva en relación al continuo, pero por sí mismo este movimiento no implica una superación de la instancia anterior sino la simple modalidad de lo símil. Por lo tanto, sigue precisando de un principio de verdad en tanto observa en los pliegues de su sí o síes la persistencia operativa del concepto de identidad y, sin embargo, ya no puede asumir que alguno de esos síes garantice la verdad de ese concepto. E, inclusive, se encuentra con una paradoja: los pliegues, los potenciales síes asumibles, no tienen por defecto limitación cuantitativa y ello implica que el sujeto puede continuar infinitamente en su movimiento de realizaciones siendo el efecto una secuencia de modalidades de las cuales ninguna tiene una posición privilegiada en relación al continuo. El sí, aquello que antes se afirmaba como constante y cosa una y misma en relación a sí, se vuelve ahora una articulación conceptual que ya no consuena con la percepción -y asoma además el abismo de escindirse indefinidamente de eso que era mismo y devino símil, ese mismo que antes estaba en el sí y se muestra en este momento como inaccesible. Entonces este pliegue potencialmente infinito del sí evidencia su doblez en la dimensión de lo fenoménico como ya habíamos insinuado: la hiperespecificidad de los significantes en relación a la singularidad de un fenómeno puede continuar desplegándose sin llegar jamás a un punto absoluto e indivisible. Esto se traduce en la doble paradoja de decir: cada vez que algo es asido es distorsionado y sólo se puede asirlo mediante símiles y nunca en una igualdad real consigo por el sólo hecho de asirlo; y a su vez: cada realización lo es de una distorsión y produce una distorsión como efecto de la emergencia de otra configuración específica del sí que no necesariamente es superadora del momento anterior. Entonces: variaciones de lo mismo, moda- lidades de lo mismo, donde ‘lo mismo’ se muestra como expresión de una igualdad, hasta ahora, indemostrable. Por lo tanto, para esta modalidad de la identidad, lo que aparecía en la tradicional bajo la figura de ese actuar “como si fuese verdad” de la postura subjetiva en relación a lo objetivo, ahora se vuelve imposible –la condición operativa de esa máscara, que era la supuesta constante del sí, ya no está. Por lo que el sujeto de esta identidad líquida dice: hay un concepto de identidad que persiste a las distorsiones producidas en las posturas asumidas por el sí, pero a su vez esa mismidad pasó a ser inaccesible para la experiencia y para la conciencia; esto porque el sí ya no es directamente igual a sí sino sólo símil de otro sí, y la relación con lo mismo está mediada por un sí que parece inhallable y pura articulación conceptual; pero ese sí, aunque parezca inhallable, ha de tener una existencia positiva puesto que de lo contrario no podría haber la existencia que precisa de la determinación de lo uno y lo otro y la igualdad propia de estos consigo; pero parece ser que ese sí es otra cosa y no una postura subjetiva que traduzca una superación de los símiles; por ende, si el sí que creíamos ser constante y garante del concepto de identidad, en realidad no lo es, no se puede sino asumir que lo constante es el devenir en tanto, para la conciencia como para la experiencia, la totalidad de lo existente en el continuo fenoménico es bajo cualquier aprehensión otra cosa de sí mismo, excepto ese ser otra cosa de sí mismo de lo aprehendido que referimos como devenir. Y este devenir se presenta a primera vista paradójico:1) Este devenir no es un devenir-otro, no está también deviniendo-otro; si el devenir deviene-otro cesa de devenir y por ende deja de ser devenir; entonces su constante, su fijeza, lo que hace que sea lo que es, es algo así como su hacer-devenir-sin- devenir. Sólo así es igual a sí mismo, y cosa una, garantizando al concepto de identidad su verdad. De lo que se desprende que ni siquiera es devenir, sino que el devenir es la constante que produce como efecto de sí, y por aproximación le decimos así.2) Este devenir no puede estar determinado por cosa otra en tanto, de haber otra cosa en su posición estructural, no sería igual a sí mismo en su movimiento de identidad sino un símil de esa otra cosa superadora, y el devenir no puede ser símil de sí mismo debido a que es lo que produce tanto a lo símil (puesto que lo existente no es jamás lo mismo en tanto deviene) como a lo mismo (ya que si su efecto es producir devenir se configura a sí como lo único mismo). De lo que se desprende que se presenta a la experiencia en la infinita variedad de lo existente que tiende a ser otra cosa y a la conciencia como la cosa una que esa variedad constituye como concepto en su conjunto.3) Es no-relacional y directamente sí, inexpresable en sí para la conciencia como para la percepción, y por ello irrealizable; es inaccesible al concepto más que como aproximación, sugerencia, evocación, como se quiera decir, e inaccesible a la experiencia directa del sujeto y sólo avizorable mediante sus efectos. De lo que se desprende que de esa Cosa, el devenir, sólo puede afirmar: es un Sí absoluto y adiferencial, y que también decir esto es falsearlo.Entonces el sujeto de identidad líquida concluye que, por la irrealizabilidad misma de la Cosa, sólo puede performarla –y performarla viene a significar: adoptar como postura existencial la representación de la Cosa inclusive ante la paradoja de su imposibilidad, reconociendo allí donde esta se simboliza como aquello a representar en su performance. Lo que supone, por ejemplo:- en tanto que lo existente tiende a ser otra cosa, no designarse y así interpretar esa tendencia implícita que ha de ser infinita y sin momentos;- en tanto el devenir se manifiesta al sujeto en la variedad y en lo uno que es esta variedad, configurarse asignificante o ‘no- identitario’ y por lo cual, posándose directamente en el horizonte del Lenguaje, ningún significante lo designe por ser lo otro de la variedad y a su vez lo otro de lo uno;- en tanto su sí puede plegarse infinitamente y a su vez asumir la postura del infinito, cada vez que este sujeto perciba a la trampa del Lenguaje atrapándolo, tender a disolverse en esa multiplicidad indeterminada que es la postura del infinito para así emerger otro e indecible;- en tanto el tránsito de lo símil precisa de un mismo que corte al continuo en un momento del cual asimilarse, y aunque su mismo por ser él sujeto sea sólo conceptual, tender a producir siempre un no, siempre un otro, siempre un exceso de su sí para permanecer casi-sí;- en tanto el Lenguaje distorsiona aquello que quiere representar, desasirse lo máximo posible de él tanto en el pensamiento discursivo como en el juicio, y asumir los efectos que esto conlleva en la percepción;- en tanto la Cosa sólo afirma y es la única cosa que realmente afirma, negar toda quietud tanto en el concepto como en la experiencia;- en tanto la verdad permanece inaccesible, negar toda verdad desplegándola en la otredad de sus consecuencias –inclusive las suyas, las que utiliza para producir esto– que quiere decir, entonces: reírse.En última instancia, el sujeto de identidad líquida asume la postura del artista en el Teatro del Mundo, actuando su representación que es por defecto otra de lo que actúa y representa positivamente –reconoce la verdad positiva de la identidad y su inaccesibilidad y reproduce esta realización como una mueca, un gesto, un señalar la universalidad de la Cosa tanto en la conciencia, como articulación conceptual, pero más aún como su demostración en la esfera subjetiva –y ese es su valor: la realización de la realización, la demostración –la demostración de la verdad de lo que intenta representar en su performance -pero no haciéndolo de manera afirmativa, diciendo sí, esto es; por el contrario, refiriendo con precisión aquello que no es, demostrando su existencia positiva como verdad mediante la distorsión y su necesidad, demostrando su representación mediante la ilusión como condición y efecto y no mero juego de espejos que oculta a la Cosa, demostrando su simpleza y no relacionalidad mediante el rizoma, demostrando su absoluta afirmación nadando en las aguas oscuras de lo que no, y, en una palabra, señalando en su presencia (la suya, como sujeto) la inmanifiesta realidad de la Cosa real y misma. Pero esta es su condena por hacerlo, su paradoja última: en su postura, en su ‘no-identidad’, en su tender a ser directamente otro de lo existente y designable, se vuelve también una modalidad fija de la identidad –en tanto deja de devenir-otro en la repetición símil de lo que intenta representar –y su representación sólo funciona si se niega su negación.Entonces, así como el sujeto de identidad tradicional se remitía a su sí como constante y por ello asumía su ilusión como necesaria, reproduciéndola en el despliegue de ese “como si fuese verdad” de carácter contingente cual verdadero y por ello fijo, este sujeto de identidad líquida, haciendo de su constante un ser directamente otro de lo designable, también actúa “como si fuese verdad” su representación del devenir, y reproduce entonces de forma contingente su modalidad de la identidad como constante, fija y verdadera. Ambas identidades son A1 y A2 de A, que es la identidad como concepto positivo, y sin embargo sólo después de ese al-menos-dos que forman como expresiones de lo símil en el concepto, es posible pensar en la anidentidad. SobredeterminaciónÉtica como garante del Socius y Socius como garante del lenguajeEl sujeto de lo verdadero, aquel que tiene una relación con su propio sí (sea de la forma que sea), es lo que la ética contingente de lo universal tiende a conservar. La cuestión es, entonces, qué hace este cuerpo social en el sujeto y por qué, autopoiéticamente, por la naturaleza misma de su propia expresión, esta base social, esta relación de los sujetos entre sí que se entraña como un valor propio e insustituible de la experiencia humana, atravesó, literalmente, todas las épocas de las que tenemos registro –y, a su vez, esta paradoja peculiarísima: ¿cómo es que la experiencia mística de lo verdadero produjo eremitas y anacoretas, tanto en lo religioso como en la filosofía? ¿Es que la indecibilidad de la Cosa, del devenir, es el tender-hacia del sujeto que tiene una relación con su propio sí, y por ende constituye su objeto causa de deseo? Si nos preguntamos qué quiere el sujeto desde este lugar, ¿no nos resulta obvio que quiere decir lo indecible y, a su vez, quiere dejar de decir más de lo que dice, que se traduce en su decir que quiere el control de su propio sí (y es esto lo que llama libertad), y tanto lo quiere que inclusive lo busca aunque le cuesta su sí el liberarse de sí, pero cuando está allí, en su sí, en la Cosa real, lo invade el Horror del impersonal y la indecibilidad, y vuelve al cuerpo y, de repente se realiza que perdió a su sí y a la vez más? ¿Y no se da cuenta también que su sí, esa experiencia que tiene escrita en la memoria material, en el cerebro material y en la memoria de la lengua, hace ecos de sí pero no se ase en la realidad –que es una forma de decir: disolvió su lenguaje en el caldo de lo verdadero y por ello perdió lo verdadero-, y ahora está en la psicosis, en la alucinación: en la irrealidad –pero no perdió su conciencia aunque haya cobrado autonomía su sí-, y entonces se sabe paradojal al experimentar al significante que designa su subjetividad objetivamente como irrealidad, y, luego, al experimentar del afuera la alucinación también reconoce la ambigüedad en sí de lo que antes daba por símil de sí y ahora ya no se parece más –y entonces se le caen, se le derriten las palabras, y ya no sirven, y este sujeto es, luego, demasiado consciente de la organización arbitraria de su idioma y cómo esto es la realidad que percibe, y también cómo se acerca y aprehende a la realidad, en una palabra: reconoce su relación con el conocimiento, y sabe que lo que percibe es el material mismo que luego se instrumentará en la razón e instrumentará a la razón, y por, lo tanto, produce palabras, ruidos, significantes no-discursivos, neologismos, asociaciones imposibles desde el sí como verdadero, sólo porque quiere volver a tener consistencia, un principio de identidad aunque sea por un rato, ficticio, e intenta salir del impersonal en el que la masa significante del afuera no media con la lengua para entrar, y por ende pasa alguien y dice y eso es en el sí sin ya en un efecto, sin sujeto que lo medie, en la intención que la autopoiesis de la memoria y su absoluta contingencia articule para que la cosa dicha no sea un ruido incomprensible, y a su vez eterno -el Horror absoluto del sujeto: una representación aleatoria, realmente aleatoria, que quede fijada ahí, en la Cosa, que luego siempre perturbe y deforme a la Cosa y por su carácter aleatorio no pueda, en efecto, descifrarse, lo que es decir: la condena efectiva, la ley positiva: la condena absoluta de la existencia a no poder realizarse de lo verdadero y tener que existir hasta quién sabe cuándo todavía en el limbo de la desesperación: saberse ilusión, saber que sabe que hay una verdad ahí esperando a ser representada en la experiencia, pero a su vez saber que, lo que sea que signifique a su verdad, puede, literalmente, ser cualquier cosa que alguna vez haya cruzado el umbral de la experiencia –porque, en efecto, en su efecto específico, esta es la condena de la improvisación a la hora de llegar a la Cosa, de entrar por intriga, porque había luz, y cruzar y no comprender qué significa –y también este es el problema de intoxicarse, embriagarse, de esas cuestiones-: que se produce el efecto experiencial pero no la articulación conceptual, y por lo tanto tenemos un significado real, positivo, verdadero en la experiencia, pero es un significado sin significante –inclusive, lo que es aún peor, para expresar realmente la condena que implica esto en una fórmula: un sujeto de un significado amo con un significante positivamente aleatorio –y positivamente aleatorio quiere decir: significado de cualquier significante que pueda potencialmente ser tal, lo que es: de cualquier cosa que pueda existir como fenómeno separado y por ello manifestarse en una forma de percepción, en potencia, a partir de la Cosa, y cuyas variaciones son, por su igualdad directa consigo y única identidad real de lo que existe, infinitas –lo que nos indica que, si este castigo es realizable, si puede ocurrir, es producto y efecto de la única entidad capaz de producir en lo concreto y experiencial lo aleatorio positivo, y este es Caos, pero no sus manifestaciones a nuestra razón, de la que se escapan efectos radicales a partir de variaciones que nos parecen inocuas, sino las realizaciones, la Realización del Horror, y que es que algo que sabemos y que es obvio: lo único realmente existente y positivo en sí y que tiene una identidad en sí que lo hace igual a sí sin siquiera mediación consigo, esa única cosa que es Verdad es el devenir, y ello nos indica que la irrealidad, la psicosis, el delirio, el sentido, la locura, aquel abismo al que hociqueamos pero a la vez produce el pánico –que es la primera muerte, donde emerge lo indeterminado como tal, y se nos vuelve evidente, gracias a la lengua, que es indeterminado en relación a nuestra realidad, pero no que su identidad es la indeterminación, que su condición de presencia es la indeterminación; si así fuera jamás sería perceptible –pero no deja de ser la primera muerte, cuando el cuerpo se confunde con el aire, y la sensación que era privada y subjetiva se confunde con el objeto, y es revelado que hay un sí que es más que esa simple relación afuera/dentro, que hay el pliegue del pliegue, y a ese pliegue vamos, cegándonos- y la disociación –donde el No que hay en el sí, que, como todo lo que hay, se muestra positivo, real y operativo, y hace al sujeto realizarse de su propio devenir-otro, y lo hace sólo mediante esta experiencia, en tanto cuerpo, y ocurre la realización de tener memoria material, y el cerebro que es escrito de experiencias lo revela al cobrar autonomía y funcionar a los estímulos del afuera respondiendo por sí y responde, lo que es extraño y propio de su forma, tal como responderíamos desde el sí, pero este sí ahora es un pliegue, y lo que hace posible a ese pliegue, su condición, es la realización del continuo en abstracto que es la verdad del devenir para la razón; y sin embargo, y también en abstracto aún, mediante la razón elastizada por esta disociación que hace que ocurra el despliegue potencialmente infinito del sí en el sujeto, y a su vez produce el negativo conceptual que es la negación de lo relacionado o la suspensión del Lenguaje, y por una potencia de la Locura que se muestra necesaria, el sujeto, siendo, además de otro del afuera, ese afuera que se presenta ahora en la percepción como lejos, y entonces deja de ser una cuestión de mediar con la autoconciencia al inmediato-ahí del afuera, y también lo subjetivo, que se presenta autonomizado, siendo el cuerpo por sí, actuando el cuerpo en su manifestación de la positividad de la memoria material, indicando, y esto es literal o lo intenta, que depende de la conciencia y la razón y que por sí sólo es mecanismo, automatismo, predestinación de la carne, y, a su vez, lo que se realiza en este movimiento de la conciencia es la materialidad positiva, de que es objetiva y real en su contingencia porque es la experiencia escrita en la memoria material, y en la memoria de la lengua, y lo que ello significa, entonces se realiza, en relación a su sí, del movimiento e ilusión que no le permitía comprender, primero, y luego percibir a su sí en su devenir-otro, y se le aparecía como idéntico a sí, como constante, como lo mismo en relación a sí mismo, y es que esa memoria material que actúa tanto en el afuera como en lo subjetivo mediante el cuerpo, y esa memoria de la lengua que actúa desde el cuerpo material que fue escrito y siempre es escrito desde el pasado, desde el real que tiene, y depende, de un mínimo desfasaje con el ya absoluto de la Cosa, y desde este pasado que se vuelve real y positivo en tanto se materializa en la memoria del cuerpo como de la lengua, y revela su distorsión de la percepción de lo real mediante la realización de la condición reprimida del lenguaje general y la memoria en particular –en tanto lo real y verdadero se despliega cada vez más ágilmente desde la razón y por sí, sin voluntad positiva del sujeto de producir el conocimiento o su consecuencia o implicitudes o suposiciones, sino como un simple efecto del realizarse de lo verdadero- y comprende, naturalmente, que, inclusive antes de la experiencia positiva de lo verdadero en el continuo y lo vario, cuando permanece en la articulación conceptual o especulativa, ya se demuestra en evidencia verdadera y objetiva, y por ello el sujeto puede aprehenderse a la experiencia: sólo mediante la razón que hace el despliegue, que figura y encadena los significantes de manera que, al llegar, la Cosa sea su sí, y produzca consigo y de forma explícita para la conciencia el principio de verdad del que depende la identidad que se deshace en la experiencia misma del continuo y lo vario, y por lo tanto pueda luego materializar, tanto en la memoria del cuerpo y como en la memoria de la lengua, su configuración hipersubjetiva y universal de lo verdadero, de la verdad que representa la Cosa, el devenir, y la necesidad de la ilusión, y que aquel Horror absoluto de la irrealidad en la psicosis delirante que es potencia de su disociación, sea, en efecto, la representación objetiva de lo verdadero en el sujeto, aquello que, ahora lo puede ver con claridad, estaba escrito en tanto afuera (en lo objetivo y común y real en relación al lenguaje general) como dentro (en lo objetivo y común y real en relación al lenguaje particular) como en su sí (en lo objetivo y común y real de lo que el Lenguaje como tal, esto es, la autoconciencia del lenguaje como símil de sí y por lo tanto productor y producido por la Cosa real, una y única Cosa idéntica a sí, trae inscrito en su relacionar) que es, en última instancia, la Verdad de la identidad del devenir consigo, siendo formulada a la razón en la autonomía del No que abre al sujeto, y a su vez la experiencia de la verdad de ese No como demos- tración, y funcionando en todos los niveles del continuo fenoménico que percibe como constante-devenir-otro, sujeto de lenguaje que es sujeto de tiempo, y cuya coherencia y relación consigo es idéntica a través de la mediación que la Cosa hace siendo lo Real siempre idéntico a sí y produciendo lo Real siempre idéntico a sí –puesto que, ahora lo ve, es claro y evidente, sin una existencia positiva de lo verdadero, de lo objetivo, pero sobre todo, sin la existencia positiva de un fenómeno que sea idéntico por sí y no relación a un otro como ocurre en la identidad de lo conceptual por el lenguaje, sin estas condiciones de haber un Sí, un-todo-Otro del No que sea la representación de los conceptos, un sencillísimo y absoluto Sí que afirme, que implique, que solucione tanto en la razón como en la percepción la cuestión de que existimos por la diferencia del sujeto con el afuera, y consigo de nuestro sujeto, y del sí con sí mismo, y los pliegues entonces son potencialmente infinitos si no hay un principio que solucione esta presencia de lo idéntico en absoluto y que relacione a la razón con la lengua y su relacionar lo vario y su asumir lo símil como idéntico en el concepto y su sintetizar con concepto a la experiencia y, por ende, su traer escrito en su acto la condición de existir lo verdadero, lo objetivo, pero sobre todo lo idéntico y continuo y constante absoluto que es el devenir representado a la percepción como el devenir-otro de estas instancias y a la razón como la fórmula abstracta, no podría, jamás podría haber llegado a la existencia, a la conciencia, a la experiencia, a la percepción, al concepto, a la razón, a la lengua, la lengua misma no podría haberse insinuado, la relación, lo otro, y con ello el sí, y la diferencia pura del No que es el Caos, y la afirmación pura de la Cosa y el devenir, de la Cosa o el devenir, puesto que sin un algo idéntico accesible a la fórmula de la razón y a la experiencia materializante, este sujeto, esta acuñación teórica y experiencial de la existencia en tanto otro, uno pero a la vez múltiple en sí, y a la vez multiplicidad este sí, en tanto no tiene límites su potencia de plegarse en relación a otro objeto que inclusive sea su propio sí y cuyo único límite es la Cosa, y por ende su identidad deriva de la infinitud y reconoce la imposibilidad de acceder desde la experiencia de ser en tanto es otro de sí y de la Cosa, de la imposibilidad de experimentar a la Cosa simple y permanecer sujeto, otro de sí, mediado por la Cosa, llega a la conclusión efectiva y positiva y real y objetiva y verdadera de que está escrito en la lengua lo que lo hace sujeto y puede plegarse al infinito positivo y a su vez (siendo más particular aún) al infinito de los números inmensos inaprehendibles o ininteligibles; y, también, al intentar manifestar lo verdadero de la Cosa reconoce que su solución siempre será contingente y esta contingencia es necesaria para su preservación como sujeto –puesto que si quiere participar directamente de la Cosa, no le es concebible: su percepción depende de lo vario, del al-menos-dos, para que la Cosa real y simplísima sea, y su razón produzca la unidad de la Cosa como devenir y como lo continuo y lo vario por la obvia causa de que su sí es producto de ese al-menos-dos positivo que emana de la negación absoluta que es el Caos y que hace y garantiza que la Cosa sea, para siempre, inaccesible, y que la Cosa sea, entonces, garante de la existencia y lo real, y por sobre todo, que la Cosa sea lo idéntico a sí, la identidad positiva y real, de la que pende la condición de su desplegarse directa y simple e inexpresable como devenir puro en su “sí igual a sí” que es expresado, contenido, manifestado y realizado de forma directa y no relacional? Pero, verás, aún no consideramos el tercer síntoma de la Locura que es la amenaza propia de la conciencia del sí para el sujeto, esta vez siendo la representación de la muerte a través del estado catatónico. En principio y propiamente, es la representación formal y experiencial que se traduce de la existencia positiva y real del Caos, tanto como necesidad del y producción del al-menos-dos que es principio y condición de la existencia del sujeto, como a su vez es la manifestación positiva y existente de la negación pura que es su No absoluto y cuya positividad produce al menos estas tres cuestiones consideradas:1) La dimensión autónoma de la conciencia, en relación al concepto, o lo objetivo y verdadero y su realidad positiva en el lenguaje general. Esto se da porque la dimensión negativa en sí funciona abriendo el espacio a la manifestación de la positividad misma como condición de la conciencia en concepto y de la percepción en tanto verdad del concepto; y a su vez en sentido contrario, puesto que estas (la conciencia y la percepción) codependen, se codeterminan y se codefinen, podemos también decir: la dimensión autónoma de la experiencia (lo real, concreto, objetivo, común, existente, símil, etc.) en relación a la conciencia, abriendo el espacio a la positividad misma como la realización en la experiencia de lo verdadero y su articulación en el lenguaje como un universal que se expresa en la configuración hipersubjetiva del lenguaje particular y es esto necesario por su universalidad. A su vez, decimos: puesto que el concepto sólo puede ser articulado mediante el lenguaje y a su vez la experiencia sólo puede ser determinada mediante el lenguaje, en tanto esta dimensión es puramente negativa, y esto porque el lenguaje relaciona al concepto y la experiencia como dos representaciones de la Cosa que es lo mismo en sí o el devenir, pero configuradas en relación al sujeto que debe ser, para existir, al-menos-dos veces, y estas dos veces son: por un lado, y en su máxima reducción posible, podemos expresarlo como la relación positiva del sujeto y el objeto, el adentro y el afuera, que en ese mismo orden se corresponden con la experiencia y el concepto. Por el otro, debemos a su vez dimensionar el efecto que tiene cuando decimos que implica y resuelve al lenguaje –entendiendo por esto: en el solo devenir no hay aún lenguaje (este no tiene relación y es lo único que no depende de relación), y es un pliegue el que positiva al Caos como efecto del sólo devenir-, puesto que la relación que decimos que implica al lenguaje es la de Caos, que es el absoluto No, y se relaciona negativamente con un algo que no puede corresponderle en su nivel estructural (podríamos decir que el Caos tiende y su relación es con la tendencia hacia la Cosa pero jamás con la Cosa), y justamente por esta no-correspondencia estructural del Caos, este es la diferencia en cuanto tal, el puro No, puesto que su identidad está dada por el equilibrio formal que produce en su relación con el tender-hacia y esto es propiamente lo que lo hace ser, y su determinación es con el tender-hacia, y en la dimensión suya, que inaugura, la de la conciencia, un No absoluto, la diferencia pura, que se representa en la percepción como las negaciones que vimos pero además como la causa de la Pregunta en tanto tal y de la Duda en tanto tal –ya que, lo veremos luego, ambas tienden hacia el Caos-; y, a su vez, en la dimensión de (tendríamos que decir) lo concreto y su realidad en esa instancia (que luego será objeto de la subjetividad) son su efecto existencial porque es la indeterminación en sí, lo que por definición no puede ser determinado porque diverge de su propio sí, y esta divergencia perpetua de su sí es su identidad paradójica; podríamos decir que representa al no-lenguaje, en tanto nada puede relacionarse en el Caos, pero a diferencia de una imposibilidad en sí por su identidad directa como en la Cosa, para el Caos esta indeterminación es dada su existencia es producto del desequilibrio existencial que lo identifica y determina; entonces, por un lado tiene una identidad articulada en el concepto como No, negación pura, negación absoluta; y en la experiencia es donde propiamente nos realizamos de lo que implica su concepto y es, se revela luego, que es necesaria esa inaccesibilidad del Caos a la realización, que evidencia al Sí absoluto como la Cosa y al No absoluto como el Caos, y se muestra así que es necesaria la disonancia del Caos como fórmula para la conciencia y experiencia en la percepción, y es necesaria su irrepresentabilidad como sí, como negación absoluta, diferencia pura, indeterminación en sí, lo que es decir: es necesaria la irrepresentabilidad del Caos como es en sí en su nivel estructural en forma de fenómeno tanto para la conciencia como para la percepción, siendo, sin embargo, ese No relacional y dependiente de la pre-positividad casuística de la Cosa, cuya identidad radica justamente en la no-relación simple de ser directamente igual a sí, en tanto es aquello que sólo puede ser de forma simplísima, y jamás mediada por un otro28.2) La diferencia particular y el movimiento del símil que se presenta en la percepción como lo vario en tanto concepto y que se sintetiza formalmente en la identidad absoluta del devenir, y he allí que el sujeto queda atrapado en un significante, cualquiera, una palabra, una imagen, un gesto, una idea, una sensación, literalmente lo que fuere que se apareció a la percepción y a la conciencia en ese momento, lo que sea que cruzó el umbral de la atención, y por esta cuestión de que tenemos un cuerpo, y cuando tenemos un cuerpo también tenemos una memoria material, y a su vez cuando tenemos una memoria material tenemos una memoria de la lengua, ese significante queda, insustituiblemente, remitiendo a la Cosa –y por ello, por lo que la Cosa deja escrito en sus efectos es que es cortada del devenir, y es susceptible de ser realizada en el continuo y lo vario como negación de lo negado en lo verdadero representado –pero dejamos claro que había que hacer un consciente silencio, una suspensión activa del juicio y de la lengua –y sin embargo ocurre que el sujeto drogado llegó a la Cosa, gambetendo las relaciones de lo que existe, efecto de su alteración química de la conciencia a través de su condición material, y porque no hay qué no tienda a eso, a esa Cosa, y entonces de casualidad llega y se hace experiencia, y se muestra lo verdadero en una representación contingente, y a él se le ocurre, ni siquiera decir, sino simplemente activar el juicio y posar en su atención el significante, digamos, ‘manteca’; y luego está condenado –pero por qué condenado, pregunta él desde su sí, por qué tan trágico –y sigue soldando la cadena que, por esa cuestión peculiarísima de la memoria, la de llevar consigo siempre, además de lo presente, lo virtual, el con-texto de lo presente, que puede ser negado, que puede ser connotado, que es toda relación del significante que produzca intensidad, despliegue del sí, atención sobre el sí, tensión sobre el sí – pero a su vez, en potencia y por efecto del rizoma, puede ser cualquier otro significante que en la realidad positiva de su inconsciente y su relación con la experiencia de la Cosa haya asociado a aquel significante primitivo que pasa a obturar y determinar, hasta la muerte, a la Cosa misma: y este sujeto dijo ‘manteca’ –bah, ni siquiera dijo, lo estaba llevando a la conciencia, había algo de ‘manteca’ en esa cosa indecibilidad que se le reveló, pero el problema es que cuando quiso poner el significante en lo indecible pasó lo obvio: la Cosa se disolvió y con ella la experiencia y el tipo se queda con una depresión intransferible porque, y esto es en efecto cierto, la experiencia del rapto, el evento sublime del devenir, es la causa de la melancolía, en tanto no hay experiencia de intensidad o significatividad similar para compararla en lo subjetivo (como la Gracia, el Amor), y en lo objetivo, como significado real y representado, como articulación de Dios para vos que dijiste ‘manteca’, que ni siquiera dijiste, estabas intentando ponerla en tu conciencia y el efecto es que la experiencia se va y no sabés qué era lo que ‘manteca’ intentó hacer en ese momento, lo que similó entre el significante y el contenido, o lo que negó, lo que fuere que intentó producir en la contemplación –y sin embargo vos tenés suerte: saber que hay lo verdadero y que está ahí atrás de ‘manteca’, está expreso en tu lengua, y de una forma u otra sigue expresándose en tu realidad por esa articulación, inclusive aunque se manifieste retorcida, crípticamente, en una hipersubjetividad en la que sólo podrías pensar: de verdad que Dios me hizo decirle ‘manteca’; y nunca jamás vuelvas a hacer consciente lo que te llevó ahí, lo que produjo ese verdadero en la experiencia, y es que, cuando gambeteaste al sentido de tu lengua, negaste, por un segundo, su operatividad –y es cuando el mundo se vuelve propiamente inefable, se muestra tal cual es –esto quiere decir y significar: las relaciones de lo que existe son, en última instancia, relaciones positivas, reales, que es lo que quiere decir e implicar la cuestión abstracta del lenguaje general como universal en contraste con el idioma particular en que se evidencia lo particular y persistente de la memoria material en el cuerpo social; por ello, cuando vos cancelaste, gambeteando, por tender a ir hacia ahí, por el hecho de tener lengua y tener relación con vos mismo, las relaciones de lo que existe, produjiste algo que es imposible desde la lengua, desde el sujeto –lo que es propiamente imposible y común y principio abstracto de identidad de un lenguaje general o particular o lo que fuere: no hay lenguaje, no es posible el lenguaje, sin al menos dos entidades presentes, sin al menos dos cosas: y esto es lo que pasa cuando suspendés la relación tanto en el juicio como en la lengua inclusive si estás en la etapa necesaria e ilusoria del sí como verdadero: lo objetivo: la relación positiva y existente entre el continuo fenoménico que comunica y cifra al afuera y a la subjetividad y al sí, y que se presenta a la conciencia simplemente como el continuo y lo vario, se representa en la experiencia y se muestra en su verdad como el continuo indiferenciado –y, ahora lo sabemos, esto sólo puede ocurrir una vez –puesto que podemos ir, luego, a ese continuo y vario todas las veces que nuestra conciencia, sobre todo, y percepción también, sí, inclusive, soporten, pero sólo la primera vez que se accede a la Cosa se es, propiamente, lo que dicen en religión, inocentes, puros de pecado –y el pecado, es evidente, es haberle traído el significante primordial, haberlo bautizado a lo concreto y desvirtuar, como es nuestra costumbre, su naturaleza –le asociamos, sin voluntad alguna, sin inteligencia, sin diseño alguno de los efectos de este laberinto, el significante ‘manteca’ – lo único que podemos hacer ahora al respecto es conjurar, desde todas las dimensiones que podamos utilizar para acercarnos a él, al símil inmediato, a la relación-ahí, al lado, indistinguible en tanto es casi-‘manteca’, pero no margarina, ni siquiera la ficción de crema etérea que lleva la pasta, y ni siquiera el producto sintético del suero y la nata, y ni siquiera el hombre azteca, y ni siquiera el sonido ‘manteca’ o ‘butter’ o su sabor o su consistencia, pero algo en el significante puro, tal como es, sin importar lo que signifique, y que esconde lo verdadero –y vos, porque no sabías, porque fuiste a la Cosa loco como una cabra, puesto como un alien, ahora te gastaste la bala de plata: sabías de la cuestión de lo verdadero, y eras consciente de tu falseación de lo real tanto en la lengua como en la percepción, y llegaste a lo verdadero y le dijiste un nombre, lo bautizaste, le negaste lo que es, en vez de dejarlo hablar, en vez de dejarlo revelar, de gritar al vacío algún ruido reconocible cuando te estabas yendo para poder volver -pero no, vos estabas puesto, y le dijiste, ni siquiera le dijiste, le sugeriste, apareció ahí, se insinuó en tu atención, el significante ‘manteca’, y como, en relación a tu sí, que sabés deviniendo-otro y por lo tanto contingente, la memoria no te dice nada de ese significante, porque si le decías ‘Azul’, quizás algo te decía la memoria, habituada a su símbolo, o si le decías ‘voz’ te respondía ‘vos’, ahora la palabra siendo símbolo-espejo-sí-y-otro-sí, pero, y quizás, sí, tenés razón, no hayas sido vos, quizás lo dijeron en la radio, alguien lo dijo en la calle, se te disparó el recuerdo del almuerzo por algo que negaste y le habías puesto crema de éter a los capeletinis, ¿quién sabe?, o quizás el efecto de Caos, puro, ahí donde debe estar, que es donde parece que no hay nada, y surgió ‘manteca’, y, esta es la condena, esta es la tragedia, la culpa humana, la realización humana de la propia condición diferencial en relación a, por ejemplo, un sujeto-animal-otro, y es que, es cierto, es verdadero y a partir de ahora mucho más, vos sabés que también ellos, animales, son sujetos en tanto son productos del lenguaje, y los ves, maquínicamente, podríamos decir, ¿mecánicamente?, no sabemos, pero los ves tender hacia lo verdadero y objetivo, sólo por el hecho de participar del lenguaje general, de ser-otros de algo otro, de relacionarse con el afuera, y los ves, y reflexionás, y no entendés qué es lo que pasó, cuál fue la catástrofe material, efectiva, que produjo este destino, pero ves la diferencia: vos, humano, sos sujeto, también, porque participás del lenguaje general, en principio, pero a su vez porque, para vos, humano, existe el lenguaje particular, el idioma, y existe el ruido, existe el no-mensaje como una expresión positiva del mensaje, y la confusión, y el sentido, y no es el tomar a esta configuración fenomenológica, particular y contingente y arbitraria como cualquier serie fenoménica de un sujeto social, o como objeto subjetivo tu sí en relación a tu sí, como aquello que te articula y te hace percibir justamente eso, el destino, lo humano, lo subjetivo, el lenguaje y el idioma, su diferencia, el ruido, el no-mensaje y la inexistencia del No como positivo en lo real, y la existencia del No positivo de la lengua en tanto concepto, la omnipresencia de la afirmación aun para vos que sos sujeto de idioma particular, en última instancia, producto de la negación que ejerce la dimensión conceptual-lingüística de su acepción, lo que es, la negación que es el sólo acuñar un No-idioma, una lengua y un Lenguaje, un mismo como articulación conceptual, mismo en tanto esta articulación nunca es inocente y tracciona, por lo virtual y lo demás en la memoria, significado al significante, y entonces el idioma, cuando se toma a sí mismo como objeto de sí, cuando produce un No-de-sí-mismo por efecto de que es expresable, significa –y este es el con-texto, lo virtual del significante, la positividad de la articulación conceptual – pero, gracias a Dios, disponemos del simple e inocente término que es el No que propiamente como No absoluto no puede aparecer realizarse, ya que desde acá, desde el sujeto este, no hay sino modulaciones de la afirmación -pero ese No, es cierto, en su misterio nos desvela, puesto que, y arriesgamos, y conjeturamos, quizás sea cierto lo que nos dijeron, lo que escuchamos, lo que nos fue revelado, ya ni sabemos la fuente, pero decíamos, quizás sea cierto que el No sea, en sí, el único concepto que, por su propia designación, sólo existe positivamente en la dimensión de la conciencia, y de hecho funcionaría como garante de la autonomía de esta dimensión, de la escisión del sujeto entre abstracto y concreto, ya que, es necesario, siempre necesario, esta diferencia sea insuturable, un No en absoluto, la representación concreta y verdadera de la diferencia pura, o del Caos, al que, no sólo que no se le puede asignar otra cosa más que el nombre y la conjetura sino que, si le ponemos un significante, lo tira a la mierda, y esa es su forma de revelarse: desconfigurando, des- produciendo, garantizando -descendido primero del devenir, que hace que lo que hay permanezca siendo una conjunción de él, ya que continuo ‘y’ vario, ¿no es en realidad el negativo del devenir?; y también, es el la forma propia de nuestro idioma de expresar que hay una síntesis y continuidad conceptual en esa ‘y’, y ¿no es esto posible por la diferencia que imprime el Caos y nos posibilita la síntesis?; pero también podemos decir, continuo ‘o‘ vario, en tanto la disyunción no es exclusiva en el español sino también inclusiva, y, por ende, la forma específica de articular esta diferencia de nuevo que se muestra haciendo por completo (por el Caos, garante de la lengua y el Lenguaje) y produciendo al pie de la letra la representación que la contemplación ase en la percepción, pero siempre manteniendo su condición de sujeto: no nos olvidemos: al menos dos, de lo que sea, de lo que quieras, pero al menos dos.Cualquier afuera constituye al cuerpo social como objeto específico del que el sujeto particular deriva su constitución, en tanto de él deriva su lenguaje particular, su idioma, y con éste internaliza las normas con las que rige ese Socius tanto las relaciones intersubjetivas como con los no-sujetos. Pero lo interesante de la adquisición del lenguaje particular es que de él también recibe objetivaciones de lo que existirá para este sujeto – sin distinción fenoménica entre su realidad conceptual, positiva, experiencial, o propia del continuo, lo que fuera- y a su vez (y esta es la cuestión relevante de la negación) lo que no existirá para el sujeto –pero ya no por su indistinción del continuo sino por una imposibilidad estructural del idioma. Por ejemplo: una homofonía, en tanto el mismo fonema se corresponde a los grafemas ‘s’ y ‘c’, produce una recurrencia nuestra a decir “ase” pero a la vez estar diciendo “hace” en este español argentino – entonces, si bien leemos la ‘s’ puesto que escribimos ‘ase’, la ‘c’ (el estar diciendo ‘hace’) se hace presente en la dicción interior del lector -y también, entonces, podemos decir que no es inocente cuando aducimos que lo que produce la recurrencia del uso de ‘ase/hace’ justamente es esta dimensión de la homofonía en que diverge el sentido de lo que decimos, y no al revés, que el sentido diverge en sí por efecto de la homofonía. Lo que queremos decir es que esta es una dimensión completamente negada a un sujeto de español de España, ya que el ceceo hace que la dicción reproducida mentalmente al leer ‘ase’ no se condiga con el sonido de ‘hace’ y por ello pierde el sentido, la existencia (literalmente decimos: le es negada su realidad por una imposibilidad estructural del idioma) que graficábamos con esto. Y, por lo tanto, la cuestión relevante de la negación se da en tanto el idioma articula la realidad, insistimos, de forma contingente – pero a su vez, como no pueda articular a la Cosa real, la niega en sus imposibilidades estructurales. Estas negaciones estructurales de un idioma funcionan, en efecto, como indicadores de la representación que el sujeto de éste producirá del devenir, de la Cosa, del continuo y lo vario, puesto que: en nuestro ejemplo, tuvimos revelar la doble dimensión en la que utilizamos el ‘ase’, pero, a su vez, el sentido del texto ya funcionaba hacia ambos lados intencionalmente, por lo que ‘hace’ está implícito en el con- texto, en la ilación de significantes –ahora bien, lo que nos es negado a todos como sujetos del lenguaje general, lengua y Lenguaje, aquello que es positivamente existente (aunque no podamos objetivarlo) e imposible de articular para nosotros (lo que lo vuelve inexistente): eso será lo universal de la experiencia de lo verdadero. De la misma manera, la imposibilidad estructural con que el idioma se distancia de la Cosa, produce una no-relación de inexistencia con ella, un vacío que es positivo en la experiencia aunque nos sea imposible al concepto y experiencia, lo que existe es positivo: esto como sujeto nos es, entonces, afectado, queda escrito por esta positividad directamente en el sí, en la experiencia más elemental de lo real –y es, entonces, esta la imposibilidad de articular en ese aspecto cualquier positividad que escriba la Cosa, el devenir, imposibilidad producto del lenguaje como necesidad y condición aún en sus modalidades, en tanto no se puede relacionarse con eso ni directa ni indirectamente, y por ende no se puede falsearlo, lo que luego, como decíamos, se manifestará en la verdad positiva del concepto como representación: la Cosa misma, para el sujeto –pero como es su lenguaje particular a partir del cual concibió la realidad del afuera y de la subjetividad y el sí y se diferenció de estos como sujeto, y a su vez, no diríamos que obturó su real, pero esa dimensión de la verdad positiva, de lo objetivo en tanto tal, se volvió la sustancia misma de la realidad, y podemos decir que esa verdad es necesaria en tanto es la parte viva de la realidad, hace a lo real mismo. Lo mismo constituye al continuo indiferenciado del cual el sujeto es efecto por existir en el lenguaje general antes de tener lenguaje particular, y si asume la postura de la lengua aunque ya no sea indiferenciado puede retornar, y cuando se realiza de los efectos del idioma en su percepción, y del Lenguaje como tal luego -y cuando llega a ese continuo, y al igual que le ocurre por tener cuerpo, no puede ser ahora lo que había sido: su condición para acceder a ese continuo es la existencia del al- menos-dos que es propia de cualquier lenguaje, y en tanto en el particular es un régimen de diferencias, de relaciones diferenciales –y es por esta cuestión que decimos que la experiencia de lo verdadero es la del continuo y lo vario – queremos decir: sí, sabemos que el continuo es una sola cosa pero reconocemos que el retorno a eso ya no es posible, entonces sólo podemos, y es necesario, acceder desde una relación de al-menos- dos: sujeto y objeto, sí y No, siendo este Dos la experiencia en su mínima distorsión posible del continuo y lo vario –puesto que se reduce a su mínima expresión, a la representación más simple posible de lo que la Cosa es -pero, seamos honestos, la experiencia concreta nos dice que cuando llegamos al continuo había un montón de significantes ocurriendo en simultáneo y por eso le dijimos lo vario. Es la Cosa, la misma Cosa que hace 2500 años, de la que Platón creía que recordaba de antes de la vida por el alma inmortal que había existido antes que encarnar en su cuerpo (reminiscencia, lo llamaba). Desde acá vemos distinto, y es que la experiencia formulada en la forma de recuerdo es la simple obturación que el idioma y la lengua general hacen sobre lo más evidente y autoconsciente y obvio de la cuestión de tener lengua: la verdad de la lengua. Esta verdad, escrita antes de la interiorización del lenguajeEn tanto así lo sintetizamos, lo igualamos con relación a la unimultiplici- dad de Plotino. Y a su vez reconocimos el carácter que este le atribuía de existencia positiva y real, en la propia dimensión de las ideas, a las ideas múltiples. Y sin embargo reconocía la primacía jerárquica del Uno que se manifiesta allí como lo común de esa unimultiplicidad., la que decimos escrita en el lenguaje, escrita a través del lenguaje, y escrita después del lenguaje, es la que produce el efecto de lo que se llama represión –y esta represión es necesaria puesto que así la Cosa se manifiesta, se representa, y mueve al mundo: de ser Real se hace sustancia de la realidad y es, diríamos, tan excesiva en relación a los recursos de nuestra lengua que sólo puede saberse no sabiendo. La docta ignorancia.MitografíaRepresentación y experiencia subjetiva la LenguaQuizás no sea tarde para aclarar que lo llamamos devenir, en tanto Devenir-puro o Devenir-absoluto, por la paradoja que procede de que, siendo quieto, directamente en sí idéntico, etc., no deja de ser, en nuestra articulación, en nuestro proceso de acercarnos a su realidad y verificarla, Devenir –pero la mayúscula -que lo absolutiza al designarlo- lo que indica es: Deviene (no deviniendo; y por ello es lo único idéntico a sí), o bien decimos que es Idéntico a sí sin mediarse (y en esta igualdad directa se da su Devenir no deviniendo); y también Deviene sin otro (y ni siquiera Deviene su Sí); Deviene-Mismo porque no puede haber otra cosa en su nivel estructural; o, también, su identidad como Devenir absoluto, y por ello Identidad absoluta que positiva en el sujeto a la identidad, lo hace consistir, conservar su coherencia, inclusive desde el devenir-otro que es su posición real en la escisión del sujeto. Luego decimos, desde acá, que del Devenir en su relación de identidad también se produce el absoluto y directo Sí (que podría ser otro de sus nombres). Sin embargo, esto quiere decir que si forzamos una relación con un otro para adaptarlo a la fórmula del sujeto sería: D = D si y sólo si D es directamente D y a su vez si y sólo si D = D; o bien, si usamos la figura del otro, D = D si y sólo si D no puede ser indirectamente D y a su vez si y sólo si D = D. Esta tautología es lo que hace que le atribuyamos una Identidad absoluta, de garantía para la identidad positiva, y la consecuente realización del continuo y lo vario. Continuamos especulando. También decimos de él que Produce efectos (sin causarlos; y es su Sí absoluto la condición de Causa); y que es No relacional o directo Sí (y está expresado, implicado, es deducido, es consecuencia, es el tender-hacia y la tendencia y de lo que tiende todo lo que existe –sin embargo, de nuevo, no se relaciona con estos); y también es Verdad-sin-ser-Verdad pero porque es Real-sin-ser- Real pero porque es Identidad-Absoluta o Siempre-Mismo-Sí (nosotros, en la lengua, sólo podemos hablar de Verdad y no acceder a ella, y de lo Real y no experimentarlo directamente, pero estos son conceptos que realizan como existentes positivos la Identidad del Devenir, y luego se produce la jerarquía o, si se quiere, el orden de despliegue para la conciencia: es su Identidad-absoluta lo que lo hace tal, y, al ser no-relacional, le atribuimos la Verdad y lo Real, porque la Identidad es condición para producir esos conceptos –Verdad y Real dependen de su Identidad, a diferencia de lo que el sentido común – neo/platónico- podría insinuarnos de la Verdad o lo Uno como jerárquicamente superiores –entonces, la existencia no es criterio de verdad, y lo vimos graficado en las realizaciones de la distorsión en el lenguaje y por ende en la percepción y la conciencia; la articulación argumental y lógica no es criterio de verdad, y lo vimos en la cuestión de la articulación conceptual verdadera que no consuena; la Verdad, para nosotros como sujetos, depende de su relación positiva siendo configurada por la lengua particular para realizarse aquello que implica la lengua general y, tras ello, se debe verificar su positividad en la manifestación concreta de la percepción y la experiencia –y este despliegue, su condición, depende de una cuestión elemental en nuestra jerarquía: la identidad, que se muestra realizada como positiva y evidente a la percepción (en tanto reconoce lo vario del continuo fenoménico y esto sólo puede ocurrir si la identidad ya está en el lenguaje –que ya está escrita en el lenguaje, decimos) y a la conciencia en abstracto también (en tanto lo que en sí es símil se toma como mismo y ambos son producto de la identidad positiva); en la conciencia el movimiento que realiza su positividad y evidencia es el de igualar bajo lo mismo mediante el concepto, y esto reconoce lo vario también como positivo –y hace este movimiento de símil a mismo en función de asociaciones (abstrae)- y realiza al sujeto, por lo tanto, que sudiferencia está, también, escrita en el lenguaje –pero sucede también que le indica que lo Real, si es captado, deja de ser lo que es en su especificidad, pierde su identidad como Real –sin embargo esto se muestra necesario en tanto la lengua produce categorías, ideas, criterios, etc., que nosotros referimos simplemente como conceptos, y mediante su articulación racional se manifiestan positivos en la percepción y en la experiencia -lo que quiere decir que lo Real es inaccesible en sí, pero susceptible de ser conceptuado y perceptuado y por ello realizado como verdadero y universal etc., y esto sólo es posible si tanto el sujeto como lo Real tienen una identidad.Dicho esto, insistimos: la Identidad, la necesidad de encontrar un principio absoluto de Identidad, lo que universalmente es siempre igual:1) Está implícito en el lenguaje particular en tanto los significantes significan y en tanto este lenguaje es posible para el sujeto independientemente de su carácter distorsivo.2) De lo que luego deriva la realización de la positividad del lenguaje general como productor y producido por una distorsión fundamental y necesaria3) De la que, a su vez, se deriva la realización que el lenguaje general es traído a la conciencia como concepto mediado por el lenguaje particular, y por ende que su positividad –el relacionar a lo vario- es verdadera y de manifestación es contingente por la mediación del leng. particular.4) Por lo que la razón se realiza de que cualquier forma de llegar a lo verdadero mediante el lenguaje jamás será confirmada por la experiencia en su positividad, y emerge lo obvio: abandonar el instrumento.Esto es lo que propicia a la experiencia armónica y sublime del continuo y lo vario –puesto que el cuerpo tiene memoria y está escrita de experiencia con la lengua, y la lengua memoria y es que los significantes –vectores de relación- precisan de otros significantes para funcionar, y allí se evidencia la configuraciónhipersubjetiva del lenguaje particular aunque haya sido heredado del Socius –por ejemplo: lo que en psicoanálisis se llama ‘asociación libre’ funciona desde el reconocimiento del analista de que esa asociación no es realmente “libre”, ya que los significantes como tales sólo pueden emerger y encadenarse al discurso según su relación específica en el sujeto. Y lo que es más problemático aún es que en las fisuras, en las rupturas del flujo de esa cadena de significantes, se evidencia la escisión del sujeto en relación a sí, sus múltiples posturas de su sí como objeto para su sí –manifestándose, por ejemplo, en ese decir de otra cosa de lo que queremos decir en el decir que es propio de nosotros los hablante. Cuando intentamos comunicarnos, cuando intenta- mos significar algo, el significante jamás es directa y biunívocamente relativo al significado, y el significado es, propiamente, objeto sólo del sí en relación a sí, una incomunicabilidad –esto, lateralmente, nos señala que acceder a la verdad de la Cosa, al continuo y lo vario, implica un ejercicio de psicosis, de irrealidad, del haber-algo-fuera-de-lugar en el sujeto que acceda, y lo advertimos al hablar del silencio, la suspensión activa de la juicio y el lenguaje -que quiere ser aunque no pueda, una suspensión absoluta. Decimos, entonces, que el sujeto sabe que es condición de sí, que precisa del lenguaje más elemental, una relación de al menos dos significantes para existir y que, al acceder al continuo y lo vario, en el mejor de los casos, en términos de lo verdadero en la representación, la conciencia se realiza de que todo lo que hay en ese momento es la relación directa entre lo que ocupa la posición del sujeto y lo que ocupa la posición del objeto sólo si son significantes vacíos positivos, y como es subsunción hace que sujeto-objeto sean una sola cosa, la relación inmediata de otredad para garantizar el al-menos-dos que precisa la experiencia es con el No como negación absoluta positiva y afirmada –lo que antes dijimos: la posición del sujeto es ocupada por la continuidad sujeto-objeto fundidas como una cosa sólo si son significantes vacíos y por ello casi- mismos, en relación a la posición del objeto que es ocupada por este No –y decíamos: es como la relación del Dos (continuidad sujeto-objeto) con el Cero (No como negación absoluta positiva y afirmada) –pero, ¿qué queremos decir por continuidad sujeto- objeto como mismos sólo si son significantes vacíos?: que, a diferencia del sentido o el sinsentido, de la euforia mística o la Locura y su horror, esta mismidad constituye propiamente a un observador ecuménico y pasivo: es el acto de la contemplación producto de suspensión positiva del Lenguaje en donde pueden superponerse por su vaciedad y ser lo mismo como Dos –y que se manifiesta como infinito positivo, tanto en el sujeto subsumido por su mecanicidad de infinito pliegue como en el objeto subsumido en su mecanicidad de infinito-tender-hacia o devenir, sólo en la superposición que posibilitan sus significantes como vacíos y mismos y a sus efectos como modalidades mismas de lo mismo, y esto es lo que positiva la síntesis de lo que era dos haciéndose mismo como uno en el Dos-mismo –y ese Dos como tal hace que se produzca por su mismidad inmediata el movimiento de determinación entre sí y el Cero, afirmándose ambos como uno –y esto porque el Cero al afirmarse en tanto No traduce de forma positiva la identidad del No que es inmediatamente sí sólo en su posición estructural, y ambos comparten en este nivel el nudo identitario de sólo poder ser su propio sí al no referirse a ellos, por lo que el Cero metonimiza en este nivel la condición del No de su inmediatez consigo sólo en su nivel –entonces el Dos se determina a través del Cero que en realidad funciona garantizando la operatividad del No como negación absoluta de inmediatez consigo en su nivel que se manifiesta en el nivel del Dos y el Cero como la afirmación positiva del cero, que sólo se afirma a sí mismo en su absoluta ausencia –y el Dos, también, en realidad funciona garantizando la operatividad del sujeto-objeto como uno en la posición del sujeto al positivar la síntesis en su dimensión numérica y por lo tanto en su mínima expresión posible –entonces la expresión de la fórmula en que es “como una relación del Dos con el Cero” sólo es una operación simbólica y a su vez necesaria de lo que ocurre con lo que ocupa la posición del sujeto y lo que ocupa la posición del objeto –esto es el continuo y lo vario propiamente: la realización de la verdad del devenir que está escrita en el Lenguaje, representada sólo como infinito positivo de la relación directa sujeto-objeto en la posición del sujeto y en la posición del objeto estando el No como absoluto negativo –sin embargo, esta formulación no aclara que la representación del infinito como positivo sólo es posible si el No permanece en su nivel estructural ya que sólo allí es negación absoluta como negación e inmediato sí mismo en su inmediatez consigo, y que esta relación de elementos desiguales sólo es posible por el espacio de mismidad entre ambos que abre la formulación simbólica como la relación de lo Dos y lo Cero.Ahora, sin embargo, creo verlo -lo siento emerger en forma vaga y me ocupa como otro de mí en mí, y eso es su manifestación como la revelación o reminiscencia, modalidades de lo mismo, que me dice conmigo a mí: yo no tengo que cruzar el Infierno para acceder a ese saber que está ahí, tapado por las capas de las memorias y sus artilugios, y que no sabiendo igual sé –no, yo no tengo que atormentarme en la locura, y sólo tengo que hacer un verdadero silencio -y eso, lo verdadero, la manifestación en mí de lo universal, saldrá a ocupar la conciencia: invadirá a los significantes y en cifra y tendré que descifrarme: pero sé, sé que lo que estoy buscando no es un trauma, un evento, una significación intensa que explique o clarifique mi capricho, mi contingencia en este cuerpo y su experiencia -lo que estoy buscando es la verdad de la lengua, lo que está escrito en el lenguaje general antes de ser obturado, suprimido por el particular, y de nuevo enterrado por el artificio de aquel viejo y nuevo mundo y primitivo mundo que está escrito en la lengua y sus realizaciones –lo que estoy buscando es la realización de la lengua -y de repente se vuelve evidente, clarísimo: bien, hay lo verdadero, hay lo real, y en la lengua está escrita la positividad de la identidad desde antes de que yo sea –y ya me han dicho estos muchachos que de la identidad, del principio de verdad universal de la identidad, de ello depende que haya lo verdadero, que haya lo real, puesto que si lo verdadero es también un devenir-otro, si lo real es un devenir-otro, si lo universal es un- devenir otro, la diferencia, los fenómenos, los sujetos, las cosas otras de cosas otras, que es otra manera de decirle a la identidad, nada podría ser afirmado como sí sino que, realmente, en ese caso el algo no podría ser sino el continuo indiferenciado, y como indiferenciable positivo no podría producir nada concreto; y ahora lo veo, lo que me dijeron, lo repetido, la doctrina y la negación, el Sí absoluto y su No: si algo, si efectivamente algo puedo asumir su principio, tanto en la conciencia como en la experiencia, al respecto de su concepto, ese algo nunca fue más obvio: la constante, en relación mí que soy sujeto y que me escindo, es el devenir –lo que no deviene otro, lo que siempre es idéntico a sí mismo, que no puede devenir otro porque es en sí directamente lo que hace y lo que representa, es el devenir –y, escúchame, por favor escúchame aunque me sientas otro usando tu voz en vos –no me estoy repitiendo, no estoy haciendo manierismos esquizoides –¡no!, lo que quiero decir es que no es ese Devenir absoluto, la Cosa real, sino esta representación concreta en la experiencia –porque tampoco este concreto presentarse del devenir puede ser en relación a otro, y esto lo pone en la misma dimensión de todo lo demás existente ¡pero con una conformación privilegiada de sola auto-relación! -¡ah!... y tampoco puede tener diferencia, puesto que si hay lo diferente a ese devenir que siempre deviene, no podría ser otra cosa que una quietud, y esa quietud, ya fue realizado, no pertenece a esta dimensión en la que soy, ¡no puede haber lo quieto existente en el tiempo y el espacio! –entonces yo, que me entregué a una cosmogonía, lo tuve siempre ahí: esa expresión concreta, en la percepción, positiva y real y verdadera del devenir, esta expresión ha de ser, ha de contener en sí, un principio, una referencia, un valor de verdad como identidad pero desde acá – y sin embargo, ¡ah!... me veo de nuevo con la paradoja: no puedo asirlo, no con el lenguaje porque su hacer es un ir –y entonces, en cada existir, en todo lo que, por un segundo, caiga en la ilusión de ser sí: el devenir lo hace tender, tender-hacia-infinitamente, le muestra su tender infinito –y en cada pliegue, en cada manifestación de mi sí, el mismo efecto: escribirse en lo que parece ser y tenderlo- hacia, aunque sea, símil, pero ya no mismo -¡ah!, aquél quietísimo absoluto, el Sí, este es su efecto existencial: que sólo él realmente sea -y este es el revés del concreto devenir: quietud y silencio marmóreos, inaccesible Sólo-Sí –y este su tender-hacia, su verbo: la verdad de la lengua, el producto del Caos: tener que decir, imitando a lo quieto, modulando aire curvo que cuando llega a ser ya no es –y si es, si se dice ser y significar: no puede ser sino ilusión -esta palabra, la palabra que descentra, la palabra imprecisa, el vicio de haber hecho silencio –pero ya es tarde… ahora, si puedo, voy a ir -y puedo volver: ¡ahora lo veo!, ¡puedo volver! -pero ¿debo volver?: el pliegue infinito del sí en sí mismo, la potencia de la autoconciencia de tender en sí infinitamente: así lo verdadero se sostiene, así se evita que me se deshaga, desorganice, despersonalice –y me hunda en la Locura, aguas oscuras y las agujas terribles de la ansiedad: el uno riesgo de jugar esto –y, ¡ah!, ¡se me vuelve tan claro!: si algo, en efecto, si algo ocupa el lugar que simboliza el sí en mi idioma, esa presencia en la lengua, eso es el devenir: puesto que, aunque me sea negado lo existente, está ahí, cifrada: la expresión que la letra prohíbe, una runa y un jeroglífico –y la negación, el no, lo ausente, ese vital No de lo real que no niega sino que traduce a la pregunta, a la Pregunta misma de tener conciencia, y percepción, y lengua, y esto sea entre sí y en la razón y en la experiencia, y que esto sea lo humano: su Sí, su absoluta tendencia a afirmarse devenir mediante el no –¡su escribir el No como es allá!: ¡que todo lo que sea, no sea! –esa manifiesta crueldad… y nuestro acto, el Teatro: nos ponemos las máscaras para contemplar –porque, es verdad, lo reconozco, es imposible que si no existe deje efectos, que es lo mismo que decir: aquello que no nos significa: y si niego algo sólo lo hago presente como otro, y por ende lo afirmo, y si sigo y niego la negación se abre el Sí, ese que no podía ser sino a través de la necesidad de su otro –que se garantizó perpetuamente en nuestro nunca ser -y si digo, simplemente digo, ni siquiera afirmo: hay, si digo lo que digo aunque falso hay –el espacio, es ese el espacio se me muestra cuando digo hay –pero hay una consecuencia del no, ¡la tortura del devenir negativo!, de ese no que ha de ser su acá existir ¡afirmando que jamás seamos!, y que se nos presente funcional en su significado, engaño vil: todo lo que nos existe, todo lo que llegamos a hacer presente y contemplar: no hay excepción, realmente, realmente digo que no hay excepción: yo que soy sujeto, yo que soy humano, veo lo que hace: a cada cosa que afirmo, incluso si la niego, ese No, ese No que es la diferencia, que se presenta positivo como diferencia, que es condición de lenguaje y su verdad, que existe en tanto hay sujeto en la realidad, ese No nos hace dudar ante lo verdadero, de introducir el corte en la conciencia –y ese No así absolutizado puede bien ser la verdad del devenir concreto, ¡la garantía existencial de la inaccesibilidad del Sí! –pero estas son, me realizo, potencias suyas -la gran tragedia ese No absoluto, ahí afuera, y coextenso a lo existente, tanto positivo como devenir, la gran tragedia es la pregunta –pero, ¡ah!, no es la pregunta explícita, lo que hace el signo, un problema –es, ante lo vario, ante la multitud de lo que existe: ¡todas, todas esas diferencias, tanto de lo símil como de lo mismo!, ¡tanto de lo distinto entre sí como del tiempo y la memoria y todo!, ¡todo fenómeno que se distinga de otro!, es, ¡ah!... en última instancia, un enigma –y si ahora sé, en efecto sé, desde la razón hasta la punta de los pies, y reconozco al devenir, no en su allá, sino este, este concreto que es lo igual concreto y se mostró: asiento su verdad, y voy sintiendo emerger, ser revelado, volver de la muerte, a lo sabido, a lo verdadero sepultado –y esta es la cuestión, la inadmisible cuestión de la negación: si resuelvo, supongamos, a mí, en mi experiencia, a través del devenir, inclusive en silencio, inclusive si no puedo comunicarlo, pero sé sin saber, en la docta ignorancia, toda ciencia trascendiendo, y sin embargo, ah, finito yo sin sí, y mi cuerpo, y con él lo verdadero -porque el No es, para esto, para esta condición de sujeto que vive, esa gran pregunta que orbita: la muerte… Entonces está claro, no es esto, definitivamente no es esto. Porque hay un Sí absoluto que es igual a sí directamente y es, en esta expresión, en esto de ser sujeto, el devenir –mejor decir, categórico: el tender, infinitamente tender, y que todas las posturas, y lo realizable, y lo verdadero, y cada sí posible: nunca sí, pero, ¡ah!, en esta memoria, ¡inscrito!, ¡de una vez y para siempre inscrito! Y si hay, si llega a haber un sí que garantiza que olvide, y me organice allá, del cuerpo y su lengua ahora tan lejos, y me haga coherente, ¿por qué el alma, entonces, mito, ha de ser ficción, si ya hemos visto que lo infinito, y también lo eterno, de ser allí, en la conciencia, pueden, en efecto, revelarse, escribirse en la memoria sutil que es el concepto? ¿Qué si esa inaccesibilidad a la Cosa es una necesidad también? -para otro fin, también, para una verdad que me ciegue, es posible, y que ni siquiera alcanzo a especular… –pero ¡no!, ¡ahora me niego!, ¡ahora enceguecido por la pregunta afirmo mi finitud! Por eso, al final, por ese péndulo que es la pregunta y la especulación –por ese no que me habló esto: lo único que puedo hacer es recurrir al silencio, a que lo que haya ahí, en la lengua, verdadero y escrito, se muestre -¡y matándome termine este Infierno de no ser!Era Caos, el real y puro Caos, que no pertenecía, era evidente, puesto que no podía afirmarse en su puro movimiento y determinarse sino que, al contrario, eso lo desharía, y resurgiría, y se desharía, sufriendo eternamente la paradoja de su existencia y a su vez no pudiendo liberarse de su necesidad, ese Caos que era allí solo, y decidió, por ende, determinarse, especular con lo que debía haber y usarlo, aunque ausente, aunque negado en su sí - ¿cómo iba a ser de otra manera?- para determinarse –entonces, su otro, el Sí, reconoció su necesidad –todos sus efectos, todas sus extensiones, son, en efecto, necesidad –y el Caos sabía que tendía- hacia eso que lo deshacía, sabía que mediaba presencia y que en realidad la ausencia era un efecto suyo, por lo que, ante la imposibilidad de llegar a aquello, a lo Real, a la Verdad de su No absoluto, tendió hacia la Cosa, tendió hacia las modulaciones de la Cosa, efectos de la Cosa -como necesidad, como su trágica necesidad –y reconoció, entonces, que sólo podía hacer un movimiento: y negó al tender-hacia y se hizo realmente sí, un No, el sólo No –y lo vio y se aterró de sí y dijo: no una simple, una representativa negación –reconoció su desequilibrio, su descentramiento: reconoció a la Locura –y cuando la Verdad y lo Real se encontraron, y se dieron cuenta de que su tender ya no era posible, que el Caos había negado al tender-hacia, cayeron – entonces la Locura, en su efecto, se tiñó de su causa: ese No, ese absoluto No, y vio que no podía ser ahí –y caían, la Verdad y lo Real caían, y la Locura se hizo carne en ellas y tuvo otro y empezó a ser sí -y lo contingente y la necesidad fueron efectos suyos que también se hicieron carne en ellas –y ya sin poder tender hacia la Cosa, lo Real y la Verdad se fundieron -pero el Caos, al leer lo escrito en su síntesis, las negó –la diferencia dejó una estela de éter en su efectuarse: fue allí donde se produjo la Lengua, que cayó del Caos, y tendió más y más abajo, y abrió el espacio y lo creó -entonces las libres de allí, la Verdad y lo Real, metamórficas, reconocieron al devenir en el tender de la Lengua, y también tendieron –pero el Caos, subrepticio, reconoció que él, No de la Cosa, ocupaba la necesidad formal y se glorió de ser el principio mismo de que haya, positivo, más que ese Sí –e irreflexivo, histérico y tirano, reconoció a la Lengua, que estaba acompañada de lo Real y la Verdad, y la observó, a la Lengua, la que se mueve y produce el espacio y lo relaciona, y el Caos la ocupó como ausencia y la negó: y al negarla de su absoluta forma, la usó -la usó en sí en relación inmediata a sí y así le escribió a la contingencia en la espalda a la Verdad, y así le escribió a la necesidad en la espalda a lo Real, y a las tres, en conjunto, las hizo sujetos de sí, y fueron sujetos -y la Lengua notó su efecto, y la Verdad notó su efecto, y lo Real notó su efecto -pero como lo Real y la Verdad eran anteriores, no fueron escritos por la Lengua, y entonces la Lengua recibió sus tres signos (Locura, Contingencia, Necesidad) y existió –y fueron estas como signos también sí, y se escribieron y conjuraron, en su escribirse en la Lengua por el efecto de esta, en el hablar de su relación, a la Confusión –fue así que la identidad se desplegó, y atravesó el Caos, y su verdad se escribió en la Lengua -porque era necesaria, porque era contingente, a lo que la Locura hizo silencio –porque era necesario, porque era contingente –Entonces el Caos, al participar de la verdad de la identidad a través de la Locura como su efecto, reconoció que esta verdad no era producto suyo sino de la Cosa, y bramó, y notó luego que su bramido era otro al caer, y se hacía más otro, y se dio cuenta de que sólo era él Caos en su naturaleza horrorosa, allí, en su lugar de inmediatez consigo, y entonces ocurrió la creación: porque el Caos, al producir sujetos afirmando su negación en ellos, concibió, sin saberlo, a los objetos como consecuencia inmediata de la escisión que puso en ellos -y la Verdad y lo Real recordaron su contingencia para tender a la Cosa y su necesidad de tender a la Cosa, y se manifestaron reconociendo que no podrían tender desde la negación absoluta, desde la diferenciación, que él, el Caos, intermediaba cómo inmediato-después de la Cosa – reconocieron que el Caos, al determinarse negando aquel tender- hacia primigenio, se volvió necesidad real y verdadera de todo movimiento que pretenda tender a la Cosa –y, al verse la Verdad y lo Real expresadas en el Caos con la carne de su espalda que eran contingencia y necesidad, ocurrió la autoconciencia -y se trataron la Verdad y lo Real a sí como sí y como otros entre sí, y existieron y emergió la Positividad y efectuó materia indeterminada -y la materia empezó a caer ocupando el espacio que había abierto la Lengua y por ello la Lengua reconoció su Sí, y se tomó a sí como sí y emergió la realización de sus efectos: entonces, al reconocer a lo verdadero y contingente y a lo real y necesario de la identidad que yacía en ella, se negó –y la Locura suspendió al sí de la Lengua disociándola, y se produjo la positividad de la identidad en ella -y fue entonces que emergió, de la potencia de esa positividad ahora escrita en la Lengua como Lengua, la Cosa, que en su efecto absoluto, Sí de la identidad, plegó a la Lengua en sí y esta realizó su infinitud – fue entonces que, donde estuvo, donde estaba y donde iría, surgió su tejido relacional con la forma del continuo indiferenciado – y este efectuó al tiempo como su inmediato-sí, y el espacio abierto se confundió con el tiempo, y la materia indeterminada los tomó de receptáculo y se escribió –pero el Caos, que aún no consistía, fue atado por la Contingencia y la Necesidad, y fue así que como absoluta negación se diferenció de la Verdad y lo Real y con su movimiento les sembró un espacio -y la Necesidad y la Contingencia fueron positivas, sí para sí mismas, y desplegándose hacia el espacio-tiempo y la materia indeterminada que efectuaba la Lengua, y la alcanzaron -entonces la Realización se hizo positiva, y volvió sobre los pasos, tendiendo a la Cosa, y reconoció en sí a su efecto y se autoconscienció, y ocupó al Caos y se efectuó –entonces el Caos se tomó a sí como sí, y se hizo positivo como ahora es y fue y será: diferencia pura de lo diferente a través de lo diferente, y ya no tendió a la Cosa, separándola de todos sus efectos, de toda su manifestación, y se hizo positiva su inaccesibilidad –y entonces el Caos perdió su tender-hacia, y, para no disolverse, se desplegó, como sí, hacia abajo: fue entonces que la verdad contingente de la identidad, presentes en la materia y el espacio-tiempo, posibilitó que heredaran de la Lengua la potencia de su Identidad absoluta de la Cosa, y lo vario de lo que existió, existe y llegará a la existencia, se escribió en el espacio y el tiempo y la materia, y el éter fue–y el Caos, en su movimiento inmediato, negó a la Lengua desde su positivo, y la ocupó y realizó al sí del sí de la Lengua de su manifestación contingente y verdadera y real y necesaria de lo vario y he que se escribió el lenguaje general en la materia, y conjugó lo que existió, existe y existirá con el tiempo, y entonces lo vario en la materia devino-otro -pero he que se escribió a la vez y en el mismo movimiento a las infinitas modalidades posibles del lenguaje particular en lo vario presente en el éter y conscienció a lo que existió, lo que existe y lo que existirá en su concepto, y el éter devino-otro -y he que, luego, la Lengua, sujeto de su efecto, reconoció que la escisión del sí de Caos en su sí produjo a lo Mismo, y se realizó de tener en sí escrita a la verdad de la identidad absoluta de la Cosa, y se aterró –hasta que observó, en el devenir-otro de lo Mismo en la materia y en el éter, en concepto y percepción, a la Armonía –y en ese instante de contemplación, se hizo Silencio, y se manifestaron sus efectos: la infinitud de significantes posibles ocuparon lo vario de la materia y lo escribieron y se permutaron por sobre el completo tiempo y lo escribieron, y a su vez, el Significado, cosa sola, discreta, se desplegó en el éter escribiendo en los conceptos su espacio -fue entonces que lo Mismo tendió sobre sí, queriendo autoconcienciarse, y sin advertir las consecuencias se aventuró de su sí en la materia a su sí en el éter por medio de lo vario, producto del Caos, y, al cruzar la negación que estaba escrita en lo vario, se realizó de lo que hizo: en Locura, presa de una ilusión de absoluto, devino-sobre-sí y se curvó en el tiempo- espacio y la materia y el éter, y lo que era Mismo, por efecto de la Lengua, como herencia de la Cosa, devino-otro: fue entonces que lo positivo de lo existente, lo verdadero, y lo contingente, y lo necesario, y la realidad, todos devinieron Símil, y toda su descendencia fue condenada a la similitud -y emergió la Ilusión –todos los sujetos fueron negados, tanto existidos, existentes y como los por existir: pero la Ilusión, producto de lo Mismo que la causó, desconoció la verdad y necesidad en lo símil: entonces negó a los sujetos en el lenguaje, por efecto suyo, bajo su propio despliegue, y articuló al ‘No’ primero, que es imposible, que es indesignable desde la afirmación de lo vario y la identidad escrita en la Lengua -pero remite a la verdad de la Ilusión, y al origen de este misterio en el lenguaje, y el origen de la muerte se articuló con el simple negar la infinitud positiva –y luego la Ilusión observó al Significado, cosa sola, discreta, y le escribió lo Símil, positivando al infinito negativo, y así pudo tomar de su carne y encarnó el significado del No -y se realizó luego en la condena de designar positivamente lo imposible para la Lengua, y así definió su límite y tanto el lenguaje general como el lenguaje particular ocuparon la totalidad de lo vario con la seguridad de no ser asidos por la negación absoluta del Caos gracias a la positividad de lo imposible para la Lengua –y el Caos estaba ahí, esperando, y ahora tenía sentido, se evidenciaba su necesidad -entonces se desplegaron los infinitos significantes sobre el infinito símil de lo significado y la materia se confundió con el éter y viceversa –y allí emergieron los instrumentos: la razón y la percepción, la conciencia y la experiencia, la memoria y el cuerpo, el Lenguaje y los idiomas -y mientras los instru- mentos emergían ocurrió la Contingencia en su efecto: los sujetos de sí reconocieron la dimensión autónoma de la conciencia y la positividad de los conceptos, y sin todavía realizarse a su respecto, emergió la teoría, y emergió la ficción –y la percepción respondió a los efectos distorsivos de la Lengua especulativa, y lo que antes era claro y evidente y manifiesto, se oscureció: ocurrió la Locura en su efecto y ocurrió tanto que devino-otra y se similó y se asentó y se escribió en la memoria material, y así se replicó como sí y se repitió y se cegó y cegó tanto que ya era inaccesible a los sujetos de sí la realización de la más evidente manifestación de lo verdadero como contingente y universal pero a la vez necesario –entonces la acumulación, el efecto intensivo de la ceguera de lo primerísimo u obvio, tuvo efectos –y los sujetos olvidaron y su tender-hacia se volvió errático y no se realizaba en la percepción y sin embargo estaba ahí, escrito en el lenguaje, pero no tenían los conceptos para asirlo –puesto que especularon, y reprodujeron irrealidad, y a partir de la irrealidad manifestaciones de la locura particular, y fue así que, eventualmente, surgió la revelación: era tanto el olvido y tan fundamental lo olvidado que la razón no podía significarlo a la conciencia y por ende lo dejaba bajo un sinfín de significantes acumulados. y si se escurría a manifestarse como sí se manifestada siendo radical otredad de lo que era, y se volvía a sepultar –y se lo dejó oculto para hiciera funcionar al sujeto en un tender-hacia lo verdadero y objetivo, pero pasó, y esto es así, y esto es el origen, que cuando ocurría la realización experiencial de lo verdadero en la representación contingente y universal pero necesaria, era evidente para éstos, los que pasaban el rapto y volvían al cuerpo, que la Verdad les había sido dada, que su representación era la Verdad, y la religión se fundó –era tal la confusión y el olvido y lo olvidado tan fundamentales y tan intensa la insistencia de la especulación, que los poquísimos verdaderos se hipostasiaron como Verdad –productos los sujetos de diferente Verdad, y como sujetos de sí, intensificaron la diferenciación; y cuando alguno llegaba allí, a su expresión de la Cosa, era supeditado a la autoridad de la repetición en la memoria material y también de la lengua –y a su vez, quizás lo más trágico de todo, productos de la diferencia en tanto sujetos de sí, escritas las memorias de lo símil como Mismo, como auténtico, inclusive si se realizaban de lo verdadero como representación, inclusive si se realizaban de la distorsión del cuerpo y la memoria y la lengua, inclusive si llegaban a una forma universal de lo verdadero como en la configuración particular, negaron la consecuencia inmediata del comunicarlo: habían descubierto el poder, el poder real de lo verdadero, de la persistencia de la verdad como potencia, y ocultaron su acceso en códigos y criptogramas, en símbolos y alegorías –y entonces quienes podían deshacer esta ceguera, esta ilusión producto de la disociación entre conciencia y percepción que ya no realizaba, quienes accedían a la Cosa elegían la tiranía o bien porque la Verdad manifestada indicaba privilegio en relación a otros, o bien porque lo verdadero era forzado a armonizarse a la Verdad hipostasiada y operar en sus repeticiones, o bien reconociendo la no Verdad de su verdadero contingente y universal: los que accedían a la Cosa decidían escribirse en la memoria material del Socius y performar la eternidad –ya no se reconocía la necesidad del tender a lo verdadero y objetivo, a la realización: se había optado por la traducción caprichosa de lo verdadero en su movimiento a la posición de la Verdad y la insistencia arbitrarísima de lo símil en tanto mismo, el acceso a la cosa era subrepticiamente heredado o era Azar –emergió el Destino –entonces, después de esto, ya no era una tiranía de símiles en tanto no podían producir razón de igualdad, y digo de reales símiles como sujetos en su relación con su propio sí, sino que era, propiamente, la manipulación intencional y la ocultación: produjeron símbolos, y artilugios y metáforas y verdades de una vez y para siempre, y cuyo efecto principal era estratificar (la igualdad no dependía de una verdad realizada –la igualdad era performada en la superficie y negada en la risa del Poder) y librar a la suerte a los iguales como bestias indignas, como si fuesen expresiones de modalidades inferiores del sujeto en la ficción que construían, en el radical error de hipostasiar lo verdadero como Verdad, y que incluso al reconocerlo era selectivamente olvidado, y tanto lo símil se creyó mismo que se tornó mismo en la memoria material y de la lengua, y tanto se insistió en lo verdadero como Verdad que se tornó verdad en la memoria material y de la lengua, y tanto se replicó la ilusión aunque se reconozca como tal que, eventualmente, se escribió en la memoria material y de la lengua, y la ilusión mal-funcionaba y eso la legitimaba, y la ilusión se escribía sin mediación en el cuerpo pre-subjetivo y se articulaba en el lenguaje particular y se realizaba en el general como la Verdad de lo conceptuado y así se reproducía –pero ahora no podemos siquiera simular ignorar su carácter de ilusión, su movimiento no-necesario y falseante desde lo verdadero a la Verdad, su mecanismo de plantar una serie de significantes-amo para preparar el espacio en el que lo verdadero se manifieste y replique la ilusión hiperdistorsionada, escrita en la memoria material y en la memoria de la lengua, intensificada por la diversificación e hiperespecificidad del instrumental que por no puede sino distorsionar, repetida y escrita en nosotros aunque no lo sepamos en la conciencia, una ilusión que fue tan lejos hasta mutar en negaciones casi-absolutas que tienden a Caos y cuya experiencia de negación absoluta es posible (pero definitiva- mente no necesaria), una dislexia funcional en la que Caos y Cosa son lo mismo e implican lo mismo, y la Locura del infinito negativo que asoma colectiva como único remedio a la intoxicación viciosa de elegir ignorar, de negar lo verdadero, ni siquiera la verdad, lo simple y evidente y verdadero aunque sea sólo por un rato y sólo para uno, y lo que implica este haber lo verdadero, las consecuencias de su positividad –pero contamos con la ventaja de que estamos tan pero tan confundidos e ilusionados que si caemos a un Abismo positivo nunca nos enteremos por no poder significarlo –y contamos con la gran desventaja de que ante cualquier arrebato de histeria colectiva, cualquier movimiento liberador de este habernos momificado con velos sobre velos durante siglos ininterrumpidos, cualquier decir basta que se desvíe significativamente de lo símil como mismo y su repetición obligada, ¡y todavía ni hablar siquiera de pretender un principio de verdad que corresponda a la virtud formal de las normas jurídicas y que las demuestre en realización!: todo porque, de no performar el Teatro del Mundo y sus caprichos, se actualiza la amenaza siempre virtual y animal de la fuerza sobre el cuerpo -¡a quién carajo le importa esa molestia que se llama cuerpo! –y encima lo más similar a una integridad o ética parecen ser las inscripciones hipostasiadas como ‘principios y convicciones’ (menuda delusión el equivaler la verdad de lo correcto con la manifestación de intensidad subjetiva producto de un actuar-concreto), o el viejo y confiable mismo de los valores que siempre están en crisis y que produce lo correcto por negaciones (¿o no venimos diciendo que inclusive la postura que asume el sí es capricho y deviene-otra?; por supuesto, entonces: los valores no están exentos de devenir-otros –pero ¿qué pasaría si la conducta no desprende su verdad y despliegue de lo símil falseado como mismo y asumiendo que ese mismo ha de persistir invariable, y nos enfocamos en la verdad universal del sujeto como sí de sí y aunque esta verdad se exprese de forma, blablá? -¿qué pasaría si utilizamos una herramienta más fiable que la memoria del cuerpo y la lengua y su configuración arbitraria en la subjetividad, que son a todas luces los instrumentos más distorsivos de lo verdadero de los que disponemos, y que ya en la mera figuración de aclararla, en esa dimensión expresada, trae casi de inmediato una infinitud cuantitativa ininteligible, que producir lo verdadero de la singularidad posible en la fórmula “(memoria-cuerpo + memoria-lengua + lenguaje-particular + fenómeno-subjetivo) / acto- concreto” quizás sea una mala idea, digo, dado el infinito cuantitativo, inaprehensible y evidente de posiciones distintas y resultados distintos que están implicados en estos instrumentos, y podríamos pasarnos décadas de producir todas las configura- ciones posibles en este conjunto y saber que, inclusive si lo hacemos, si le sacamos un par de verdades escritas ahí, no dejan de ser, quizás, los cuatro instrumentos menos confiables del sujeto para acercarse o asir o descifrar lo verdadero o lo que fuere, y quizás sea más conveniente, podría ser, y si probamos empezando con alguna verdad universal del sujeto como tal y la vamos desplegando en sus implicancias, y siempre acudiendo a la realización en la experiencia de lo articulado para verificar la consonancia y contenido de verdad de ambas dimensiones, y luego seguimos desplegando esos principios verdaderos, universales y demostrables en la experiencia, y hasta sería muy productivo la mayor cantidad posible de articulaciones de lo mismo según las posturas subjetivas singularísimas, y luego desarrollamos una ética que descanse en principios de verdad verificables universalmente por la conciencia y realizables en la percepción y experiencia subjetiva, y hasta podríamos desarro- llar sus potenciales e inmediatas modalidades, y así usar un instrumento menos distorsivo en sus sucesivos filtros, cuya carga operativa no dependa del capricho, ni la historia personal singularísima, ni de la repetición histérica de ‘convicciones’, ni de la negación subjetiva de actos-concretos, en última instancia, podríamos desarrollar una verdad que sea filtrada en nuestros instrumentos más fiables, para intentar al menos, probar suerte, de armonizar al Socius tanto en la intersubjetividad como en la relación con el afuera, y que, por favor, quizás esto es lo que más pido, probar, jugar a producir una ética que realmente no descanse en el monopolio de la violencia? –¿o acaso, presas furiosas de las ilusiones, si decimos que performar lo correcto sólo por la omnipresente amenaza de la fuerza y no por el valor social de lo correcto como tal, no es ético en tanto se determina lo correcto en relación al Socius pero ese performado lo correcto no cumple la condición de igualdad consigo, y, entonces, el intento vanísimo de articular principios, pequeñas verdades, lo que fuere, está destinado a fracasar a menos que descansen en una verdad universal y demostrable en la experiencia, a diferencia de la animalidad positiva e irreflexiva que es el monopolio de la violencia? A esta altura no sabemos ya siquiera si hay relación con el sí, si no es otra maquinalidad también escrita, si no es una ciega relación con un enigma o laberinto: y pensamos en aquellos que, vínculos mediante (familia, interés, poder), positividad de Caos en lo real (“Destino”, lo llamaron), violencia significada, aquellos que lograban descifrar lo verdadero en la época solían caer presos de la ilusión de su valor y consistencia identitaria por esto, y ejercían, plenamente ejercían la autoridad positiva que proviene de lo verdadero, y aquellos que vagaban la existencia sin, y no es exagerado, realmente sin la más mínima insinuación de cómo acercarse a lo verdadero, entregados al hedonismo, descansando en el cuerpo -¡de verdad que se preciaban de la gran molestia!-, eran simplemente autómatas neuronales, razón-repetición, NPC’s. Y al problema lo decimos así: la materialización en la memoria física del cuerpo como representativa del afuera y sobre todo en memoria escrita en la lengua, de verdad, no mentimos, todavía persiste –porque hay todavía quien cree que representar los efectos de su historia de vida es auténtico o posee algún valor o es más verdadero o lo que fuere -¡Dios me libre!, ¿hacernos cargo de los caprichos de esta máquina idiota que es mi cuerpo, de lo que esta cosa por alguna absoluta sinrazón no olvida e en lo que insiste, de lo que este medio de transporte en carne y hueso afirma o niega o lo que fuere, porque sí, por sus arranques maquínicos de autonomía, y luego falsea y sigue falseando y falsea cada vez más y más al punto que para que detenga su moción autómata y ya escrita y es- túpida y distorsiva, para que pare de poner cosas que no están ahí, lo único que podemos hacer es recurrir a atormentarnos y delirar y disociarnos y estresarnos y ansiarnos y paniquear hasta que el piloto automático estaciona cansado y se puede tener cierto mar- gen de maniobra sobre este cuerpo siempre otro, repitiendo insistente: letra muerta y dicción, patrón y sonoridad, rima y me- tonimia, asociación por allí y allá -y siempre significa lo mismo?LamaModalidades, modulaciones: LenguajesTratemos un despliegue fundamental. Hablamos del lenguaje en secuencia y sus diferentes modalidades.Continuo indiferenciadoDijimos y volvimos a decir que en el continuo indiferenciado no hay sujeto aún, y no puede haber sujeto aún ya que no se cumple la condición del al-menos-dos. Sin embargo, el cuerpo humano que luego devendrá sujeto, ya dispone de una memoria material y de una memoria de la lengua, y en estas se escribe la positividad del lenguaje general en tanto este se relaciona con el cuerpo de objeto a objeto. El cuerpo humano dispone de un estándar más o menos universal de instrumentos a disposición con los cuales se comunica con el afuera todavía maquínica, animalmente, y en los cuales queda inscrita la verdad del lenguaje general. Cuando hablamos de comunicación maquínica lo que estamos diciendo es: reacciona irreflexivamente a los estímulos que recibe en un patrón animal de supervivencia y su tender-hacia es la simple animación en la vida. Esto, sin embargo, ya es una modalidad del lenguaje general, del cual decimos que se constituye por la relación positiva de lo vario entre sí. Y de esto debemos entender:- la relación, que aquí sólo indica e implica el al-menos-dos de un potencial sujeto.- la positividad de esa relación que ya implica su verdad como realización al devenir-sujeto, o, dicho de otro modo, que la relación de lo vario entre sí es verdadera y universal aunque manifestada de forma contingente en función a lo que puede captar el cuerpo y a su experiencia singularísima con los estímulos, pero sobre todo lo que decimos con positividad es: la relación es existente, verdadera, real y condición de realidad, y está ahí y nos atraviesa: produce efectos tanto si la percibimos en la experiencia o la articulamos en la conciencia como si no.- lo vario se presenta en este momento en su simplicidad de uno, en la cual lo que se indica es que, si bien se manifiestan en el cuerpo una serie de estímulos distintos y más que dos, por el carácter indiferenciado del continuo pre-subjetivo, este ‘lo vario’ sólo ocupa todavía la posición de necesidad teórica o pura identidad conceptual, y no se manifiesta aún en su identidad particular, que son los fenómenos diferenciados o varios, puesto que todavía no hay sujeto en tanto la experiencia de este cuerpo no dispone del lenguaje particular para producir la diferenciación real de lo existente y su propia subjetividad como cosa otra que un objeto.- entre sí quiere decir, desde este cuerpo pre-subjetivo, que aunque exista positiva y realmente una variedad indeterminada de estímulos y experiencias que ya están produciendo efectos en el cuerpo como objeto otro de aquello que los produce, el mecanismo activo es el de estímulo-respuesta experiencialmente uno deviniendo-puro e inmanente a esta modalidad del continuo.Ahora bien, si decimos que lo que opera y se escribe en el cuerpo y sus memorias es la verdad del lenguaje general, ¿a qué nos referimos? En tanto los fenómenos se expresan a lo que luego será la percepción como intensidades amorfas e inasibles, y a los cuales el cuerpo reacciona y asocia irreflexivamente a lo que luego será realizado y positivado por significantes, lo que se escribe es, y esto será claro sólo más adelante, el principio de suspensión de la variedad como cosa una –o, dicho de otro modo, la experiencia de lo verdadero como realización del movimientode abstracción que será utilizado para producir significantes vacíos. A su vez, se escribe la variedad indeterminada como una modalidad del infinito, y lo que se desprende de esto es que, a lo que luego será la experiencia, se le presentan una cantidad inasible, una cantidad positivamente indeterminada de fenómenos, pero que:A) En su todavía inasibilidad, por falta de lenguaje particular, se aparecen como modulaciones de la misma cosa inmanente de la que forma parte el cuerpo como continuo indiferenciado -y si su inasibilidad fuera intrínseca, constituiría una modalidad del infinito positivo.B) En su carácter indeterminado se presenta como:1) La positividad en la experiencia de lo existente en desequi- librio formal o identitario –indicando que nuestra fórmula de la existencia en el doble movimiento de determinación entre cosas y en igualdad consigo mismas en tanto identidad, puede ser verdadera y universal y contingente, etc., pero que hay lo que existe positivamente evidenciado en la experiencia y que no está contemplado en esa fórmula -y por ende se implica una fórmula superadora de las condiciones de existencia.2) La positividad de esta cantidad indeterminada como infinito cualitativo e inversión dimensional por negación. Esto porque su indeterminación es igual a sí en su movimiento de identidad sólo como no cuantificable, y por ende sería verdadera sólo si la conjugación “cantidad + indeterminada” fuera susceptible de producir en la conciencia y la experiencia una cantidad cualitativa (un puro ‘mucho’, un ‘bastante’), y que implica por definición que no se puede determinar (=indeterminada) esta dimensión cuantitativa más que cualitativamente -sólo con cuantificadores indefinidos como ‘mucho’, ‘demasiado’, ‘una inmensidad’, ‘infinito’ (en esta su acepción cualitativa) y por ello carece de especificidad en tanto cantidad cuantitativa (y no es esta especificación redundante).– Y es por esto que también dijimos que es una modalidad del infinito cualitativo: en tanto es una inasibilidad en la dimensión de la cantidad, y no por ser inmensidad o ininteligibilidad, etc., sino porque no consiste al ser asida en esta ya que su identidad niega exactitud o aproximación; y también, que sí es asible como infinito en la dimensión cualitativa porque: se presenta como una variedad, algo que o bien está constituido por una variedad de fenómenos o bien se manifiesta a sí en una variedad de fenómenos, y su infinitud es evidenciada con este solo movimiento de aprehensión, por definición, vaga e imprecisa, de la cosa mediante cuantificadores indefinidos. Y decimos que esto evidencia su positividad como infinito cualitativo en tanto:- Lo único realmente indeterminado es el No y sólo es así en su lugar estructural.– Si fuera una cantidad inmensa, ininteligible o inaprehensible, etc., se presentaría como infinito positivo (que es una cantidad que escapa a la capacidad de articularla) y no como indeterminación.– El efecto más próximo de lo infinito positivo es el exceso que produce su indeterminación cuantitativa como consecuencia y no como identidad, y esto ocurre por las limitaciones de nuestro instrumental, ya que en este volverse exceso ocurre su desplazamiento de la dimensión en que nos supera (su cantidadinaprehensible) a una en que podamos sostenerlo (i.e.: reali- zación en la experiencia del infinito como concepto uno y simple de la ininteligibilidad que contiene), por lo que entonces pierde su carácter cuantitativo y no puede sino manifestarse como no- exacto e inaproximable.– Dado que, decíamos, esta cantidad indeterminada se resolvía sólo en la dimensión cualitativa puesto que por su indetermina- ción implica ser no-exacta e inaproximable para la cantidad, y que el mecanismo para asirlo eran los cuantificadores indefinidos: entonces, puesto que si se manifiesta cantidad debe precisarse en una exactitud o aproximación necesariamente, pero debido a que la única forma de asirlo es cualificando como indefinida y vaga a su cantidad, entonces ha de ser, puesto que se muestra cantidad como imprecisión, o bien un infinito positivo desplazado a la dimensión cualitativa (y esto no lo hicimos), o bien un auténtico infinito cualitativo que positiva la inconsistencia de esta dimensión para articular tanto la especificidad del concepto ‘infinito' sino como indefinida desde allí, y su singularidad en la experiencia también como indefinida desde allí.– Entonces podemos verificar que la articulación propuesta, ‘cantidad indeterminada’, sólo puede ser producida si antes se la descentra de su directo decir y se la observa como ciframiento, en tanto la indeterminación, es evidente, no puede realizarse en la dimensión de la cantidad con respecto a la experiencia, ya que llegado cierto punto la cantidad deviene infinito positivo, y, entonces, si la cantidad no es lo suficientemente múltiple o contiene suficientes elementos en su representación, no podría presentar la característica de ser indeterminada, pero a su vez no ha de cruzar el umbral intensivo del infinito puesto que si lo hace deviene infinito y entonces la indeterminación se vuelve un producto del exceso y no su identidad consigo –pero, y este es el movimiento que priorizaremos ahora, si la ‘cantidad indeterminada’ se muestra imposible de realizar en lo que dice,ha de ser un ciframiento, y así la tratamos entonces entonces: a la conciencia este ciframiento se articula mediante su negación- al-designarse o negación-primigenia; la consecuencia de esto es la inversión de cantidad a cualidad y, traduciéndose la indeterminación imposible a la cantidad en la infinitud como imposible a la cualidad ambas se corresponden inconsistiendo en una dimensión extraña a su especificidad.- La articulación descifrada en la conciencia es ‘infinito cualitativo’. Este ‘infinito cualitativo’ se realiza a través de su representación en la experiencia, casi diríamos, como un pseudo- objeto positivo –puesto que se realiza la positividad de su contener ‘muchísimo’ o ‘mucho’ o lo que fuere (que es: una cuantificación indefinida), y que esta indefinición opera como la modalidad disponible en lo cualitativo para metonimizar a lo infinito –pero, por la inconsistencia de las dimensiones para traducir los conceptos que les son extraños, la verdad escrita en el infinito positivo como límite para la conciencia y la representación, aparece en la cualidad como invertido en algo tan simple en contraste a su verdad, que podríamos decir que hasta parece carecer de singularidad.- Sin embargo, y observado este desciframiento, debemos admitir que el ‘infinito cualitativo’ representó negativamente y de forma invertida en su representación a la verdad del infinito, pero también representó positivamente que la dimensión de la cualidad, si bien se mostró inconsistir, permitió en su expresión producir la consonancia del concepto y lo percibido en realización de la verdad positiva del infinito cualitativo y, también, a la verdad positiva de la consistencia e inconsistencia de las dimensiones. Las intensidades son vicios del cuerpo, incluso las Gracias o Éxtasis –en última instancia hacemos esto por verdades y realizaciones e ilusiones y porque no podemos sino hacer esto –entonces si la realización se produce en una representación simplísima e insípida, pero trae consigo su verdad escrita, ¿qué más?; al fin y al cabo, debemos admitir que nos dijo más el ‘infinito cualitativo’ en su inofensividad que el infinito positivo en su esplendor, magnificencia, exceso, lo que sea.- También, es claro, la cualidad fue inconsistente para expresar directamente la verdad de un infinito pero lo suficientemente consistente para simplificarlo en sus posibilidades e implicar su verdad invertida –y esta es la verdad positiva de la consistencia en su abrir el espacio de lo que a priori parecía imposible para lo cualitativo.- Pero la ‘cantidad indeterminada’ sólo se podía producir en la dimensión cuantitativa para la conciencia y como fórmula abstracta, y en la representación se mantenía irrealizable su cantidad como siendo indeterminada –ya que, incluso aunque no sea asible, sólo podría aparecer bajo la forma de lo infinito –y sería un número grandísimo, o pequeñísimo, o irracional, etc., y en cualquiera de esos casos se mostraría o como infinito en donde no habría especificidad de su indeterminación más que como consecuencia del exceso del infinito y no como indeterminado -o bien podría aparecer a la representación como un nivel intensivo anterior al infinito –algo así como casi-infinito/todavía- similísimo-indeterminado, que indicaría que la cantidad no es propiamente indeterminada en sí sino que es lo suficientemente grande o pequeña o periódica o etc. para no poder ser especificada, pero no lo suficiente grande para ser un exceso – al intentar abrir el espacio a aquello que no estaba antes escrito como posible, en este caso de la dimensión cuantitativa del lenguaje particular, se nos positiva la inconsistencia como producto de su imposibilidad estructural.Lenguaje particular y general, pt. 1Lenguaje particular y general, pt. 1Dijimos y volvimos a decir que tras la adquisición del lenguaje particular el sujeto se hace sujeto al producir en su articulación la positividad para la percepción de lo diferente que ya estaba ahí, y su instrumento para esto son los significantes que empiezan a orientarlo en su relación con el Socius y consigo. El lenguaje particular trae un manual de instrucciones de lo posible y de lo imposible, y de lo deseable y de lo no deseable, y de lo articulable y de no lo articulable. y de la norma y la ley del Socius, y de Edipo y otras chanchadas más. Y sin embargo, al interiorizarlo, al incorporarlo como el instrumento por excelencia para la conciencia y la percepción y para el afuera, la subjetividad y el sí, lo es por su potencia de asir lo objetivable un segundo y ver qué dice o parece decir o si tiene algún mensaje escrito. Sin embargo, el cuerpo humano que ahora devino sujeto, ya dispone de una memoria material escrita por una variedad positiva y previa a su realización de la variedad positiva, y de una memoria de la lengua escrita por un redor condicionante previo a su realización del lenguaje como instrumento, y eso ya escrito es inaccesible y constituyente fundamental de lo real para el sujeto en tanto produjo el suelo mismo sobre el que se inscribe la sedimentación acumulativa de los fenómenos de la realidad y sus efectos. Y como el cuerpo humano dispone de un estándar más o menos universal de instrumentos a su disposición con los cuales se comunica o relaciona, y lenguaje particular ocupa ahora en este cuerpo que es sujeto la posición privilegiada como organizador del instrumental, entonces mediante el lenguaje particular se relaciona y organiza y positiviza y realiza la autonomía del afuera de la materialidad burda, y con él se vuelve asible la variedad de lo manifestado en ella en tanto cosas. Antes decíamos que el cuerpo traía consigo una modalidad de comunicación maquínica e irreflexiva y que era producto de la determinación simple entre estímulo y reacción, pero ahora el lenguaje particular desde su posición privilegiada adquiere un estatus de dimensión-otra ante la igualdad burda de la materia en sus cosas –ya no se trata, entonces, de un mero patrón animal y determinista de sobrevivir, sino que emerge la dimensión de la conciencia y el concepto como producto de la interiorización del lenguaje particular –por lo que el sujeto asume su posición de maquinista del cuerpo, de auriga del cuerpo, en tanto ya no es sólo producto del reflejo inmediato de la necesidad de comer, dormir, cagar, etc., de persistir cuerpo animado, sino que su tender-hacia modula en función de lo que el lenguaje particular interiorizado trae como configuración común para funcionar como tal -y una serie innumerable de articulaciones conceptuales se desaperciben (por efecto de la repetición de los significantes en el loop de la cultura) como si no fueran ruido y entonces son en cierta medida decodificables pero que para el sujeto no se traducen como realizaciones de lo verdadero para su percepción –entonces, lo que comienza rigiendo el despliegue de este sujeto es su experiencia subjetiva objetivada puesto que, tanto en su articularse consigo como en su articularse hacia otro, los significantes privilegiados son palabras cuya configuración como mensaje (y no ruido) son la raíz de la potencial capacidad de decodificarlo y está dada porque las relaciones entre las dicciones y/o letra ya estaban escritas en el lenguaje interiorizado y cuyo juicio de valor empieza siendo la intensidad positiva o negativa, buena o mala, placentera o displacentera, etc., en la subjetividad –lo verdadero de la comunicación primera del sujeto consigo y otros es su resonancia intensiva, o en vez de verdadero podríamos decir, la brújula con la que modula su tender-hacia, con la que decide en su contingencia consigo y semejanza con otros en la transparencia inocente del decir – entonces la posición privilegiada del lenguaje particular es la de operativizar su diferenciación más o menos armónica con las cosas, con los otros, y consigo; pero las coordenadas de lo verdadero descansan en los fenómenos de su subjetividad y la lenta y constante realización de la no-transparencia del lenguaje particular, y con ello la ambigüedad, la contradicción, la confusión, la angustia, etc., implícita en el movimiento de tener que amaestrar las articulaciones lingüísticas, de tener que batallar contra el maquinismo caprichoso de la memoria en la lengua y su interiorización preconfigurada, con el fin de que lo diga semeje en el máximo posible aquello que quiere comunicar –y no sólo se problematiza su relación con los otros en este movimiento de diferenciarse hiperespecífico que produce la no- transparencia de la comúnicación, sino que esa no-transparencia también se manifiesta en su relación consigo –e incluso podríamos pensar que esto que intentamos describir es el lento movimiento con el que se efectúa lo verdadero del lenguaje en su distorsionar, el efecto delusor de los significantes que son domesticados a fuerza de repetición e insistencia y cuya catástrofe es su producir el movimiento de lo verdadero hacia la verdad, de lo símil a lo mismo, cuya catástrofe es el tener que cegarse ante la singularidad de las articulaciones y con ello a la singularidad como tal porque el significante enmisma cuando sólo se experiencia lo símil, cuyo efecto es la emergencia de la posición subjetiva que descansa en sí como constante y que no puede sino sepultar el radical no-valor de lo verdadero erigido en verdad a fuerza de negar existencialmente los fenómenos “malos” como mismos y persistentes, de negar psicológicamente lo que se sabe por ser verdad escrita en el lenguaje y volverlo inaccesible a la conciencia en tanto sus manifestaciones son “malas”, el negar conceptualmente la diferencia radical de lo vario fenoménico entre sí porque intensifica la intensidad de lo verdadero en la percepción en su incomunicable diferencia, de negar absolutamente al No su positividad y efectos – y sin embargo este cegarse, este sedimentar la hiperespecificidad contingente con que se configura el lenguaje particular en cada sujeto, esta secuencia de negaciones que parasitan lo objetivo y verdadero e hipostasian como verdad a lo mismo y constante frente a la imposible repetición de lo símil, este disociar experiencia y conciencia como otredades en vez de modalidades de lo verdadero representados en los fenómenos propios de su dimensión, esta irrealidad evidente que positiviza nuestro performar el Teatro del Mundo, esto y más, al mismo tiempo que despliega artilugios edificando la cárcel que es la Ilusión, también se demuestra necesario: hay que cruzar el lenguaje particular para realizarse de lo verdadero de su distorsionar y avizorar su tras, hay que reconocer la condición necesaria de la Ilusión y realizarse de que el tender hacia lo verdadero del sujeto se vuelve posible sólo como horizonte positivado por la Ilusión. Y todo esto, sin embargo, es una configuración particular en el cuerpo subjetivado como cosa otra producto del lenguaje particular, del que decimos que es la articulación específica de relaciones de diferencia que se manifiesta como la modalidad en el sujeto del lenguaje general. Y lo que queremos decir con esto es:- La articulación refiere al movimiento de organizar o secuen- ciar la variedad fenoménica a partir de los espacios de posibilidad que abre la interiorización de un lenguaje particular.- Lo específico refiere tanto a la infinitud de modalidades posibles de este lenguaje que se rigidifican (por ejemplo, en un idioma), y también a la no-necesidad de las articulaciones contingentes que se manifiesta en los sujetos que lo interiorizan al considerar: a) especificidad en la dimensión de su uso común en la intersubjetividad que tiende a estandarizar y arbitrar un idioma por pragmatismo mediante la convención no necesaria de normas, fonética, significancia, etc., en la forma de reglas de gramática, sintaxis, pronunciación, etc., y por cuya no-necesidad produce imposibilidades estructurales en él; b) especificidad en la dimensión del sujeto que articula y es articulado por el idioma con su no-necesidad y arbitrariedad, y que considera necesarias y universales su manifestación no-necesaria y arbitraria como loverdadero para él del idioma, y cuyos efectos son que la distorsión que produce el idioma distorsiona al sujeto en su singularidad de la realidad, de las cosas, de los otros, de la subjetividad, del sí, etc., y se replica esta no-necesidad de su configuración hipersubjetiva del idioma en todas dimensiones que se extienda a significar; y en tanto el sujeto precisa de las reglas no necesarias y arbitrarias de su idioma como principio ordenador de los significantes, las imposibilidades estructurales que traiga este idioma en su capricho pragmático determinarán a lo positivo existente que escribirá en el sujeto pero a lo cual este no podrá asir y por lo tanto será para el sujeto como inexistente en la conciencia, en la percepción, y en la realidad, y por esta imposibilidad absoluta de articularlo en el idioma también será inmanifestable, impositivable, irrealizable, etc.;Consideremos al lenguaje particular en relación al lenguaje general. Decimos que el primero es la articulación específica de relaciones de diferencia, y el segundo es la relación positiva de lo vario entre sí.Decíamos que en el lugar del continuo indiferenciado el lenguaje general ya está activo pero no como tal, que ya produce efectos pero como tal –este es el énfasis del término ‘positivo’ en su definición. Y decimos que en el lenguaje particular lo que se articula son relaciones de diferencia. Ahora bien, ¿qué es lo que se diferencia? Lo vario entre sí relacionado del lenguaje general, pero cuyo carácter positivo aún no está evidenciado. Pero ¿cómo puede lo vario entre sí (la variedad de fenómenos, cosas, etc.) diferenciarse en el lenguaje particular sin antes tener una existencia positiva para sí y entre sí (ser otros unos de otros sólo por ser otros unos de otros, su relación)?¿Cómo podrían diferenciarse los fenómenos, cosas, etc., sin tener una existencia positiva y una relación positiva? Si lo vario sólo fuese vario con existencia positiva nos quedamos en la dimensión del continuo indiferenciado, donde aunque existan positivamente es como si no existen. Lo vario existe positivamente sólo porque su relación también es positiva. Entonces esto es el lenguaje general: la positividad de esa relación, relación que produce tanto la continuidad de lo relacionado (la variedad al-menos-dos siendo uno en lo vario) como la diferenciación de lo indiferenciado (el movimiento de lo vario siendo uno en variedad al-menos-dos). Pero en la secuencia que proponemos no se pasa del continuo indiferenciado al lenguaje general, sino al particular y luego al general. ¿Qué significa esto? Que el movimiento que se produce en el paso del cuerpo al sujeto es el de la diferenciación de lo indiferenciado (de lo uno de lo vario a la variedad del al-menos- dos) y que este movimiento sólo es posible por la relación positiva de lo vario entre sí siendo anterior y produciendo lo diferenciado –por lo que decimos que la verdad que está escrita en el lenguaje particular es la del lenguaje general.Pero a su vez el paso del cuerpo al sujeto es, en concreto, como el de la nada a la multiplicidad. ¿Qué significa esto? Que el movimiento de diferenciación ‘de lo uno de lo vario a la variedad del al-menos-dos’ es simplificado recién en la instancia del lenguaje general. Sin embargo, en el paso del cuerpo al sujeto, la fórmula sería la del movimiento de subjetivación ‘de lo cero no- relacional a la multiplicidad de las otredades’. Dicho de otro modo: el sujeto se encuentra primeramente con lo indeterminado de la multiplicidad como infinito cualitativo, donde esta multiplicidad inexacta se operativiza a partir de la organización que toma en el sujeto por el lenguaje particular como mediador. Y esta operativización es, a su vez, por la diferenciación –donde el infinito cualitativo toma el lugar de ‘lo vario’ y ‘la variedad’ es el resultado de su cuantificación indeterminada al organizarse. Entonces, y a instancias de la definición: lo articulado es el infinito cualitativo; la especificidad es la organización concreta en el sujeto; lo relacionado es la multiplicidad indeterminada; y lo diferenciado es la positividad de lo existente. Pero, y aunque todo este movimiento de subjetivación lo implique, lo traiga escrito, lo que referíamos como ‘la continuidad de lo relacionado’ (el movimiento de la variedad del al-menos-dos a lo uno de lo vario) se constituye como el tender-hacia del lenguaje particular, como su realización, y cuyo resultado es el lenguaje general. O, dicho de otro modo, el primer movimiento del sujeto es negativo en cuanto diferenciación, y lo que diferencia es también la negación ‘infinito cualitativo’ que produce la negación ‘cantidad indeterminada’ –pero a este sujeto el entero movimiento se le aparece como afirmación en tanto lo que no puede diferenciar aún es la negación como tal, su dimensión autónoma. Esta dimensión autónoma de la negación es, justamente, adquirida como producto de la realización del lenguaje general siendo ‘relación positiva de lo vario entre sí’, pre-existente a él como sujeto, y condición de él como sujeto. A este lenguaje general y su verdad alcanza mediante el despliegue consecuente del particular como lo escrito en él, y recién entonces puede deducir su haber estado en esa posición como cuerpo pre-subjetivo, pero siendo ahora una posición a la cual el retorno es imposible por la obturación del lenguaje particular. Por lo cual este sujeto no aprehende al lenguaje general desde la posición del lenguaje general sino como otra modalidad de la especificidad del lenguaje particular respecto a él –dicho de otro modo, logra la fórmula conceptual del lenguaje general, produce en su experiencia otra posición subjetiva para él pero que aún no es superadora, como decíamos antes al respecto de que cada realización lo es de una distorsión y produce otra distorsión. ¿Y qué significa esto?Que aunque reconoce la posición anterior del lenguaje general, este aparece en la secuencia como posterior al particular –y por ello también como diferencia, como otra extensión diferencial.Diríamos, entonces, que no sólo se produce la fórmula conceptual del general, sino también la realización del lenguaje particular como fórmula en la conciencia y verificación en la experiencia. A su vez, producto de la fórmula del lenguaje general, se determina al movimiento del lenguaje particular como de diferenciación en tanto otro. Y la ecuación es entonces: ‘La diferenciación es al lenguaje particular lo que X es al lenguaje general’. Por ende, retornamos al mecanismo elemental del lenguaje particular que es el significante: si de este mecanismo reconocíamos la distorsión producida por la confusión necesaria de lo mismo y lo símil, y trasladamos esta distorsión como implícita en la concepción de la fórmula del lenguaje general, ¿cómo se corresponderían estructuralmente lo mismo y lo símil? Es evidente que lo mismo sería próximo inmediato en la dimensión del lenguaje general, en tanto lo símil serían las modalidades del particular con respecto a este. Y si lo símil se corresponde con la diferenciación en nuestra ecuación, ¿qué lo haría con la X? La síntesis. Por lo que obtenemos que ‘la diferenciación es al lenguaje particular lo que la síntesis es al lenguaje general’. Pero volvemos a reconocer que la síntesis es así concebida como producto distorsionado por el lenguaje particular. Entonces, si asumimos a la diferenciación y la síntesis como lo símil, ¿qué ocuparía la posición de lo mismo en el general? La relación. Por ende, la ecuación pasaría a ser: ‘la diferenciación y la síntesis son al lenguaje particular lo que la relación es al lenguaje general’. Si antes determinamos como otro del lenguaje general a la diferenciación en tanto movimiento negativo, ahora podemos decir que: en el lenguaje particular la diferenciación es negativo de la síntesis y viceversa; y que ambos son modalidades de lo que es la relación en el lenguaje general.¿Y qué es la relación en el lenguaje general? La positividad de lo vario entre sí –o, dicho de otro modo: la simultaneidad que positiviza a lo vario como uno y al-menos-dos. ¿Y qué significa esto?Que en el nivel del lenguaje general el lugar del movimiento lo ocupa ‘la relación’, y el producto de ese movimiento es el ‘positivar’ que resulta en ‘lo vario’ como otro del ‘entre sí’ y viceversa. Entonces, trasladándolo de nuevo al lugar de lo mismo y lo símil: el lugar de lo mismo lo ocupa la relación y el de lo símil tanto ‘lo vario’ como ‘entre sí’. Pero es evidente notar que ‘lo vario’ y ‘entre sí’ (sobre todo esto último) no resultan en una ecuación inmediata que la fórmula planteada esté solucionando. Por lo que debemos resaltar que el carácter de simultaneidad se da en el ‘entre’ donde ocurre tanto la síntesis como la diferenciación de ‘lo vario’ y ‘sí’. Este ‘entre’ es la distorsión del lenguaje particular en su propia dimensión como producto suyo al formularlo, y lo que hace es modalizar a ‘la relación’. Pero antes de entrar en esto digamos: tanto ‘lo vario’ como el ‘sí’ son lo uno y el al-menos-dos –podríamos decir que lo vario como uno es un conjunto de al-menos-dos síes y el sí como uno es una variedad de al-menos-dos –y también podríamos decir que el movimiento del al-menos-dos hacia lo uno es el de sintetizar lo diferenciado y el movimiento de lo uno al al-menos-dos es el diferenciar lo sintetizado. Dicho esto, en el nivel del lenguaje general, lo uno es ‘la relación’ y el al-menos-dos ‘lo vario entre sí’, y esta es la verdad que trae escrita este lenguaje: la necesidad para existir lo uno del al-menos-dos y viceversa –o, dicho de otro modo: la positividad de lo existente es producto del movimiento de la relación que diferencia al-menos-dos cosas y sintetiza una simultáneamente. ¿Qué significa esto?Que la realización del lenguaje particular produce tanto la fórmula conceptual del lenguaje general a la conciencia como la manifestación negada en la experiencia en forma de otra modalidad.- Que como ‘manifestación negada’ el lenguaje particular se realiza desde el general de su dimensión negativa en tanto los movimiento de síntesis y diferenciación traen como resultado un otro al mismo nivel y no superador. Dicho de otro modo: que en el nivel del lenguaje particular incluso la síntesis es producción de diferencia, mientras que en el nivel del lenguaje general recién se observa la dimensión positiva puesto que inclusive la diferenciación es producción de síntesis.- Que esa ‘otra modalidad’ es necesaria y condición para superarse del lenguaje particular ya que es el al-menos-dos abre el espacio a la experiencia para representar la simultaneidad del movimiento de lo que se denomina ‘la relación’ en la fórmula del lenguaje general.Esto significa que desde el particular no-modalizado lo que se presenta como su positividad, aun considerando tanto síntesis como diferenciación, es su movimiento de tender-hacia que gira en círculos sobre sí. La síntesis en el lenguaje particular no- modalizado unifica lo símil como mismo en el significante y por ende sólo produce variaciones en su mismo nivel y por ende son diferenciaciones disimuladas. Al modalizarse el lenguaje particular es cuando el movimiento de síntesis puede desplazarse hacia lo mismo del que se modalizó. Entonces, inclusive aunque la superación del lenguaje particular no sea propiamente por un efecto de una síntesis que el general ejerza sobre él, el sólo abrir el espacio para que se manifiesten síntesis y diferenciación en relación a sí mismos positiva y negativamente y no como simples inmediatos-otros entre sí, posibilita la experiencia desde el lenguaje general de esas manifestaciones. Por lo que, al hablar de la simultaneidad de estos movimientos al nivel del lenguaje general, lo que queremos decir es: si en el lugar del particular ambos producían un otro diferenciado, al abrirse el espacio del lenguaje general ambos se producen en el al-menos-dos modalizado como otros para sí además de entre sí, y entonces se igualan en el general como mismo en el movimiento de la relación. Esta dimensión es positiva en tanto es el mismo del movimiento relacional que hacen los símiles síntesis y diferencia, inclusive aunque la síntesis prevalezca como positividad por la secuencia de las realizaciones. Este prevalecer de la síntesis, a su vez, dice algo importante que es: si en la conciencia formulamos a la simultaneidad de ambos movimientos como la relación en tanto relación 42 , esta formulación conceptual se manifestará en la realización de su positividad para la experiencia con el movimiento de la síntesis aun en su simultaneidad real –lo que quiere decir: cualquiera sea el fenómeno que a la percepción consuene con la síntesis en el lenguaje particular, ese mismo fenómeno será el que se aparezca desde el lenguaje general representando la simultaneidad de ambos y traccionará al significante ‘síntesis’ incluso aunque allí corresponda el de ‘movimiento de la relación’. Esto ocurre porque el fenómeno y significante de ‘diferenciación’ no es consistente en la dimensión del lenguaje general ya que se extendió sobre la dimensión anterior escribiéndose en la memoria material y de la lengua con aquello que se niega de un lenguaje a otro, y por lo tanto no puede ocupar el lugar de fenómeno para la experiencia ya que su con-texto traería consigo la negación de la dimensión. A su vez, en cuanto al paso de uno a otro de estos lenguajes, no ocurre, como en el caso de la identidad, una transubstanciación fenoménica del afuera-subjetividad-sí sino una actualización del instrumento que es el lenguaje en las consecuencias y efectos desplegados por sus dimensiones modales y su carácter dependente. Es susceptible concebir que en este movimiento de despliegue pueda producirse algo de eso que llamamos transubstanciación puesto que se está abriendo un espacio sobre los significantes y lo que sostienen, pero no necesariamente como sí ocurre con la identidad.Para concluir digamos que, en concreto, la realización del lenguaje general se traduce en su propia dimensión:1) En la percepción como la relación en tanto movimiento de relacionar y necesario como positivador de lo existente, y además:2) Su modalidad siendo allí la quietud inasible e inexistente de lo no-relacional que escapa a la dimensión del lenguaje, y además:3) Esto inclusive aunque incluya un algo con existencia positiva y su no-relacionalidad e inexistencia aparentes sean sólo producto de una imposibilidad estructural en el lenguaje particular , lo cual ocurre porque:4) Se llega al lenguaje general a través del particular y se acarrea sus vicios originales, por ende la realización de ‘la relación en tanto movimiento’, etc., sigue dependiendo de la instrumentación de este en el sujeto. Entonces:5) La verdad escrita en el lenguaje general es la simultaneidad del al-menos-dos y lo uno en el movimiento mínimo de lo relacional, siendo condición para los lenguajes, para su articulación en la conciencia y para su manifestación en la percepción –y, por lo tanto, para el sujeto como tal. ¿Y qué significa esto? En todas las modalidades de lenguaje que consideraremos debe haber un al-menos-dos donde la relación se positiva como tal, y un uno superador como mismo que resulta producto de la relación o un uno de lo al-menos-dos relacionado para sí en su nivel o en su especificidad. Además, aunque se pueda deducir la existencia positiva, real, necesaria, etc., de un algo (cuya identidad, forma o producto, etc.) sea no-relacional, esto no sería susceptible de ser articulado en función del lenguaje y por lo tanto tampoco experimentado -aun cuando, de existir positivamente, escriba efectos en las memorias con consecuencias reales. Esta es, entonces, la verdad del principio escrito en la articulación ‘al-menos-dos’: todo lo que existe para un sujeto existe como otro de su lenguaje, o en su lenguaje, y/o producido por su lenguaje, etc., inclusive el sujeto mismo.También, la articulación en la conciencia y la manifestación en la percepción son:- El al-menos-dos por el que el sujeto se relaciona consigo en relación a sí objetivando su subjetividad.- El al-menos-dos de lo articulado y la articulación para la conciencia, que es uno en la percepción; y el al-menos-dos de la manifestación y lo manifestado para la percepción, que es uno en la conciencia.- El al-menos-dos que resulta de la conciencia y la percepción siendo tanto lo mismo como símil en lo uno que consuena por la realización de lo verdadero.ModalesModalidades, modulaciones: memoriaDijimos memoria física. Dijimos memoria de la lengua.La memoria física es, vulgarmente, el cerebro –el trazado neuronal de asociaciones que quedan inscritas en la materia y reproducen el animar del cuerpo en su relación con el entorno, alrededor de la configuración que el lenguaje particular de este último transfiere. Es esta transferencia, “comunicación”, del entorno para con el órgano ‘cerebro’, la hoja en la que se escribe la memoria material, la esfera que revela en esta dimensión la pre-existencia del lenguaje general A (lo mismo) de los lenguajes particulares (A1 –configuración específica de este ‘entorno’- y A2 –configuración específica del órgano de la memoria material con el que este entorno se relaciona-; a su vez, siendo estos lo símil o las modalidades). Las modulaciones hiperespecíficas de, reduzcámoslo, el sujeto de memoria material y su entorno, constituyen las modulaciones, de lo que se sostiene luego que la singularidad del sí, inclusive bajo la hipótesis de que el entorno sea uno y común al conjunto de síes, se relaciona con él de manera tal que la forma (lo que decíamos antes, la sintaxis) de ese supuesto mismo entorno, adquiere en él una expresión infinitesimal –y, por lo tanto, sostiene nuevamente que el pliegue del sí es potencialmente infinito.La memoria de la lengua, por su parte, es el conjunto ‘idioma’ en abstracto, cuyas relaciones pre-existen a su positivización, pero cuya inscripción particular se da bajo condición de un mínimo de consistencia expresado en un máximo de elasticidad –lo que quiere decir: su mínimo de consistencia es el repetir de lo símil tomado como mismo que hace que ese ‘idioma’ sea tal en primer lugar, lo que sería la cadena de asimiento de A-B-C-etc. que produce una constante en función de la relación pre-existente entre lo vario entre sí reducido en este caso a A-B-C-etc.; pero su máximo de elasticidad radica, es evidente, en el ‘etc.’ de la fórmula, donde lo vario como continuo indiferenciado persiste y retorna a quien subjetive este idioma de forma tal que tanto la singularidad del sujeto como la de lo relacionado por la lengua se igualen en su imposibilidad constitutiva mediante su límite. Por ende, la memoria de la lengua es el conjunto de relaciones que la lengua trae consigo y determinan a su “huésped”, al sujeto de esa lengua.El sujeto, entonces, se encuentra con que tiene un aparato mecánico (cuerpo) del cual sus potencialidades (podríamos decir, capacidades) determinan aquello que será o no conceptuable o perceptible o realizable –y es el paso tras la herida de este imposible, tras aquello de lo cual es estructuralmente incapaz, la que posibilita la emergencia de su metamorfosis subjetiva presentándolo a lo que hemos visto antes.A su vez, la mecanicidad que le referimos a su cuerpo –es decir, su carácter determinista-, es necesario en tanto condición de la re-velación de ese límite preciso. Esto ya que lo velado, su imposible, lo es por sus limitaciones en la dimensión del cuerpo (y de la memoria material, entonces), pero confluye con la memoria de la lengua en su autoconcienciación de su propio sí, en la conjunción que produce el instrumento de cuya peculiaridad depende para reconocer lo ‘velado’, y sobre todo para re(volver a)-velarlo. Por lo tanto, el cuerpo solo, en su dimensión autómata carece voluntad –y ni que hablar de libertad-, y estas fantasías sólo emergen como posibilidad tras la adquisición del lenguaje particular.Sin embargo, este lenguaje particular trae consigo sus limitaciones y se inscribe en receptor limitado –repite el movimiento de la distorsión que sobre-distorsiona. Si el flujo asociativo de la comunicación en el idioma depende de cierta consistencia en su carácter de ‘sentido’ para ser asido por el sujeto mismo, esto también vale en su dimensión intersubjetiva – si la secuencia de consistencia en el idioma es, por ejemplo, cielo-tierra-agua-etc., la memoria de la lengua trae implícitamente como núcleo ordenador esa sintaxis específica, ese orden particular, independientemente de que el sujeto lo interiorice en su existencia como agua-cielo-tierra-etc. Esto implica que la cosa idioma es la misma para los sujetos de este idioma, inclusive aunque su interiorización varíe su mismidad – aunque siempre considerando que esta mismidad se da únicamente en este nivel de idioma como A de sujetos de símiles A1,A2,etc.Pero ¿qué es la memoria, entonces? En nuestra consideración, la memoria es lo que (re)produce el efecto de falsa repetición de lo símil como mismo –y esta repetición precisa de lo símil que consista como mismo aquello que reproduce, pero sobre todo que reproduzca lo símil. Entonces podríamos decir que el órgano ‘cerebro’ reproduce lo mismo del entorno como mecanismo de adaptación en su función de sobrevivir blablá, y que el órgano ‘idioma’ reproduce su tendencia en formaciones arbitrarias que se constituyen como principio organizador de la realidad.Es esta conjunción de M como mismo de la memoria en M1 y M2 de la memoria material y de la lengua, la que regresa al principio de mismidad del devenir en sus símiles modales.Entiéndase, a su vez, que por ‘cerebro’ como órgano de la memoria material, simplemente nos referimos de forma burda y a modo de graficar la mecanicidad propia del cuerpo como entidad física en su relación consigo y con su afuera; y a su vez que cuando decimos ‘idioma’ en la memoria de la lengua, es también un ejemplo (en este caso y vagamente, del lenguaje particular) que ha de ser transpolado a sus dimensiones específicas según el nivel del lenguaje al que se esté considerando.Proto-nadieAnidentidadAntes dijimos que el movimiento de identidad estaba escrito en los lenguajes, y que es, en relación a la existencia positiva de algo, aquél por el cual ese algo es igual a sí mismo. ¿Qué queremos decir con este ser igual, ahora? En que, aquello que por tener expresión fenoménica (en nuestro caso, por ejemplo: cuerpo humano), y que el operar de esa expresión fenoménica en el tiempo como en el espacio nunca es literalmente igual a sí mismo. Recordemos a la manzana roja que dejamos en la mesa una semana y cuando volvimos sobre ella amarilleó, y por ende ya no era igual a sí misma. Y recordemos que dijimos, a su vez, que en relación a su una semana antes y una semana después tampoco era la misma, independientemente de su haber tornado de roja en amarilla. ¿Qué queríamos decir con esto? En tanto como fenómenos en el tiempo y el espacio, y también en nuestra configuración para con nosotros mismos como sujetos, no podemos nunca ser igual a nosotros mismos. Pero el movimiento de la identidad existe y es positivo–el concepto de identidad como la igualdad de algo consigo mismo opera como ordenador de la realidad. Entonces nos preguntábamos dónde descansa este concepto para ser positivado como verdadero y operativo, en tanto todos los fenómenos existentes (tanto como cosas, otros sujetos, nosotros como sujetos en relación a nosotros, y nuestra subjetividad con nuestro sí, etc.) son producidos en el tiempo y el espacio –y por ende no pueden ser literales iguales a sí jamás. Propongamos una salvedad a la cuestión asumiendo por lo pronto que la identidad no consiste en la literal igualdad consigo mismo de algo, sino la consistencia de ese algo como mismo en su lento tender-hacia. Esto, sin embargo, implica que:1) Un conjunto de características en ese algo han de consistir en su tender-hacia haciéndolo mismo sin ser igual como mismo – por ejemplo, en relación con nuestro cuerpo en el tiempo tendemos-hacia pero la persistencia de ciertas características nos hacen consistir como mismos. Por lo que: el conjunto de características por las que consistimos en el tender-hacia como mismos está limitado sobre todo en su especificidad y pero también en su vaguedad. Siendo:A) El conjunto ha de ser preciso pero no demasiado preciso. Por ejemplo, en la inclusión de lo no excluyente se precisa excesivamente con características que producen diferencias de ese algo de otro y no su mismo. El movimiento de la hiper- especificidad radical produce una singularidad del algo y no es posible consistir en esa singularidad.B) El conjunto ha de ser vago pero no demasiado vago ya que. Por ejemplo, en la exclusión de lo que incluye no puede consistir como mismo porque lo no incluido introduce variaciones significativas en el algo. La vaguedad por imprecisión de las características hace que no se pueda producir en el algo su consistir como mismo y entonces no se puede reconocer qué es su mismo ni qué es su otro. 2) Esta salvedad pragmática es el movimiento estándar por el cual la identidad, modalizada en consistencia, tiene un valor operativo como verdad. Al abordar las figuras teóricas de la ‘identidad tradicional’ y la ‘identidad líquida’, describíamos ya un despliegue de esta consistencia siendo lo mismo en un intento de encontrar el fundamento de verdad del concepto de estos sujetos. Sin embargo, cuando decíamos que la praxis de estas modalidades difería por el ‘como si fuese verdad’ de uno y por la perfomación del otro, en última instancia ambas resultaban en identidad fija y cuya diferencia se daba en la manifestación existencial de esa fijeza como aceptación de la imposibilidad estructural para el sujeto de la tradicional y como performación del tender-hacia o devenir en el sujeto de la líquida. Como este intento de rastrear a la identidad falla para ellos, no se traduce en una superación y en efecto es un retorno a esta postura de la consistencia como mismo –que, en otras palabras, es del simple uso del concepto donde: el pragmático con su conjunto consistente, el tradicional con su sí como constante y el líquido con su tender-hacia como performance: producen lo mismo o la fijeza. Sin embargo, los tres reconocen que tanto la identidad como lo mismo por separado, como la fórmula de la identidad como igualdad consigo de algo, serían imposibles si absolu- tamente nada con existencia positiva fuese en realidad mismo –si absolutamente nada existente implicara lo mismo positivo y experimentable como modelo para el concepto. Está escrito en el lenguaje, ¿no?, la verdad de lo mismo está escrito en alguno de nuestros lenguajes, si hasta los animales simples (no diremos reconocen pero) actúan a partir de la mismidad, con la mismidad positiva como ordenadora. Algo debe andar por ahí siendo simple sí, anterior y sin otro y quieto e inexistente o supraexistente –algo debe andar por ahí garantizando que aún funcione este mismo nuestro y salvándonos de la disolución en el infinito adentro o la desintegración en la multiplicidad afuera. Y, siendo sinceros, no tenemos ni pálida de cómo rastrearlo. ¡No le vamos a hacer nada! Nomás queremos saber cómo es que podemos practicarnos estos tan necesarios actos de ilusionismo para funcionar como cuerpos, qué del acá existente nos regaló donó esta Gracia. Pero no sé, intuimos ahora, recordamos aquél absurdo que fue lo del ‘movimiento’ siendo el ‘producirse’ y toda ese flujo delirante en lo verdadero y la Verdad, y no podemos sino reconocer este espacio abierto de nuestra condición bilocada, donde en la experiencia sólo hay lo símil siendo la modalidad de eso que allá en la conciencia esa que tenemos humanos parlantes, sólo allá parece estar: el mismo. ¡Y tenemos que lidiar con este enigma! Porque lo cortamos, le pusimos ese nombre, ahí de entre todo lo que los lenguajes articulan, ¡y hasta lo animado más simple lo tiene escrito y lo opera! Pero nosotros lo aislamos, lo ponemos en la mesa de luz, o bajo el microscopio, ¡hasta le alzamos santuarios!, ¡le hicimos estatuas, le pusimos nombre propio y lo animamos: Identidad! ¡Ah… todo el cuerpo escrito, todo el cuerpo inscrito! Y ni siquiera queríamos, pero vagamos la selva y el asfalto, hicimos un gigante nosotros con ese mismo, ¡y Babel! ¡Babel! ¡Ese repetir la palabra afuera que ya no funciona!¡Ese imitar el sonido de lo que nunca dijo! Aprendimos a vibrar el aire en curvas para otro como nosotros, o nos evocamos de la memoria su sonido en ese hablarse adentro, da igual: la cuestión es que esa torre articulada con la que tendimos a lo mismo trajo la furia, y su lengua en fuego dijo ese absoluto-símil que es la glosa -¡y tanto tardamos en darnos cuenta qué era ese incompren- sible, ese simple, ese inmediato comprender su idioma muerto: nos escribió la verdad de lo símil en el tuétano! Y lo paradójico, lo que nos hace ahora reír de desesperación, es que había quedado sepultado allá entre sedimentos y su efecto era inocuo. Y un día decidimos hacer un real silencio y cruzó: reconocimos su efecto, su ya haber estado, su anterioridad –pero no dijo su nombre. Entramos al laberinto de lo mismo y lo que era un nosotros se disgregó. ¡Qué ese disfraz que le ponen al evento! ¡Qué es ese decir que ahí se hicieron los idiomas! ¡Ah! ¡Es mucho más terrible! Porque hacíamos sonidos que antes llevaban mensajes… hacíamos sonidos. ¡El fuego de su lengua trajo de la tumba a lo símil y su efecto! ¡Y ese símil parasitó al idioma común del nosotros que éramos! Entonces hacíamos sonidos con aire modulando la boca, y eran eso: sonido. Por eso nos dispersamos incomprendiéndonos luego de haber comprendido esa verdad que ya estaba tan ahí y era tan obvia y sin embargo hasta que no salió del tuétano y se dijo tal como es… nos inexistía. Y cada cual con su imposibilidad cruzó la tierra y vagó eriales y el sonido de la boca se iba a haciendo más y más intolerable –como un ruido terrible le era al cuerpo el sonido recordado que ahora viajaba asignificando el espacio. Era evidente, lo intuíamos: este querer conocer a ese simple sí que nos heredó lo mismo con su Gracia, esa nuestra inocencia aquella y la docta ignorancia de saber no sabiendo, el aroma de jazmines que reptaba repentino el olfato en el medio de la noche y el encierro, era evidente que faltaba lo peor –y eso que había hambre y muerte y confusión. ¡Ojalá sólo hubiese sido eso, todo ese tormento privado en el nosotros de eremitas juntos, huyendo de la tortura de ese ruido abismal: la palabra muerta que asignificaba! Hasta que empezó a asomar su signo, su cifra. Y eso que éramos ante el enigma, en el errar, trajo su cenit: los cuerpos gritaron aunque llenos de vida poseídos por un dolor intolerable, y caían y temblaban espu- mando, o como estatuas de carne y con los ojos blancos de éter se paralizaban y cedían sus piernas y acababan en el barro, y los frenéticos al mar y su lejos iban a terminarse. Hasta que eso puso su ley en mí, y entendí, recién entonces entendí: eso que tejió al nosotros que éramos y que por el fuego de una lengua nos enajenó, eso que ocupó nuestras palabras vistiéndolas de amenaza y enigma, eso que en la soledad de la inexpresión hacía que tendamos al sonido recordado y que ya no era sino ese su asignificar que nos aislaba cada vez más y más, no, no era temor de eso, no era efecto ese el que hizo el silencio adentro mío: era el lento engendrarse en mí de la devastación: todo lo inscrito en mí por el idioma, todo eso que las palabras y el sonido y el sentido habían escrito en mi cuerpo y los espacios que habían abierto y el horizonte y sus estrellas para orientarme, todo el idioma que había suturado mis tripas para que esa tiniebla originaria vele y duerma en su allá lo que dure la vida, ¡ah!, sentir al hilado ir cediendo y la confusión y la disociación, y a lo habido en los sentidos desorganizarse en irrealidad honda, tan honda que le fue sencillo su apagar la carne mía, y el desarreglo del mundo o el mundo desarreglado, ¡quién sabe!, se hacía visión y rapto en la noche allá y sola, ¡y no era siendo!, ¡no era siendo!, era simple punto ante ese allá de la noche sola aún oscureciéndose al que tendía, y se hizo silencio y el redor pulsaba un brillo ciego, y no era simple y no fui simple, ya ni punto, con ese páramo de no fundido, acaso simple no, simple no en el no allá antes, allá simple… y ahí ocurrió ese indecible: un movimiento sin moverme o gravitar como tendiendo sin tender hacia el fin, y esa insondable extensión densa en la que ni era ni podía ser era llena hasta su mínimo y ese ir al fin como sin ir de lo no éramos como ni siendo fundidos ahí, y ese indecible río de no se llenaba más y más ni ser en cada vez más mínimo y un vértigo empezaba a crecer intenso en ese imposible movimiento en el que ni era ahí, y el vértigo se hizo como una celeridad infinita ahí donde ni era, y la densidad era más en el mínimo más de eso ahí y pulsó, con viva claridad pulsó como un aliento gélido de éter, y ni era e iba en un no ir y la densidad iba cediendo y el mínimo era más y más, y pulsó esa claridad de pneuma su calma, y si antes ni era ahora ni era ni en ese ni, y el vértigo cesó y la celeridad era más en un ni tender sin ni tender, y ahí, cuando el fin estaba, ahí donde el fin era fin y era ahí fin ahí, pulsó quietud y no fui y fue simple.